Loading

El periodismo como misión Presentación de Marc Marginedas como XV Premio Luka Brajnovic de la Comunicación, por Javier Marrodán

El 18 de febrero de 1977, el periodista y escritor Indro Montanelli, en aquel momento director de Il Giornale Nuovo, pronunció en esta misma sala una conferencia sobre la situación política de Italia. Calificó de “fracaso” los treinta años de democracia que sumaba su país, denunció el “absoluto conformismo” de políticos y ciudadanos, y terminó con un mensaje dirigido muy especialmente a los estudiantes de Periodismo que le escuchaban: “El periodismo no puede ser para ustedes como un oficio. O es una misión, o no es nada”.

El 17 de noviembre de 2001, casi veinticinco años después, también en el Aula Magna que hoy nos acoge, la Facultad de Comunicación distinguió con el premio Brajnovic al periodista Miguel Gil Moreno de Mora, asesinado un año antes en Sierra Leona. Lorenzo Milá, entonces responsable de Informativos de La 2, fue el encargado de entregar el galardón a Patrocinio Macián, la madre de Miguel.

“Miguel Gil era algo más que un joven aguerrido o heroico ―explicó Lorenzo Milá―. Su empeño fue convertirse en la voz clamante de aquellos que no podían gritar aunque atravesaban el peor momento de su vida. El compromiso con la verdad del sufrimiento de los más débiles era ese algo más que Miguel aportaba al trabajo de grabar imágenes y transmitir información”.

Se intuye una relación muy estrecha entre ese “algo más” que Lorenzo Milá atribuyó al trabajo de Miguel Gil y el sentido de “misión” que Montanelli proponía a los futuros informadores.

Pero hay más.

En 2015 el premio Brajnovic recayó en James Nachtwey, quizá el mejor fotoperiodista de los últimos cuarenta años. Siendo aún joven, Nachtwey asumió la responsabilidad de ir a la guerra para mostrar a los demás ―a los que nos quedamos en casa― la naturaleza y el alcance de los peores instintos de la humanidad. Desde entonces ha cruzado decenas de veces la laguna Estigia que separa la relativa comodidad de Occidente de todos aquellos lugares y conflictos –los Balcanes, Ruanda, una aldea remota de Somalia, las ruinas silenciosas de Grozni, un cementerio perdido de Afganistán…– que forman parte de las cicatrices de la Tierra. Cabría pensar que James Nachtwey se adentra en la geografía atormentada del mapamundi para informar de lo que ocurre, para ilustrar la actualidad de esta guerra o aquel golpe de Estado, pero el verdadero sentido de tantos viajes tiene que ver sobre todo con el afán de que los hombres y las mujeres del Hemisferio Norte se conozcan a sí mismos.

Con ocasión de su visita a la Universidad de Navarra, Inés Gaviria, entonces alumna de cuarto de Periodismo, le hizo a James Nachtwey una interesante entrevista. Fue además la única que concedió. ¿Cómo es posible mantener la integridad y el idealismo del primer día en un paisaje frecuentemente colonizado por el odio, las injusticias y los crímenes?, le preguntó la joven periodista. Les leo su respuesta: “Lo que me empuja a seguir y me ayuda a superar los obstáculos físicos y emocionales es tener fe en el periodismo. Creo que tiene valor en sí mismo y capacidad de transformar las situaciones y levantar las conciencias de la gente. El periodismo es generosidad: ofrecer, regalar a las personas algo que lean y vean y algo de quién y de qué preocuparse. Algo que cuidar. Así trato de canalizar la rabia, el miedo o la vergüenza que me provocan algunas situaciones al intentar hacer mejor mi trabajo”. En ese contexto se entiende muy bien su criterio sobre la enseñanza del oficio: “Es mucho más importante formar a los estudiantes de periodismo en valores humanitarios que en técnicas y fórmulas. Es necesario que los estudiantes descubran qué les mueve, quién les inspira, a quién quieren imitar y seguir”. Me he alargado con estos antecedentes porque forman parte de algún modo de la ruta que ha traído hoy hasta aquí a Marc Marginedas. Su recorrido también incluye países lejanos y difíciles ―Argelia, Irak, Afganistán, Israel, Siria, Túnez, Libia o Rusia―, pero supone sobre todo un modo muy concreto de entender y de ejercer el periodismo.

Hablando de su etapa universitaria, Marc explicaba hace poco a otras dos alumnas ―Fátima Rosell y Blanca Basanta― que tuvo muchas dudas cuando ya se acercaba el momento de su licenciatura. La carrera era entonces de cinco años. No sabía entonces, con 22 años, si podría llegar a donde quería llegar. Contó en aquellos meses de incertidumbre con los consejos y el apoyo de José Francisco Sánchez, Paco para todo aquellos que nos hemos cruzado con él en algún momento. Les leo el relato del propio Marc. “Él [Paco] hizo conmigo una labor de coaching muy importante. Me repetía algo que ahora veo clarísimo. Cuando yo le decía que no sabía qué hacer o que no escribía bien, él me respondía: ‘Lo fundamental es que tengas determinación. Y la tienes’. Hoy, pasados unos cuantos años, tengo comprobado que no es tan importante el talento como la determinación. Lo veo en el empuje de algunos corresponsales jóvenes. Yo me estaba boicoteando a mí mismo en cuarto de carrera y Paco me animaba. “No hace falta que escribas como Miguel Delibes, tienes veintidós años”, me decía.

Marc también tiene claro que los años de Pamplona fueron mucho más que el aprendizaje de un oficio: “La universidad me ayudó a encontrarme a mí mismo”, les confesó a Fátima y a Blanca. “En Pamplona ―añadía― yo asumí las riendas de mi vida, ya no tenía que tratar de vivir la vida que se esperaba de mí en Barcelona. En mi vida hay un antes y un después de haber ido a Navarra. Todo lo que viví en Navarra me preparó para lo que me iba a encontrar en el mundo”.

¿Cómo se articula o se manifiesta todo esto en el día a día de un periodista que casi siempre ha trabajado lejos de la relativa zona de confort que supone Occidente? Hay dos consideraciones del premiado que permiten intuir cuáles son sus aspiraciones.

“Es importante no perder la capacidad de indignarse ―ha afirmado alguna vez―. Si la pierdes, tienes un problema. La capacidad de indignarse es fundamental. Si no te indignas, no puedes cumplir tu función de tratar con toda la crudeza los dramas humanos”.

Y otra reflexión: “Los periodistas no solo comunicamos o transmitimos datos. Estamos proporcionando a la sociedad elementos de juicio para que resista las tentativas de manipulación de los poderes políticos, siempre presentes, sean del signo ideológico que sean, y tomen sus decisiones de forma más libre”.

Son ideas que revelan un parentesco muy estrecho con el planteamiento que Indro Montanelli o Miguel Gil tenían del periodismo.

Lo ilustro con un caso concreto. En el invierno de 1999, Miguel Gil y el fotógrafo francés Laurent Van der Stockt lograron atravesar la frontera de Chechenia a través de las montañas, en unas condiciones durísimas, y consiguieron llegar a Grozni, casi reducida a escombros por los rusos.

Fueron unas jornadas muy duras, que además no tuvieron el rendimiento informativo que ellos pretendían. Miguel aprovechaba sus agendas o algunos pequeños cuadernos para ir hilvanando sus pensamientos. Muchos de esos cuadernos se han conservado. En aquellos días un poco aciagos de Chechenia anotó lo siguiente: “Quizá sea la hora de comprometerse, de mirarse al espejo”. Hablaba también en esa misma página de su improvisado diario de “la urgencia de hacer algo real por cambiar el mundo”. Y como si fuera un resumen, escribió: “Vales lo que valen tus compromisos”.

La trayectoria de Marc Marginedas ha estado igualmente marcada por ese sentido generoso y magnánimo del compromiso: el compromiso con el periodismo, el compromiso con su periódico, el compromiso con sus lectores, el compromiso con la sociedad. Como Nachtwey, como tantos otros, también él ha asumido la responsabilidad de proporcionar a sus conciudadanos elementos de juicio, de hacernos más libres, mejores ciudadanos. Pero, claro, el compromiso tiene sus riesgos. Y a veces produce vértigo. En el caso de Marc, el riesgo se materializó el 4 de septiembre de 2013, cuando fue secuestrado en Siria por militantes yihadistas del ISIS. Como ustedes saben, él y otros dos periodistas españoles (Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova) estuvieron cautivos durante seis meses en unas condiciones infrahumanas. Ellos sobrevivieron, pero otros de los rehenes fueron asesinados. ¿Merece la pena asumir ese riesgo?, ¿merece la pena comprometerse con el periodismo hasta ese extremo?

Durante aquellos días del secuestro, supongo que esa pregunta interpeló la conciencia de Paco Sánchez, el profesor que quince años antes había animado a Marc a seguir el camino de corresponsal de guerra que él apenas entreveía. En un artículo que escribió mientras Marc estaba retenido en algún sótano infame de Siria, Paco escribió lo siguiente: “Cuando me comunicaron que Marc Marginedas había sido secuestrado por un grupo rebelde mientras cubría la guerra de Siria, se activó una especie de moviola que me llevó a un despacho situado en los sótanos del Edificio Central de la Universidad de Navarra: aquel decorado con los bastidores de un camarote de capitán. Entonces, al igual que otros profesores, recibía allí a los alumnos. Marc venía muy a menudo y casi siempre nos daban las tantas. […] Cursaba quinto de Periodismo y poseía una determinación muy precisa: quería convertirse en reportero de guerra”.

Y añadía, unos párrafos después: “[Después] cubrió multitud de guerras y se convirtió, en mi opinión, en el enviado especial más completo, fiable y seguro del país, quizá del mundo. […] Es alguien que sabe de riesgos y de miedos, pero sabe también por qué y por quién los asume”.

Afortunadamente, el secuestro terminó bien para Marc. Por eso, hace unas semanas, Fátima Rosell y Blanca Basanta pudieron preguntarle cómo procesó durante aquellos seis meses de cautiverio lo que le estaba ocurriendo.

Les leo su respuesta porque pienso que es la mejor semblanza que podemos hacer del premiado: “En ningún momento me arrepentí de las decisiones vitales que había tomado. Lo digo de verdad. Pensaba que si el precio de haber vivido lo que había vivido y de haber podido hacer lo que había hecho en la vida era ser secuestrado, pues bueno, qué se le iba a hacer. Esa reflexión me daba mucha tranquilidad y mucha paz mientras estuve encerrado. Yo no había buscado el secuestro, no lo quería, pero sabía que podía ocurrir. El conflicto surge cuando la gente pretende hacer coberturas de riesgo sin correr riesgos. Eso es no asumir una parte del trabajo: la de que te puede pasar algo. Para no correr riesgos es más honesto trabajar en Berlín o Washington. Es importante que una persona que se dedica a cubrir situaciones de conflicto sea capaz de asumir todas las posibles consecuencias de su tarea”.

Escribió Oswald Spengler que en los momentos decisivos de la historia siempre hay un último pelotón de soldados cansados que acaba salvando la civilización. Y al leer su reflexión es fácil imaginar a un grupo de veteranos con los uniformes raídos caminando hacia alguna trinchera incierta detrás de una bandera que quizá ni siquiera es la suya. Sin embargo, las personas que de verdad forman parte de ese último pelotón de Spengler no son soldados: son gente como don Luka Brajnovic, como James Nachtwey, como Miguel Gil, como Marc Marginedas. Gracias a ellas estamos donde estamos, aunque a veces la actualidad nos desazone un poco.

Javier Marrodán

2 de mayo, 2019

Report Abuse

If you feel that this video content violates the Adobe Terms of Use, you may report this content by filling out this quick form.

To report a copyright violation, please follow the DMCA section in the Terms of Use.