El Ladrón de Electrones Lee junto a Léctor esta historia

Hace mucho tiempo, todas las partículas y la energía del universo se encontraban juntas en completa oscuridad. De pronto sucedió una explosión: ¡swan, punch, pint! ¿De dónde provino eso? ¿Qué sucedió? No lo sé, pero de pronto apareció un pequeño y tierno átomo llamado Hidrógeno.

A este pequeñito le gustaba brincar, correr y jugar, pero un día observó su silueta y encontró algo curioso: tenía un cinturón de luz que, observado a detalle, era una pequeña lucecita que giraba y giraba en un solo sentido.

- ¿Qué es esto? -dice señalando su cintura-, por más que lo quiero agarrar no logro detenerlo, ¡Qué linda lucecita!- pensaba Hidrógeno. En la oscuridad donde estaba el Hidrógeno, sentía que le hacía falta compañía, alguien con quién jugar. - Me siento solo… si tan siquiera tuviera un amigo, podríamos jugar, viajar, y ¡haríamos mil cosas! pero no hay nadie por aquí.

Hidrógeno, muy emocionado, se dirigió hacia donde se encontraba el átomo de Flúor, quien emitía una cantidad impresionante de luz debido a que tenía nueve lucecitas en su cuerpo: dos de ellas muy cerca de su corazón, y las otras siete giraban alrededor de su cintura y todo su cuerpo. Hidrógeno exclamó. - ¡Qué hermoso átomo! ¡Su brillo es fantástico! ¡Ese átomo tiene que ser mi amigo!

Cuando Hidrógeno quiso acariciar las lucecitas le dieron toques tan fuertes que decidió llamarles electrones. A pesar de lo maravilloso que lucía Flúor, era un átomo triste, ya que sentía que le hacía falta un electrón más para estar completo y estable, por lo que en cuanto vio la luz de la cintura de Hidrógeno quiso aprovecharse de él y robarse su electrón.
Pero Flúor no quería ser amigo de Hidrógeno; sólo quería robarle su electrón y dejarlo en las tinieblas, rogándole eternamente que le devolverá su luz, y nunca se la regresaría. Hidrógeno presintió algo malo en la actitud de Flúor y desconfiado, no le permitió que su electro-negatividad lo envolviera y huyó de él a toda velocidad.
Mientras decía esto, Hidrógeno sintió que alguien le tocaba por la espalda. Se sorprendió muchísimo, pero al mismo tiempo sintió un gusto enorme: ¡era otro átomo de hidrógeno idéntico a él! ¡Wow, era su hermano! La única diferencia entre ellos era que su lucecita giraba en sentido contrario a la de él.
Él no podía desconfiar de su hermano, le tomó de la mano y sucedió algo mágico: sus cinturones se unieron liberando una gran cantidad de energía que los dejó relajados y estables. Hidrógeno no perdió su electrón, al contrario, cada uno compartió su electrón y se formó un gran cinturón, pero ahora con dos lucecitas. Ahora ya no estaban solos, encontraron la mejor compañía que podían tener… por lo menos hasta la siguiente reacción química. Como has visto, es bueno dar, es bueno recibir, pero es mejor compartir.

FIN

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