Arno Rafael Minkkinen

Fotos © José Ferrero

Arno Rafael Minkkinen (Helsinki, Finlandia, 1945) es un fotógrafo finlandés que ha dedicado casi cinco décadas a un solo concepto: el del autorretrato desnudo en comunión y contrapunto con la naturaleza y el entorno urbano.

Profesor Emérito de Arte en la Universidad de Massachusetts Lowell y Docente en la Universidad de Aalto en Helsinki, Minkkinen ha realizado más de 100 exposiciones individuales y 200 exposiciones colectivas en galerías y museos de todo el mundo. Sus escritos e iniciativas académicas y curatoriales también han sido extensos y de alcance internacional. Ya en 1969, antes de que el género del autorretrato se convirtiera en lo que es hoy, Minkkinen comenzó lo que se transformaría en una búsqueda personal: trabajar dentro de limitaciones estrictamente autodeterminadas.

SUSI & SISU

Arno Rafael Minkkinen

Para entender la motivación de mis trabajos como artista visual, sería de ayuda empezar desde el principio, en esa carpeta en el escritorio de mi vida con mis primeros recuerdos visuales. Como las famosas palabras de Brancusi: solo hacemos arte cuando miramos con los ojos de un niño.

© Arno Rafael Minkkinen

La vida tal como la conocí comenzó en una mesa de operaciones de Helsinki, unos ojos de apenas seis meses mirando una esfera de éter que caía del techo del hospital como la luna descendiendo a la tierra en Melancholia de Lars Von Trier. Estaba, seguro de que fuera cual fuera la vida que comenzaba, el final era inminente. Así fue. Mi primer recuerdo consciente sería el último.

© Arno Rafael Minkkinen

Mi cirujano finlandés pudo también haberme operado en un hospital veterinario por la transformación que sufrió mi cara. Nací con el paladar hendido de adelante a atrás y con labio leporino, y los bebés que vienen al mundo de ese modo, como aprendí hace poco, poseen un paladar y mandíbula con estructura similar a la de un lobo, y debajo de la nariz y encima de la boca, por supuesto, el labio superior dividido como el de un conejo. En realidad es la parte de lobo la que me fascina y me hace recordar cómo me ataron de muñecas y tobillos a los pilares de la cama para que no me retorciera o me quitara la venda adhesiva y los puntos que unían mis labios superiores, o, Dios no lo quisiera, hurgara con los dedos en la guarida de lobo de dentro de mi boca.

© Arno Rafael Minkkinen

Sinceramente, ojalá hubiera conocido lo del lobo mucho antes, cuando mi familia inmigró a Brooklyn en 1951. Como todos los chicos de seis años en aquella época de Superman, quería desesperadamente volar. Pero el deseo no era llegar a algún lugar o experimentar el milagro del vuelo, solo y sin ser visto. Era por lo que me estaba pasando en el colegio en el recreo durante mi infancia y adolescencia. Quería que mis compañeros me aceptaran más que cualquier cosa, en vez de padecer la vergüenza, el acoso y el rechazo por tener un físico diferente al de los demás. La sangre de lobo podría haberme dado la fuerza para defenderme, ser yo mismo y coger las riendas de mi vida como haría después en la universidad.

© Arno Rafael Minkkinen

Mi parte animal de conejo en mi ADN, esa cicatriz debajo de la nariz que los niños no se cansan de mirar para vergüenza de sus padres, tardé tiempo en dominarla. En otras palabras, el último al que elegían para los bailes del colegio y después en la Universidad, con todas las hormonas a flor de piel, el novato al que nunca había besado una chica, no tenía confianza en mí mismo. Incluso ahora, cuando tengo que pedirle a alguien que aparezca en mis fotos, mujeres casi siempre, tengo que hacer acopio de la misma valentía que para enterrarme bajo la nieve, cruzar una capa de hielo fino o aguantar la respiración bajo el agua y contar hasta mil.

© Arno Rafael Minkkinen

Esta identidad basada en el arrojo que llegué a aprender tiene su parte de nobleza y honor, no solo en el sentido físico que normalmente pensamos, sino también en el proceso creativo mismo. Hace varias décadas escribí una frase que el lobo que hay en mí podría haber escrito: El arte es el riesgo hecho visible.

© Arno Rafael Minkkinen

Como en mis ensayos anteriores, llegué a darme cuenta que el espectador desea ver los riesgos que deseamos asumir para realizar el arte que hacemos. Georges Braque ya lo dijo por mí: "Fuera de los recursos limitados, emergen nuevas formas". Tomé sus palabras y las materialicé en un contrato conmigo mismo en el que establecí lo que no haría. No necesitaría ropa en un mundo atemporal. Nada de ayuda para comprobar mi posición en la imagen o cualquier colaboración. No fotografiaría a nadie más. No hay razón para que otros que no sean yo, sufran daños. Y no habrá manipulación de ningún modo, por lo que la imagen corresponderá exactamente con la realidad tras la lente.

© Arno Rafael Minkkinen

En finés lobo se dice susi y coraje es sisu. Susi y Sisu: exactamente las mismas letras. El coraje del lobo que hizo posible superar no solo la timidez de la liebre, sino también la inquietud de mi falta de confianza que era imposible apaciguar.

© Arno Rafael Minkkinen

No hace falta conocer la palabra finesa para liebre. La jänis saltó a la fotografía el 2 de septiembre de 1971. De pie completamente desnudo delante de un espejo que había colocado en las hierbas altas de una colina en Millerton, Nueva York, confié al lobo, mi cámara, toda la responsabilidad de disparar el obturador. Todo lo que tenía que hacer era accionar el temporizador. Fue otro tipo de nacimiento, una nueva carpeta del escritorio de mi vida con el nombre de Autorretratos.

No puedo ser tú, / pero puedo imaginarte siendo yo / No puedo construir una catedral, / pero puedo imaginar una en mi / No puedo trepar una montaña, / pero puedo imaginarla llegando a mi / No puedo ser un búfalo, / pero imagino que me gustaría / No puedo comprender la muerte, / pero puedo imaginar el infinito / Si no bajo la vista, / puedo imaginar cualquier cosa

© Arno Rafael Minkkinen

Fosters Pond, 2017

SUSI & SISU

To understand what motivates my work as a visual artist, it may be helpful to start from the beginning, from that folder on the desktop of life marked first visual memories. As Brancusi famously stated, we make no art unless we see with the eyes of a child.

Life as I knew it started out on an operating table in Helsinki, eyes barely six months old staring up at an ether ball dropping down from the hospital ceiling like the moon descending on Earth in Lars Von Trier’s Melancholia. I was sure that whatever life I had was coming to an immediate end. This was it. My first conscious memory would be my last.

My Finnish surgeon could have just as well performed the operation in an animal hospital given the transformation my face took. Born with front-to-back cleft palates and cleft lips, babies entering the world this way —as I learned only recently— possessed the palate and jaw structure of a wolf and, below the nose and above the mouth’s door, of course, the telltale split upper lip of a rabbit. But it was the wolf part that fascinates me now recalling how I had to be tied down by the wrists and ankles to the metal bedposts so I couldn’t squirm about or tear off the adhesive tape or stitches that tied my top lip together, or God forbid, use my fingers to dig into the wolf den inside my mouth.

Frankly, I wish I had met the wolf much earlier, already when my family immigrated to Brooklyn in 1951. Like all six-year-olds in the time of Superman then, I wanted so badly to fly. But the desire wasn’t based on getting somewhere or simply experiencing the miracle of flight, alone and unseen. It had everything to do with leveling the playing field in the schoolyards of childhood and adolescence. I craved the inclusion of my peers more than anything else. Instead of enduring the shame, bullying, and rejection brought on by looking different from everyone else, the wolf blood in me would have given me the courage to stand my ground, be myself, and take charge of my life as I eventually did in college.

The rabbit part of my animalistic DNA —that scar below the nose little kids never get tired of staring at, much to the embarrassment of their parents— took a lifetime to conquer. Put another way, I would be the last one chosen at school dances and later as a freshman in college when the hormones really kicked in with a vengeance for never having been even kissed by a girl, self-confidence was nowhere in sight. Even now, just asking someone to be in my pictures —women almost exclusively— requires the same intrepidness it takes to bury myself under the snow, traverse thin ice, or hold my breath underwater and count to a thousand.

There was something noble and honorable about an identity based on fearlessness I came to learn, not only in the physical sense we world normally assume, but also in the creative process itself. A line I wrote several decades ago now could have been written by the wolf in me: Art is risk made visible.

As I have written in earlier essays, I came to realize that our audience expects to see the risks we are willing to take to make the art we do. Georges Braque anchored that pathway for me. “Out of limited means” he said, “new forms emerge.” I took his words to mean making a contract with myself about what I would not do. There would be no need for clothes in a timeless world. No assistant necessary to check my position in the frame or the result would be collaborative. Nor would I photograph someone else. No reason to put anyone but myself in harm’s way. And there would be no manipulation of any kind so that the image would correspond exactly with the reality before the lens.

The Finnish word for wolf is susi; for courage it’s sisu. Susi and Sisu: they can be spelled with the exact same letters. The courage of the wolf made it possible to overcome not only the shyness of the hare, but also the trepidation that my lack of confidence had been so powerless to quell.

No need to know the Finnish word for hare. The jänis jumped out of the picture on September 2, 1971. Standing stark naked in front of a mirror I had placed over tall grasses on a hillside in Millerton, New York, I gave the wolf —my camera— full responsibility for firing the shutter. All I had to do is press the self-timer. It was another kind of birth, a new folder on the desktop of my life marked Self-Portraits.

I can’t be you, / but I can imagine you being me / I can’t build a cathedral, / but I can imagine it being in me / I can’t climb the mountain, / but I can imagine it becoming me / I can’t be a buffalo, / but I can imagine it liking me / I can’t comprehend dying, / but I can imagine infinity / If I don’t look down, / I can imagine anything

© Arno Rafael Minkkinen

Fosters Pond, 2017

SUSI & SISU

Pour comprendre ce qui motive mon œuvre en tant artiste, il peut être utile de commencer par le début, par ce dossier sur le bureau de la vie intitulé Premiers souvenirs visuels. Comme l’a déclaré Brancusi, nous ne faisons pas d’art à moins de voir avec les yeux d’un enfant.

La vie, telle que je l’ai connue, a commencé sur une table d’opération à Helsinki. Âgé d’à peine six mois, mes yeux regardant une balle d’éther tomber du plafond de l’hôpital comme la lune descendante dans le film Melancholia de Lars Von Trier. J’étais sûr que la vie qui se présentait à moi allait vers une fin immédiate. C’était cela, mon premier souvenir conscient qui devait être le dernier.

Vu la transformation de mon visage, mon chirurgien finlandais pourrait aussi bien avoir réalisé l’opération dans un hôpital pour animaux. Nés avec un bec de lièvre et une fente labiale, les bébés qui entrent dans ce monde de cette manière (comme je l’ai appris récemment) ont le palais et la mâchoire d’un loup et, bien sûr, sous le nez et autour de l’ouverture de la bouche, la lèvre caractéristique d’un lièvre. Mais c’est la partie du loup qui me fascinait le plus, maintenant que je me rappelle la manière dont j’étais attaché par les poignets et les chevilles aux barres métalliques du lit de façon à ne pas pouvoir bouger, arracher le pansement adhésif ou encore les points de suture qui tenaient ma lèvre supérieure, ou, que Dieu m’en garde, à ne pas pouvoir utiliser mes doigts pour creuser le repaire du loup dans ma bouche.

En toute sincérité, j’aurais souhaité rencontrer le loup bien avant, déjà lorsque ma famille émigra à Brooklyn en 1951. Comme tous les enfants de 6 ans à l’époque de Superman, je voulais voler à tout prix. Mais le désir ne consistait pas d’aller quelque part ou de faire l’expérience du miracle de voler seul sans être vu. Il s’agissait de parcourir le terrain de jeux de la cour de récréation de l’enfance et adolescence. Je brûlais d’envie d’être inclus à mes pairs plus que tout. Au lieu d’endurer la honte, le bizutage et le rejet dus à mon apparence différente de celle des autres, le sang de loup que je portais en moi m’aurait donné le courage de me tenir droit, d’être moi-même et de prendre en charge ma vie tel que je le fis à l’université.

La partie lièvre de mon ADN animal (cette cicatrice sous le nez que les jeunes enfants ne se lassent pas d’observer, malgré la gêne de leurs parents) m’a pris une bonne partie de ma vie à accepter. Autrement dit, j’étais le dernier à être choisi pour une danse à l’école, et plus tard en tant qu’étudiant de première année à l’université, ma confiance en moi-même était inexistante lorsque les hormones étaient frappées d’une vengeance de n’avoir même jamais été embrassé par une fille. Même encore maintenant, lorsque je dois demander à quelqu’un de le prendre en photo, des femmes généralement, je dois faire preuve d’autant de courage que pour m’enterrer sous la neige, traverser une fine couche de glace ou respirer sous l’eau en comptant jusqu’à mille.

Il y avait quelque chose de noble et d’honorable dans une identité basée sur le courage que j’ai pu acquérir, non seulement au sens physique que nous pensons normalement, mais aussi dans son processus créatif lui-même. Il y a plusieurs dizaines d’années, j’ai écrit une ligne qui pourrait avoir été écrite par le loup qui réside en moi: L’art est un risque rendu visible.

Comme je l’ai écrit dans des essais précédents, j’ai réalisé que notre public s’attend à voir les risques que nous acceptons de prendre pour réaliser l’art que nous faisons. Georges Braque l’a déjà dit avant moi: "Au-delà des moyens limités, de nouvelles formes émergent". J’ai pris ses mots pour signer un contrat avec moi-même sur ce que je ne ferai pas. Pas besoin de vêtements dans un monde intemporel. Pas besoin d’un assistant qui vérifie ma position dans le cadre ou de toute autre forme collaboration. Je ne photographierai personne d’autre. Il n’y a aucune raison de mettre quelqu’un d’autre en danger à part moi. Il n’y aura aucune manipulation pour que l’image corresponde à la réalité face à l’objectif.

En finnois, loup se dit susi; le mot courage sisu. Susi et Sisu: exactement les mêmes lettres. Le courage du loup m’a permis de surmonter non seulement la timidité du lièvre, mais aussi la trépidation que mon manque de confiance a eu du mal à atténuer.

Il n’est pas important de connaître le mot lièvre en finnois. Le jänis est sorti de la photo le 2 septembre 1971. Debout, complètement nu face à un miroir que j’ai placé dans les herbes hautes d’une colline de Millerton dans l’état de New York, j’ai donné au loup (mon appareil photo) la responsabilité de déclencher l’obturateur. Tout ce que j’avais à faire était d’appuyer sur le retardateur. C’est une autre forme de naissance, un nouveau dossier sur le bureau de ma vie intitulé Autoportraits.

Je ne peux pas être toi, / mais je peux imaginer que tu es moi / Je ne peux pas construire de cathédrale, / mais je peux en imaginer une en moi / Je ne peux pas gravir la montagne, / mais je peux l’imaginer venir moi / Je ne peux pas être un bison, / mais je peux imaginer qu’il m’aime / Je ne peux pas concevoir la mort, / mais je peux imaginer l’infinité / Si je ne regarde pas en bas, / je peux tout imaginer

© Arno Rafael Minkkinen

Fosters Pond, 2017

Vestíbulo del Auditorio

Del 30 de junio al 1 de octubre de 2017

Avda. del Zinc, s/n 33490 Avilés

Tel.: 984 835 031

Horarios: Julio y agosto

De lunes a domingo de 10:30 a 14:00 h y de 16:00 a 20:00

Septiembre

De miércoles a domingo de 11:00 a 14:00 y de 16:00 a 19:00 h

Entrada

3 € general / 2,5 € reducida

Created By
Educa Niemeyer
Appreciate

Credits:

© Arno Rafael Minkkinen

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