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Atzala, una herida abierta por el 19S Un terremoto de 7.1 grados en la escala Richter dejó a Puebla con heridas imborrables.

“Las tragedias también pasan en la casa de Dios”, comentan los pobladores del municipio de Atzala al término de la misa dominical. Hoy en día tienen que tomar la palabra del señor en una construcción de lámina y block que varias organizaciones y los mismos pobladores han levantado. Ha pasado un año desde que el sismo del 19 de septiembre derrumbó la iglesia de Santiago Apóstol, 11 personas fallecieron ese día, cuatro eran niños.

El templo está cercado con rollo de alambre, sigue destruido, no se le han hecho ninguna modificación. Ya no hay techo y sólo se puede observar la mitad de las cúpulas, además de escombro por doquier.

A pesar de que los pobladores han querido levantar lo que quedó de la iglesia, miembros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) les indicaron que no podían hacer arreglos, incluso les advirtieron que si eran captados moviendo piedras del inmuebles serían multados. Aunque desde el año pasado ya no han registrado visitas de dichas autoridades.

Por tal motivo, optaron por toma misa en el atrio, colocaron una lona y pusieron “banquitas”. Posteriormente organizaciones civiles decidieron aportar dinero para construir un espacio al frente del templo y también apoyaron los pobladores, en este municipio prefirieron iniciar la reconstrucción de los templos antes que sus viviendas.

Lucio Cruz Maldonado es el sacerdote de la comunidad, llegó a Atzala hace cuatro meses, cuando inició la construcción del espacio frente al templo destruido. Llegó casi a los ocho meses del desastre pero sigue percibiendo la tristeza y el miedo que dejó el temblor.

“Monseñor, Víctor Sánchez Espinosa me pidió de favor que apoyara a esta parroquia. Hay varias necesidades, por lo regular, la gente me interroga mucho a cerca del templo pero realmente no se ha intervenido. Y a los que se les ha hecho arreglo ha sido por inversión privada, pero los protegidos por el INAH se ha buscado apoyos por el Fonden y no hay todavía respuesta”, compartió.

Aceptó que algunos habitantes de Atzala no son católicos, sin embargo, la gran mayoría de los pobladores se inquietan al ver la tardía repuesta para reconstruir el inmueble religioso, les recuerda el día del temblor y todos los días al ir a dejar a la escuela a sus hijos, cuando hacen el mandado o el simple hecho de salir a caminar, la iglesia caída los transporta al día de la tragedia.

“Al menos a esta comunidad ya la apoyaron con un caidizo y aquí nos estamos reuniendo, ya tenemos un lugar para celebrar, pero en otros lugares ni ese apoyo, se tiene que acomodar en salones para celebrar. Si ustedes recorren casas a penas algunas se están reconstruyendo, ciertamente ya hay algunas terminadas, pero apenas hace 20 días empecé a ver que llegaba mucho material. Casi pasó un año y hay muchas casas que se pusieron mal por el temporal, por las lluvias se empeoró”, mencionó.

Antes de que éste religioso llegara a la comunidad, estaba el padre Pedro Tapia, pero la Arquidiócesis de Puebla decidió moverlo para que apoyara a otra comunidad.

Lorenzo Sánchez, es el sacristán de la iglesia, estuvo en el templo en el momento que tembló, recuerda que escuchó crujir el techo y de repente todo se puso gris por el polvo, no vio cuando le cayeron escombros a otras personas ni siquiera recuerda como salió, pero agradece el estar vivo.

“Ya es un año, y francamente el superar todo es difícil y más estos días que han venido muchas personas a movernos los sentimientos y los recuerdos. Estamos sintiendo la presión del año de luto y se van sintiendo nuevamente temores. Se recuerda lo que vimos y seguimos viviendo, porque no se acabó ahí, no fue una experiencia que pasó y se siga adelante hay repercusiones”, expresó.

Lamentó que a un año del sismo su iglesia siga en las mismas condiciones, si bien, sabe que muchos municipios sufrieron daños y que hay que darle prioridad a las casas y las zonas más afectadas,. Cree que es “inaudito” que no se haya movido ni una piedra en mejora del espacio católico. “Se nos cayó el templo pero la iglesia sigue viva, nosotros seguimos vivos y tenemos que mirar pa' delante aunque pesa porque somos una comunidad chica, nos conocíamos todos, y pues al ver a otras familias sufriendo también nos pega”, mencionó.

A los vecinos les tocó presenciar la tragedia.

Los pobladores que vivían muy cerca de la iglesia tuvieron que ver como sus vecinos estaban atrapados por las piedras, escucharon sus gritos de auxilio y otros presenciaron el pánico al ver que sus familiares no salían. También les tocó ver los rostros de desesperanza cuando se enteraban que alguien había muerto.

Hortensia Sánchez tiene una miscelánea a una calle de la iglesia, recuerda que el día que tembló estaba comiendo con su hermano cuando empezó a moverse la tierra.

“Le hable recio, le decía que viniera hacia mí pero mi hermano se quedó frío y sólo pudo agarrase de un marco de una puerta. El movimiento estaba bien fuerte, yo corrí a un árbol. Cuando terminó salimos a ver qué había pasado y lo primero que vemos es la iglesia destruida. Había muchísima gente, todos llorando, pero varios empezaron a levantar escombro para ver si salvaban a alguien, había un bautismo”, relató.

Hortensia recuerda que la iglesia estaba destruida y que sólo se lograban apreciar piedras en el suelo, no tardó mucho para que llegaran miembros de Cruz roja y voluntarios para remover los escombros. A ella el Gobierno le otorgó 15 mil pesos para arreglar su casa, pero sólo le alcanzó para levantar paredes de su tiendita, sus productos los tuvo que pasar a su casa. “El miedo ahí está, sólo sentimos movimiento y nos espantamos “, dijo.

Por su parte, Ildefonso Vázquez, otro de los pobladores, compartió que el día del temblor estaba en su casa viendo televisión cuando inició el terremoto, estaba recién operado y no podía caminar. Un vecino tuvo que ayudarlo a salir y luego le dijo que tenía que déjalo para auxiliar a la gente que estaba atrapada a abajo de los restos de la iglesia. A Ildefonso le tocó ver como sacaban cuerpos muertos y como sus vecinos lloraban sus pérdidas.

“Fue espantoso, yo veía como todos pasaban aterrorizados. Las señoras que fueron por sus hijos estaban desconsoladas y creo que se ponían peor al ver que el techo de nuestra iglesia se había caído. Hubo familias completas que se murieron ahí, tenemos un vecino que se llama Ismael, se le murió su esposa y su hija. Además, Don Graciano perdió a cinco familiares, su esposa, su hija, su yerno y sus dos nietas, entre los fallecidos están la niña que iba a ser bautizada, Elideth “, lamentó.

Los sobrevivientes del derrumbe de Atzala

Este medio acudió al hogar del señor Graciano Villanueva, pero las personas que estaban en su jardín informaron que no se encontraba y que era muy probable que no llegara a dormir. Los vecinos comentaron que está muy deprimido y que es muy probable que no quiera atender a los visitantes.

Diario El Popular también se presentó en la casa de María Morales Villegas y su hija Rocío Loyola, quienes estuvieron en la iglesia en el momento del sismo. Fueron de las pocas sobrevivientes.

“Estaba la misa, iban a bautizar a una niña y le dije a mi hija que era buena idea ir. A penas iba a empezar cuando el temblor comenzó, yo todavía me di cuenta cuando se venía lo de arriba y dije 'ay dios mío que se haga tu voluntad' y me hinque, todos nos hincamos. Pensé que me iba a morir”, confesó María Morales.

A su hija se le rompió el brazo cuando le cayó un pedazo de estructura, las dos mujeres estuvieron casi dos horas atrapadas antes de que los voluntarios las rescataran. Recuerdan que quedaron tapadas por la tierra, ese miedo no se lo desean a nadie, pues creyeron que poco a poco se iban a quedar sin aire hasta que se quedaran sin vida.

“Creo que logramos vivir porque estábamos a la orilla, pero para allá estaban más personas, las que murieron. Nosotras teníamos la maña de hincarnos, porque oramos para que no nos pasara nada. Ahora no sabemos si estuvo bien o mal, a lo mejor todos hubiéramos corrido en vez de agacharnos”, expresó Rocío Loyola.

Después de ese hecho lamentable, Rocío Loyola, estuvo cuatro días en un hospital de Izúcar de Matamoros, su mamá sólo tuvo moretones y algunos golpes que no ameritaron que fuera internada. Cuando supieron de todas las muertes agradecieron a Dios por haberlas dejado con vida, pero al tiempo lamentaron las pérdidas.

A ellas solo les brindaron 10 mil pesos para la reconstrucción de su hogar, explican que dos paredes se abrieron y sólo les alcanzó para levantar una. Tienen un cuartito hecho de palma y piedra, ahí está todo el material que no ocuparon, pues la mano de obra les costaba muy cara y el dinero que les sobró optaron por ocuparlo en medicinas para su pronta recuperación. Ya no tienen dinero.

Al recorrer las calles de Atzala se pueden ver no más de cinco casas que el gobierno del estado ayudó a edificar, están en color rosa y verde. Todas están vacías, los colindantes explican que los afectados no se acostumbraron al nuevo hogar, pues su antigua casa se acoplaba al frío o al calor y en estas nuevas casas solo sienten frío. Han preferido irse con familiares.

Aún se pueden ver casas tiradas, y muchas personas aseguran que nunca les llegó la ayuda y si les llegó fueron 10 mil pesos, no 15 mil como se había dicho, pero no incluía la mano de obra y el material, cuando cotizaban los albañiles les querían cobrar más de 25 mil pesos, y decidieron guardar el dinero hasta acompletar y tener lo necesario. La mayoría se gastó el dinero en sus necesidades diarias.

Texto: Alba Espejel

Fotografía: Karen Rojas

Credits:

Karen Rojas

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