¿Logotipo? Historia y teoria de los simbolos

Un logotipo —coloquialmente también llamado logo— es un signo gráfico que identifica a una empresa, un producto comercial o, en general, cualquier entidad pública o privada.

Históricamente, los artesanos del barro, del cristal, de la piedra, los fabricantes de espadas y artilugios de hierro fino, así como los impresores, utilizaban marcas para señalar su autoría.

Un símbolo (del latín: simbŏlum, y este del griego σύμβολον) es la representación perceptible de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada. Es un signo sin semejanza ni contigüidad, que solamente posee un vínculo convencional entre su significante y su denotado, además de una clase intencional para su designado.

Llamamos símbolo a un término, un nombre o una imagen que puede ser conocido en la vida diaria aunque posea connotaciones específicas además de su significado corriente y obvio. —Carl G. Jung.

Los grupos sociales suelen tener símbolos que los representan: existen símbolos referentes a diversas asociaciones culturales, artísticas, religiosas, políticas, comerciales, deportivas, entre otros.

En la actualidad el término símbolo tiene dos interpretaciones cualitativamente diferentes: una se corresponde con los estudios modernos surgidos de la ciencia de la semiótica y otra se remonta al sentido tradicional de la palabra. Ambos utilizan la palabra símbolo; pero el marco filosófico al que cada acepción está referida son bien diferentes.

La ciencia de la semiótica tal como se conoce hoy día fue en su inicio formulada por el norteamericano Charles Sanders Peirce (1839-1914) y por el francés Ferdinand de Saussure (1857-1913). Ambos trabajaron sobre el signo y el símbolo en la misma época, sin nunca entablar contacto directo entre ellos y son referencia constante en el estudio semiótico y semiológico.

2017

Peirce estudió los signos bajo el marco de referencia de la lógica del pensamiento, y entendía como lógica a la ciencia dedicada a estudiar las “condiciones que debe satisfacer una aserción para que pueda corresponder a una realidad establecida”. Según esto era imposible el pensar sin signos, y estableció las bases de la semiótica, como un proceso lógico de interpretación del signo. Afirma que nunca es posible conocer a una cosa (técnicamente denominada objeto) en su seidad, en sí misma; sino a través de signos (denominado técnicamente como representamen, es decir lo que representa) que se manifiestan en la mente del contemplador (denominado interpretante) al percibir la cosa; signos que para ser interpretados son reconvertidos en otro sistema de signos. Por tanto se enfatiza la naturaleza triádica del signo, que atraviesa las tres etapas: el signo (lo que representa); el objeto (lo representado) y el interpretante (que relaciona el signo con el objeto).

Según esta filosofía el contemplador no puede establecer contacto directo objetivo con la realidad del ser (es decir el objeto), sino sólo a través de sus fenómenos (signos) que se desencadenan en la mente; permaneciendo el noúmeno inalcanzable

En este esquema la interpretación de un signo conlleva el desarrollo de otro signo o conjunto de signos, produciéndose una concatenación en cascada de signos. En consecuencia, la interpretación genera el desplazamiento del signo primario a otro sistema de signos, permaneciendo inalcanzable la seidad de aquello que el signo representa.

Peirce desarrolló las bases modernas para la lógica de los signos, y los clasificó en tres órdenes: íconos, indicios y símbolos. Según su formulación, ícono es el signo que tiene una similitud descriptiva evidente con el objeto representado (p.ej.: el dibujo de un animal con el animal mismo) ; indicio es el signo que es consecuencia directa de la existencia de otro signo (las cenizas son indicio de fuego); y símbolo es el signo que opera a consecuencia de una asociación instituída, convencional.

Ferdinand de Saussure, por su parte, sentó las bases de la semiología desde el estudio de la lingüística y la fonética; alcanzando por extensión a todo sistema de signos comunicativos; como ritos simbólicos, conductas de cortesía o señales convencionalmente aceptadas.

En consecuencia el trabajo de ambos es complementario: mediante la semiótica Peirce estudió los procesos de lógica y pensamiento; y Saussure mediante la semiología estudió los procesos de semántica e interpretación de los signos lingüísticos, y estableció dos principios básicos:

El primer principio de Saussure establece que el signo lingüístico es arbitrario, es decir que el vínculo que une al significante (signo) con su significado es completamente arbitrario, inmotivado, y que no mantiene ninguna relación natural con el objeto designado. De este modo, las letras que componen una palabra han sido ligadas entre sí por ninguna relación objetiva, ni en referencia con la cosa en sí, sino que han sido elegidas al azar o por eventos forzosos, pero no en virtud de su propia naturaleza dado que carecen de ella objetivamente, es decir que carecen de realidad y nexo ontológico con el objeto designado. De aquí que el signo en sí mismo y su significado carecen de motivación lógica.

Diferenciándose de Peirce, denomina símbolo a aquello que por su carácter nunca es completamente arbitrario, habiendo entre el signo y el significante una relación rudimentaria, justificada y natural. El símbolo del sol, por ejemplo, puede representarse mediante un disco con rayos, pero no tendría una relación lógica si fuese representado mediante una manzana, por ejemplo.

El segundo principio de Saussure afirma que el signo es unidimensional; para él una palabra al estar compuesta por partículas (letras) que no poseen de por sí realidad objetiva, y por tanto no tiene más realidad que por sí misma y su fragmentación no aporta ninguna dimensión o sentido adicional.

Aunque para algunos parezca extraño, Saussure tuvo razón: basó sus afirmaciones desde el estudio de lenguas europeas, como el francés, el alemán y el latín.

Sin embargo el punto de vista tradicional sostiene que en lenguas milenarias como el sánscrito o las lenguas semíticas los signos que la constituyen no son ni arbitrarios ni unidimensionales: al contrario, son objetivos y multidimensionales, es decir que tanto las palabras como las letras que la componen tienen realidad propia. Basta preguntarle a los propios usuarios de estos idiomas qué piensan respecto al tema. Los pueblos que los han hablado durante milenios, les atribuyeron una realidad ontológica y cósmica a cada letra, y su combinación era considerada como espejo o determinante de realidades subalternas o derivadas.

Es el caso, por ejemplo, de la sílaba sánscrita OM, considerada sagrada por los hindúes, al afirmar que se trata de un sonido presente en todo el universo, un reflejo de lo Absoluto (Brahmah) tanto en su inmanifestación como en su manifestación, y que su entonación en el ser humano produce una reverberancia en su cerebro, el cual es “predispuesto” de este modo para sintonizar con una conciencia más abarcante, o si se quiere, más perceptiva.

Roland Barthes incluso llegó a afirmar que tanto la semiótica como la semiología caen dentro del ámbito de la lingüística, es decir que todo signo o símbolo puede ser interpretado o explicado mediante palabras.

Una afirmación semejante arroja la hermenéutica , una filosofía orientada hacia una teoría de la interpretación y relación entre la realidad y el ser, surgida hacia mediados del siglo XX, y que tiene como máximos exponentes a Hans Heidegger, (1889-1976), Luigi Payreson (1918-1991) y Paul Ricoeur (1913) y que en definitiva afirma que la realidad es fruto de una interpretación; y que el ser es análogo a una expresión lingüística, en tanto que la modalidad lingüística condiciona aspectos del ser.

Sussane Langer reconoció la existencia de dos sistemas de símbolos, cada uno de los cuales responde a un esquema de lógica de pensamiento: diferencia entre el pensamiento discursivo, expresado y reconocido mediante el lenguaje; y el pensamiento no discursivo, el cual se expresa mediante formas no lingüísticas, como las formas visuales, las artes plásticas, la poesía, los mitos, la música, los ritos, a las que define como “formas sensoriales las cuales son el vehículo apropiado para expresar ideas que se resisten a una expresión lógica”.

Establece por tanto, basándose sólo en la lógica lingüística, dos finalidades diferentes del simbolismo: una que lleva hacia la interpretación y el razonamiento lógico y a la búsqueda de respuestas a nuevas teorías del conocimiento, en una búsqueda por la certeza; la otra lleva hacia el simbolismo representativo, que es el estudio de las emociones, la religión, la fantasía; actividades que para ella deberían estar comprendidas dentro del campo de estudio de la psiquiatría, a las que caracteriza de ser “cualquier cosa, menos conocimiento”.

Palabras que dejan la amarga sensación de sugerir tácitamente la idea de que el simbolismo no discursivo debería ser estudiado como una patología. Aunque reconoce que “el simbolismo representativo como vehículo normal y predominante del significado amplía nuestra concepción de racionalidad, extendiéndola mucho más allá de los límites tradicionales, con todo (la mente racional) nunca abandona la fe en la lógica en el sentido más estricto”.

Ciertamente, la interpretación del símbolo a diferentes niveles –discursivos y no discursivos– darán una imagen más íntegra de su realidad total. Aunque obsérvese que aquí, inversamente, el sentido al que ella denomina “tradicional” es correspondido a la lógica, y no al pensamiento representativo.

Los estudios de Nelson Goodman, filósofo y profesor emérito de Harvard están dirigidos hacia la investigación filosófica del signo y el símbolo con su teoría de la creación de mundos8.

Básicamente afirma que no podemos conocer una cosa en sí misma, sino que conocemos las versiones adaptadas que hacemos de ella, en base a nuestras percepciones, procesos mentales, marcos de referencia, creencias y mediante la ciencia tal y como se la concibe. Es un marco referencial muy amplio que abre la posibilidad de contemplar nuevos mundos interpretativos.

Hasta aquí una brevísima aproximación al signo y al símbolo desde el punto de vista de la ciencia moderna. Aunque la semiótica y la semiología han tenido otros notables estudiosos, los citados son en mi opinión quienes han marcado la dirección de la investigación.

Cabría agregar que en nuestros días la investigación simbólica está más orientada hacia su aplicación en las ciencias de las comunicaciones, específicamente en lo que se refiere a publicidad y marketing, intentando elaborar un sistema de transmisión de mensaje en varios niveles perceptivos, con especial atención en pasar por alto las funciones intelectivas superiores –que la persona no piense mucho– para llegar directamente a áreas primarias e instintivas del cerebro para asegurarse un cierto tipo de respuesta, aceptación y modelos de pensamiento inducidos y provocados.

Desde el punto de vista tradicional se entiende por tradición al pensamiento esencial de una cultura determinada, aquello que constituye su médula misma, formando parte de su propio carácter y que está referida directamente al desarrollo armonioso del ser humano y la sociedad toda, y que es transmitido por vía oral o escrita: mediante poesía, cuentos-enseñanza, música, artes plásticas, rituales y textos considerados sagrados, abarcando los aspectos éticos, morales, culturales, históricos y religiosos que son norma aceptada por los miembros dicha sociedad, asegurándose su continuidad a lo largo de generaciones.

Por esto el pensamiento tradicional tiene un linaje ancestral comúnmente aceptado y conocido como cadena de transmisión, el cual remonta a un origen milenario pudiendo ser éste un hecho histórico o mitológico.

En esencia el pensamiento tradicional es metafísico, en el sentido de que todo aquello aceptado como tradicional tiene un fuerte y esencial contenido significativo, metafórico y simbólico. Dado que es de carácter alegórico, su fundamental medio de transmisión son el signo y el símbolo. Su objetivo es el de transmitir un conjunto de enseñanzas las cuales, aunque incluso pueden ser transmitidas verbalmente, paradójicamente su esencia y su objetivo de transmisión y comprensión es no verbal; es decir que supera la mera explicación por palabras, intentando transmitir una experiencia completa. Esta es la naturaleza de la parábola, o la alegoría. Su finalidad es el desarrollo de la comprensión y de la mente.

En el símbolo, los canales por los cuales éste se transmite son múltiples, es decir que no admite una interpretación única y exclusivamente intelectiva, como nosotros podríamos entender la idea de „intelectualidad‟ que no por ello es desechada, pero además de esta se utilizan otros canales como el emotivo, el intuitivo, el rememorativo, asociativo, es decir que acontece una combinación de diversos niveles interpretativos, y que confluyen en un punto central que es la interpretación global del símbolo, y debido a la riqueza del mensaje, a la amplitud de la señal, es asimilado por el cerebro como una experiencia.

Es por ello que mediante la audición de antiguas historias, o la realización de una ceremonia o ritual es posible ver más allá de la apariencia y remontar hasta su mensaje metafórico, el cual sea probablemente una instrucción o enseñanza, una historia verídica, un mensaje filosófico o cosmogónico. He aquí porqué el pensamiento tradicional es tan importante a la hora de la interpretación de antiguos símbolos.

Una gran virtud del símbolo es la de admitir diversos niveles interpretativos, de manera que en una sociedad cada estrato social o cultural, y cada individuo podrá hacer una lectura propia según su concepción del mundo, su contexto interpretativo; podrá ser interpretado según la capacidad de interpretación del interpretante, sin menos cabo alguno del sentido global del mensaje. De esta manera, el símbolo ofrece diferentes niveles de profundidad; si careciera de esta flexibilidad ciertos contenidos podrían no ser entendidos correctamente, o incluso ser rechazados por aquellos que no están preparados para captar el sentido del mensaje siendo incapaces de interpretarlo correctamente en su totalidad, distorsionándolo en consecuencia. De tal manera, el símbolo evita su distorsión en virtud de poder hablar en diferentes niveles de lenguaje simultáneamente. Habla a cada uno según su capacidad de comprensión.

En la antigüedad la mejor manera de asegurarse la transmisión de un conocimiento era transmitirlo disfrazado, metaforizado a través de una historia, canción, cuento o diseño.

Hacerlo de una manera directa, explícita, unidimensional, de una sola interpretación, como si fuese una crónica de libro, o informativo, no hubiese sido atractivo y por tanto no se habría transmitido generacionalmente.

Tomemos el caso del diluvio universal, el cual narra el Antiguo Testamento. La misma y detallada referencia al hecho ya se encuentra en una historia anterior a estos libros, que son los poemas de Gilgamesh, quizá el poema épico más antiguo que se conoce. En contrapartida, no ha llegado hasta nosotros ninguna crónica al estilo: “hoy es el cuarentavo día de lluvia....”

Esto ocurre pues toda historia al ser acompañada de rima, métrica y ritmo es más fácil de memorizar íntegramente. Se han comparado las canciones de bardos (recitadores de Asia central, cuyo oficio se hereda de familia) con escritos milenarios que refieren las mismas poesías, y la coincidencia es completa. Es un método memotécnico que funciona muy bien. Incluso puede darse el caso de que muchos conozcan el poema, y lo repitan a la perfección sin comprender completamente o la totalidad del contenido; pero la fuerza de la métrica lo mantendrá coherente, y llegará a un receptor avispado que decodificará el mensaje.

Por tanto las leyendas populares también forman parte de una tradición, aunque no están completamente libres al deterioro al ser transmitidas en el tiempo. Para saber si la leyenda está completa o es funcionalmente útil es necesario saber si el pueblo que las generó está en un proceso de desarrollo, decadencia o simplemente ha desaparecido. Es oportuno explicar esto, pues valga el ejemplo de la mayoría de los pueblos de América Latina, donde abundan historias del folklore local, remanente de los indígenas que poblaron estas tierras, y las historias supervivientes son en muchos casos incomprensibles, fragmentarias o simplemente supersticiosas. Con frecuencia las leyendas nativas han sufrido la mezcla, la interpretación equívoca, o la mezcla con leyendas foráneas, a consecuencia de añadidos interpretativos o por readaptación cultural, y en consecuencia, la deformación del mensaje original.

Los pueblos son como las personas, y se comportan como una entidad: nacen, se desarrollan, dan origen a otras civilizaciones y finalmente mueren; a veces son asesinados. Si la cultura se halla en un proceso de desarrollo, esa historia será funcionalmente útil para el desarrollo y soporte de su cultura, y para la identificación de los individuos con ella; si se halla en un proceso de decadencia, es de esperar que no queden individuos conscientes que conozcan la estructura esencial de la leyenda y su motivación final, es decir de qué mensaje se está tratando de transmitir metafóricamente; y en ese momento es cuando la leyenda comienza a simplificarse literariamente para una sociedad con menor capacidad de comprensión, a interpretarse en menor cantidad de niveles y no admitir más profundos, a enfatizarse en el efectismo y la sensiblería como un fin en sí misma, a trastrocarse, derivando a convertirse con el paso del tiempo y por deformación sucesiva, en una historia chabacana, para el mero entretenimiento, quedando en una moralina superficial o una superstición.

Aunque también puede darse el caso que la leyenda no sea modificada, sea conservada íntegramente, pero interpretada sólo de manera literal, ignorándose su contenido metafórico o alegórico, no permitiendo ulteriores niveles interpretativos, convirtiéndose así en un argumento sacrosanto axiomático utilizado como limitativo para el desarrollo de la sociedad y los individuos, y por tanto, de factor de poder para la ortodoxia de turno.

En ambas patologías el factor común es la ausencia de individuos conscientes y desarrollados que comprendan la realidad nouménica del símbolo en cuestión y conozcan las verdaderas necesidades de desarrollo de su sociedad para así satisfacerlas. Es necesario tener presente que los símbolos son concebidos y diseñados por individuos que poseen una visión más abarcativa de la realidad que les toca vivir, y de interpretar según su cultura, utilizando los símbolos como medio de expresión de tal expresión holística.

Por tanto los símbolos no surgen como resultado de una reflexión incompleta de una determinada realidad, ni pueden tampoco surgir como resultado de una modificación anárquica sucesiva de añadidos a lo largo del tiempo por una comunidad.

El símbolo como tal nace completo, resultado de una percepción y actividad consciente; quizá con el paso del tiempo necesite ser mejorado, perfeccionado o readaptado a nuevas necesidades de la sociedad según el paso del tiempo; pero no es modificado por un colectivo, sino por individuos que conocen tanto su realidad nouménica como las necesidades reales de desarrollo de su comunidad. Así, desde su gestación el símbolo tiene la vigencia y la aparición plena, resultante de la actividad consciente de un individuo o selecto grupo. El objetivo de esta actividad es el de poder transmitir a otros miembros el mensaje que se ha percibido, cuya percepción escapa a la sensibilidad promedio al tratarse de un nivel de realidad por encima y ajeno al campo de percepción ordinario, pues no se trata del mundo de los fenómenos, sino del mundo del noúmeno y el arquetipo. De todas maneras, la experiencia en sí misma es intransferible; lo que se busca con el símbolo es hacer alcanzable, accesible, mediante una acción conjunta de métodos de reflexión, de intelección algo que por sí solo sería para la gran mayoría inalcanzable.

En las condiciones normales de una tradición el mensaje metafórico no sólo se transmite verbalmente o por escrito; también lo es mediante el dibujo, la cerámica, las obras textiles (telas de vestir, tapices), los colores, la música, la arquitectura y ornamentación, y mediante todo arte o actividad humana de orden artístico. Es aquí en donde toda ornamentación mediante formas, geometrías y colores no cumple una finalidad de embellecimiento o para el mero placer, sino que obedece a un código estético y artístico idóneo u óptimo para la transmisión de un ideario o mensaje esencial a dicha cultura; y que aunque metafórico, está explícito para quien sabe entenderlo. Es un mensaje simbólico, oculto y a la vez a la vista de todos.

El pensamiento tradicional así entendido ha tenido siempre un lugar de relevancia y funcionalidad en todo el Cercano y Lejano Oriente, Africa y América precolombina.

Para decirlo en otras palabras, el símbolo es un mensaje de interpretación sentida, no verbal. Es decir que no se transmite su contenido literalmente con palabras; hacerlo así sería rebajar la realidad del símbolo. El mensaje simbólico es mucho más rico que el pensamiento discursivo. Literalmente puede ser transmitido mediante palabras, pero su esencia no es literal, sino metafórica; el mensaje yace o subyace entre las palabras, o más precisamente entre los elementos, las ideas sugeridas, en los recursos expresivos, y en el sentido alegórico que se intenta referir. Una palabra, la cual es sonido, sí puede ser un símbolo. Su utilización puede ser sonora y escrita; pero su interpretación, su comprensión, aunque pueda ser expresada mediante palabras, las sobrepasa a consecuencia de su mayor dimensión, que sólo puede ser correctamente interpretada mediante la experiencia. Esto quedará mas claro mediante un ejemplo.

El sabor de una cebolla puede explicarse a alguien que nunca la ha probado, puede oír y leer mil historias, pero hasta que no la pruebe no tendrá un conocimiento directo y real de ella. Este tipo de saber es instransferible mediante la argumentación, y sólo puede accederse mediante la experiencia.

Que el símbolo sea un medio de comprensión no verbal (e incluso de transmisión no verbal) es quizá la clave para comprender su naturaleza.

El símbolo tiene la dimensión del ser humano, el cual piensa con su cerebro y su forma humanoide, su humanidad, su condición humana. Cada área del cerebro está especializada. Hay áreas encargadas del habla y de la interpretación de las palabras, de las cuales se comprende la información que llega a través de ellas, y así es posible pensar y responder coherentemente. Son áreas del cerebro que poseen neuronas adaptadas y redes neurales idóneas para cumplir estas funciones. Asimismo, para extraer información de mensajes no verbalizados hace falta desarrollar una facultad específica en el cerebro. Si un símbolo de naturaleza no verbal es interpretado mediante el área verbal, evidentemente se está forzando una readaptación del mismo a un marco de interpretación diferente y frecuentemente más estrecho, para el cual en principio no fue diseñado.

Creo que aquí está la médula del estudio contemporáneo de los símbolos, los cuales quieren ser únicamente explicados mediante la interpretación de signos, es decir: mediante un proceso verbal de intelección y de lógica. Esto funciona con los símbolos modernos que son resultado de un pensamiento unilateral y lógico; pero para los antiguos símbolos, digamos de 500 o más años de antigüedad hace falta un enfoque más interactivo, completo y profundo, pues estos no sólo admiten, sino que exigen para ser comprendidos, múltiples puntos de vista y múltiples modos de percepción e intelección. La mera intelección discursiva no descubrirá más que un ápice de su contenido.

Existe la tendencia innnata, o condicionada, de parte de nosotros los occidentales, de pensar en términos "evolutivos" y de "desarrollo" en el sentido que cuanto más atrás nos remontamos en la línea histórica de la humanidad, tanto más primitivos y brutos los antiguos deberían ser. Quizá esto no sea completamente cierto; quizá actualmente sólo se usa una parte de la total intelección; quizá en la antigüedad, aunque se ejerciera una actividad intelectiva menor –tal como hoy la concebimos–, sí se pensaba con muchos más niveles que los que utilizamos hoy; pensando entonces de una manera más integral, más sentida y completa. Quizá actualmente la lógica y el pensamiento lógico están sobredimensionados o sobreutilizados en referencia a las demás funciones intelectivas; o quizá estas otras funciones de carácter más sensible y holístico que deberían ser complementarias, o primarias, no están siendo debidamente empleadas, o están sub empleadas o sub desarrolladas.

Esto no es un desdén al pensamiento lógico, el cual es fundamental y básico para la comprensión lógica; aunque siempre es necesario y útil en el proceso de pensamiento, es el primer peldaño en la escala de la intelección.

La abeja por ejemplo, simbólica en relación con varias de sus características, sobre todo: laboriosidad, organización, pureza (porque no vive de las inmundicias como otros insectos, sino del «perfume» de las flores -Símbolo imperial en Caldea y Francia (durante mucho tiempo se creyó que la reina de las abejas era un rey), el lis de los Borbones quizá sea una abeja estilizada.

Entre los egipcios, vinculada al Sol y tenida por símbolo del alma. Los griegos llamaban abejas a las sacerdotisas de Eleusis y teso (quiza por alusión a la «virginidad de las obreras). La abeja parece morir en invierno, pero retorna en primavera, de ahí que simbolice la muerte y resurrección (Deméter-Perséfone, Cristo) [...] Por la miel y el aguijón se enriquecen las significaciones: aquélla representa la misericordia de Cristo, el aguijón, a Cristo juez de los hombres. La creencia medieval de que las abejas no engendraban su progenie sino que la recogían también de las flores justifica su empleo como símbolo de la Inmaculada Concepción. En ocasiones ha servido como emblema de la elocuencia melosa, de la inteligencia y de la poesia.

Y tu ¿Quieres un logotipo para tu empresa o realmente un simbolo?

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