Bendecir para ser bendecido

Antes de que nacieses, te había consagrado para ser profeta de las naciones.
(Jer 1:5)

Hace poco tiempo fui gratamente sorprendido, al recibir como obsequio un libro acerca del poder que tiene una bendición, especialmente si es de padres a hijos.

Me vino a la mente entonces que una de las necesidades afectivas más importantes del ser humano es sentirse aceptado, y recibir esta aceptación de nuestros padres adquiere una trascendencia enorme en el desarrollo de nuestras vidas.

Porque la bendición no es otra cosa sino el rito, algunas veces solemne, las más de las veces cotidiano, en el cual los padres le expresamos a nuestro hijo que lo aceptamos incondicionalmente, con una aceptación fruto del amor.

Aun cuando lo implica la propia palabra, más que hablar bien del hijo, bendecir es aceptarlo en toda su grandeza inherente, es decir un te amo liberador.

Porque el bendecido, especialmente si es un niño, aunque no exclusivamente, recibe un impulso vital que va a la médula de su autoestima y de su seguridad personal.

Porque hay muchas personas en el mundo que van por la vida suplicando inconscientemente que los acepten, que los bendigan, y en muchos casos la manera de pedirlo puede llegar a ser dramáticamente tóxica para la propia persona y para aquellos que entran en relación con ella.

¿Es necesario un rito de bendición, digamos, al estilo bíblico?

Los rituales siempre son importantes en nuestras vidas porque son acontecimientos que quedan intensamente grabados en nuestras mentes, especialmente cuando es un momento emotivo el que se vive.

Por ello considero que, aun cuando es indispensable que esa aceptación incondicional sea un acto cotidiano en la relación con nuestros hijos, es una gran oportunidad el generar un espacio y un momento especiales para hacer del rito de bendición un acontecimiento indeleble en su vida y en la nuestra.

“Les sugiero que bendigan a sus hijos”,

exhorté a amigos entrañables en una cena, poco después de terminar de leer el libro.

“Para ello, es necesario que exista un contacto físico, que la expresen verbalmente y que en ella auguren un futuro promisorio para su hijo, una especie de profecía”,

comenté mientras imaginaba el momento del ritual con mi propio vástago.

Los dos primeros elementos no eran difíciles de visualizar, sería una oportunidad de abrazar a mi hijo y así, entre mis brazos, quizá con su cabeza recostada en mi pecho, le diría lo mucho que lo amo, lo importante que es para mi vida y lo mucho que significa para mí.

Dejaría que las palabras hicieran su camino, que él o ella pudieran saborearlas y sentirlas.

Sin embargo, recuerdo que el tercer elemento hizo que algunos de mis amigos presentes en la cena alertaran acerca del peligro de generarle al bendecido una carga a través de “la profecía”, ya que podría ser percibida como una obligación a cumplir.

En esos momentos pensé, qué podría decirle a mi hijo acerca de un futuro luminoso para él.

Lo que pude concluir tiempo después es que no necesitamos hacer augurios complicados que involucren misiones grandiosas o excepcionales, sino expresar en breves palabras aquello que hemos visto que es la gran fortaleza de nuestro hijo, aquello en lo que es sobresaliente y que es su sello distintivo.

Así, si nuestro hijo siempre ha sido alegre y optimista podríamos “profetizarle” cosas tales como “estás llamado a ser la alegría de muchos” o “muchos cambiarán su vida gracias a tu alegría” o cosas por el estilo.

Lo importante es aprovechar la enorme oportunidad de expresarle a nuestros hijos cosas que definitivamente Sí creemos que les pasarán, porque lo que hemos dicho se basa en nuestro amor y conocimiento de ellos y sus talentos.

Quizá sea necesario aclararles que ello no significa que si hablo de alegría, no exista la posibilidad de que él o ella experimenten momentos de tristeza y dolor, los cuales estarán llamados a vivir y sentir con la misma intensidad que cualquier otro sentimiento.

Y como todo lo que hacemos por otros, el efecto es de ida y vuelta. Cuando bendecimos así, desde el fondo de nuestro corazón, los bendecidos acabamos siendo nosotros.

Escrito por José Antonio Rivera Espinosa

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José Antonio Rivera INTROSPECTA CONSULTORES
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