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Camino al trabajo Jordi Rocandio Clua

Es una espléndida mañana de Septiembre. El sol brilla con la intensidad típica de este mes, dónde todavía estamos en verano pero ya no podemos disfrutar de las playas en nuestros días de vacaciones.

Voy caminando hacia mi nuevo puesto de trabajo en una de las escuelas públicas de mi barrio. He tenido mucha suerte y por eso estoy feliz.

Tras años y años deambulando de colegio en colegio, por fin me han dado plaza como interina. Va a ser estupendo poder cobrar todo el año y apartar esos problemas económicos de mi cabeza, al menos por un curso.

Me paro en un semáforo a esperar que se ponga en verde y sigo reflexionando sobre el giro que ha dado mi vida en poco tiempo. Quién lo iba a decir, después de cuatro años divorciados y tras un angustioso año de abogados y tribunales peleando sobre la custodia de mis hijos, de repente, y de la manera más inesperada, mi ex-marido Roberto y yo volvemos a tener una hermosa relación.

Todo sucedió un día que coincidimos en la cafetería del juzgado. Nos habían notificado que la vista por la custodia de los niños se retrasaba una hora por una cuestión de forma y que debíamos esperar. Me encaminé a la cafetería para pasar el rato y en la cola para pedir un café, mi ex me sorprendió con un saludo.

Hacía meses que no nos hablábamos pero él decidió romper el hielo. Empezamos a hablar durante un buen rato y lo que parecía que iba a ser una tortura se convirtió en una agradable conversación. Fue como una liberación que ambos necesitábamos. Cuando entramos a la vista, nos miramos y surgió de los dos pedir un aplazamiento. Necesitábamos aclarar las ideas.

Durante varios días fuimos quedando para tomar café y hablar. Poco a poco empezó a renacer aquello que habíamos olvidado. Volvió surgir de nuevo el respeto, el coqueteo y las miradas. Fue como volverse a enamorar. Empezamos a hablar largas horas por teléfono, a mandarnos Whatsapps con emoticonos y este tipo de cosas, parecíamos adolescentes.

Al ver que la gente empieza a moverse a mi alrededor despierto de mi ensoñación. Está en verde y me dispongo a pasar con el resto de la gente cuando una mano me agarra del brazo y me echa hacia atrás. Un camión de bomberos con la sirena a tope pasa a una velocidad alarmante a escasos diez centímetros de mi.

— ¡Señora! ¿Qué le pasa? ¿Es que no ha oído las sirenas? —Me grita un hombre mientras se aleja hacia algún misterioso lugar.

—¡Gracias!— Le respondo, pero ya no me oye. Se ha alejado a gran velocidad.

Debo estar más atenta, pero es que la situación es para estar más que despistada.

A partir de ahí empezamos a salir para ir a cenar, al cine, al teatro, a todos esos sitios que nos encantaban y que tanto habíamos echado de menos. Nuestros dos hijos, Eric y David, empezaron a ilusionarse de nuevo. Lo habían pasado muy mal y su vida se había convertido en un auténtico infierno. Nos habían visto discutir en infinidad de ocasiones y no acabamos nada bien. No nos hablábamos y siempre los utilizábamos de correveidile para cualquier cosa que tenía que ver con ellos, ya fueran extraescolares, ropa, pagos de salidas y demás.

Luego llegaron los movimientos entre casas y todas esas cosas que nuestros hijos odian pero que los adultos no somos capaces de ver cuándo estamos en el proceso de separación. Todo eso llevó a que su rendimiento escolar bajase y su comportamiento empeorase, metiéndose en alguna que otra pelea y convirtiéndose en los payasos de la clase. Los maestros del colegio nos tenían que hacer las reuniones por separado porque no queríamos compartir el mismo espacio. Fue horrible.

Pero ahora todo había cambiado. Mis hijos volvían a ser niños felices y mi ex-marido y yo estábamos mejor que nunca. Incluso estamos pensando en volver a casarnos, ya veremos. Y para colofón empiezo hoy como interina. ¿Se podría ser más feliz?

Sigo mi camino y antes de nada, como cada mañana, me dirijo a la cafetería de toda la vida. Siempre encuentro diez minutos para tomarme un buen espresso antes de ir hacia el trabajo. Me toque en el colegio que me toque, siempre paro en el mismo bar. Está al lado del metro y sin ese café no soy nadie.

Cuando entro por la puerta me topo con la cara sonriente de Felipe, el dueño del establecimiento. Sabe de sobras lo que tomo así que al verme me saluda y se dirige raudo a la máquina del café. Sabe que no dispongo de más de diez minutos.

Me encantan los sonidos de mi cafetería y ese olor a personas, café y pastas. Ver todos los días las mismas caras conocidas me reconforta de una manera que no sé cómo explicar. Es mi micromundo personal y no sabría vivir sin él.

— ¿Puedes subir el volumen de la tele, Felipe?— Oigo decir a uno de esos rostros familiares.

— Un momento Luisa, ahora voy. —Responde Felipe.— Por cierto Claudia, Roberto me ha dado una nota esta mañana temprano, me ha dicho que te la dé en cuanto llegues. Ahora te la paso junto con tu café.— Grita Felipe, dirigiéndose a mi.

— Tranquilo Felipe, ahora me la darás. Igual es una nota de amor o alguna sorpresa que me tiene preparada. No es la primera que recibo en estas últimas semanas. — Le respondo extrañada. Cuando he salido de casa Roberto no me ha dicho nada.

— El volumen Felipe. Algo ha pasado, parece aquí en el barrio. — Vuelve a gritar Luisa.

Medio minuto después Felipe se acerca a mi con mi adorable café y la nota. Cuando le miro a la cara está gesticulando de una manera que parece que diga: “madre mía lo que tengo que aguantar”. Le sonrío y le digo que tenga paciencia guiñándole un ojo.

Felipe sigue a lo suyo y entre pedido y pedido le pone el mando a distancia en la mano a Luisa. Ésta sube el volumen mientras tomo el primer sorbito de mi ardiente café.

— Por lo que dicen parece que ha habido un incendio. Creen que ha sido una explosión de gas. — Dice Luisa.

Mientras bebo mi café me pongo a leer la nota de mi querido Roberto. Abro el sobre, saco el blanco papel y leo: “Que tengas un buen día, maldita, te dije que me las pagarías”. Firmado Roberto.

— Sí, ha sido aquí al lado. Seguro que los bomberos que acaban de pasar iban hacia allí. — Continúa Luisa.— Dicen que es en la calle Bac de Roda, en esas casitas unifamiliares que hay allí detrás. No ha habido supervivientes, hablan de dos niños y un adulto.

Claudia sigue ensimismada con el extraño mensaje que acaba de recibir de Roberto, no entiende nada. Entre pensamiento y pensamiento mira hacia el televisor y en la pantalla aparece la fachada chamuscada de su casa. Vuelve a mirar la nota y el televisor, esta vez en estado de shock. Todo ha sido una gran mentira. Roberto la ha utilizado para entrar de nuevo en su casa y preparar con todo detalle su venganza.

El encuentro en el bar de los juzgados, las salidas al teatro, las largas conversaciones al teléfono y las cenas románticas. Todo ha sido una farsa para poder entrar en casa otra vez. No lo vio venir y eso la mata por dentro. Se desmaya y cae al suelo del bar. Antes de perder el sentido se le pasan por la mente la imagen de sus queridos hijos por última vez.

Su vida acaba de terminar en ese preciso instante. Nunca saldrá de ese pozo en el que la acaba de meter su ex-marido. Nunca más volverá hablar. Nunca más volverá a sonreír. Nunca más volverá a vivir.

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Jordi Rocandio Clua
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