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La insabida rutina

por Daniel Mutchinick

cuadro: quijotesca - Jeuroz'20

La rosa es sin por qué, florece porque florece.

Prima menor de la costumbre, pariente lejano de la práctica placentera, cercana a lo antojadizo, si queremos describirla, veremos una nimiedad tras otra que pasa en general inadvertida. Entretejida en nuestro hacer cotidiano, se entremete dando forma y manera. Parece que decidiera sola. Parece.

Si encontráramos un catálogo de rutinas esta sería la menos pesada, la más sin saber adoptada, pero haría ruta empedrada de elecciones insabidas.

A mitad de cuadra y no por la esquina, doblarla siempre en dos y nunca en cuatro, acomodarlo por la derecha juntando los bordes, sentarse mirando para allá, revolver con la cuchara antes de, la taza fuera del plato sobre la servilleta de papel. Se entretiene sola. No pide ser ordenada. Cuesta anotar disposición más distraída. No la notamos ni la llamamos. Tampoco nos incomoda.

A veces, si amplía su manera e invade la creación puede arrimar aliento a consolidar un estilo. Siempre repitiendo, insistiendo con esa forma, ese talante.

Usualmente es condición amable. Un hábito. No se irrita si se la transgrede ni si se la olvida. Sólo una leve brisa de que es distinto. Eso sí, cuando se realiza acompaña sabiendo pero ¿sabiendo qué?

Qué es lo que sabe esa minúscula diferencia que hace más llevadero el recorrido? Qué sentido se ha anotado que sabe que es así? Estamos lejos de llamar placer a esta cómoda liviandad. Este transitar alivianado del mundo.

Un sentido irrazonable, arbitrario, coagulado en una forma que no ignora qué hacer con ese quehacer.

Así, parecería, se acomete más plácido el camino sobre lo real. Lo imposible presentado en lo que viene. Colgajos de sentido insabido colgados de la nimiedad preferida. Siempre presta a suavizar lo ríspido sin saber qué son, ni que están, de donde vienen, y si representan algo. Pero con ella, algo ahí marcha mejor, porque sabe el modo favorable para que eso transite más liviano.

Familiar de la costumbre, consiste en pequeñas, imperceptibles decisiones insabidas a partir de lo que no se sabe que se quiere. Se practican en lo que son llamadas con cierto desprecio, manías en automático. Inconsciente se diría en otros tiempos.

La satisfacción las mantiene cerca, las transitamos con casi inadvertida delicia. Una delectación que adopta la manera, esa manera propia que no se reconoce como propia, de desconocido sentido que hace transcurrir mejor lo que se hace.

Es un camino que favorece transitar lo real.

Elogiemos entonces esta mínima manera que materializa un saber íntimo, ignorado, que aliviana lo áspero. Sin que nos enteremos qué implica en términos de saber hacer, esta elección propicia estar en el mundo. Sostener lo cotidiano.

Advirtamos que si tuviésemos que elegir volitivamente las elegiríamos como se adoptan las decisiones sin importancia. Están en línea con nuestras ganas, con nuestros votos.

No olvidemos entonces de anotar entre las maneras de hacer con lo imposible, este inadvertido modo que no deja de hacer ruta.

Hay una manera distinta de lo que llamamos rutina, en términos de hacerse notar, más incómoda quizás, en la que encontramos diferencia. Porque preferir ese lado para sentarse, usar sólo la copa grande, colgar la toalla por ese doblez de color, cruzar la esquina antes de, son opciones que si se vuelven forzosas, si son necesarias, si no puede ser sin ellas, inauguran otra historia. Más penosa. Si hay que confirmar si la llave del gas esta cerrada cuando sabemos que sí, santiguarse siempre antes, gane, pierda o empate. Glorificar el amuleto, tranquiliza.

Aquí la discrepancia.

Es que si no muestra automatismo, si no se manda sin demanda, si no se presenta por las suyas, si se la nota necesaria y tenemos que llamarla, es otra historia.

La eficiencia atenuante del tipo particular de rutina que nos interesa descular ahora, tiene como condición la sutileza. Sino es sagaz, su astucia no nos sirve alivio para el paso que damos. Ella no viene en respuesta de tensión de angustia, de aflicción por su ausencia.

La diferencia se encuentra aquí. Si la rutina irrita (leve presentación de la angustia) cuando se ausenta, o intranquiliza si falta, ya guarda una historia si se la interroga. Si muestra trazos gruesos se nos ocurre un nombre ofensivo, la llamamos manía y al cúmulo de actos requeridos de esa religión secreta se lo llama ritual.

Nombre aportado por la psiquiatría que siempre cabalga sobre lo necesario, y es así que se ha convertido una manera, la nuestra, la que nos permite, en una ordalía al superyó.

Dicho esto en un momento en el que hay protocolo hasta para hacer un asado o tomar mate.

Si la angustia la requiere, esta práctica no puede ser dejada. Acompaña pero en otra condición, condición necesaria. Sin la que no se puede. Le da coloratura a un tipo particular de neurosis que incluso puede comenzar a notar su exceso. Molesta y extraña, consulta cuando se vuelve inútil y pesada. No permite andar ya. Es insuficiente. No marcha bien con lo imposible, lo soporta como puede. Se los llama obsesivos, aunque acompaña de esta forma otros nombres.

Pero nos fuimos muy lejos. Y más lejos aún vemos los cruces de la rutina con la condición erótica.

Concluyendo.

La mala prensa que se adjudica la rutina es porque parece estar siempre ubicada del lado de lo necesario, lo que no puede no ser, de una obligada manera, sea quien fuere el Otro. Lo que debe. Una manera hecha orden. Es otra cuestión.

Quizá le debemos a la rutina encontrar en su etimología, una mejor versión que nos diga algún sentido que nos convenga a lo que ideamos: un camino que surque lo ríspido de manera insabida. Esa satisfacción inadvertida ¿porque no recuperarla para el campo de un saber hacer sin superyó?

Permítanme un divertimento. Una relación imprevista para ubicar esta plácida rutina, esta nimia rutina que tratamos de leer. Nos alejamos y vemos.

La geometría fractal es un argumento que causa revuelo desde hace algunos años a la geometría euclidiana. Ya que introduce una proposición que permite seguir algunos diseños, que adoptan las formas en que se desarrolla una gran parte de lo que conocemos como la naturaleza.

Un fractal, es aquello que se construye o crece, al hacer copias parecidas pero más pequeñas que lo que le dio origen. El ejemplo más típico es el de las aberturas de las ramas de un árbol, que se repiten como diseño en la manera en que se continúan las ramas más pequeñas. Incluso llegando a mostrar esa similitud en las nervaduras de las hojas. Es decir se repite una estructura desde un cierto origen a lo más minúsculo.

Hay saber ahí. Adopta la forma que más les conviene para aprovechar el sol y realizar los procesos fotosintéticos. De cómo no se superponen dejando el espacio necesario usando la proporción Phi como limite del ángulo de abertura. Hasta ahí las ramas se abren con el fin de no superponerse.

La geometría fractal, por aportar la genealogía matemática de la morfología natural, genera la idea de autosimilitud, el nombre de este proceso de repetición de la forma del desarrollo. Cuando la similitud usa la medida de Phi, es que se describen diseños de la perfección del círculo del caracol, el helicoide de las hojas de un vegetal o los pétalos del girasol. En fin los ejemplos serían innumerables. Todas repiten la manera, me es propicio usar esta palabra aquí, en que se realizan.

Encontremos acá una analogía.

¿Qué de nuestro fantasma primordial, de nuestro anudamiento fundante, de la manera más propia de atrevernos con las palabras a hacer retroceder lo real para creer decirlo, es frecuentado en esa nimia similitud que se nos impone sin pensar bajo la forma de rutina?

Aventurémonos a situar una repetición tal en nuestro ser sujeto, que llegue a que estas nimiedades lleven puesto nuestro nombre y estilo. ¿Autosimilitud de nuestro sinthoma? ¿Que la plácida comodidad que conforma ese modo tan nuestro revele la inauguración estructural del nombre del padre?

Credits:

Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento