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Epifania: Me hice barrendera nocturna para criar a mis hijos

Desde medianoche, las hebras de paja que sostiene en ambas manos, se convierten en una extensión de su cuerpo, que marcan un ritmo durante siete horas.

Epifania Mandonado trabaja como barrendera nocturna desde hace 18 años. Ella es una de las mujeres y hombres de la Empresa Municipal de Servicios de Aseo (EMSA), que cada noche, sin falta, recorre cuadras y cuadras en la tarea de limpiar la ciudad.

Ataviada con el traje naranja, comenzó su labor una noche en medio de la nostalgia de dejar a su hijo menor en casa con tan solo dos años y el mayor nueve. “La primera vez no sabía ni como barrer, me dormía cada cuadra porque no estaba acostumbrada pero sabía que tenía que seguir por mis hijitos”, relata mientras continúa moviendo la escoba.

Esa noche y las siguientes, recuerda, le salieron ampollas en las manos, le dolía la espalda y los pies, “la necesidad me obligó a aprender y seguir”.

Sin un padre que los acompañe, los dos pequeños crecieron acostumbrados a la falta de Epifania por las noches, pero era un sacrificio que debía hacer, asegura. Antes se dedicaba a la costura. Angustiada de no estar con sus hijos decidió trabajar de noche. “Yo me separé por ese motivo entre a trabajar aquí para poderlos cuidar, de día hacerles estudiar, ayudarlos con las tareas”.

Mientras todos descansan, mujeres como Epifania se dedica a limpiar la ciudad. Ver el amanecer ya no es un privilegio es parte de la rutina.

Cargada de dos escobas extra en la espalda Epifania, recorrió seis manzanos del centro la madrugada del martes, sin descanso. “Si te demoras el carretillero no puede hacer su trabajo, no puede recoger la basura y lo retrasas a él también y al carro basurero”, esa es la razón por la que las barrenderas no dejan la escoba en toda la noche.

Ni la lluvia, ni ninguna otra tempestad para su trabajo. No hay fines de semana ni feriados, “nosotras tenemos que hacer la limpieza todos los días, no importa qué fecha sea”, explica. El trabajo rota por cuatro zonas: villa sud, villa este, villa central y mercados, los espacios más complejos de limpiar son estos últimos dos.

En el día la rutina de esta sacrificada madre no difiere de otras. Tiene que preparar la comida para sus hijos, limpiar, lavar, hacer compras y si el tiempo se lo permite descansa entre dos a cuatro horas, con suerte. “Cuando sale el sol tengo que hacer todo lo que una mamá hace, todas las labores de casa, igual”.

Para ellas que cumplen una jornada nocturna, el descanso es un privilegio. Son las cuatro de la mañana y no ha bostezado, ni ha mostrado signos de cansancio.

Pero, el cuerpo es el que cobra la factura. “Como tenemos que estar agachadas a las que llevamos mucho tiempo ya nos vienen problemas en la espalda”, y la cabeza de Epifania no se levantó ni para hcer ese comen-tario. Es el segundo turno y después de estar cinco minutos sentadas en una acera vuelven a barrer.

La compañía alivia esta sacrificada tarea. Epifania recorre las calles, junto a una de sus compañeras, nunca es la misma porque los puestos rotan, y en las esquinas se puede encontrar con dos o tres más con las que comparte alguna broma.

Pero en el bolsillo está su fiel aliado, una melodía que sale de la radio, la música que hace que la oscuridad y el silencio de las calles cuando se oculta el sol se haga más ameno.

En esta labor no se espera reconocimiento alguno. “Los autos pasan y nos mojan, los vecinos siguen dejando su basura en las aceras aunque nos ven y saben que limpiamos sus aceras”, cuenta. Mostrando un cúmulo de bolsas en una de las esquinas de la avenida Aroma reclama: “Aquí todos los días hay basura domiciliaria, botan la basura a las aceras como si no pasara el carro”.

Epifania, mientras recoge las basuras que los estudiantes de la Universidad dejan por la avenida Oquendo, solo espera que los ciudadanos tomen conciencia. “La ciudad está muy sucia, la gente se ha acostumbrado a botar sus bolsas a la calle y a que nosotras limpiemos, da pena”, lamenta.

Son siete horas más o menos que Epifania no ha soltado la escoba artesanal que llevó desde su casa. Continúa con su labor que a fin de mes se resume un salario básico.

Además de todos los percances, las barrenderas también tienen que lidiar con la discriminación.

Epifania vive en Huayillani, en el municipio de Sacaba y retornar a su hogar se convierte en una odisea solo por ser una barrendera.

Los fines de semana la labor termina a las 4:00 y para irse a casa las trabajadoras deben esperar un bus o un taxi, que normalmente, al verlas con el traje y la leyenda de EMSA les niega el transporte. “No nos quieren alzar, piensan que estamos sucias, que estamos con basura nos miran feo y no nos quieren recoger”.

Los riesgos a los que se enfrentan ella y sus compañeras son incontables. A pesar de contar con chalecos reflectores, los vehículos que pasan veloces en el amanecer no las ven y las atropellan.

En suma tienen que lidiar con personas en estado de ebriedad y malhechores. A pesar de todo eso Epifania agradece haber encontrado este empleo y al mismo tiempo dedicarse a su familia, “gracias a Dios a mí no me ha pasado nada. Barriendo pude criar a mis hijos y sacarlos adelante y ellos son considerados y saben el sacrificio que hago”.

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