“Si no ser fuera por los terremotos, las epidemias, las plagas de insectos, las revoluciones y los repiques de campanas, Caracas sería ideal para fijar allí su residencia” (1864) Edward B. Eastwick: : Venezuela o Apuntes sobre la Vida de una Nación Sudamericana con la Historia del Empréstito de 1864. Banco Central de Venezuela. Colección Histórico – Económica Venezolana. Volumen III. Caracas. 1959.

“El paraje en que se eleva Caracas merecería la predilección de un monarca oriental. Se encuentra más o menos a la misma altura sobre el nivel del mar que Teherán, la capital de Persia, y se le asemeja en accesibilidad. Con unas cuantas baterías certeramente emplazadas, podría impedirse por completo que ningún enemigo procedente de la costa se acercara a Caracas… (34).”

“… Caracas es bastante inaccesible desde el Norte, esto es, desde aquella parte que da hacia La Guaira y el mar; pero, en dirección opuesta, las laderas son de más fácil pendiente…. Cierto número de cordilleras descienden de los Andes, y corren de Oeste e Este. La que va costeando el Mar Caribe forma un ángulo completo en La Guaira y Macuto, llegando casi a la orilla del mar y rematando en un enorme risco, cuya parte superior es La Silla, una montaña de doble cima que se destaca visiblemente a dos millas al Este de Caracas. La Silla está, por consiguiente, casi enfrente de Macuto, mientras que el Monte que separa a Caracas de La Guaira se llama Cerro de Avila. Este cerro parece ir creciendo sin interrupción hasta concluir en La Silla, pero en realidad se encuentra separado de ella por el profundo barranco de Tócume. Hacia la parte meridional del Avila y de La Silla, está en una llanura llamada de Chacao, con fuerte declive de N. N.O. a S.S.E., esto es, desde las montañas que se acaban de mencionar hasta La Guaira (debe entenderse como río Guaire, N. M.), arroyo que fluye hacia el sureste y desemboca en el Tuy. Este último río cae al Mar Caribe a unas 60 millas al Este de La Guaira. La llanura de Chacao, que es una rama lateral del gran valle del Tuy, tiene unas diez millas de longitud de Oeste a Este y siete de ancho de Norte a Sur. En su extremidad occidental, o sea en su porción más estrecha, se encuentra Caracas (35-36).” “Alguno autores han considerado lamentable que Caracas no hubiera sido construida más hacia el Este, cerca del villorrio de Chacao, donde la llanura tiene mayor amplitud. No hay duda de que Francisco Fajardo, quien fue el que hizo en 1560 las primeras construcciones, en el lugar que ahora ocupa la capital de Venezuela, se vio inducido a escoger el lugar por ser el más cercano a la costa, y también a las minas de Los Teques, que eran los motivos principales que lo atraían a una localidad en que hormigueaban las tribus hostiles. En 1567, Don Diego de Losada, quien deseaba convertir en conquista permanente el sitio donde Fajardo se limitó casi a no ser más que un explorador, fundó una ciudad en el lugar escogido por aquél, y la llamó Santiago de León de Caracas, dándole así su propio nombre – Santiago o Diego – el del Gobernador de León y el de los indios de la comarca, los Caracas, que es el que ha sobrevivido. Como es natural, Losada jamás llegó a imaginarse que esta nueva ciudad se convertiría alguna vez en la capital de un gran país, y al escoger el sitio fue guiado probablemente por la circunstancia de que Fajardo lo había elegido antes que él. En efecto, si las ventajas del emplazamiento fuera a decidir la posición de la capital, el Gobierno de Venezuela tendría que ser transferido de Caracas a Valencia, ciudad que tiene la más rica capa vegetal y el mejor puerto marítimo de América del Sur (36).”

“Pronto conocí perfectamente a Caracas y sus alrededores, pues disponía a diario de nuevas cabalgaduras que me facilitaban graciosamente para que saliese a pasear por la mañana y la tarde (36).”

“Mi primer paseo fue hacia el Este de la ciudad, hasta Petare, aldea de cierta importancia situada a una siete millas de Caracas. A los pocos minutos de haber salido del Hotel St. Amande, me encontré en la Gran Plaza, donde hay mercado todos los días. Su extensión es más o menos la de Portman Square, pero parece mayor. Los edificios que la rodean parecen muy bajos, excepto la casa de Gobierno, que está hacia el Oeste, y la catedral, que se encuentra en el ángulo suroriental. Ambos quedaron en pie después de gran terremoto de 1812. Ni es us fachada, ni en su interior, encontré en la Catedral nada que fuese digno e nota, a no ser la tumba de Bolívar, que es de mármol blanco, y esculpida con muy buen gusto (37).”

“A poca distancia de la catedral se encuentra el teatro. En lo que respecta a estos edificios, la yuxtaposición parece ser la regla general en Venezuela. En La Guaira el teatro está al lado de una iglesia. Las cosas han cambiado tan favorablemente desde los tiempos de Humboldt, que el teatro de Caracas, que entonces funcionaba a la intemperie, ahora ha sido provisto de techo. Durante mi permanencia allí, no había compañía de ópera; y las piezas que se presentaban eran, por lo general, tediosas tragedia en las que todos los personajes iban siendo asesinados uno tras otro, lo que al parecer causaba gran satisfacción entre los espectadores (37).”

“A una media milla de la catedral, llegué a un puente que sirve de límite a la ciudad en esta dirección, y el cual pasa sobre un arroyo que desemboca en el Guaira (léase el Guaire). En este sitio se ven dos excelentes plantaciones de café y una milla más adelante se encuentra otra todavía más hermosa, notable por ser el punto desde el cual Humboldt inició su ascensión a La Silla. El panorama aquí es bellísimo, el valle está lleno de campos cultivados, y desde ninguna otra parte presenta esta gran montaña un aspecto tan imponente. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el Ferro-Carril d´Este cuyo término está justamente más allá del puente ya mencionado. Me bajé del caballo para inspeccionar la estación, pero como ésta se hallaba completamente desierta, tuve que trepar por una cerca de quince pisos de altura para entrar en ella. Los rieles habían sido tendidos en un trayecto de media milla, y estaban cubiertos de yerbajos y malezas. Se veían locomotoras y vagones, junto con montones de leños para durmientes, tristes emblemas del sopor en que ha caído la empresa, y del cual parece dudoso que pueda despertar alguna vez. En Petare la posada estaba llena de gente, que fumaba y jugaba al billar, y el villorrio, en términos generales, ofrecía una apariencia más próspera y activa de la que yo me imaginaba. Hay unas quinientas casas en la aldea, y muy bellas fincas en las inmediaciones. Sin embargo, jamás podrá contarse con el tráfico suficiente para resarcirse del desembolso que ocasionaría la construcción de un ferrocarril, a menos que la línea fuese continuada hasta Valencia (37-38).”

“Mi siguiente excursión fue al Norte de la ciudad, hacia aquella vertiente de la montaña que queda inmediatamente bajo el Cerro d´Avila. La ciudad de Caracas, vista desde dicha ladera, tiene la figura de un gran cuadrado con largas calles paralelas que la cruzan de Norte a Sur, y con la plaza principal del mercado en el centro. En el ángulo noreste existió antes un suburbio, atravesado por el antiguo camino de La Guaira, del cual se desprende “La Vereda del Indio” a que ya hemos hecho alusión. Grande fue mi asombro al observar la destrucción que causó hacia esta parte de la ciudad el gran terremoto de 1812. Ni una sola casa parece haber escapado, y aunque algunas han sido restauradas, las señales del desastre son aparentes por donde quiera, y todavía se ven sin remover muchas hileras de escombros. En efecto, mientras más cerca estaba la montaña, más fuerte pareció la sacudida (38).”

“En algunos sitios del Cerro d´Avila, observé algunas casas que se alzaban a una altura de varios centenares de pies, y entre ellas una que pertenecía al Ministro de Holanda. En la parte inferior, se encuentra una casa de campo llamada Paraíso, que fue en un tiempo propiedad del Ministro británico, quien luego la traspasó a cierta famosa beldad criolla. Pero lo que más me interesó allí fue el cementerio católico, que – según se dice – es el más hermoso de toda Suramérica, y que bien merece una visita. Está situado en una elevación de terreno, y es espléndido el panorama que desde allí se domina. Su característica más singular es que los altos muros que lo rodean están revestidos en su parte inferior, por una especie de casillero gigantesco. Cada compartimiento tiene unos ocho pies de profundidad por tres de ancho y de alto, y se utilizan para depositar en ellos los ataúdes. A todo el que pueda pagar los derechos respectivos, montantes a treinta y cinco pesos, se le concede el privilegio de colocar la urna del pariente muerto en uno de estos receptáculos durante tres años. El nombre de la persona fallecida se fija sobre la cripta, y el ataúd puede ser retirado en cualquier tiempo, si así se desea. Esto, como es lógico, permite que la caja se conserve seca y en buen estado, por estar protegida y encontrarse también a salvo de los ataques de los insectos, especialmente de la temible hormiga negra, cuya longitud es de tres cuartos de pulgada y la cual devora todo lo que se encuentra a su paso. Al cumplirse los tres años, se sacan los ataúdes; y, en casi de que así lo desee la familia, se le entregan a ésta los restos del difunto. De lo contrario, lo arrojan a una gran fosa, llamada el carnero. La gente pobre, y aquellos que no prefieren pagar un arrendamiento de tres años en el casillero de marras, son inhumados inmediatamente en terrenos del cementerio (39-40).”

“Después que ya había recorrido en mi caballo algunos centenares de yardas, más allá del cementerio, llegué a un terraplén de unos ciento cincuenta pies de longitud que – según me dijeron – indicaba el lugar donde fueron sepultadas las personas que murieron a causa de la gran epidemia de cólera que se presentó hace algunos años. Las víctimas fueron tan numerosas, que resultó completamente imposible enterrarlas por separado, de modo que se cavó una zanja larga y profunda, a la cual se lanzaban los cadáveres, que eran traídos en carretas. Tanto el cementerio inglés como el alemán se encuentran ubicados en las inmediaciones de la ciudad, en la parte sur, y son sitios de mísero aspecto en comparación con el camposanto criollo. Ambos están cubiertos de maleza, pero en el cementerio británico, la hierba es tan tupida y crece tan alta que no permite ver las tumbas. Además todo aquel paraje está cubierto de hormigueros que alcanzan varios pies de altura. Hay una capilla con una inscripción en donde consta que fue construida por Robert Ker Porter, a expensas suyas. Me causó bastante interés ver el nombre de alguien que como yo, había venido de las Puertas Caspias a este remoto país occidental (40).”

“Al norte de la ciudad, sólo encontré un sitio que valía la pena visitar. Se trata de la Toma o reservoir, que abastece de agua a Caracas. Se halla situada en un barranco cubierto de espeso boscaje, y a ella nos conduce una senda muy estrecha abierta entre los matorrales. En este paraje se requiere andar con mucha cautela, pues a causa de lo denso de la espesura y de lo escasamente frecuentado del lugar, las culebras abundan en cantidades increíbles. Me aseguraron que, en una pequeña terraza rocosa, desnuda de vegetación, se podían ver algunas veces cuarenta o cincuenta serpientes de cascabel y de otras especies tomando sol. Con semejantes protectores, parece que fuese innecesaria la presencia de guardianes humanos. Hay, sin embargo, un inspector; y, al entrar a la pequeña casa que éste habitaba, vi que su esposa, oriunda de las Islas Canarias, estaba trabajando junto con su hija en la elaboración de sandalias. Me dijo que podía hacer dos docenas por día; y que por cada docena le pagaban seis pesos y medio, o sea alrededor de una libra esterlina. Este es apenas un ejemplo, entre los muchos que vi, de los precios enormemente altos a que se paga el trabajo en Venezuela (40-41).”

“No efectué ningún paseo a caballo hacia el oeste de la ciudad. En ésta dirección sólo existe el camino carretero hacia La Guaira, por el cual había venido en coche. Sin embargo, di una caminata hasta el Calvario, una colina donde deberían estar señaladas con cruces las estaciones del Calvario, pero no vi ninguna… debido a su altura de varios centenares de pies, permite una hermosa vista de la ciudad… (40-41).”

”Construido por un ingeniero europeo, y al Sur de la ciudad, se encuentra un camino excelente que conduce a Los Teques, aldea situada a unas veinticinco millas de Caracas, donde había unas minas de oro que fueron explotadas por los españoles, y las cuales eran efectivamente el dorado señuelo que los atrajo a la provincia. La primera estación que se hace en esta ruta, a unas seis millas de la capital, es el simpático burgo de Antemano adonde las beldades caraqueñas van a bañarse y a ruralizar durante los calores estivales. Más hacia el sur, existe otro camino que cruza el río La Guaira (El Guaire) y sigue luego por la sierra hasta llegar al valle del Tuy. Hacia esta parte se encuentra una hermosa finca, perteneciente al Señor Espino, a quien sus tierras pueden producirle unos veinte mil pesos anuales. Con una visita a esta propiedad, di por terminado mi estudio de los alrededores del valle de Caracas, y llegué a la conclusión de que, a no ser por los terremotos, las epidemias, las plagas de insectos, las revoluciones cada tres años y los repiques de campanas, pocos lugares reunirían como aquél tan ideales condiciones para uno fijar allí su residencia (41).”

Gráficos: Meinhard Retemeyer. Vista de La Caracas. 1825 – 1827. En Rheinheimer Key, Hans: Topo : historia de una colonia escocesa en las cercanías de Caracas, 1825-1827. Caracas : Oscar Todtmann Editores, 1986; Montañas sur valle Caracas. En Marco A. Vila. Aspectos Geográficos del Distrito Federal. CVF. 1967

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Ernesto Roa
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