Perdón, es Amor.

-¿Qué serías capaz de perdonar a tu hijo?
-Creo que sería capaz de perdonarle todo.
-¿A cualquier persona que ames mucho serías capaz de perdonarle cualquier cosa?
- No, sinceramente yo creo que habría cosas que no perdonaría.
-Si el amor por esa persona fuera tan grande como el que tienes por tu hijo, podrías perdonarle cualquier cosa”.

El anterior es un diálogo que tuve hace algún tiempo con un amigo y su última frase me cuestionó seriamente acerca del amor y del perdón.

Aunque existen muchos factores que hacen crecer el amor, el perdón reviste una dimensión especial por la forma en que reta a la persona que perdona y a la que es perdonada.

Me decía una amiga que perdonar de verdad es perdonar las cosas realmente importantes; lo demás a perdonar, me dijo, son nimiedades (en realidad utilizó una palabra mucho menos refinada).

Cuando amamos a una persona, deseamos una unión con ella, buscamos su bien, su crecimiento y esperamos una reciprocidad en este deseo y esta búsqueda. Sin embargo, falibles y cambiantes como somos, hacemos cosas que lastiman a la otra persona. La mayoría de las veces tenemos plena conciencia de que existe la posibilidad o, peor aún, la seguridad de que le haremos daño y aun así lo hacemos.

¿Por qué lo hacemos?

¿Es que no amamos a la persona?

¿Dejamos de buscar su bien?

Si bien no existe una respuesta única a una situación tan compleja, me aventuro a decir que una razón fundamental está en la calidad y dimensión del amor.

Es como si aquel que lastima pusiera en una balanza imaginaria su propio bien y el de la otra persona. Si su amor a la otra persona no ha alcanzado la madurez ni la dimensión suficientes, decidirá por su propio bien

-lo cual no sería malo-,

pero lo hará a costa del bien de la otra persona

-lo cual sí será lesivo.

Esencialmente, la persona es herida por la falta de amor. Si de verdad quiero crecer en el amor, surge la necesidad de perdón.

Y la verdadera raíz del perdón está en el amor. Cuando perdonamos, lo hacemos en un acto de amor profundo, porque no es fácil amar desde el dolor, y también en un acto de sabiduría, porque es preciso distinguir si es nuestro amor o nuestro amor propio el que ha sido lastimado.

Pedir perdón, buscando realmente no volver a lastimar a la persona, simboliza un nuevo compromiso con el crecimiento del amor, con esa búsqueda del bien del otro.

También requiere de amor a nosotros mismos para perdonarnos por nuestros errores.

El camino del amor se pavimenta con una serie de perdones que lo convierten en una espiral ascendente donde las personas son cada día más amorosas y magnánimas.

Perdonar es a la vez, motor y fruto del amor.

Cuando pienso en la frase de la película setentera de Love Story

“amor es nunca tener que pedir perdón”,

me convenzo de que lo contrario es exactamente lo indicado: “amor es siempre pedir – y otorgar- perdón”.

La próxima vez que te decidas a pedir perdón podrás confiadamente empezar como inicia este artículo:

Perdón, es amor.

Escrito por: José Antonio Rivera Espinosa

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