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El viejo Oeste Jordi Rocandio Clua

La herradura de su caballo ha vuelto a saltar, ese maldito herrero no sabe lo que se hace.

Otra vez tiene que perder varias horas en volver al pueblo caminando arrastrando a Bucéfalo, su caballo, para que no se le dañe más la pezuña.

Jack Harrison, el ayudante del Sheriff, tenía encargada una misión que no va a poder cumplir. Había de dirigirse al Rancho Gran Cow para investigar el robo de una reses, pero sin montura no le va a ser posible.

El dueño de esas vacas, Ralph, no va a estar de buen humor cuando vea que no llega. Mañana sin falta tendrá que volver, el asunto es de vital importancia para la convivencia pacífica de la zona. Ese tema preocupa a las gentes del lugar, últimamente se están produciendo más delitos de lo habitual, una banda de forajidos se ha instalado en las montañas cercanas y son muy escurridizos.

Debe andarse con cuidado, entretenerse más de lo necesario por estas tierras es francamente peligroso, ya que a los Indios no se les ha expulsado del todo y todavía se encuentran avanzadillas muy peligrosas. Si a eso le añades los forajidos, ya te puedes imaginar.

Suerte tiene que aún quedan muchas horas de sol, sino hubiera tenido que volver a oscuras o pasar la noche por ahí , algo nada aconsejable si viajas solo.

Mientras se encamina hacia el pueblo se topa de bruces con una gigantesca serpiente de cascabel que le barra el paso. Al notar su presencia, la serpiente se levanta más de un metro de altura y expande su cabeza de esa manera tan característica que solo ellas saben hacer. No es la primera serpiente a la que tiene que hacer frente pero sí la más grande, sin duda. Poco a poco se distancia de ella para que Bucéfalo no se asuste y corra peligro, lo ata bien lejos a un árbol, lo tranquiliza debidamente y se decide a hacer frente a la serpiente, que sigue en posición de ataque.

Tiene varias opciones, la más sencilla sería pegarle un tiro con su Winchester de quince cartuchos o con su revólver de seis balas, la potente y famosa Colt 45, también conocida como The Peacemaker, el Pacificador, muy extendida por todo el Oeste, pero es una mala idea, ya que la detonación podría poner sobre aviso a los otros indeseados moradores del desierto. Así que su mejor opción es intentar asustarla con su látigo y dejarla ir. Es un hombre íntegro y nunca le ha gustado matar por matar. No dudaría en pegarle un tiro si lo viese necesario pero no es el caso ni su estilo.

Con el látigo preparado se acerca despacio, la serpiente no aparta la mirada de su objetivo y se mueve rítmicamente hacia delante y atrás, como si quisiera hipnotizarle. No piensa caer en ese truco por lo que prepara el látigo y golpea el suelo cerca del animal. No pasa nada, la gran serpiente no se inmuta, sigue en el mismo lugar. Golpea de nuevo el suelo, más cerca que la vez anterior. Esta vez la serpiente intenta morder el látigo pero no lo consigue, bien, es buena señal. Jack prueba de nuevo, esta vez procura que el golpe sea realmente cerca y lo consigue. El animal se ve perdedor en esta batalla y empieza a retroceder hasta que sale del cañón y se dirige a unas rocas, unos metros más allá, para esconderse a su sombra, parece ser su madriguera. Jack toma buena nota de ello, siempre es bueno localizar posibles peligros. Cada vez que coja esa ruta se andará con cuidado.

Vuelve junto a Bucéfalo y tira de él con suavidad, el animal no está tranquilo del todo. Al final salen de esa trampa que es el cañón y pasan a una amplia zona desértica.

A lo lejos puede ver una gran manada de Búfalos, pobres animales, los están mermando los cazadores furtivos, si siguen así no quedará ni uno en pocos años. Un poco más allá puede ver una sombra, es su pequeño pueblo. Le queda un largo camino por andar.

Mientras decide el camino menos peligroso para volver ve una hilera de polvo. No está seguro pero diría que es una diligencia. Al cabo de varios minutos lo puede confirmar, es sin duda la diligencia que recorre la ruta de los cuatro pueblos de la zona y, ¡maldita sea!, está siendo perseguida por cuatro jinetes, seguro que son de esa banda de forajidos.

No lo duda ni un instante, tiene que actuar. La diligencia siempre lleva sacos con dinero y pasajeros, suele estar bien protegida por varios hombres pero no los ve, teme que hayan sido abatidos. No puede dejar a esas personas a su suerte.

- Lo siento amigo pero tenemos que cabalgar un poco. Aguanta Bucéfalo, aguanta todo lo que puedas. Cuando lleguemos al pueblo te daré el mejor heno que pueda comprar.

Jack sube a su montura y cabalga rápido persiguiendo la diligencia. No parece que su caballo esté sufriendo demasiado, cojea un poco pero no se queja.

La diligencia se ha internado en un estrecho cañón conocido como Bad way, sabe que es un buen sitio para defenderse, si tienen suerte podrán aguantar hasta su llegada. Al seguir el rastro observa como la diligencia y sus perseguidores están muy juntos, sabe que el enfrentamiento va a ser inevitable. De repente, oye detonaciones de rifle, la lucha por la supervivencia ha empezado.

Cabalga despacio mientras se aproxima, no debe alertar a los forajidos. Son cuatro y están bien armados, debe ser cauto.

Los ve al final del estrecho cañón.

La diligencia está bien parapetada, se han puesto en formación defensiva, tienen la pared de roca a sus espaldas para evitar ser sorprendidos y han colocado dos caballos a cada lado de la cabina, los cuales servirán de defensa cuando los abatan, algo normal en esta clase de enfrentamientos. Puede distinguir tres hombres y una señorita, que están bien protegidos detrás del equipaje, desperdigados entre la diligencia y los caballos, que ya están muertos por los disparos. Pobres leales animales, al menos no han sufrido.

Se defienden como pueden, están bien organizados, ya que dos disparan y otro recarga, la señorita, por otra parte, ayuda avisando sobre la posición de sus atacantes.

Jack pasa a observarlos con atención. Efectivamente, son cuatro. Están bien protegidos detrás de unas rocas y no paran de disparar, conocedores que solo tienen que esperar a que sus oponentes se queden sin munición. Por lo que puede observar, tienen las de ganar, ya que tienen varias cajas de munición bien repletas.

Va a tener que acabar con ellos o bien distraerlos para que desde la diligencia los puedan abatir.

Sin pensárselo más, desmonta y ata a Bucéfalo en un árbol bastante alejado. No quiere que por algún motivo lo puedan herir. Se acerca con precaución y busca un puesto elevado para tener ventaja sobre esos desgraciados. Va equipado con el Winchester y su Colt, tiene disparos de sobra para lo que tiene en mente, eso sí, no se puede permitir ningún fallo.

Encuentra una roca que escalar hasta un saliente en la pared. Con cuidado accede a su posición, tiene una vista excepcional de la contienda. Espera varios minutos mientras prepara su táctica y decide empezar con el ataque.

Apunta con cuidado al forajido más cercano a la diligencia, su objetivo es la pierna izquierda, espera unos segundos y dispara. Acierta en el blanco, destrozando la rodilla de ese hombre, que se desequilibra y se pone a tiro. Le vuelan la cabeza en el acto. Ya solo quedan tres.

Los bandidos se giran sorprendidos para observar de dónde ha venido el fuego pero no ven nada. Jack está bien oculto, él los puede ver pero ellos miran demasiado abajo. Dispara de nuevo y desarma a otro, destrozándole un hombro. Se revuelca en el suelo gritando, momento que aprovecha otro defensor para matarlo con un disparo certero en el corazón.

Los otros dos no saben qué está pasando, por fin lo han visto e intentan darle pero están nerviosos y no aciertan sus ráfagas.

Los hombres de la diligencia aprovechan para avanzar y disparan sin parar, momento que aprovecha Jack para matar a uno de esos hombres. El disparo ha sido en el estómago, el hombre se desangra entre horrible dolores.

El último, viendo el destino de sus compañeros, decide entregar las armas y rendirse. Ha perdido y no quiere morir.

Jack baja de su atalaya a trompicones, nunca ha sido muy ágil y se acerca a la diligencia. Cuando está cerca reconoce a los hombres y a la señorita, la hija del dueño del banco del pueblo, muy bella, siempre le ha gustado. Ellos también lo han reconocido.

- Hola Jack, eres más que bienvenido. Nos ha ido de un pelo.- Le saluda Klaus, el dueño del salón.

- Te hubiésemos echado mucho de menos Klaus, ya lo creo.- Le responde Jack.

- Has hecho muy buen trabajo Jack, el Sheriff estará muy orgulloso de ti cuando se entere.- Le dice John, el herrero.

- He estado a punto de dispararte a ti en vez de a estos forajidos. Bucéfalo acaba de perder la herradura otra vez, os habéis librado gracias a eso, así que te perdono John, menos mal de tu incompetencia.- Le responde mientras ata bien fuerte con una cuerda al bandido que sigue vivo.

De detrás de la diligencia ve aparecer a Peter Bank y a su hija Meredith. Se les ve muy alterados, no están acostumbrados a esto.

- Muchas gracias Jack. Te debo mi vida y la de mi hija. Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

- Pues ahora que lo dice señor Bank, me gustaría pedirle permiso para cortejar a su hija, si no le importa.

Jack mira de reojo a Meredith y ve como sonríe. Parece que la cosa podría llegar a ir bien entre ellos. En ese momento Meredith interviene.

- Si me acompañas un momento a la cabina de la diligencia Jack, me gustaría darte un presente como agradecimiento.

Jack mira al señor Bank, pidiéndole permiso. Este se lo concede y acompaña a Meredith dentro de la cabina.

Esta se gira bruscamente y se abalanza sobre él dispuesta a besarle en los labios. Ya falta muy poco para ver cumplido su sueño, escasos centímetros, por fin, es el momento…

- ¡A cenar!

- Pero mamá, si aún es pronto.

- De eso nada jovencito, se nos ha pasado la hora. Baja ahora mismo.

- Vale, ya voy.

Juan, el pequeño de tres hermanos, empieza a recoger el precioso decorado que ha montado para pasar la tarde, coge la diligencia, los caballos y sus muñequitos del Oeste y los empieza a guardar en su caja.

Cuando sale de su habitación, camino del comedor, no queda nada tirado por el suelo, bueno, casi nada, ya que en la oscuridad brilla orgulloso un magnífico Winchester de juguete.

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Jordi Rocandio Clua
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