¡De La Pampa A La Capital!

Miércoles 21 de setiembre de 1926, un sol ardiente calienta las llanuras guanacastecas. En una finca ganadera los chanchos chillan, las gallinas cacarean, las vacas mugen y los caballos relinchan, todos se unen en una sinfonía de angustia y expectativa por lo que sucede en la casa.

En el corredor del hogar cuatro niños cuidadosamente sentados en orden de nacimiento esperan las buenas noticias. Descalzos con todo su cuerpo cubierto de polvo y sus ropas sucias y desaliñadas, están a la expectativa de lo que pasa en la habitación de su madre.

¨Los gritos de esta joven helarían hasta al más valiente de los montadores¨, comentan las mujeres mientras corren dentro y fuera del salón con palanganas de agua recién sacada del río, cubiertas por trapos que ingresan blancos como las nubes y salen rojos como el vino.

De repente, todo se detiene, durante unos segundos se puede escuchar un silencio sepulcral, el mayor de los niños se levanta de un salto y corre hacia la puerta de la habitación en donde se encuentra su madre. Inmediatamente, se comienza a escuchar un llanto fuerte y saludable. Los demás niños le siguen al darse cuenta que el sonido que escuchan, ya no proviene de un adulto.

Al juntarse los niños con su hermano mayor, la madre se percata de los pequeños espectadores y les sonríe mientras sostiene en sus brazos a una pequeña niña aún cubierta por los residuos del parto. La recién nacida es la fuente del llanto nuevo e inocente que escucharon sus hermanos.

Nueve meses esperaron para conocerla hasta que al fin llegó el momento. Una de las parteras toma, limpia y viste a la bebe. Luego se dirige hasta donde están los niños, los lleva a la orilla de la cama y se encamina a la salida de la habitación.

Al llegar a la puerta se detiene por unos segundos y alcanza a escuchar a la joven madre decirle a sus hijos: ¨Esta es su nueva hermanita María Eugenia Castañeda Vargas¨, la mujer sonríe de orgullo mientras cierra la puerta y continúa su camino.

Francisco Vargas Vargas, famoso terrateniente español, mujeriego pero con una familia estable, a la que el manto del matrimonio no cubría, conoció a una hermosa joven de 20 años, de la que se enamoró y decidió formar otra familia.

La muchacha de ojos miel, tez morena, cuerpo de reloj de arena característico de la mujer latina y cabello oscuro, largo y rizado, se convirtió en la última conquista del casanova. Su nombre era Irene Castañeda Vargas, toda su vida trabajó con la tierra y el ganado. Sembrando sus propios alimentos logró sacar adelante a sus cinco hijos, nunca le hizo falta el apoyo de un marido.

Siete años pasaron, la bebe que al inicio del relato acababa de nacer, ahora se dirige hacia su primer día de escuela en Filadelfia. De la mano de uno de sus hermanos mayores, la niña, estaba a las puertas de encontrarse con su destino.

Al volver de las clases, se juntaba con sus hermanos y recibían a los vecinos y amigos que llegaban de visita y salían con botellas de leche o lo que necesitaran sus familias. Un ejemplo de solidaridad que Doña Irene trató de inculcar en cada uno de sus hijos.

De primero a quinto grado así fue la vida de ¨Maru¨ como le llamaban algunos de sus amigos más cercanos. Al llegar a sexto grado la situación cambió radicalmente, con tan solo 12 años y un espíritu emprendedor, la joven estudiante se mudó a Liberia.

Durante un año su familia le pagó a una señora para que le diera techo y comida. Al terminar el curso lectivo regresó a su pueblo, Paso Tempisque, esperó con ansias un milagro para poder continuar con sus estudios, pero esta vez sus deseos la llevarían más allá de las fronteras de La Pampa.

La capital era todo un sueño para esta joven luchadora. Al crecer en un pueblo donde pocos viajaban a la ciudad y los intereses de la mayoría estaban lejos de estudiar, la idea de mudarse en busca de una vida completamente distinta a la que conocían era inconcebible.

A los 14 años ocurrió lo impensable, uno de sus medios hermanos, el Dr. Francisco Vargas Vargas se apareció en la casa de madera pintada de amarillo, con una oferta maravillosa. Vivir en un convento de Heredia, mientras estudiaba en La Normal, hoy el Liceo de Heredia.

¨Marujita¨ no lo pensó dos veces, si bien el viaje era largo y el miedo a lo desconocido la ponía nerviosa, la vida que podía alcanzar en San José y su ambición por convertirse en profesional pusieron fin a sus dudas.

La semana siguiente con todas las maletas listas, ¨Mariquita¨ emprendió su camino. Durante cuatro horas viajó a caballo desde su casa hasta Puerto Ballena, ahí tomó una lancha que la llevaría a Puntarenas, pero esta solo podía zarpar si la marea estaba alta. Al llegar a la zona costera, tuvo que correr para alcanzar el tren que la conectaría con la capital josefina.

En el convento de la congregación de María Auxiliadora, conoció a un grupo de amigas que la acompañarían durante toda su vida. Algunas ya eran de su clan guanacasteco, pero al vivir juntas su amistad se transformó en hermandad.

Una de las anécdotas que más recuerda Doña Noemy Paniagua, amiga desde la infancia, cómplice de conquistas y travesuras, era cuando recibían encomiendas de sus familiares. Todas compartían sus envíos y los esperaban con ansias, sin embargo una de sus compañeras no era así. ¨Gloria¨ los guardaba y escondía por tanto tiempo que se le ¨maleaban¨. Situación que sacaba a relucir el sentido del humor de María y sin importarle su característica timidez hacia mofa de lo sucedido.

¨Eugenita¨, también tenía fama de ¨bandida¨, siempre lograba salirse con la suya, y es así como Doña Ada Vargas explicaba la manera en que su amiga lograba zafarse de los rosarios diarios, con la excusa de planchar sus uniformes.

Tras cinco años de estar bajo la estricta rutina de las religiosas, otra de las medias hermanas a la cual el padre de ambas nunca reconoció, la presento con Doña Carmen Ávalos, maestra residida en el centro de San José, con una gran casa donde a menudo recibían visitantes guanacastecos.

La vivienda se encontraba en Cuesta de Moras, se trataba de un largo pasillo con habitaciones a los lados, que culminaba en la cocina. Detrás de la casa había un patio grande y compartido con la familia Coto. A las residencias las separaba una delgada pared, en la cual había una puerta que las comunicaba.

¨Me parece ver a María entrar con enagua paletoniada, blusa blanca y pañuelo azul¨, relata Doña Ofelia Coto, sobre la primera vez que vio a la mujer que se convertiría en su mejor amiga y hermana. En ese momento no le dio importancia, pero dos años después volvió hecha toda una maestra y ya no llegaba de visita, sino que buscaba una habitación.

Con una plaza de maestra en la escuela Dante Alighieri otorgada por su gran amigo el periodista Danilo Arias, inició una nueva etapa de su vida. En sus viajes a Lourdes, conoció al hombre que se convertiría en su esposo. La historia de su primer encuentro no está clara, pero las anécdotas de los viajes familiares permanecen en la memoria de sus amigos y futuras generaciones.

De ese matrimonio nació Irene María Chacón Castañeda, hija única de la pareja, criada entre nanas y amigos del barrio. Al tener una madre y una tía maestras la escuela nunca le fue un problema.

Para ¨Mary¨ la educación era primordial, por lo que puso a estudiar a su hija en el Colegio Metodista. Más adelante sus nietos seguirían el mismo camino. Por el otro lado, Tía Ofe como le llamaba Irene, entendía la importancia de la buena educación, pero al no tener que preocuparse por eso y al amar a la niña como si fuese de ella, se encargaba de comprarle todo tipo de zapatos, vestidos, juguetes y todo lo que la primeriza pidiera.

Así como su madre la hija creció hermosa, con un historial de ex-novios y fiestas, a los 19 años ¨sentó cabeza¨ y se casó con el padre de sus tres hijos. Los ahora nietos se convirtieron en la adoración de ¨Maruja¨.

En su vejez siempre conservó el sentido del humor que la caracterizó desde joven, al hablar con sus nietos, ellos relatan todas las veces que se ¨carcajeaban¨ por algún comentario sin sentido, o por alguna hilarante situación. ¨Una vez íbamos todos en el carro, tita se montó y en vez de ponerse el cinturón, arrancó la mitad de la cubierta del borde de la puerta¨ relatan entre risas los jóvenes.

La vida de María Eugenia, estuvo rodeada de aventuras y decisiones difíciles. Logró alcanzar sus sueños de convertirse en una Licenciada en Filosofía y Letras, así como tener una familia que la amó incondicionalmente. El pasado 27 de mayo del 2014, fue el día que Dios escogió llevársela a su lado.

Tras 87 años de haber venido al mundo, Maru ahora nos vigila desde el cielo. Hoy su familia aún lamenta su perdida, pero el legado que ella les dejó será eterno.

¨Tita Mary¨ se convirtió en su último seudónimo, un anillo en el dedo índice de mi mano derecha es la manera que pude encontrar de tener a mi abuelita cerca. Durante 20 años compartí con ella experiencias inolvidables que espero algún día mis futuros hijos puedan apreciar tanto como yo.

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