Un cuento para cada día de Adviento TERCERA semana

15. Por qué el burrito no quiso descansar

Los burros son animales muy caprichosos, fuertes, resistentes, tercos y pueden cargar incansablemente. Sólo que a veces simplemente no tienen ganas. En tal caso no sirve de nada ni rogarles, ni pedirles; cuando no quieren escuchar, no oyen. Y cuando de todas maneras quieren obligarlos a que ayuden, plantan sus cascos en el suelo y ya puedes tratar de empujarlos o jalarlos, pero no los vas a mover de su lugar. Cuando estés completamente desesperado, puede suceder que de repente se le pase el capricho, tan rápido como le ha llegado, y tu burrito nuevamente es aquella criatura más amable, fiel y trabajadora que te puedas imaginar.

Igual de caprichoso, terco y querido era el burrito de María y José; y el camino a Belén se les hubiera hecho más largo y complicado si no es porque el burrito se convirtió en un animal manso y pacífico. Y he aquí, cómo sucedió:

Cuando José cargó al burrito con las pocas cosas que iban a necesitar en su camino, este no se movió, y se podía pensar que era el animal más dócil y suave de todo Nazaret. Pero cuando José cogió el lazo para guiarlo, de repente plantó sus cascos en el suelo y no quiso dar ni un paso más. José lo trató con cariños y luego con regaños, pero el burrito no se movía. Entonces María hizo el intento, acariciándole entre las orejas y pidiéndole cariñosamente que se moviera y que les siguiera, porque el camino a Belén era largo y ya tenían que apurarse. Pero el burrito con ganas siguió con sus caprichos; y todas las palabras fueron en vano. En esta miseria intervino el Ángel Gabriel; sin que María y José lo pudieran ver, se acercó al burrito y le dijo: “Tienes razón de no querer ir a Belén porque eres pequeño y débil, y el camino se te va a hacer muy pesado. Llamaré a unos ángeles para que en tu lugar lleven la carga; entonces tú te puedes quedar aquí para descansar”. “Sólo que es una lástima”, añadió el Ángel, “que entonces, tristemente no vas a poder escuchar cómo cantan los ángeles cuando nazca el Niño Jesús, ni vas a probar la dulce paja del pesebre en el cual van a acostar al amado Niñito”.

“¿Canto de Ángeles? ¿Paja dulce?... Y pensar que aquí estoy parado como tonto, haciendo caprichos mientras se me va a escapar lo mejor”, pensó el burrito, que paró las orejas para escuchar: Sí… ya podía percibir algo del cántico de los ángeles. Luego, estiró la nariz olfateando hacia arriba, y se le hizo que ya estaba percibiendo el dulce aroma de la paja. Se le olvidaron sus caprichos, y ahora no solamente estaba dispuesto a seguir voluntariamente a la noble pareja, sino que se les adelantaba brincoteando alegremente, y apuraba el paso para llegar lo más rápido a Belén.

De noche casi no quería descansar, y en las mañanas, antes de que saliera el sol, ya se escuchaban sus rebuznos “Hiaaa, Hiaaa”, que significaba: “Vamos a apurarnos para llegar a Belén, para escuchar a los ángeles cantores y oler la paja dulce. No hay tiempo que perder”.

Vean ustedes cómo un burrito puede cambiar de actitud cuando un día escucha bien lo que le dice un Ángel.

16. Lo que la araña hizo para María

Una noche, María y José se habían alojado en una cueva. Poco antes de entrar había pasado una araña, y José al verla, rápido intentó correrla con su bastón; pero María le dijo amablemente: “Oh, José deja este buen animalito, yo no les tengo miedo a las criaturas de Dios, y además aquí hay espacio para todos”. Poco después se habían acostado para descansar.

Sucedió que en aquella noche, soplaba un fuerte viento que quería rápidamente, antes de que naciera el Niño Jesús, limpiar y pulir las estrellas en el cielo para que brillaran bellas y doradas en la Navidad. El viento ni se detuvo ante la cueva; entró silbando y su frío caló tan profundamente a la Virgen, que no podía cerrar los ojos, por más que se cubría con su abrigo azul. José, a su lado, ya desde cuando había caído en un profundo sueño y no se enteró de los sufrimientos de María.

Sin embargo, había alguien que sí se dio cuenta de lo que sentía María: la pequeña araña. Desde el principio había sentido algo especial por María en su pequeño corazón, porque antes había hablado muy amablemente de ella. Rápidamente se puso a trabajar y tejió en la entrada una maravillosa red, lo más cerrada posible. Quizá ustedes piensan que una telaraña no puede detener al viento; pero ésta, aunque era tan fina, tenía el efecto de una cortina gruesa y pesada, capaz de quebrar la fuerza del viento. Así, por fin María pudo dormir tranquilamente.

Cuando en la mañana descubrió la fina telaraña enfrente de la rentrada de la cueva, reconoció quien la había ayudado, y le dio las gracias de todo corazón al pequeño animalito; el cual, orgullosamente estaba escondido en una grieta entre las rocas.

17. Por qué los conejos tienen colitas blancas

Un conejito durante todo el verano, jugaba y brincaba en los prados, y feliz se daba sus machincuepas. Sin embargo, al llegar el invierno que cubrió los campos con nieve, y cuando el sol casi ya no brillaba, el conejito se retiró a su refugio, acolchonado con hojas secas y pasto. Colocando la nariz entre las patitas, el conejito se había acurrucado para poder dormir hasta la llegada de la primavera. Sólo cuando el hambre le molestaba demasiado, dejaba su madriguera para regresar rápido, cuando la pancita otra vez estaba llena.

Un día, el conejito soñó que se le acercó un ángel, quien suavemente le jaló las largas orejas hasta que despertó, y le susurraba algo. El conejito abrió los ojos y miró hacia todos lados. Ya no podía ver al Ángel, pero claramente recordaba sus palabras: “Dos pobres personas han perdido su camino en la nieve. ¡Corre y ayúdales!, tu nariz te guiará con seguridad”. ¡Y así sucedió! No muy lejos, el conejito los encontró: eran un hombre y una mujer junto con un burrito.

El hombre buscaba su camino en el campo nevado, sin poder encontrarlo. Sin embargo, el conejito oteaba en el aire el humo que venía de las chimeneas de un pueblo cercano, invisible por una loma. Rápidamente atravesó la nieve para llegar a María y José, y parándose ante ellos en dos patitas, empezó a brincar en dirección al pueblo. Cuando se volteó para ver si le seguían, vio que todavía estaban en el mismo lugar, mirándolo asombrados. Entonces regresó con ellos, se puso otra vez en postura e hizo una maroma tras otra, formando así un pequeño sendero en la nieve. En ese momento, María y José comprendieron lo que éste les quería mostrar, y lo siguieron. Saltando y brincoteando, el conejito los guió hasta que el puebla empezó a aparecer. Entonces el conejito se quedó parado y movió alegremente sus largas orejas. ¡Cómo se alegró cuando José le dio las gracias! Y todavía más feliz se sintió cuando María se inclinó, lo acarició y le sacudió la nieve del pelo. Lo hizo con mucho cuidado y solamente en la colita se le quedó un poco de nieve; por esta razón, la colita se conservaba blanca cuando el conejito regresó a su caliente refugio.

Sin embargo, cuando en la primavera se había derretido la nieve, la colita permaneció blanca; y así es hasta ahora, en memoria de aquél conejito que había guiado con seguridad a María y José a través de la nieve.

18. La despensa de la ardilla

En otoño, la laboriosa ardilla había juntado muchas nueces y las escondió en una u otra de sus madrigueras; las cubrió cuidadosamente con hojas secas, tierra y ramas para protegerlas y que nadie las encontrara. Sin embargo, ahí había un problema: cuando finalmente todas las nueces estaban bien escondidas, ni la misma ardilla las podía encontrar. Y cuando llegó el invierno, la mesa de la madre naturaleza (que en verano había sido ricamente puesta con sabrosos manjares), sólo contenía escasos alimentos; por lo mismo, la ardilla tuvo que sufrir mucha hambre a pesar de sus provisiones llenas; realmente fue algo muy triste. No le quedaba otra posibilidad más que hacer algo que de ninguna manera le gustaba: tenía que hacer la lucha de acercarse a las moradas de los hombres, para encontrar algo comestible.

En una ocasión, sucedió que la ardilla fue testigo de un acontecimiento desagradable. Una pobre pareja había tocado en la puerta de una casa para pedir una limosna, pero la dueña de la casa los echó afuera con regaños y blasfemias. Al ver las caras tristes de los pobres, a la ardilla eso le dolió mucho, y deseaba de todo corazón poder ayudarles. “Si pudiera acordarme dónde he escondido mis despensas”, pensó y rápidamente corrió al bosque para volver a escarbar y buscar. ¡Y he aquí!... de repente fue muy fácil encontrarlas. No es que la ardilla se hubiera acordado; más bien, ahora en todos los escondites donde se encontraban las nueces, brillaba una pequeña luz que le mostraba el camino. Empezó a rascar y escarbar, lleno sus molares y rápidamente alcanzo a los pobres caminantes. Primero se encontraba un poco temerosa, pero al ver la suave mirada de María y José, perdió su timidez. Se les acercó con ligereza y colocó dos nueces a los pies de cada uno. Quizás piensan que eso es poco para un estómago hambriento. Sin embargo, lo que es dado con amor, siempre es más de lo que aporta. María y José le dieron las gracias al pequeño animal, comieron las nueces y ya no sintieron el dolor del hambre.

Desde aquel día le fue muy bien a la ardilla. Siempre que buscaba sus escondrijos, las lucecitas brillaban dentro de la tierra y nunca más tuvo que escarbar por sus reservas en vano.

19. Pedro, el perro velador

En su camino a Belén, sucedió que María y José habían buscado posada en vano, y ya se preparaban para pasar la noche bajo el cielo, cuando José en las tinieblas, de repente notó en la lejanía una pequeña choza oscura. Al acercarse, se dio cuenta de que no era una morada humana, sino un corral de ovejas. Sin embargo, por lo menos ya contaban con un techo y un poco de calor.

¡Mas no habían contado con Pedro! Pedro era el perro velador. Junto con el pastor, durante el día llevaba al rebaño hacia los pastos, mientras de noche lo cuidaba contra ladrones y animales feroces. Al husmear que alguien se acercaba, se levantó, sacudiendo la cadena a la cual estaba atado; luego saltó hacia los viajeros y dejó oír su tenaz “Guau, guau”, lo que significaba: “¡Atención! Aquí cuido yo, no se me acerquen demasiado”. Al oír los ladridos furiosos del perro, José se encogió de hombros y se volteó para salir. “Qué le vamos a hacer”, le dijo a María, “con este velador es más difícil discutir que con gente de mal corazón”. También María había detenido sus pasos; y se podía escuchar en los ladridos de Pedro que estaba muy satisfecho consigo mismo, de haber impedido la entrada a la pareja. Pero entonces María tomó la palabra: “Ay José, hagamos el intento de entrar. Las noches son tan frías que sin un techo no podremos dormir”, y tranquilamente se acercó al corral.

En ese momento, Pedro, enfurecido, ladro ferozmente y jaló su cadena, para saltar hacia la Virgen. Sin embargo, antes de que José hubiera podido intervenir con su bastón, sucedió algo inesperado: como reaccionando a una orden inaudita, Pedro repentinamente dejó de ladrar, se quedó parado y miró a María, quien se le acercó. Al instante empezó a menear la cola alegremente, brincoteando como una cabrita, saludó a María y se acostó de espaldas a sus pies. María se inclinó para acariciarle la barriga. Sin embargo, cuando se acercó José, nuevamente se oyeron los gruñidos del perro; pero con las buenas palabras y caricias de la Virgen, rápidamente se tranquilizó. “Mira”, dijo María, “con qué fuerza ha jalado su cadena que se ha lastimado el cuello”. Entonces, suavemente María pasó sus manos sobre las heridas, y Pedro ni siquiera se movió al contacto.

Más tarde, también al perro le hubiera gustado entrar al corral, para poder estar muy cerca de María; sin embargo eso no se podía. Por eso se acostó frente a la entrada, y su pequeño corazón latía alegremente al saber que esta noche, podía cuidar además de sus ovejas, también a la Virgen.

Temprano al otro día, llegó el pastor para sacar al rebaño, cuando se le presentó una increíble imagen: se abrió la puerta del corral del que salieron un hombre y una mujer, seguidos por un burrito. Y Pedro, su feroz velador, los saludó meneando la cola y le lamió las manos a la mujer; mientras, las ovejas dentro del corral balaban como sólo suelen hacerlo cuando se les acerca alguien conocido. El pastor permaneció durante un tiempo como en un sueño, y sólo volvió a la realidad cuando María y José desde hacía mucho ya habían seguido su camino. “¡Hey, Pedro! ¿Quiénes fueron tus huéspedes?”, exclamó al perro. ¡Oh, si hubiera podido comprender el idioma de los perros! Seguramente Pedro le hubiera contado quienes fueron los que habían pasado la noche en el corral, y quién le había curado el cuello de sus feas heridas. Razón de más para asombrarse.

20. La oveja que no quiso dejarse trasquilar

“Blanca-Nieve” era la oveja más bella de todo el rebaño; su lana realmente brillaba más que la de sus compañeras. Sin embargo, eso era lo único por lo que llamaba la atención. En las mañanas, obedientemente salía con las demás a pastar, y en las noches regresaba igual al corral. Mas cuando en primavera llegó la época de trasquilar, acabose la obediencia. Mientras sus compañeras se dejaban pelar sin problema, Blanca Nieve siempre se escapaba con grandes brincos, cuando alguien trataba de quitarle su borrega; de ninguna manera quería entregar su blanca lana. Finalmente, el pastor se cansó de corretear a la pequeña oveja y decidió: “Entonces que Blanca Nieve se quede con su lana caliente de invierno. Con tanta lana gruesa en el estío sentirá el calor”.

Por cierto, cuando las demás ovejas, bien trasquiladas salieron a los campos, mientras su lana ya amarrada en grandes bultos, fue vendida en los mercados, Blanca Nieve seguía cargando su abrigo. No fue nada fácil para ella cuando llegó el verano. Muchas veces sintió el calor, y buscaba un lugar sombreado para refrescarse. El pastor hubiera querido ayudarle, liberándola de su lana. Ni por ello, Blanca Nieve permitió que se le acercara con las tijeras. Pues, ¿para quién quería guardar su lana?

Así llegó el invierno, que era el mismo cuando María y José trasnochaban en el corral. Sin embargo, al día siguiente, Blanca Nieve había cambiado completamente de actitud: se acercó al pastor y con toda clase de señas trató de darle a entender que ahora, urgentemente quería ser trasquilada. “Eso no es posible”, contestó el pastor cuando finalmente comprendió lo que la oveja quería. “Ahora en invierno, con este frío, es cuando más necesitas tu lana”. Mas Blanca Nieve no dejó de molestar e insistir; y cuando vio que no le hacían caso, se puso muy triste y dejó de comer; ya no volvió a tocar el pasto por más que se le rogaba. “Bueno, entonces se hará tu voluntad”, suspiró el pastor, y cogió sus tijeras para cortar la lana. Blanca Nieve se quedó muy quieta, como si antes no hubiera estado reacia, hasta que el último rizo había sido cortado. Y para que la ovejita no tuviera que sentir demasiado frío, el pastor le buscó una vieja chaqueta y se la puso. En cambio, la lana cortada quedó empacada en un bulto y la guardó para el próximo día de mercado, que todavía estaba muy lejano. Sin embargo, al llegar el día de venta, el mismo pastor ya había obsequiado la lana al Niño Jesús, que había nacido en el establo de Belén. Y por fin comprendió para quién había conservado su lana Blanca Nieve.

21. Los ratones navideños

En Belén existía un establo viejo y apolillado; en éste vivía “Remus” el toro. En el suelo estaba regado el pasto y la paja, y en un rincón se encontraba un pesebre, del cual Remus solía comer. Justamente en este corral iba a nacer el Niño Jesús. Cuando el Ángel Gabriel echo una mirada a este sitio, se asustó bastante: “Dentro de tanto desorden y pobreza, el celestial Niño no puede venir al mundo. Remus, a ver qué haces para embellecer y arreglar este lugar”. Remus se le quedó mirando al ángel con sus grandes y redondos ojos, y apaciblemente siguió comiendo. Para Remus, este corral se veía como siempre, y según él, podía seguir así.

¡Con qué ganas el mismo Ángel Gabriel hubiera echado mano para poner todo en orden! Sin embargo, con sus manos formadas de luz, no era posible. ¿Quién podría ayudarle? En este momento escuchó un fino chiflido entre la paja, y cuando se volteó para ver qué era, descubrió un pequeño ratón que le miraba desde su agujero en el rincón. El ratoncito había visto al ángel, y ahora, llamaba a sus hijitos para que también miraran la aparición celestial.

Entonces, Gabriel se dirigió a los ratoncitos y les pidió: “¿Me quieren ayudar a arreglar este establo, para que todo esté limpio y bonito cuando nazca el Niño Jesús en la Navidad?” Los ratoncitos no esperaron una segunda llamada: rápidamente salieron de su agujero, cada uno agarró un pedacito de paja con el cual desapareció, .para volver inmediatamente por el siguiente, uno tras otro; en poco tiempo todo se veía limpio y ordenado, y hasta al mismo toro Remus le gustó.

El Ángel Gabriel felicitó a los ratoncitos diciéndoles: “Por haber ayudado tan diligentemente, les doy el nombre de ‘Los ratoncitos navideños’, y cuando nazca el Niño Jesús, serán los primeros que lo puedan ver”. Desde entonces los ratoncitos esperan ansiosamente la Navidad.

Created By
Yeccan Waldorf
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