¿Por qué es tan difícil cambiar?

La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar.

Carl Rogers

“A partir de hoy, seré un hombre nuevo”,

me decía hace algunos años un amigo, decidido a cambiar su vida que, hasta entonces, había sido una colección de parrandas, mayormente de fin de semana.

Ocho días después de esa vibrante declaración, me lo encontré tomando una cerveza y un caldo de camarón, con un aspecto que dejaba ver claramente que la noche anterior se había ido nuevamente de parranda.

“¿Qué pasó con el hombre nuevo?,

le pregunté para saber qué había pasado con aquel propósito que me había parecido tan firme.

“Es que el hombre nuevo también me salió parrandero”,

me contestó mientras reía a carcajadas, y yo con él.

Una vez que terminó el encuentro me quedé reflexionando acerca de lo que en realidad había pasado. Más allá del humor con el que fue descrita la situación, en el fondo, estaba haciendo una declaración acerca de lo difícil que le resultaba cambiar.

Y es que de verdad es difícil cambiar. Y cuando hablo de cambio, me refiero a ése que es importante para nuestra vida, aquel que hará una diferencia.

La frase con la que empieza este artículo nos da una receta que, a simple vista, parece asombrosamente sencilla.

¿De verdad se trata “sólo” de aceptarse?

Sin embargo, la aceptación de ti mismo es un proceso que a la mayoría nos representa un reto mayúsculo. Porque significa decir sí a todo cuanto somos, a todo cuanto existe dentro de nosotros y es ahí donde radica la gran dificultad.

Por el lado positivo, tenemos muchas cosas que nos gustan de nosotros mismos, cosas de las cuales nos enorgullecemos o por las cuales somos admirados. Aceptar todo esto es fácil.

Sin embargo, también hay muchas cosas que nos negamos a aceptar de nosotros mismos. Las más evidentes son nuestros defectos, aunque no exclusivamente.

Existen también en nosotros pensamientos, tendencias, acciones y actitudes que no le diríamos a nadie bajo ninguna circunstancia. Y esto también es parte de nosotros.

Aunque también cabría añadir en esta sección de “no aceptados” algunas cualidades, pensamientos, talentos y habilidades que no nos atrevemos a aceptar y que también son nuestras; aquellas que no reconocemos, como si tuviéramos miedo de aceptar que podemos hacer cosas grandes.

Es reconocer que nosotros somos bueno y malo, blanco y negro, luz y sombra. Y en ese conciliar nuestras dualidades nos liberamos de frases hechas, de creencias caducas, de estereotipos esclavizantes.

Es el simple reconocimiento de que somos humanos falibles, es cierto, pero al mismo tiempo, también con un potencial de heroísmo y grandeza. Es como si cuando alguien dijera “fulano es tan bueno”, apareciera una voz que dijera inmediatamente “y también piensa, siente y hace cosas malas”; “zutano es tan poca cosa” y otra voz indicara inmediatamente “y también tiene una grandeza por manifestar”, y así con cada dualidad.

Recuerdo una escena de la serie de televisión Amor entre espinas, cuando el sacerdote llega abatido con su mentor y le confiesa haber pecado al acostarse con una mujer, aquella que amaba secretamente.

El confesor le responde lleno de sabiduría que su verdadero pecado no era la lujuria sino la soberbia, la de creerse incapaz de fallar como los demás.

Cuando él toma conciencia de esta verdad, se percata que su “penitencia” también debía ser diferente. No se abocaría a trabajar sobre la lujuria sino sobre la soberbia, sobre el hecho de aceptar que en él había bueno y malo y que así debía amarse.

Por eso, cuando la aceptación está en proceso, empezamos a vivir con mayor libertad y con menor estrés. Ya no tenemos que luchar por decir “esto no es mío”, sino que nos percatamos que todo aparece en nuestra vida para nuestro bien. Saber que somos capaces de todo, para bien y para mal, nos reconcilia con nosotros mismos y nos da el sentimiento de ser más nosotros mismos, literalmente, más humanos.

¿Bastará para cambiar?

Mi humilde opinión es que es una condición necesaria pero no suficiente. Para cambiar hace falta mucho más.

Escrito por José Antonio Rivera Espinosa

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