Un cuento para cada día de Adviento CUARTA semana

22. Un manojo de paja

Una vez, María y José tocaron en la puerta de un campesino y pidieron alojamiento para la noche. Sin embargo, este hombre de mal carácter y de corazón duro, no le gustaba ayudar a los demás, sin que le pagaran por ello. Y al ver que estas dos personas eran pobres y no tenían con que pagarle, sólo les rentó un rincón en su patio: “Allá, donde resalta el techo, se pueden acostar en el suelo”, murmuró de manera poco amable. “¿No tendría usted un manojo de paja para nosotros?”, preguntó María tímidamente, “para que no tengamos que dormir en el piso duro y frío”; por lo que el campesino la miró furioso; pero luego se calmó y le dijo: “Bueno, solamente un manojito, pero ni una pajita más”. Él mismo fue al pajar y del gran montón que allá estaba guardado, cogió unos cuantos tallos entregándoselos a José, y luego les cerró la puerta enfrente de la cara.

José miró con tristeza el montoncito de paja. ¿De qué les iba a servir ese poquito?, pero María lo tomó suavemente con sus manos y empezó a repartir tallo por tallo sobre el piso. Y milagrosamente alcanzó para hacer un lecho para ambos, y todavía sobró un poco para el burrito. Así, los tres pasaron la noche bastante bien.

Antes de continuar su camino al otro día, María y José se despidieron de su hostil posadero, quien malhumorado los dejó partir. Cuando más tarde él mismo salió al patio, se dio cuenta de que la paja todavía estaba tirada en el mismo lugar, donde María y José habían pasado la noche. Se vio un tallo por aquí, otro por allá, que juntado no era más que un manojo. Ya se iba a molestar porque no la habían recogido antes de salir. Pero en ese momento notó algo extraño: ¡la paja estaba brillando! Y cuando la miró de cerca, era de puro oro... La levantó y la sopesó en la mano. Luego se golpeó la frente furioso y exclamó: “¡Qué tonto eres!, les hubieras dejado dormir en el pajar, entonces toda tu paja se hubiera convertido en oro”. Pero ya no se podía hacer nada. De todos modos, quería vender caro el oro obtenido. El tacaño campesino lo envolvió en un trapo y se dirigió a la ciudad. Después de haber buscado mucho, finalmente encontró a un joyero que le ofreció un buen precio. Contento, de que los pobres le habían dado un buen pago por la posada, desenvolvió el bulto. Pero qué cara puso, y cómo se rio el joyero al ver que todo lo que traía consigo era paja común y corriente.

Por eso, lo único que ganó fue la burla, que duró por mucho más tiempo que el regalo de la Sagrada Familia.

23. La sopa caliente de la pobre mujer

Rebeca era la mujer más pobre de su pueblo. Poseía solamente la ropa que llevaba puesta y esa ya era poca, porque su blusa y falda estaban rotas, y los zapatos y las medias llenas de agujeros. Todos la conocían, y Rebeca conocía a todo el mundo; sabía en qué puerta debía tocar cuando sentía hambre, y en dónde podía encontrar un techo para protegerse al dormir, cuando el frío ya no le permitía pasar las noches bajo el cielo. Llevaba una vida muy humilde, pero ya se había acostumbrado y no conocía otra cosa. A un campesino, que una vez la compadeció por su pobreza, le dijo: “Por lo menos desconozco uno de los infortunios de los que todos ustedes tienen que sufrir”, y cuando el campesino la miró interrogante, continuó: “a todos ustedes yo les pido limosna, pero a mí nadie me pide nada”. Y con una risa picara, cogió el pan que el campesino le había regalado y siguió su camino.

Ahora bien, en aquél invierno del que estamos hablando, había mucha hambre y frío en toda la región, así que la gente casi no tenía lo suficiente para alimentarse ellos mismos, y con pocos deseos querían compartir algo con la mendiga. Tenía que tocar en muchas puertas para juntar su pobre refrigerio.

Un día, Rebeca había recibido un poco de sopa caliente que apenas llenaba la mitad de su jarro. Cuando se sentó a la orilla del camino para comer, de repente vio acercarse a un hombre y a una mujer con un burrito. Ustedes ya habrán adivinado quienes son: María y José en su camino a Belén. El hombre tenía una mirada ceñuda, y la pálida cara de la mujer estaba tan demacrada que hasta Rebeca sintió compasión. “Oigan”, les llamó, “¿por qué se ven tan tristes y decaídos? ¿Qué es lo que les falta?” José la miró sin hablar nada, sopesando con la mirada el jarro. Pero María le contestó casi sin voz: “No tenemos qué comer y eso nos dificulta la caminata”. “¿Y por qué no se compran algo de comer?”, preguntó Rebeca, “¿O por qué no piden de comer?”, continuó la mendiga. “Lo hemos intentado”, confesó María apenada, “pero nadie nos quiso dar algo”. “Sí, sí”, murmuró la mujer, “son tiempos malos y la gente no tiene nada ni para ellos mismos. Miren lo poco que me han regalado a mí”, y les mostró el jarro con la poquita sopa. Y de repente le vino una brillante idea, la que nunca antes le había pasado por la mente. “¿Díganme, traen un recipiente consigo?” Desde luego María y José llevaban un jarro. “Vamos a compartir”, dijo la mendiga, “mi sopa y su penuria”. José sacó su jarro y la mujer le echó todo lo que pensaba que le era indispensable, y luego un poco más. Entonces su propio jarro quedó vació, pero ella lo sostuvo de tal manera que María y José no lo notaron. Cuando Rebeca vio comer a las dos personas hambrientas, sintió una alegría como jamás la había experimentado. Hasta su propio apetito se le olvidó por un momento.

Sólo tardaron unos pocos instantes en terminar la sopa, y ya María y José estaban en camino otra vez. Por mucho tiempo, Rebeca siguió con la mirada a los caminantes que la llenaron de tanta alegría, y que le habían mostrado una miseria que hasta ahora no había conocido. Cuando finalmente se agachó para levantar su jarro vacío, lo encontró lleno hasta la orilla de una rica sopa caliente, que satisfizo de inmediato toda su hambre.

24. La fogata de los pastores

En los campos ante los portales de Belén, brillaba una fogata. A su alrededor se juntaron los pastores para calentarse, porque era invierno y las noches frías; estaban rodeados de sus ovejas que descansaban pacíficamente. Sólo los perros vagaban sin cesar, vigilando el rebaño. “Qué bonito sería si ya no hubiesen lobos que amenazaran a los rebaños”, exclamó con un suspiro Samuel. Pero Jacobo movió la cabeza negando y contestó: “¡Deja de soñar!, mientras haya ovejas habrá lobos que las quieran desgarrar”. Entonces el viejo Elías levantó la cabeza blanca, miro a los dos con sus ojos claros, y dijo misteriosamente: “Quien sabe, quien sabe. He oído de una profecía, de que algún día los lobos van a pastar tranquilamente juntos con las ovejas”.

“¿Cuándo será eso?”, preguntó rápidamente Samuel. El anciano movió la cabeza pensativamente. “En el libro dice que un día nacerá el Hijo de Dios como hombre. Entonces, toda la enemistad en la Tierra se acabará y va a reinar la paz entre los hombres y los animales. Pero cuándo llegará ese día, nadie lo sabe”.

Los pastores se quedaron pensativos mirando el fuego. De repente escucharon un canto tan maravilloso y dulce, que les entró hasta el corazón. Cuando se voltearon, notaron en la calle a un hombre viejo y una mujer joven, abrigada con un manto azul, seguidos por un pequeño burrito. La mujer venía cantando para el Niño que llevaba bajo el corazón, y una paz luminosa se extendió dentro de las almas que les escuchaban.

Los pastores les siguieron con los ojos por mucho tiempo, hasta perderlos de vista. Cuando retornaron nuevamente al fuego, se dieron cuenta que también las ovejas habían dirigido las cabezas hacia Belén, y hasta los perros se habían quedado quietos, sólo con las orejas paradas. De repente, Samuel estiró la mano cautelosamente hacia el rebaño y dijo en voz baja: “¡Miren allí! No es ninguno de nuestros perros; ¡Es el lobo!. Los demás pastores siguieron su indicación con la mirada y movieron la cabeza afirmativamente. No cabía duda, el lobo estaba junto con las ovejas: igual que ellas, maravillado por el canto, estaba parado mirando hacia Belén. La cara del anciano Elías comenzó a relucir: “Creíamos que el milagro del que hablábamos antes, iba a realizarse en un futuro lejano; y ahora parece estar muy cerca. El Hijo de Dios viene al mundo; infalible es la señal: pacíficamente el lobo pasta junto con los borregos”. Samuel se dirigió al anciano: “¿Cree usted, padrecito, que la joven mujer que ha cantado tan bellamente, era la Madre del Niño Jesús?”. “Por supuesto lo creo”, afirmó Elías, “Ella debe ser la Madre de Jesús. Y el viejo pastor tenía mucha razón.

25. El viejo portero

Simeón, el viejo portero, estaba sentado en la ventana, observando el girar de los copos de nieve y pensando en tiempos pasados. Noventa años ya ha vivido y había vigilado los portales de Belén durante los últimos setenta años; en las mañanas, cuando el primer rayo del sol fulguraba sobre el horizonte, había abierto los portones y los había cerrado nuevamente en la noche, cuando el último brillo solar desaparecía. A mucha gente había visto entrar y salir, y con el tiempo había aprendido a reconocer si pretendían lo bueno o lo malo. Ahora, se le disminuía cada día más la energía y requería de mucho esfuerzo; ya casi no podía cargar el pesado llavero ni podía mover las macizas puertas en sus goznes; por eso, un hombre más joven había tomado su puesto. Ahora a Simeón le encargaron vigilar sólo un pequeño e insignificante portal en el muro oriental de la ciudad, que durante toda su vida nunca se había abierto, pero que aún llevaba el nombre de “el sublime portal”. La llave de aquélla puerta se la había entregado su antecesor, cuando Simeón era todavía un joven, con la orden de cuidarla bien y vigilar que el hierro de la llave no se oxidara. El portero sin duda reconocería fácilmente cuándo llegaría el momento para abrir el sublime portal. Así, Simeón había cuidado y pulido aquella llave durante muchos años, pero nunca había recibido una indicación para abrir el portal. Al acordarse todo esto, el anciano se levantó lentamente de su asiento, dio los pocos pasos hacia el estante y sacó la llave. Entonces nuevamente se sentó en la ventana, y mientras veía caer la nieve, pulió con la punta de su chaleco una y otra vez la llave de hierro, hasta que empezó a brillar como si fuera de plata. “Tú sabrás cuando llegue la hora de abrir aquél portal”, había dicho su antecesor. Cada vez que Simeón se acordaba de estas palabras, le daba cierto miedo de que tal vez ya había pasado el momento de abrirlo por no haberse dado cuenta.

De repente notó, que el cielo empezó a brillar en el oriente, como si no estuviera cubierto con las nubes de nieve. La luz empezó a resplandecer más y más, y en ella apareció un alto portal dorado que se abrió; de él salió un pequeño niño, que miró por todos lados y amablemente saludó con su pequeña mano al portero en su ventana. Luego, comenzó a caminar hacia la Tierra por un sendero invisible; de vez en cuando volteaba a ver a Simeón, quien asombrado, quedó observando este acontecimiento. De repente exclamó: “¡El sublime portal! Ese niño viene al gran portal y yo estoy aquí soñando”. Rápidamente se levantó y sólo cubierto con su chaleco, marchó por la nieve hacia el sublime portal. No se encontró con nadie en el camino; la gente prefería quedarse en casa por el mal tiempo. Aunque ya no podía ver el dorado portal en el cielo, todavía percibía el brillo de la luz en el Este. Finalmente llegó al portal, introdujo la pulida llave en la cerradura y la giró suavemente; en un momento la pequeña puerta se abrió silenciosamente: ¡y allí estaba el niño! Estiró la mano confiadamente hacia Simeón y le dijo: “Gracias por haber oído la llamada y por haberme abierto. Yo también te he dejado abierto un portal: ¡mira!”, y cuando el portero levantó la mirada, nuevamente vio el dorado portal en el cielo. Estaba abierto ampliamente y un sendero luminoso le indicaba el camino. Simeón sonrió felizmente y emprendió el camino hacía el portal celeste, mientras el niño le siguió con los ojos hasta que desapareció.

Pasaron algunos días, hasta que la gente extrañó al viejo portero. Lo buscaron por todos lados sin poder encontrarlo. Sucedió que un día, aparecieron en la ciudad unos peregrinos, un hombre con su joven mujer y un burrito. Sin embargo, el nuevo portero no los había visto entrar y quedó muy asombrado. Por esa razón fue a revisar el alto portal y lo encontró abierto con la llave todavía puesta. “¿Qué le pudo haber pasado a Simeón para que dejara abierto el portón?”, murmuró el hombre; cerró el portal y puso la llave en su bolsillo. No tenía la mínima idea que aquél para quien el sublime portal se iba a abrir, ya había entrado.

26. Daniel y su flauta

Cuando Daniel, tocando su pequeña flauta aparecía en las calles de Belén, la gente se quedaba parada para escucharle con gusto. En realidad, Daniel era un pobre muchacho: desde su nacimiento tenía el corazón tan débil que no le permitía correr ni brincar con los demás niños; con su pie izquierdo cojeaba un poco, y lo peor de todo era que estaba ciego. Nunca había visto el sol ni el cielo, ni el bello mundo. Sin embargo, cuando tocaba su flauta, y eso lo hacía por doquiera que andaba, sus melodías siempre sonaban llenas de alegría. Daniel era un niño feliz, y su buen humor contagiaba a toda la gente.

Era pleno invierno cuando en una mañana, la gente al despertar ya no vio más que velos grises frente a su ventana. Toda la ciudad de Belén estaba envuelta en una extraña neblina que impedía ver algo, ni reconocer los callejones y rincones. Solamente a una personita no afectaba esa situación: A Daniel, a quien la neblina no lo detuvo en su casa. Exactamente en ese día, sintió cierta fuerza especial que lo impulsaba hacia afuera. En aquél entonces todavía no se festejaba la Navidad; pero lo que él sentía en este día era la misma alegría que nosotros percibimos cuando esperamos esa fuerza luciente.

Tomó su flauta, y guiándose por su buen oído, salió directamente por el portal de la ciudad; buscó su camino a lo largo del muro hasta llegar a su roca favorita. A pesar de la densa neblina empezó a tocar su flauta.

Ahora ya no era un pequeño muchacho ciego; al contrario, se había transformado en toda una orquesta que tocaba en la boda de la pareja real. Lo hizo con tanta intensidad, que ni se dio cuenta de los velos de neblina que lo rodeaban, impidiendo la visión a la gente. Y así continuó tocando. ¿Para qué?... Bueno, para que María y José pudieran encontrar el camino para el sublime portal; porque se tenía que cumplir la profecía, que ellos por aquí, y no por otro lugar, entrarían a la ciudad.

María y José se encontraban perdidos en medio de la densa neblina y ya no sabían por dónde seguir. De repente, escucharon la melodía tocada en la flauta: “Pasa el héroe con gallarda majestad...”

Se detuvieron para descubrir de dónde venía tan bella música, luego continuaron su camino guiados por la dulce tonada. “¿Qué ángel nos estará guiando?”, preguntó María; y en el mismo momento vieron aparecer de entre la niebla un pequeño muchacho, sentado en una piedra con una flauta en los labios.

Nuevamente detuvieron sus pasos, y sin hablar, escucharon la música hasta que la canción se desvaneció. Entonces, Daniel dirigiéndose a ellos, les preguntó: “¿Quiénes son ustedes y qué buscan por aquí?”

“Somos pobres caminantes y buscamos la entrada a Belén”, contestó José.

“¿Pobres caminantes?”, preguntó el niño sorprendido, y parecía que con sus ojitos ciegos los estaba observando atentamente, y luego añadió: “El muro de la ciudad está muy cerca; sigan a su lado y encontrarán un pequeño portal”.

Y así fue; pronto María y José descubrieron el muro como una obscura sombra. Dieron las gracias al pequeño músico y continuaron su camino. Y éste los llevó exactamente al “sublime portal”, aquélla pequeña puerta que había sido abierta especialmente para ellos y que todavía permanecía con la brillante llave puesta. Por ella entraron a la ciudad.

La música la oían cada vez más lejana, a pesar de que Daniel seguía tocando. Tenía que continuar para expresar así su alegría; ¡pues había visto algo tan maravilloso! Se había sentido envuelto en luz, y en medio de ella había visto a dos personas que llevaban consigo a un niño, un pequeñito que lo había llamado con s u manita: “¡Ven!”. Sí, él iba a ir cuando el tiempo llegara. Sin embargo tenía que seguir tocando, como si con su música pudiera esparcir toda la niebla junto con la ceguera de los hombres.

Desde esta noche jamás se ha vuelto a cerrar el círculo de los Querubines y Serafines. Cada año esa vía luminosa nuevamente se forma desde el trono de Dios Padre hasta la tierra, para que este excelso ser transite por ella y así nacer entre los hombres, para sembrar su luz dentro de sus corazones; para relucir a través de sus ojos, al igual que antaño ha lucido desde los ojos del Niño Jesús.

27. Los posaderos de Belén

Finalmente, después de una larga caminata, María y José habían llegado a la ciudad. Estaban cansados y hasta el burrito venía cabizbajo. ¿Dónde pudieran encontrar una habitación y una cama para dormir? Pasaron de puerta en puerta, tocaban por aquí y por allá, para solicitar a los diferentes posaderos que les recibieran. Sin embargo, nadie los aceptó en su casa, porque José era pobre y no podía pagar por el alojamiento. Cada vez les dijeron: “Váyanse, esta es mi casa y no pueden entrar”.

Ya había llegado la noche y todavía caminaban arriba y abajo por todas las calles, y el burrito trotaba cansado al lado de ellos, asombrado porque en ninguna parte les habían brindado posada. Finalmente llegaron al último albergue en la orilla de la ciudad, en una pequeña casa con un viejo y apolillado corral en el patio. Sin mucha esperanza, José tocó también en esta puerta. Cuando el posadero abrió, se dieron cuenta de que el comedero estaba lleno de gente; por eso ni se atrevieron a pedir posada. Sin embargo, Titus, el posadero, los miró compasivamente y notó que estaban muy cansados y necesitados de hospedaje. Se rascó la cabeza y murmuró para sí mismo: “¿Qué puedo hacer? aquí hay dos personas muy cansadas, con un burro, y necesitan un lugar para pernoctar; y aquí cuento con un albergue, que tristemente ya está lleno. La gente duerme hasta en los bancos”. Pensativamente recorrió con su mirada el oscuro patio; y de repente le brillaron los ojos y exclamó: “¡Allá ya está prendida la lámpara, quien sabe si les está esperando precisamente a ustedes! Aunque no esté muy grande ni bien instalado, por lo menos tendrán un techo que los cobijará y una cama de paja para acostarse”.

¿A dónde creen, que el posadero los llevó? Ya lo saben: al establo donde vive Remus, el toro; el mismo lugar que los ratoncitos navideños habían limpiado y puesto en orden; donde la estrellita estaba sentada en la linterna, esparciendo su suave luz. Por fin habían encontrado posada María y José, junto con el burrito que los había acompañado a Belén. Y a Remus le agradó mucho la compañía. Finalmente habían llegado, y ahora puede llegar… ¿Qué? ¡Por supuesto!, ¡la Navidad!

28. El hijo de Dios Padre

Cuando la Noche Buena envolvió con su manto lentamente la Tierra, todo era un profundo silencio. Parecía como si el mundo hubiera detenido la respiración. Más en los cielos, los ángeles miraban hacia las más sublimes esferas, allá donde se encontraba el Trono de Dios Padre rodeado de los Querubines y Serafines.

De repente sucedió lo esperado y anhelado durante tanto tiempo: se hizo visible el Trono de Dios Padre a las Jerarquías al abrirse este círculo. Del solio se separa el ser más excelso, tan luciente y puro, tan claro y sereno, que ningún lenguaje ni aún celeste lo puede describir. De forma benévola miraba hacia la ronda de los ángeles quienes lo contemplaban adorándolo. Posteriormente, Él cede el paso a Dios padre que con su sacra y seria mirada penetraba las esferas de los seres celestes.

Frente a él se abrió un sendero de luz que llegó hasta la Tierra, donde los ángeles ahora podían distinguir un humilde establo, en el cual una mujer y un hombre estaban sentados al lado de un pesebre, junto con un buey y un burrito. El hombre estaba somnoliento; en cambio, la mujer al dirigir su mirada al cielo, descubrió esa vía luminosa, y levantó sus brazos como esperando algo. Entonces, en este momento, el ser luminoso, el Hijo de Dios que se había separado del Trono del Padre, emprendió su camino y empezó a descender lentamente hacia la Tierra, aclamado y acompañado por el canto de los coros angelicales.

Mientras pasaba de una esfera celeste a la otra, se transformaba constantemente: primero en un Serafín; después en un Querubín, para desprenderse como si fuera un ropaje, poco a poco de las formas gloriosas de los seres celestes. Pasó por el círculo de los Arcángeles; después por la ronda de los Ángeles para también trascenderla.

El sencillo establo empezó a relucir cuando el ser luminoso se acercó a María, y como imagen luminosa se inclinó hacia ella. Su luz se reflejó en los ojitos del pequeño niño que era cargado por María, su madre.

Nuevamente vibraban los cielos por los cánticos de los Ángeles, y la tierra resonaba por la glorificación de los seres celestes: “Hoy ha nacido el Salvador, Cristo, el Señor”.

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Yeccan Waldorf
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