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EL ATASCO Jordi Rocandio Clua

Los domingos por la tarde me apasionan, no sé a vosotros, pero hacer los preparativos para volver a la rutina pensando que estaremos atrapados en la carretera, varias horas más de lo normal, me pone la piel de gallina.

A mi mujer y a mis hijos les da palo, como dicen ellos, pero para mí es un momento mágico por varias razones.

En ese espacio paso momentos muy especiales con mi familia. Estar atrapados en un espacio minúsculo durante tanto tiempo hace que veamos varias versiones de nosotros mismos. Desde los momentos de hastío, de aburrimiento con las miradas perdidas hasta los grandes momentos de cachondeo que solo logramos ahí, dentro del coche, los domingos por la tarde. También es el momento de escuchar toda nuestra discografía o explicar esas anécdotas que han sucedido en el instituto de los niños o en nuestro puesto de trabajo y que andan ocultas por nuestro cerebro hasta ese atasco. Ahí dentro puede pasar cualquier cosa y es nuestro, solo nuestro.

Ya lo tenemos casi todo preparado, hemos pasado un fin de semana fantástico, como siempre, y es la hora de unirse a ese sin fin de vehículos multicolores y multiformes.

El primer tramo de carretera siempre va vacío, mi mujer reza para que todo siga igual hasta la ciudad; mis hijos conjuran a todas las deidades para llegar rápido a casa y ponerse a hacer esos deberes de última hora que no han querido llevarse y yo, pues depende del día. Precisamente hoy noto que debemos estar ahí, atascados como otros días.

Bingo, giramos la última curva de esa infernal carretera comarcal y llegamos a la principal. Cientos de ojos brillantes nos saludan, contentos de que otros queden atrapados con ellos.

Mi familia maldice y yo les digo que se calmen, que seguro que no es nada.

Al menos no fue nada durante los primeros quince minutos, pero a partir de ahí, sin movernos ni un solo metro, es que algo pasaba.

Al poner la radio informan de que hay retenciones importantes pero no dicen nada fuera de lo habitual. La cuestión es que pasan treinta minutos y seguimos sin avanzar.

Al fondo veo a gente que empieza a bajar de sus coches para estirar las piernas, la espalda e incluso las meninges.Siento envidia sana y hago lo mismo, total ¿Qué va a pasar? ¿Se van a ir? Ja, ja, ja.

Imito con gran eficacia el gesto de intentar tocar el cielo con los dedos y me quedo muy, pero que muy a gusto. Les digo a mi mujer e hijos que bajen pero no quieren, han sacado los móviles y ya están perdidos por Instagram comentando en directo lo que pasa.

Visto lo visto, me voy a dar un paseo. Un par de coches más para allá me encuentro con un par de viejecitos encantadores que me saludan amablemente, me preguntan si sé algo y les respondo que serán unos extraterrestres o algo así. Nos reímos a gusto.

Detrás de una furgoneta oigo una guitarra y lo que parece un cajón, me acerco y veo a un grupo de jóvenes pasando el rato tocando música y cantando. Son buenos y amenizan a los de su alrededor.

Al lado de los de la furgoneta veo a una familia sacando una mesa y unas sillas plegables, bebida y bocatas, madre mía, la que se está liando.

No son los únicos, por aquí y por allá se montan rincones con todo tipo de paraditas bien montadas.

El atasco inicial, aburrido, insulso y decadente, ha pasado a ser una pequeña fiesta multicolor, multicultural y multigastronómica, je, je, me ha hecho gracia esta palabra.

Vuelvo al coche e invitó a mi familia a que se apunten a la fiesta. A regañadientes se apuntan. Pasados unos minutos pasan de la incredulidad a la euforia.

Abrimos el maletero y amontonamos las maletas para hacer una mesa, sacamos los víveres que han sobrado del fin de semana y montamos nuestra propia paradita.

Es genial, nos lo empezamos a pasar muy bien conociendo a toda clase de personas, probando toda clase de alimentos y bailando toda clase de música.

En un momento dado mi hijo me comenta que no quiere que esto acabe, que cuando las autoridades arreglen lo que sea que ha pasado, todo el mundo recogerá y se irá a su casa, que nunca más los volverá a ver.

Yo me impresionó ante esa cruda realidad y pienso que no puede ser, algo hay que hacer, así que cojo mi móvil y ni corto ni perezoso, mientras el resto se divierten, paso por todas las mini parcelas que hay esparcidas por la carretera y les empiezo a pedir su número de móvil. Al principio son reacios pero después de explicarles mi propósito de todo esto, me lo dan y los añado a mis contactos. La lista es larga pero no importa, todo sea por el bien de la comunidad del atasco. Cuando acabo, después de varias horas, estoy más que satisfecho. Miro a mi alrededor y veo a la gente feliz, abrazándose, jugando, bailando, bebiendo y comiendo en total fraternidad.

De repente se ve un coche que se mueve al fondo de la carretera, en esa curva que ha ejercido de frontera para nuestra comunidad. La gente deja de hablar poco a poco y empieza a recoger los bártulos, parece que la cosa llega a su fin. Algunos se despiden tristes de que todo acabe de esta manera.

La multitud empieza a subir a sus vehículos y arrancan con el objetivo de seguir a esos que ya enfilan hacia sus hogares.

Mi familia lo pasa mal, recogen y entran en el coche, ya nos toca el turno para avanzar.

Volvemos a estar solos en nuestro pequeño mundo. El silencio es total, es como si acabasen de perder algo muy valioso.

Algo que yo tengo en mi lista de contactos.

Al final, aunque parezca mentira, llegamos a casa, ya ha oscurecido y estamos bien saciados, por lo que los miembros de mi amada familia se van a dormir.

A mí todavía me queda algo importante por hacer.

Pasa la semana a un ritmo poco común, como si pesase en el ambiente una desesperanza de cuando te falta algo importante.

Yo hago más payasadas de lo normal para mejorar su humor pero no hay manera.

Llega el fin de semana y lo pasamos a nuestra manera, ni bien ni mal, no pasará a la historia como el mejor finde del mundo, pero bueno, la vida sigue y toca recoger y volver a la rutina de un nuevo lunes.

En la infernal carretera todo va bien, ponemos la radio con la esperanza de que haya un nuevo atasco pero nada, ese finde todo fluye a las mil maravillas.

Cuando encaramos hacia la carretera principal pasa algo extraño, de repente se empieza a llenar de coches multicolores y multiformes.

Son mis chicos, no me han fallado. Empiezan a acumularse y a provocar la retención deseada por todos.

En cuestión de minutos empiezan a montar sus paraditas, la carretera se llena de olores, de música, de risas, de abrazos y besos. Se llena de alegría. Rápidamente mi familia baja del coche y se une a la fiesta, es hora de disfrutar de nuevo.

Yo me lo miro desde la distancia, orgulloso de ver a mi gente feliz.

Cuando la semana pasada llegamos a casa y todos se fueron a dormir me puse manos a la obra. Empecé a escribir a mis nuevos amigos y en un momento organicé un grupo de Facebook con decenas de miembros.

Les expliqué lo bonito que había sido ese encuentro espontáneo y todos estuvieron de acuerdo en repetir.

Hoy en día somos miles, ya que siempre se une gente nueva atrapada en los atascos.

Así que cuando os preguntéis por qué de repente deja de haber atasco y el tráfico vuelve a fluir, ya sabéis la respuesta, somos nosotros que hemos acabado la fiesta y volvemos a la aburrida rutina del lunes.

Nos vemos en la carretera, os esperamos con los brazos abiertos.

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Jordi Rocandio Clua
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