Aprender a morir

HERNÁN GONZÁLEZ G.

Con esto de la posmodernidad mal digerida y peor aplicada, en la que el falso progreso impone un vitalismo insano pero comercialmente útil, la terminación de la vida sigue siendo tema tabú, amenaza para el éxito y engorrosa condición que oscurece lo bueno y lo bonito. En plena era de las tecnologías de la información y el conocimiento, el autollamado mundo civilizado apenas se diferencia del siglo XX, en lo que a la muerte se refiere, a su aceptación razonada y a un final digno que se ve dificultado por el paciente, la familia y las instituciones.

Parafraseando al clásico, no acabamos de asimilar que en este mundo matraca de morir nadie se escapa; muere el rey, muere la vaca y hasta la chica más guapa habrá de estirar la pata. Si lo hubiésemos asimilado no habríamos caído tan fácilmente en las engañifas de un sistema esencialmente idiota que, entre otras cosas, confunde tecnología médica y avances farmacológicos con acceso a la salud, por no hablar de los obstáculos que pone para lograr una muerte digna, esa enemiga declarada de la medicina triunfalista, empeñada en salvar vidas, así sea en estado vegetativo irreversible, en el colmo de la ceguera y el autoengaño profesional o de conciencia.

Hoy la muerte a lo sumo alcanza el rango de noticia fugaz, vendible y olvidable, así se trate del espantoso fin de niños y ancianos asfixiados y calcinados gracias a las lamentables instalaciones del grueso de las guarderías y asilos en el país, no obstante los supuestos afanes de los gobiernos federal, estatales y municipales, apoyados por el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia, esa entelequia rebasada ya por una realidad con tantos adelantos como confusiones.

Procure imaginar que usted está viejo, enfermo, solo, con mínima calidad de vida y sin más sentido de ésta que sus ideas y experiencias acumuladas, desechado o refugiado en un asilo de ancianos privado, con servicios y atención mínimos aunque tenga el amable nombre de Hermoso Atardecer. Cuando ya se ha hecho a la idea de ver transcurrir el tiempo entre quejidos, llantos, inmundicia y estertores ajenos y propios, una noche cualquiera se despierta abrazado por las llamas y sin posibilidades de ser salvado, sólo para comprobar que amor, esfuerzo, dignidad y otras nociones van siendo consumidos, junto con usted, por el fuego. Al día

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