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actualización octubre-noviembre-diciembre - cuadro de tapa: En el polvo frío-Jeuroz'20

“La problemática del suicidio pensada a partir de una lectura de Marx”

por Luis F. Langelotti

fotografía: Taller de León Ferrari - Jeuroz'19

"El ser humano parece ser un misterio para el ser humano; sólo se atina a condenarlo, y no se lo conoce." Peuchet

1) Introducción

Puede resultar curioso abordar esta temática, que uno querría reservar al terreno de la salud mental, tomando los aportes de un filósofo como Marx. ¿Qué puede aportar al asunto un gran crítico filosófico del hegelianismo y un agudo pensador de las perversidades del sistema capitalista? Resulta que este autor abordó la cuestión y lo hizo de una manera que es verdaderamente clínica. Me refiero al comentario crítico (con traducción e interpretación) que el autor hiciera del Informe de Jacques Peuchet –archivista de la policía de París– sobre una serie de casos de suicidios en la ciudad. Lo que Marx realiza con el Informe de Peuchet, como bien señala Ricardo Abduca, “no se trata estrictamente de una traducción, sino de una reformulación.” Pero, en el fondo, ¿qué traducción en última instancia no lo es? Resulta prácticamente imposible anular la subjetividad, el punto de vista del traductor, por más “objetivo” que este se pretenda. Creo que Marx era consciente de ello y se autoriza, quizá con cierto exceso, a intervenir el texto sin más. Pero vayamos al Informe en cuestión.

2) No comprender

Al iniciar el comentario, Marx toma una posición crítica:

“Mediante algunos pasaje sobre el “suicidio”, extraídos de las Memorias, extraídas de los archivos de la policía, etc., de Jacques Peuchet, daré un ejemplo de dicha crítica francesa, que al mismo tiempo puede mostrarnos hasta qué punto la pretensión de los ciudadanos filántropos se basa en la idea de que sólo basta con darle a los proletarios un poco de pan y un poco de educación. Como si los únicos en soportar las condiciones sociales fueran los trabajadores, como si en lo que respecta al resto de la sociedad, el mundo existente fuera el mejor de los mundos posibles…”

Yendo expresamente al texto de Peuchet, este archivista nos habla del suicidio como síntoma de un defecto constitutivo de la sociedad moderna (industrial, capitalista, financiera, colonial, racionalista, cientificista, desencantada de todo lo sagrado y de la tradición, etc.). Cuando sobreviene el desempleo industrial y las hambrunas, en buena lógica, este síntoma se recrudece hasta alcanzar un carácter epidémico. Además, “por más que la mayor fuente de suicidio corresponda principalmente a la miseria, lo encontramos en todas las clases, entre los ociosos ricos tanto como entre artistas y políticos.” De la misma manera en que Lacan, a contrapelo del sentido común, establece que “como el suicidio da fe de una inclinación hacia el declinar, hacia la muerte, parece que cualquiera podría decir—(…)—que se produce con más facilidad en el declinar de la naturaleza, vale decir en otoño” aclarándonos que, sin embargo, “se sabe desde hace mucho que los suicidios son más numerosos en primavera.” Concluyendo el analista francés: “Esto no es ni más ni menos comprensible. Sorprenderse de que los suicidios sean más numerosos en primavera que en otoño, sólo puede basarse en ese espejismo inconsistente que se llama la relación de comprensión.” Es decir, no es por la vía de la comprensión como podemos abordar la experiencia del sujeto del inconsciente y la acción del hombre.

En una línea parecida, según Peuchet, es absurdo pretender que un acto que se cumple tan frecuentemente sea un acto contra natura, como lo condenan los moralistas y los religiosos. El suicidio, según él, no es algo antinatural en lo más mínimo. Día a día podemos atestiguarlo, según nos dice este archivista de la policía. De aquí se extrae una cierta crítica: si es natural en nuestra sociedad moderna, ¿por qué es este su producto? La religión y los moralistas, en lugar de otorgar explicaciones sobre el asunto, lo condenan sin más y establecen designios éticos y estéticos que oscurecen la situación más que aclararla (es un acto de cobardía, un atentado contra las leyes, una deshonra social, algo horroroso, etc.).

Se pregunta Peuchet: “¿Qué clase de sociedad es ésta, en la que se encuentra en el seno de varios millones de almas, la más profunda soledad; en la que uno puede tener el deseo inexorable de matarse sin que ninguno de nosotros pueda presentirlo? Esta sociedad no es una sociedad; como dice Jean-Jacques [Rousseau], es un desierto, poblado por fieras salvajes.” Y a partir de este interrogante, Marx interviene el texto reemplazando una frase del autor por una propia: “Descubrí que, fuera de una reforma total del orden social actual, todos los intentos de cambio serían inútiles.”

3) La cuestión del suicidio y lo social

Para Peuchet, entre las causas de la desesperación del suicida, pueden encontrarse diversas motivaciones. A una gran susceptibilidad neurótica propia de apasionados y depresivos suele agregársele como rasgo predominante: el maltrato, la injusticia y los castigos –secretos o no– que los padres o superiores faltos de compasión ejercen sobre las personas que de ellos dependen. En este sentido, reflexiona: “La revolución no ha hecho caer a todas las tiranías; los disgustos que se han reprochado a los poderes arbitrarios subsisten en las familias…” El autor entiende al suicidio como un síntoma entre otros mil de una «lucha social» más general de la que tantos combatientes se retiran, ya por cansancio de engrosar las filas de las víctimas (explotados), ya por rebelión ante la idea de ocupar un sitial de honor entre los verdugos (exploradores). Lo interesante de pensar, desde un punto de vista psicoanalítico, es la cuestión del suicidio en relación al Otro simbólico encarnado en lo social, desmarcando esta problemática de una concepción individualista y psiquiatrizante.

4) Dos casos “clínicos”

En este punto, quisiera abordar dos casos mencionados por Peuchet en su Informe. El primero de los casos en cuestión, se trata de una joven hija de un sastre, comprometida a casarse con un carnicero. La chica era muy bien recibida por la familia del novio, además de tener un vínculo amoroso muy intenso entre ellos. La víspera de la fecha del casamiento, ambas familias coordinan una cena a la que los padres de ella no pueden asistir (¿resistencia?) por un motivo insignificante vinculado a su negocio (tenían que cumplir con el encargo de una familia rica que, en apariencia, no admitía posposición –la demanda). Ante la negativa, la suegra de la joven va a buscarla y consigue llevársela con ella al festejo. El desarrollo festivo de la cena, condicionado por un beneplácito sustantivo (el deseo del Otro) y la ausencia de los dos principales invitados (sus padres), culmina con un encuentro sexual entre los amantes que no despiertan ni los celos ni la envidia de nadie por parte de la familia del novio. Ahora bien, al regresar la mañana siguiente a la casa parental, las cosas cobran un color radicalmente opuesto. Los padres de la costurera se abalanzan hacia ella de la manera más soez y encarnizada, atacándola con epítetos e insultos de una violencia cruel ante el deshonor en el cual supuestamente ella había incurrido, generando un escándalo doblemente humillante al oír todo el vecindario lo que allí sucedía. Llegados a este punto del relato, Marx introduce una reflexión propia en el texto de Peuchet:

“Las personas más cobardes, las que no son capaces de enfrentar nada, se vuelven implacables ni bien pueden ejercer su autoridad absoluta de jerarquía de edad. El mismo abuso de esta autoridad es una especie de sustituto brutal de toda la sumisión y subordinación a las que ellas mismas se rebajan, le guste o no, en la sociedad burguesa.”

En otras palabras, la presión y los imperativos sociales intensificados por una lógica moderna donde rigen la razón instrumental y el mercado de bienes materiales, además de una moralización cada vez más rígida basada en la utilidad del individuo a la sociedad, convierten a la familia en un grupo de reproducción de la violencia burguesa y capitalista general en términos de un maltrato particular en el que las figuras de autoridad se prestan a encarnar la ferocidad sádica del superyó hacia los hijos. Del mismo modo en que el obrero es tomado como objeto de goce por el sistema capitalístico, esta jovencita aparece a todas luces inconscientemente envidiada por unos padres resignados y conformistas, que ven en ella la posibilidad de acceder y de disfrutar de todo lo que a ellos les fue vedado, prohibido e imposible por su posición de clase en la sociedad. Es así que, luego de semejante tortura y represalia, la muchacha decide arrojarse al Sena y morir. Recién ahí, la muchedumbre otrora enardecida y cómplice del maltrato familiar, se percata del horror, lavándose las manos una vez más, siendo la primera desimplicancia el no haber operado como tercero de apelación. Para colmo de su mortificación, posteriormente los padres se hacen presentes en la policía con el mero afán de reclamar las joyas y el reloj de plata que ornamentaban el cuerpo de la joven ya sin vida. La tenacidad con la que el superyó –en este caso, capitalista– puede alienar a una subjetividad, según este ejemplo, no tiene límites. Y sus efectos, pueden ser letales.

En el segundo caso, además de la violencia materialista de la sociedad burguesa replicada en el seno del grupo familiar, Peuchet nos muestra la vertiente patriarcal del goce superyoico moderno. Se trata de una mujer que se ha suicidado a causa de los celos híper-potentes de un marido al que una enfermedad le quitó todo atributo de belleza y juventud. El señor de M, una vez declarado su padecimiento, es evidente que admite parcialmente la propia fealdad y deformidad, puesto que automáticamente su carácter se convierte. La no-aceptación de la falta, es decir, de la castración (muerte, vejez, enfermedad, pobreza no son sino tal vez algunos de sus nombres) provoca en él una intensificación harto sádica de sus celos y del control hacia su esposa, a la cual comienza a tomar como objeto de su más oscura posesión. Ella se convierte en “el último reducto de su orgullo y su único consuelo”, en función de lo que comienza a aislarla cada vez más, tornándose desconfiado y violento. Aquí Marx agrega un párrafo al Informe de Peuchet:

“La desgraciada esposa fue así condenada a la esclavitud más intolerable, controlada por el señor de M con la ayuda del Código Civil y el derecho de propiedad. Base de las diferencias sociales que vuelven al amor independiente de los libres sentimientos de los amantes y permitía al marido celoso encerrar a su esposa con los mismos cerrojos con los que el avaro cierra los baúles de su cofre. La mujer es parte del inventario.”

Ante semejante situación, que comienza a tornarse un martirio sistemático hacia la dama, un criollo hermano del señor de M, avivado de la secuencia, intenta intervenir en la situación pero de manera infructuosa, dado que el tiempo es tirano. Por la vía judicial, pensó que no tendría sentido esperar, máxime teniendo en cuenta que la mujer “es el ser al que el legislador le da menos garantías.” Cuando efectivamente se decidió a irrumpir por la fuerza con el objetivo de separar a esos esposos, junto a sus amigos médicos y corriendo el riesgo de un costoso juicio, ocurrió el triste desenlace. Además de tratarse, más que de un suicidio, de un femicidio indirecto, este trágico final fue producto de los celos extraordinarios del señor de M: “El celoso necesita una esclava, el celoso puede amar, pero el amor que siente no es más que la contraparte lujuriosa de sus celos; el celoso es, ante todo, un propietario privado.”

La lectura marxiana de la situación, pone de relieve la determinación social de la locura del señor de M, quien se comporta en casa como un capitalista en el libre mercado, salvaje ave de rapiña para la que el tener lo es todo. Este sujeto fetichiza a la mujer, como si se tratara de una mercancía más. En lugar de aceptarla castrada, la eleva a la categoría fálica de excepción (Ideal), ella pasa a ser todo para él. Pero, en verdad, es él quien quiere ser todo para ella (la falta que no soporta es la propia). La demanda de amor, cuando adquiere obsesivamente la condición absoluta del deseo, encubre al goce narcisista. Él se convierte en el superyó de su mujer, lugar psíquico desde el que la hostiga hasta convertirla en un puro resto.

Dejamos de lado el análisis de un tercer caso –pero no sin mencionar, dada su actualidad– en el cual una jovencita se suicida luego de que un médico se negara a practicarle la interrupción voluntaria de un embarazo provocado por la pareja de su tía.

5) A modo de conclusión

En uno de los lugares de la obra de Freud donde encontramos cierta referencia al pasaje al acto suicida, es una ponencia en la Sociedad Psicoanalítica de Viena en 1910 en la que reflexiona junto a otros disertantes acerca del valor de la escuela media en la prevención de tales “accidentes”. Allí nos dice:

“Ahora bien, la escuela media tiene que conseguir algo más que no empujar a sus alumnos al suicidio; debe instilarles el goce de vivir y proporcionarles apoyo, en una edad en que por las condiciones de su desarrollo se ven precisados a aflojar sus lazos con la casa paterna y la familia. Me parece indiscutible que no lo hace y que en muchos puntos no está a la altura de su misión de brindar un sustituto de la familia y despertar interés por la vida de afuera, del mundo.”

Es decir, la crítica de Freud hacia la escuela media radica en su impotencia para operar como espacio transicional subjetivante que habilite una salida exogámica no petrificando al joven en un lugar eternamente infantil al olvidar su rol de “juego o escenificación de la vida” y no de vida implacable en sí. La escuela debiera causar el deseo del joven por “la vida de afuera, del mundo”, tarea a la que, en lo sucesivo, se abocará el psicoanalista. El tratamiento analítico relanza la metáfora paterna, efectúa la prohibición del incesto haciéndola llegar al terreno de lo inconsciente, en donde las fijaciones psíquicas le impiden al adolescente completar el desasimiento de la autoridad parental tan ansiado y necesario, además, para realizar la jugada por su propia existencia.

En el primero de los casos analizados, hemos visto los estragos que puede ocasionar una familia incestuosa y endogámica. Unos padres que no quieren ceder su hija al mundo (que no es lo mismo que dejarla caer), que no respetan las leyes elementales del parentesco, del intercambio simbólico que habilita la castración. En cambio, disfrazan sus celos y su envidia neuróticos bajo la moralina del deshonor.

En cuanto a la cuestión del suicidio propiamente dicha, en la conferencia mencionada el maestro vienés reflexiona:

“… queríamos saber cómo es posible que llegue a superarse la pulsión de vivir, de intensidad tan extraordinaria; si sólo puede acontecer con auxilio de la libido desengañada, o bien existe una renuncia del yo a su afirmación por motivos estrictamente yoicos. Acaso la respuesta a esta pregunta psicológica nos resultó inalcanzable porque no disponíamos de un buen acceso a ella. Creo que aquí sólo es posible partir del estado de la melancolía, con el que la clínica nos ha familiarizado, y su comparación con el afecto del duelo.”

En el padecimiento melancólico, la sombra del objeto oscurece al sujeto quien queda, en tanto barrado por tamaña privación, al borde del pasaje al acto. Sólo resta que a tal embarazo se le añada la emoción como desorden del movimiento. Como plantea Lacan en el Seminario sobre la angustia:

“No es por nada que el sujeto melancólico tenga semejante propensión, siempre cumplida con fulgurante, desconcertante rapidez, a tirarse por la ventana. La ventana, en la medida en que nos recuerda el límite entre la escena y el mundo, nos indica el significado de un acto por el que en cierto modo el sujeto vuelve a esa exclusión fundamental en la que se siente, en el momento mismo en que, en el absoluto de un sujeto, absoluto del que sólo nosotros, los analistas, podemos tener una idea, se conjugan el deseo y la ley.”

Cuando la función límite que constituye el nombre del padre no opera o lo hace de un modo lábil, es el propio sujeto en tanto objeto el que, a falta de poder salir de lo familiar por la puerta del deseo, se lanza por la ventana del goce que conduce al río de la pulsión de muerte. Desde mi lectura, los que se conjugan, según los ejemplos hasta aquí analizados, más que “el deseo y la ley” (lo que debería hacer entrar al sujeto al mundo, y no hacerlo caer) son, en todo caso, el superyó y el goce. Lacan habla también de confrontación entre el deseo del padre y la ley que se presentifica en su mirada. Ese deseo del padre que había sido hasta el momento aquello en lo que se soportaba la castración de la “joven homosexual”, se revela tiránico en el punto donde va más allá de toda ley, pretendiendo encarnarla. De la misma manera en la que, en los ejemplos trabajados, el puro arbitrio de los padres y el capricho del marido celoso confina a las mujeres suicidas a un lugar de desecho.

Credits:

Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento