La Rusticidad de las Costumbres de los Caraqueños a mediados del Siglo (XIX) Pedro Núñez de Cáceres: Memorias. Fundación para el Rescate de Acervo Venezolano (FUNRES). Caracas. 1993

Año 1860. Mayo 31 Nota al pie de página

“Toda nuestras cosas son ridículas en el prurito de imitar los usos cultos de Europa. No hay edificio para el Congreso, que se reúne en los que fueron claustros del convento de San Francisco, y queremos taquígrafos y tribunas para que las damas concurran a oír a Pedro José Rojas, y a Michelena. No hay calles para coches, y los traemos para que mareen con el traquido y vaivenes, y se acaban en dos días en el maldito empedrado y los barrancos. Las mujeres cargan las colas que en Europa se llevan e las alfombras, y aquí se arrastran por los ladrillos de las casas, y el pantano y las basuras de las calles, por lo cual andan habitualmente con una feísima zarpa de lodo en las faldas del vestido. Traemos un ferrocarril para un camino hasta Petare, que apenas dicta tres leguas, sin contar con el tren de edificios, y con operarios para su conservación, y sin frutos que acarrear, ni diez o doce mil pasajeros diarios que den para cubrir los gastos, sino veinte o treinta negros, y algunos arrieros, isleños, o hacendados, que son lo que transitan por ese camino. Vino a La Guaira el aparato con la maquinaria; no hubo trabajadores, porque nuestros peones holgazanes no acababan en la semana el trabajo que despacha en un día un solo Norteamericano, y lo más particular fue que Aguado empleó el mes de Agosto todo el ferrocarril en hacer trincheras (550-551)”.

“Blasonamos de civilizados, y nuestras costumbres revelan grosería y rusticidad. Nunca faltan letreros insolentes en las calles, ni hay cuadra que no se vea con muecas, amenazas, calaveras, y motes injuriosos o personas y partidos como si fuera un …ilegible… de alardes encarnizados. El padre de familia que sale con su esposa, o sus hijas, está expuesto al pasar por los corrillos de jóvenes a las miradas provocativas, las risas y el secreto, nacidos de la falta de aquel respeto que en toda sociedad culta se tributa siempre a las mujeres: y tiene a cada paso que dejarse disputar y quitar la acera por todos los groseros, si acaso no le suceda como a Clara Antonia, mujer de Giuseppi, a la cual un negro le levantó en la calle la ropa, y le pegó una palmada en las nalgas: infamia que por algunos fue aplaudida y festejada. En toda procesión hay desórdenes o palizas que llaman barullos; y en las esquinas dan virotazos con bloque de cera en la punta de una cuerda. Todo edificio acabado de fabricar, o blanquear, amanece rayado, y roto en las esquinas; si se proyecta una alameda arrancan los árboles: los ríos disminuyen porque talan los montes para leña: en todo reina el instinto de la destrucción. Fernando Bolívar derribó el hermoso cedro anterior a la conquista, que se señoreaba sobre Caracas, cuya corpulencia excitaba admiración, y debía haberse conservado como aquel memorable árbol de Viscaya que veneran en la villa de Guernica. Estas costumbres no viene de España, patria del atraso en donde hasta ayer se veían las mismas ventas, y los mismos caminos, y arrieros que se leen en Don Quijote. Tenemos en verdad universidades, colegios, todo el tren de una corte: pero aunque nos digamos generales, doctores, y literatos, no somos más que un remedo ridículo de Nación. Con acierto ha dicho Iriarte.

Aunque se vista de seda / La mona, mona se queda (551).”

Gráficos: ROSTI, Pál. Caracas. Uti Emlékezetek Amerikából. Pest, Kiadja Gusztáv Heckenast, 1861; De Neuville, A. ; Saffray, Charles ; Deporte del Pueblo

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Ernesto Roa
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