Sánchez abandona las calles

Jamás hubiera imaginado verme en una situación así…en una situación simplemente deplorante para una persona, yo, todo un abogado que ahora vive en las calles, que consume alcohol, marihuana y cocaína.

Miguel Sánchez es abogado de profesión, ejerció durante 15 años, se casó, tiene tres hijos, los cuáles están pequeños porque hace unos años su negocio de asesoría legal quebró y fue despedido de su anterior trabajo por abandono y por llegar tomado en sus horas laborales.

Jamás hubiera imaginado verme en una situación así dice Sánchez, y es que con su despedida, vino de la mano la quiebra de su negocio, negocio el mantuvo solo durante tres años en pie.

Inicié gastando el dinero en alcohol, un día en una de esas discos de San José, donde las mujeres abundan se me acercó alguien y me dijo que si tenía problemas, a lo que respondí que si, claro… me habían despedido y mi negocio había quebrado, ¿cómo no tener problemas?, solo contesté que sí, ese joven me dijo que tenía la solución.

Desesperado le dije que me dijera cuál era la solución, me llevó a un cuarto obscuro en las afueras del bar, me mostró una pastillita y me dijo que eso me iba ayudar, que la probara y que si me gustaba me vendía más y me ayudaba a montar el negocio.

Miguel en su desesperación por llevar el sustento a su hogar accedió a la propuesta de aquel, lo que no sabía era que la solvencia le iba durar poco tiempo.

Tomé aquella pastilla entre mis manos, le pregunté al muchacho que si podía mezclarla con alcohol y me dijo que no había problema, claramente yo sabía que no era nada legal, pero en mi desesperación por olvidarlo todo y llevar comida a mi hogar, la tomé. Pasé la noche sumamamente relajado, la pasé muy rico la verdad.

Al cabo de una semana Miguel volvió aquel bar de San José para encontrarse con el joven nuevamente, y aceptar su negocio, pero no lo vió, llegó a la siguiente y tampoco lo encontró, una noche desesperado por encontrar al joven se fue entre los callejones, para su sorpresa ahí lo encontraría.

Lo ví, nuevamente lo ví, no podía creerlo, hablé con él, le dije que estaba dispuesto a montar un negocio con él y me explicó como debía ser todo, al cabo de unos días recuperé mi estatus económico, mi esposa me preguntaba qué como había hecho y yo le decía que con los ahorros que teníamos volví a montar el negocio.

Ningún ahorro, lo que la pobre no sabía es que había tomado nuestros ahorros, los de toda la vida para comprar drogas y según yo, venderlas, al cabo de un mes me había consumido la mercadería y no había vendido nada, aquellas pastillitas me hacían sentir tan bien, como si volara entre las nubes, sumamente relajado.

Un mes después mi esposa se dio cuenta, ¿cómo? no lo sé, siempre fui muy cuidadoso. Mis hijos estaban pequeños, muy bebitos, el mayor apenas caminaba.

Pude ver en mi mujer por primera vez su mirada de decepción, esa mirada de rabia y furia que sentía hacía mí, me arrodillé, le supliqué, le pedí perdón y sin embargo me echó de la casa.

Miguel no sabía que iba a ser de su vida en ese instante, con lo único que tenía puesto, emprendió un viaje que lo llevaría a conocer lo más obscuro de los callejones josefinos.

Me volví adicto, era un adicto, probé todas las drogas de la calle, comía de los basureros cuando no encontraba droga, tomaba agua del caño porque nadie me abría la puerta, pasé muchas necesidades, es algo que no le deseo a nadie.

Al cabo de un tiempo, encontré a una señora que llegó a darnos de comer a los indigentes, le conté mi historia y ella misma, de voluntad propia me internó en una clínica y me dijo que cuando saliera rehabilitado la buscara

Cuando salí eso hice, la busqué, vivía en Escazú en un terreno enorme, pregunté por ella, le dije que si me recordaba y le volví a contar mi historia, me pasó delante de su casa, me dio café, hablamos y me dejó pasar la noche ahí.

Al día siguiente me llevó a uno de sus negocios, que por casualidad estaba diagonal a la casa donde yo vivía con mi esposa y mis pequeños, y la ví, la ví salir con mi niño de 4 años de la mano y el otro de 2 añitos ya caminaba, igual que su hermanito cuando me fui de la casa, bueno… cuando me echaron.

Sánchez no se imaginaba que su destino era reencontrarse con la familia, no imaginó el tiempo había pasado tan rápido, ni que encontraría a sus niños tan grandes, una mezcla de sentimientos encontrados fue lo que tuvo en ese momento al ver a su esposa e hijos.

Salí corriendo de la tienda, los abracé y mi esposa no me reconocía, mis niños mucho menos… hablé con ella, le conté todo y solo me veía atónita, de pronto, una lágrima cruzaba su mejilla, la tomé de su rostro y le pedí perdón, uno de los más sinceros perdones que he pedido en mi vida.

Ella no sabía cómo reaccionar, no podía creer que había vuelto a ser yo.

Miguel fue recuperando a su familia a base de esfuerzo, dedicación y demostrando un cambio brusco para bien en su vida. Hoy Miguel Sánchez fue perdonado por su esposa, sus hijos lo reconocen, juegan y lo aman. Aquella señora que ayudó a Sánchez a salir de las calles falleció, pero en su herencia le dejó el negocio de la esquina. Miguel es el mismo hombre de bien de hace unos años.

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