Un cuento para cada día de Adviento SEGUNDA semana

8. Por qué las manzanas tienen mejillas rojas

En el Paraíso había un árbol que estaba reservado únicamente para Dios; lleno de las manzanas más bellas y rojas que uno pueda imaginarse, estaba tan maravilloso que cualquier animalito que pasaba o ave que revoloteaba, quedaba atraído por su belleza.

También Adán y Eva, cuando vivían en el Paraíso, se extasiaban contemplando este árbol cuyo fruto pertenecía solamente a Dios Padre. Más cuando un día Eva, tentada por la serpiente, probó una manzana y le convidó a Adán, de repente, el árbol perdió toda su belleza; y cuando fueron expulsados del Paraíso, éste también había perdido su árbol más bello, pues había sufrido tal susto que sus frutos perdieron su color y se endurecieron. Si alguien los hubiese probado, ya no los hubiese encontrado dulces y jugosos, sino amargos como la hiel.

Sin embargo, el árbol algún día recuperaría su belleza; pero sólo muchos siglos después, cuando en el jardín de María y José en Nazaret, se encontraba un descendiente de aquél árbol del Paraíso. Pequeño todavía, daba cada año duras y amargas manzanitas, que nadie, ni siguiera el burrito quería comer. Y he aquí, que cuando el ángel se le apareció a María para anunciarle que iba a ser la Madre de Dios, también se le acercó al arbolito en el jardín y le susurró un mensaje: “Prepárate manzano”, dijo el ángel, “porque la época de tu pobreza ya está por terminar. A media noche de la Navidad nacerá un niño, el niño de María. Recuerda que eres el árbol que da los frutos de Dios”.

Esto sucedió en primavera; en las siguientes semanas, María y José, llenos de admiración, pudieron observar cómo el arbolito fue creciendo y floreciendo tan primorosamente a tal grado, que bajo esa carga, cualquier otro árbol se habría desquebrajado fácilmente. Entre las ramas, se escuchó el murmullo y susurros de las abejas, que atraídas desde lejos, se aproximaban hacia las flores para probarlas.

Transcurridos unos días, el árbol se había cubierto de verdes hojas, protectoras de aquello que apenas despuntaba y que surgiría después. Al llegar el Otoño, los frutos ya no crecieron como antes, tan duros y pequeños, sino bellamente sanos, grandes y redondos. Así, de una encantadora tonalidad de sutil rosado había emergido paulatinamente un rojo que fulguraba a tal grado, que las manzanas por fin tenían mejillas rojas. Ustedes ya se podrán imaginar por qué: sencillamente estaban felices de poder ser nuevamente los frutos de Dios, como antes de que Él bajara a la Tierra.

María reunió manzanas en una canasta, y al notarlas más lisas, firmes y compactas, dijo a José: “Vamos a guardarlas para nuestro hijo”. Por esta razón, cuando tenían que caminar hacia Belén; el burrito, entre otras cosas, también cargaba una bolsa con manzanas rojas reservadas solamente para el Niño. María y José no las tocaban, aun y cuando sufrían mucha hambre.

La consecuencia no se hizo esperar... la maldición fue retirada del manzano, que a partir de entonces pudo dar sus frutos a los hombres. Sin embargo, cada año algunas se apartan para el Niño Dios; aquéllas que tienen las mejillas más rojas, a través de las cuales, manifiestan realmente la genuina alegría del manzano, porque el Niño Jesús ha venido al mundo. Por eso forman parte de la decoración de la Navidad.

9. El cardo plateado

Cuando Dios, nuestro Señor, creaba plantas y flores, preguntó a cada una de ellas, cómo prefería ser. Algunas elegían ser grandes e importantes, otras escogían tener un perfume especial, unas querían tener pétalos rojos y otras blancos o azules.

Dios les cumplió todos sus deseos; y un día preguntó a una plantita: “Bueno, mi querida criatura, ¿Cuál es tu deseo más íntimo? ¿Quieres ser grande o pequeña? ¿Quieres flores amarillas, rojas o azules?” A lo que contestó la plantita: “Me conformo con cualquier cosa; con gusto creceré junto al suelo y no me importaría tener espinas si me puedes cumplir un solo deseo: que mis flores no se marchiten hasta que nazca el Niño Jesús”. Dios sonrió y benévolo le dio su forma.

El cardo plateado crece humildemente pegado al suelo, y sus hojas están cubiertas de abundantes espinas. Más la flor brilla como una bella estrella plateada, y aunque florezca y la corten en Verano, se conserva hasta la época de Navidad para dar alegría al Niño Jesús.

10. En el bosque de espinas

En su camino a Belén, María y José tuvieron que atravesar un bosque. Desde el suelo, se elevaban leñosos y secos troncos; entre ellos numerosos arbustos nudosos y duros, carentes de hojas y cubiertos por innumerables espinas picudas, algunas de las cuales se extendían y salían al encuentro de los caminantes, desgarrándoles la ropa.

Al burrito, que no podía en cogerse en lugares tan estrechos como los hombres, le había ido muy mal: las puntiagudas espinas lastimaban cada vez más su pobre piel, hasta que llegó el momento en que ya no quiso dar un paso más. Ningún regaño ni ruego podía moverlo. Se detuvo como si tuviese raíces y desoladamente empezó un “Hiaaa, Hiaaa...”, cuando José lo quiso poner en marcha con su bastón.

Entonces José empezó a renegar contra las malditas espinas, las cuales le impedían seguir su camino. Sin embargo María, la buena Virgen, lo calmó y con la mano en su hombro le dijo: “Querido José, no regañes tanto a los pobres arbustos secos y espinosos. Ellos no tienen la culpa; no pueden más que producir espinas en esta región tan seca. Si tuvieran suficiente agua, seguramente serían capaces de dejar brotar rosas perfumadas para nosotros y nuestro hijo”. Luego, María levantó su mirada al cielo y rogó: “Querido Dios, deja caer tu bondad en forma de rocío vital para que estos arbustos espinosos se puedan transformar en lo que deseen”.

Apenas María había terminado su oración, cuando comenzó a regar un roció sobre los arbustos. Llenos de alegría chuparon el agua, y en ese momento todas las espinas se cayeron. Más en su lugar brotaron y florecieron las rosas más lindas que se puedan imaginar. Como si compitieran para ver cuál tendría los colores más brillantes y el mejor perfume, así que fue una maravilla observarlas. María y José dieron las gracias por este milagro; y el burrito, contento estiró la nariz hacia el aire tan aromático y alegremente siguió trotando adelante, hacia Belén.

11. Los insignificantes bulbos

Un comerciante había regresado de un largo viaje desde países lejanos, trayendo consigo regalos muy valiosos: telas e instrumentos, joyas y especies; en fin, para cada uno de la familia algo muy especial. En cambio, para su esposa eligió una pequeña bolsa de apariencia insignificante; sin embargo, era lo más valioso que había conseguido. “Cuídala bien”, dijo a su esposa, “porque corre la voz de que esta bolsita tiene la facultad de decir profecías: nos anunciará cuándo el Rey del Universo llegará a la Tierra”.

La mujer quedó asombrada y acercó su oído a la gruesa tela, pero no pudo descubrir nada extraordinario. Cuando, después de un tiempo, su esposo nuevamente había salido de viaje, cogió el paquetito, fue al bosque para mirarlo minuciosamente, pero sin poder encontrar nada en especial; cuando se vio sola, rápidamente lo abrió para ver su contenido. ¿Y qué encontró?... solamente unos bulbos comunes y corrientes, pequeños e insignificantes. “¿Y ese es todo su secreto?” exclamó desilusionada, tirando los bulbos en el camino; luego regresó a su casa. Sin embargo, los inocentes bulbos cayeron en un camino del bosque y estaban expuestos a la intemperie, hasta que finalmente quedaron cubiertos por el polvo y la tierra.

Cuando en su camino a Belén, María y José pasaban exactamente por ese bosque, se demostró que el comerciante había tenido razón: bajo los pies de la Virgen María se abrieron los bulbos, y de ellos brotaron pequeñas flores, blancas como la nieve; brillaron como si el camino hubiera sido sembrado de millares de estrellas.

Aun todavía en nuestros días están anunciando la venida del Rey Universal. Por esa razón, las rosas de Navidad (porque son éstas de las que se ha hablado aquí) continúan floreciendo en la temporada de la Navidad.

12. Los pinos

Cuando Dios Padre creó los árboles, les dio raíces para arraigarse profundamente en la tierra; y al mismo tiempo ramas, que se elevaban hacia el cielo. Porque realmente de allá habían descendido, y no debían olvidar su verdadero origen. Desde entonces los árboles estiran sus ramas hacia las alturas, en oración silenciosa, constante y en memoria a su Creador. Así también lo hizo el pino, y cuando levantaba sus amplias ramas, sobresalía de los demás árboles. El hecho, de que hoy ya no es así, tiene la siguiente razón:

Nuevamente la Virgen María y José no habían encontrado posada en la noche, porque estaban lejos de cualquier población. Por eso, tenían que acostarse en medio de un bosque de altos y esbeltos pinos, para ahí pernoctar. Pero el viento y el frío los acosaron demasiado hasta que comenzó a nevar; primero suavemente y después con más fuerza. María, en su miseria, se dirigió al pino más cercano y, acariciando con su suave mano el tronco del árbol, le pidió: “Perdona que interrumpa tu oración silenciosa que estás enviando hacia nuestro Padre. Pero mira, Dios mismo se ha dirigido a la Tierra: llevo a su Hijo bajo mi corazón y Él necesita de tu ayuda”. Apenas había pronunciado estas palabras, cuando un estremecimiento cruzó por todo el árbol, y lentamente inclinó todas sus ramas, cada vez más abajo, formando así una especie de amplio techo. Aunque el pino, igual que todos los demás árboles, había perdido sus verdes hojas en otoño, pero ahora volvieron a brotar para nunca más perderlas. Así María y José encontraron bajo las ramas del pino un lugar protegido para la noche.

Sin embargo, el pino, por haber interrumpido su oración por la Sagrada Familia, fue honrado de una manera muy especial: ha sido escogido para llevar en la Navidad las luminosas velas sobre sus ramas, piadosamente inclinadas, y así enviar el brillo más bello hacia el hombre y hacia Dios.

13. Cómo llegó a ser apreciado el ciruelo silvestre

Hacía tiempo que se había terminado con la cosecha; el otoño ha pasado y el Invierno iniciado su crudeza. Los arbustos y árboles se habían quedado pelones, sin frutas ni hojas, y anhelaban el despertar primaveral con el renacimiento de la luz, el esplendor de flores y el zumbar de abejas. También el ciruelo silvestre había perdido sus hojas, pero sus frutillas todavía se encontraban en las ramas secas: nadie las quería. Cuando las mujeres venían a recolectar moras en otoño, sólo echaban una mirada de lado al ciruelo y seguían su camino. “Miren ese arbusto áspero y espinoso”, decían, “cómo protege sus frutas que aun a nadie le gustan. ¡Que se quede con ellas, al fin son amargas y no saben bien!”. Así seguían las ciruelitas moradas entre las espinas, hasta que la primera helada había pasado sobre ellas. ¡Cómo le hubiera gustado al árbol brindar su fruta como lo hace la frambuesa, que a todo el mundo le encanta! Por ello hubiera renunciado a todas sus bellas flores blancas. Pero por más que lo deseaba no servía; era un ciruelo silvestre que no daba ciruelas dulces.

Y eso tenía su sentido, porque un día María y José en su camino hacia Belén pasaron por un bosque, estaban cansados y hambrientos. Por casualidad su mirada cayó sobre las frutillas moradas en el arbusto espinoso. “Mira José”, exclamo María con alegría, “el buen arbusto ha guardado sus frutas para nosotros”; y sin lastimarse con las espinas, la Virgen empezó a recolectar las ciruelas. “Déjalas, no se pueden comer”, contestó José; “mira, nadie las ha querido cortar”. Pero María no le hizo caso. “¿Cómo quieres que tengan buen sabor si tienen que aguantar tanto tiempo aquí en el frio? Nosotros también nos volveríamos amargos en su lugar. Probemos, si saben más ricas llevándolas al calor”.

En la noche les dieron posada unos amables campesinos. Se asombraron bastante al ver las frutas que María traía consigo. “¿A poco lograron arrancárselas al ciruelo silvestre? ¿Es cierto que se dejó cosechar voluntariamente?”, preguntaron. “SÍ, sin ningún problema”, contestó la Virgen, “no es tan agresivo como aparenta”. Entonces pidió a los campesinos agua caliente y metió las frutillas para que se les quitara todo el frío. Al otro día les dio a José y a los campesinos un jugo rojo y brillante, que les gustó tanto, que pidieron más de él. “¡Qué bien me cae!”, exclamó José, “me quita el frío del cuerpo y ya no me siento tan entumecido. María, ¿qué bebida es esta? ¿Qué es lo que has descubierto?”. María respondió: “Nada nuevo he inventado. Nos lo ha dado el ciruelo; nos ha regalado esta buena bebida para que ahora podamos resistir mejor el frío invernal”.

Desde entonces la gente mira al ciruelo con más amabilidad, y sabe apreciar su fruta que apenas madura con la primera helada. Y el ciruelo ahora se siente orgulloso de ser ciruelo en vez de frambuesa, y así fue capaz de conservar su fruta para la buena Virgen en su camino a Belén.

14. El secreto de las rosas

Qué gusto tenía la Virgen al ver que en el camino donde pasaron, de repente habían brotado rosas entre los secos rosales. Se cortó un bonito ramo que desde entonces llevaba en sus brazos, debajo de su abrigo. Para su asombro, las rosas quedaron frescas y no perdieron su dulce aroma.

Cuando estaban ya cerca de Jerusalén, se les acercaron tres soldados romanos que se portaban como “la divina garza”; desde lejos ya gritaron: “¡Hagan lugar a la legión romana!”. Al burrito, que inocentemente trotaba en medio de la calle, el más grosero de ellos le dio tal puntapié, que el pobre animal dio un reparo.

María y José se habían hecho a un lado, aunque había suficiente lugar para todos; pero no querían tener una pelea. Sin embargo eso era exactamente lo que buscaba el burdo soldado. Cuando vio a María humildemente abrigando sus rosas a un lado del camino, se le acercó riéndose irónicamente y gritó: “¡Hey palomita!... ¿qué escondes bajo tu abrigo? ¡Déjame ver si nos sirve!”. Apenas el soldado había estirado la mano para arrebatar lo que llevaba María, cuando en el mismo instante la retiró, renegando y maldiciendo: estaba llena de rasguños y sangrando. “¿Qué es lo que llevas ahí, mujer?”, siseó entre los labios el soldado. Entonces María abrió su abrigo y le mostró el ramo: ¡eran puras ramas espinosas!

Antes de que el soldado se recuperara de tal sorpresa, se le acercaron sus compañeros y uno de ellos dijo: “Déjala Varus, quién sabe qué dolor tendrá que sufrir esa mujer que trae espinas consigo”. Sin embargo, el primer soldado, que desde antes ya sintió lástima por haberse metido con esa pobre gente, silenciosamente siguió a sus compañeros.

En cambio, María miró asombrada las espinas punzantes en sus brazos. “¿Qué no eran antes rosas perfumadas que el rocío benigno de Dios había dejado florecer? ¿Y ahora, dónde están?”. José, quien notó su preocupación, puso suavemente el brazo en sus hombros y le dijo consolándola: “Tanto tiempo han florecido para ti María, ahora resígnate y tira esas ramas tan secas y espinosas”. Sin embargo, María movió la cabeza negando: “Si conozco su secreto, ¿cómo puedo tirarlas?”. Y con cuidado, nuevamente colocó su abrigo encima de esas pobres ramitas, aunque ya no parecían necesitar de su protección. Mas en su corazón sonaban las palabras de aquél soldado romano: “Quién sabe qué dolor tendrá que sufrir esa mujer abrigando un ramo de espinas”.

“Que la gente piense lo que quiera, una vez habían brotado rosas de las espinas. ¿Por qué he de tirarlas ahora en su miseria?”, dijo María. De repente, llegó a su nariz aquél bello perfume que por tanto tiempo las rosas habían exhalado para ella. Suavemente abrió un poco el abrigo para asomarse, dándose cuenta de que las ramas nuevamente florecieron en todo su esplendor. Por cierto, estas rosas se conservaron hasta que María dio a luz al Niño Jesús en el establo de Belén.

Created By
Yeccan Waldorf
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