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actualización octubre-noviembre-diciembre - cuadro de tapa: En el polvo frío-Jeuroz'20

Hambre no me va a faltar

por Pablo Orlando

obra digital: Luces nocturnas - Jeuroz'20

La angustia no es el drama. En todo caso lo convoca. Que se instale un montaje es un paso segundo. La soledad no está sola, si se cuenta hay espectáculo, aunque el actor y el espectador sean las dos caras de la misma obra. La puesta en escena conoce los pasos, tiene receta. Es-cena que se monta a un servicio muy curioso.

La angustia pasa a ser un drama cuando la urgencia de una realidad que amenaza arrasar con todo a su paso te reenvía a los enredos del propio fantasma. En el drama conocido la cena está siempre lista. Sabemos comer lo que producimos. Aunque el plato sea mierda.

No hacemos otra cosa que seguir los pasos, uno tras otro. La resignación es un arma que apunta siempre al portador. Infesta al cuerpo de un plus que también es pus de palabra sin eco, que envicia al cuerpo de pesadez, de un cansancio ignorante como el que crea ídolos, la esperanza religiosa o el Amo de turno, así hablaba Zaratustra de esa ilusión redentora proyectada en el Más Allá. Encantador veneno del alma que Nietzsche reconocía en los predicadores de la muerte. La mortificación a veces se instala de manera engañosa, y donde creemos alimentar esperanzas en realidad renunciamos a lo posible.

El confinamiento es la única herramienta para atravesar la tempestad. Asombrosas formas de encontrar la salida en el encierro. Entonces la pregunta sería ¿cómo encontrar la salida de la salida? Paradojas de la realidad cuya lectura lineal nos reduce a lo básico. ¿Por qué tendemos a igualar lo básico con lo biológico? Como si la carne solo viviera de carne. La comida es esencial para poder dormir. ¿Eso es todo?

Sobrevivir es intentar asegurarse: el bien dormir. Aferrarse a lo mínimo. Lo mínimo quizás no sea lo elemental. La biología se pierde un elemento que el absurdo recupera. De lo mínimo a lo absurdo el apetito es un cuerpo que come nada.

De los bienes somos privados. Pero la privación también puede ser una forma de probar el plato de goce fantasmático. La fatalidad tiene sabor amargo. Pero que tenga sabor revela que pasa por la cocina. La cocina del fantasma trabaja hasta con pan duro. A veces es su plato preferido. Los golpes de la vida, el Otro que me quita y el Yo se regodea en un goce de tendencia victimista. Cerrados los cálculos, solo queda esperar, y esa pesadumbre de resignación a soportar como un: “es lo que hay”.

Ahí donde la búsqueda infructuosa se distiende es probable que la sorpresa nos encuentre. El “Yo digo” pierde peso y entonces decir fue el rayo que transformó: decir para perder. El silencio crea espacio, y si escuchamos bien, en el vacío del analista el eco devuelve lo mismo diferente, somos hablados por un decir que se nos escapa: “hambre no me va a faltar…”

Poesía del inconsciente sustituye cálculos programados a tasa fija. Los alivia. Más aún, los vuelve intrascendentes. Equivocar es un desvío. No puedo escribir sin desviarme. Ni las maestras de toda la primaria pudieron alinear mi trazo. Desviar es la única forma de surcar otra versión. Del hambre desesperante que invade la realidad con su masa amorfa y atragantada, a un hambre que hace falta. Con todas las resonancias que allí se levantan.

No solo se trata de que nadie come sin hambre. Sino que el hambre se expande como una onda sacudiendo todo lo que pueda ser mordido. Hambre de hacer que habilita la posibilidad de intervenir donde hiciera falta. En eso se autoriza. Produce su lugar. ¡El hambre no ha de faltar! Objeción al reduccionismo benefactor, biologicista y a la papilla asfixiante de la madre. Una salida de la prisión en la que el Yo contabilizaba sus pérdidas. Deshojar margaritas es un pasatiempo que degrada lo perdido en un lamento de espectáculo.

En ese punto la salida requiere de algo incalculable. Aquello indestructible de un deseo que me sobrepasa. Que no se trata de que tan duros podemos ser. Sino de escuchar la insistencia propia que me juega en la palabra, con una voz nueva y un silencio. Lo que permite atravesar la economía de los bienes es pescar de mi boca lo imposible de llenar. La sorpresa entusiasma con lo que a través del análisis hoy me es posible nombrar y la risa descubre aquello de lo que el otro no me puede privar.

Despertar de la letanía mortificante inventando un escape. En la comedia, lo que nos satisface, nos hace reír, no es tanto el triunfo de la vida como su escape, el hecho de que la vida se desliza, se hurta, huye, escapa… Así hablaba Lacan de la ley del deseo. De ahí que los efectos poéticos del inconsciente conlleven un pasaje de la tragedia a la comedia.

No es solo el hambre sublimado como la metonimia de comer el libro, la Ética de Lacan fue más allá: sublimen todo lo que quieran, hay que pagarlo con algo. Se paga con la libra de carne. Para que el hambre no falte hay que pagar con el goce.

La función no está acabada. El tablado siempre espera una escena. Pero ya no es la misma. Cada vez que esa frase retorna, es como el hambre, vacía. A partir de ahí se puede escribir una nueva forma. Como esta escritura que se condimenta para elevarse a otra cosa.

Por eso el drama puede ser un paso del que se pueda pasar. Un paso más o un paso menos, el cuerpo tiene movimiento. Entonces si el espectáculo es necesario, que sea bailando. Una forma de condimentar la vida.

Credits:

Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento