Crónica de un desalojo anunciado Miles de refugiados, que aguardaban en el barro de Idomeni una oportunidad para entrar en Europa, se hacinan ahora en almacenes y fábricas abandonadas.

“Llevan días estrangulando la llegada de suministros a Idomeni, pero hoy ya ha sido imposible: la policía ha cortado todos los accesos al campo. Ni siquiera nos dejan entrar a ver a nuestros pacientes”. - Elena Sobrino, médico voluntaria

Era un secreto a voces que el gobierno griego quería acabar con Idomeni. Desde hacía meses, las autoridades del país barajaban fechas para cerrar el campamento, que se había convertido en un autentico quebradero de cabeza desde que el pasado 8 de marzo, Macedonia, invitada por la Unión Europea, decidió seguir el ejemplo de las vecinas Eslovenia, Croacia y Serbia y selló su frontera definitivamente. Así, se cerró la última ruta hacia Europa que quedaba abierta en los Balcanes, y más de 13.000 personas quedaron atrapadas en el cuello de botella de Idomeni.

Durante toda la noche del lunes y la madrugada del desalojo, agentes de paisano recorrieron el campo y registraron tienda a tienda, buscando voluntarios o periodistas que, habiendo conseguido burlar el dispositivo policial, se encontrasen todavía en el campamento. El desalojo, que estaba programado para las 6:00 am, no comenzó hasta más de dos horas después, cuando los agentes creían estar a solas con los refugiados.

Más de 13.000 refugiados malvivían en Idomeni
“Me desperté en mi tienda como cada mañana pero, cuando abrí la cremallera, estaba rodeado por la policía”. “Estaba aterrorizado. No sabíamos qué estaba pasando, nadie nos informó de nada. Por un momento, pensé que estábamos en guerra otra vez.” - Rezan, refugiado sirio.

“Me desperté en mi tienda como cada mañana pero, cuando abrí la cremallera, estaba rodeado por la policía”. De ojos oscuros incrustados en unas marcadas ojeras, Rezan, sirio de 30 años, fue de los primeros a los que la policía obligó a recoger sus cosas y subir a uno de los autobuses que el gobierno griego, como si se tratase de una broma macabra, había contratado con la compañía Crazy Holidays (“vacaciones locas”, en inglés). Confiesa que los uniformes antidisturbios le transmiten de todo menos confianza, especialmente cuando no entiende una palabra de lo que le dicen los agentes: “Estaba aterrorizado. No sabíamos qué estaba pasando, nadie nos informó de nada. Por un momento, pensé que estábamos en guerra otra vez”.

Sucedía durante la madrugada del martes 24 de mayo, cuando el gobierno griego, tras la movilización sin precedentes de más de 700 efectivos policiales traídos desde todo el país, acordonaba el campo y se disponía a terminar de una vez por todas con el asentamiento. Es entonces cuando se les notificó por primera vez a los refugiados que el momento de hacer las maletas había llegado, aunque no se les dijo cuál iba a ser su siguiente destino.

"A los refugiados no se les informa de a dónde les están llevando, y eso está muy lejos de ser aceptable” - Michele Telaro, Coordinador de Proyecto de Médicos Sin Fronteras en Idomeni.

"La policía ha llegado esta mañana y se está llevando a mucha gente. Desde hace días apenas hay comida disponible y nos da miedo pensar que si nos quedamos aquí en lugar de aceptar marcharnos a los nuevos campos deje de llegar comida". Siham, una refugiada siria en Idomeni, relataba así su experiencia el día del desalojo a Médicos Sin Fronteras. "Estamos muy preocupados, ni siquiera sabemos adónde nos van a llevar. Estoy cansada de estar aquí y estoy cansada de vivir con miedo”.

"La policía ha llegado esta mañana y se está llevando a mucha gente. Desde hace días apenas hay comida disponible y nos da miedo pensar que si nos quedamos aquí en lugar de aceptar marcharnos a los nuevos campos deje de llegar comida". - Siham, refugiada siria en Idomeni

Estas situaciones se repite durante los tres días que dura el desalojo. Mientras tanto, el goteo de autobuses que salen de Idomeni llevando refugiados es incesante. Solo el primer día del desalojo, partieron desde el campamento 42 vehículos que trasladaron a casi 2.000 personas, de las cuales muy pocas sabían adónde iban más allá de que su destino final estaría muy lejos de ser el de unas “locas vacaciones”.

“Seamos claros, esto no puede considerarse una reubicación voluntaria: esta gente no tenía otra alternativa, no se le dio información adecuada y la asistencia en el campo fue cortada drásticamente”, declara Loïc Jaeger, Jefe de Misión en Grecia de Médicos Sin Fronteras.

Tras dos días de bloqueo informativo total, el jueves 26 de mayo las autoridades griegas vuelven a permitir a la prensa acceder al campo. Los periodistas que acudimos allí nos encontramos con un paisaje desolado de tiendas destrozadas y todo tipo de objetos personales tirados por el suelo. Las palas excavadoras habían arrasado con todo, incluidos los puestos médicos y otras instalaciones levantadas con el trabajo de los miles de voluntarios que pasaron por Idomeni.

Pese a los esfuerzos por parte del coordinador del gobierno griego para los refugiados, Giorgos Kyritsis, que, en sus declaraciones, intentó presentar el desalojo como un éxito, que se había llevado a cabo de forma pacífica y ordenada, muchos periodistas y personal de las ONGs tienen serias dudas sobre esa versión de una evacuación que fue ejecutada en tiempo récord.

Según informa el diario griego Efimerida tôn Syntaktôn, de los 8.400 refugiados que se encontraban en Idomeni, alrededor de 3.000 abandonaron el campo por sus propios medios para esconderse en las montañas por miedo a que la policía les deportara, mientras que cerca de 700 intentaron cruzar la frontera con Macedonia de forma ilegal. “No queremos salir de un campo para acabar en otro. Nuestra intención nunca fue quedarnos en Grecia. El único motivo por el que estábamos en Idomeni era para estar lo más cerca posible de la frontera, porque nunca perdimos la esperanza de que Europa nos abriera las puertas”, nos cuenta la noche del desalojo Lopalin, refugiada siria, mientras se prepara con su familia para cruzar la frontera con Macedonia.

En todo caso, fueron muchos los refugiados que aceptaron subir a los autobuses y marcharse a los nuevos campos oficiales. A su llegada, se encontraron con qufe su nuevo destino era, por increíble que pudiera parecer, peor que el barro de Idomeni: almacenes viejos, naves industriales en estado avanzado de deterioro y fábricas abandonadas dentro de las cuales se habían instalado tiendas de campaña sin apenas espacio entre ellas.

Como si se tratara del personaje mítico de la Hidra de Lerna, el monstruo con forma de serpiente que tenía la capacidad de regenerar dos cabezas por cada una que le era cortada, del cierre de Idomeni surgió toda una constelación de campos desperdigados por el cinturón industrial a las afueras de Salónica. Sindos, Kalahori, Sintex, Oreokastro, Koderlia-Softex, Petra… De nombres en su mayoría impronunciables, las condiciones de habitabilidad de estos campos son incluso más precarias que las que había en Idomeni. La situación llega a ser tan dramática que Acnur, la agencia de la ONU para los Refugiados ha reconocido en una nota de prensa estar seriamente preocupada por las deficientes condiciones, que califica como “muy por debajo de los estándares mínimos”.

Es el caso del campo de Kordelia-Softex, una nave industrial donde fueron trasladados cerca de 1.200 refugiados procedentes de Idomeni. En un polígono industrial a las afueras de Salónica, flanqueado por una cárcel y un descampado, es un lugar tan apartado que resultaría casi imposible encontrarlo sin la localización exacta por GPS. Rodeado por un mar de chimeneas industriales, el aire en el interior de la nave es casi irrespirable, ya que carece del sistema de ventilación adecuado. Lóbrego y oscuro, la basura se amontona por las esquinas y los refugiados caminan esquivando los regueros de agua provocados por las goteras.

Allí encontramos a Lamish, una niña de 7 años que sufre parálisis cerebral y epilepsia. El equipo de voluntarios de la ONG española Bomberos En Acción se encargaba de su caso en Idomeni, y llevaban días buscándola por los nuevos campos para proporcionarle la medicación que necesita. Cuando por fin consiguen encontrarla, los militares que gestionan el campo no atienden a razones y repiten, como un mantra, que sus órdenes son claras: no permitir el acceso a nadie más que a la Cruz Roja. La situación es tan absurda que, finalmente, la familia tiene que salir del campo con Lamish y los voluntarios a pasar consulta en la calle. Mientras se enjuga las lagrimas, la madre de Lamish nos pregunta: “¿A dónde nos han traído?”.

"¿A dónde nos han traído?"

El campo de Oreokastro, aunque sensiblemente mejor, también deja mucho que desear. 1.500 personas se hacinan en el interior de esta inmensa nave industrial de techos altos. Los niños se divierten enseñándonos fotos en el móvil de serpientes a las que han dado caza, mientras que sus padres nos cuentan, sin disimular su preocupación, que ya son siete los reptiles que han aparecido entre las tiendas. El estado anímico entre los refugiados es una mezcla de angustia y desesperación. Muchos llevan meses varados en Grecia, y algunos tienen verdadera urgencia por llegar a su destino en Europa.

Es el caso de Najeeb, habitante de Oreokastro, al que los médicos le descubrieron en Turquía que su pecho alojaba una esquirla de la misma metralla que le arrancó un ojo en Alepo. “Necesito cirugía para que me la saquen. Según los médicos, avanza dentro de mi cuerpo poco a poco… Hasta el día que alcance mi corazón. Entonces, goodbye”.

“Necesito cirugía para que me la saquen. Según los médicos, avanza dentro de mi cuerpo poco a poco… Hasta el día que alcance mi corazón. Entonces, goodbye” - Najeeb, refugiado sirio en Oreokastro

Como Lamish o Najeeb se encuentran más de 49.000 personas a lo largo y ancho del país. Este lunes comenzó en varios campos el proceso de registro para la solicitud de asilo, reubicación y reunificación familiar. El proceso puede durar entre 8 y 24 meses, según el nivel de optimismo de quien quien haga los cálculos, pero a Najeeb se le acaba el tiempo y la paciencia: “estuvimos esperando tres meses en una tienda de campaña para acabar en un almacén abandonado. Creo que volveré a Siria, prefiero morir allí que estar enterrado en vida en mitad de ninguna parte”.

“Estuvimos esperando tres meses en una tienda de campaña para acabar en un almacén abandonado. Creo que volveré a Siria, prefiero morir allí que estar enterrado en vida en mitad de ninguna parte” - Najeeb, refugiado sirio en Oreokastro

Credits:

(C) Ignacio Marín

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