Morir viviendo

La muerte es posiblemente el mejor invento de la vida.

Es el agente de cambio de la vida.

Discurso de Steve Jobs en Stanford University

El miedo más profundo que tengo es a morir, a esa insondable y personalísima experiencia por la que habré de atravesar, sólo Dios sabe cuándo.

Aun cuando es una frase muy trillada, es verdad que la única certeza que tenemos en la vida es que vamos a morir algún día. Infortunada o afortunadamente, esta certeza es la que hace que nuestra vida sea dramáticamente intensa, como dice Simone de Beauvoir.

¿Habrá algo después de esta vida?
Si hay algo, ¿cómo será ese algo?
Si no hay nada, ¿qué significa esta nada?
¿Cómo aprehender el concepto de eternidad, si es que ésta existe?
O si pienso en reencarnación, ¿cuántas reencarnaciones me llevarán a qué? ¿Durante cuánto tiempo?
Éstas y otras preguntas me han acechado de diferentes maneras y grados desde que era joven.
Siempre he envidiado a aquellos para quienes su fe religiosa o su nihilismo les proporciona real consuelo ante la perspectiva de la muerte, aunque quizá también ellos tengan un atisbo de duda ante ese crucial momento.

Conforme me he sentido angustiado con estas preguntas sin respuesta ¡cómo he anhelado experimentar la fe que sentía cuando era niño! Me bastaba con creer para encontrar la paz.

¿En qué momento dejé de sentir ese consuelo?

No lo sé. Quizá el cuestionar mis creencias y el siempre buscar ir más allá lo hicieron desaparecer, y aunque al día de hoy este proceso no me ha traído a la paz, aún guardo la esperanza de que en algún momento la volveré a experimentar, aunque de una forma nueva, diferente.

Recuerdo una historia en la cual, estando el Maestro con sus discípulos en un monasterio, uno de ellos llegó a decirle:
“Maestro, si no me puedes contestar si hay vida después de esta vida, entonces me iré del monasterio. No puedo seguir así”.
El Maestro pacientemente le contestó:
“Te pareces a un hombre que iba caminando en la selva cuando una flecha envenenada se le enterró en el muslo.
Cuando sus acompañantes quisieron quitársela para salvarle la vida, les dijo que no lo permitiría hasta saber si el hombre que había disparado la flecha era moreno o blanco, si traía pelo largo o corto, si tenía los ojos negros o azules”.

Cuando vienen a mi memoria estas palabras, me siento como ese discípulo.

¿Tiene algún objeto hacerme esas preguntas?

Para efectos prácticos no.

Cuando mi padre estaba agonizando, el doctor, amigo suyo, le dijo que estaba muy grave y le preguntó si tenía miedo de morir. “¿Miedo? No. No tengo miedo.” le contestó mi padre.

¿Qué tiene que suceder para que alguien pueda contestar así en el umbral de la muerte?

Creo que la respuesta a la muerte está en la vida.

Sólo cuando has vivido tu vida a plenitud, cuando te has reconciliado contigo y con los demás, cuando cada día lo has exprimido hasta lo último, cuando has disfrutado y saboreado aquello que has decidido vivir, cuando has vivido apasionado, entonces la vida adquiere dimensión y grandeza por sí misma.

Lo que viene, sea lo que sea –tenga ojos negros o azules- será adicional y bienvenido.

Nuestra tarea es vivir de tal modo plenos, que la vida vaya ganando terreno a la muerte, que la vida crezca y crezca hasta que llegue el momento en el que, casi sin querer, la muerte se nos presente como un parpadeo.

Es como matar la muerte a fuerza de vivir.

Escrito por José Antonio Rivera Espinosa

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