La historia de Badí Un joven martir

De niña, muchas veces me contaban las historias de 'Abdul-Bahá que nos servían como referencia para aprender sobre la humildad, la generosidad, la honradez, etc. Pero cuando fui creciendo, escuché una historia que siempre se me quedó muy en la cabeza. Si bien es una historia que a uno le puede resultar un poco difícil de comprender por el contexto, pero me dice mucho de la fuerza de la que un joven es capaz inspirado por una fuerza que tal vez no todos hemos podido experimentar.

Esta es la historia de Badí, de 17 años, que vivía en lo que en lo que en ese entonces se conocía como Persia. Era en un época de mucho turmulio, en donde el clero musulman fanático dominaba las esferas del gobierno y la sociedad en general.

Badi vivía con su padre, era un joven muy obediente y servicial. Fue entonces que un día, su padre maravillado por la nueva Fe que había conocido, y a la que desde ese entonces dedicó mucho tiempo ayudando con la traducción de escritos sagrados. Sin embargo, Badí no estaba contento pues consideraba que su padre podría dedicar su tiempo en cosas más importante que ayuden a la economía de su hogar. Su padre estaba triste, y le comentó esto a unos amigos que decidieron conversar con él.

Así, toda la noche leyeron los escritos que su padre estaba transcribiendo, palabras que fueron como un fuego que emblandeció por completo el corazón de Badí, quien no paraba de llorar. A partir de esa noche, Badí decidió cumplir con el deseo de su corazón y visitar al que era autor de aquellas palabras dotadas de tanto poder: Bahá'u'lláh.

Tuvo que caminar durante muchos días a pie para poder llegar a 'Akka, a una ciudad prisión en donde Bahá'u'lláh estaba encarcelado por acusaciones injustas, y era muy difícil poder reunirse con Él. Sin embargo, y gracias al atuendo de aguador que tenía, pudo entrar sin problemas a la ciudad amurallada y encontró al hijo de Bahá'u'lláh quien lo reconoció y le ayudó a reunirse con Bahá'u'lláh, por dos veces que infundieron un espíritu de valentía.

Después de unos días, Badí recibió un paquete y una carta de parte de Baháu'lláh, en el que se le encomendaba una misión importante: entregar una carta al Sha de Persia. Dicen que cuando él recibió la carta, se postró con vista a 'Akká y su rostro se iluminó lleno de alegría. Ese gobernante al que debía entregar aquella carta, era conocido como de los más crueles, tiaronos y mayores persecutores de los adherentes de esta nueva Fe. Todos le tenían terror y cada vez que caminaba por las callas decían "todos mueren", "todos son ciegos".

Entonces, Badí, sin dudarlo y con premura se embarcó en ese largo viaje cuidando la carta y ocultando completamente su contenido a todos. Sólo decían que los veían contento y que cada cierto tiempo, volvía su rostro a 'Akká y cerraba los ojos.

Cuando llegó, se enteró que el Sha habría de salir de cacería. Badí le tomó tres días para encontrar dónde se encontraba el campamento y cuando salió de este, se acercó con mucho respeto y le dijo "Oh rey, he he traído para ti un importante mensaje". Pero el Shah lo irgnoró. Entonces, Badí se snetó a esperar en una monte en donde podía ser visto desde el monte. El Sha se dio cuenta de su presencia y pidió a sus guardias que le pregunten qué quiere. Entonces él les explicó sobre el mensaje que traía, los guardias intentaron quitárselo pero él decía que él mismo debía entregarle al Sha. Finalmente, el Shah pidió que lo trajesen hacia él. Al comprender que la carta venía de Bahá'u'lláh, ordenó que no aprisionasen para conseguir nombres de mas babis.

El oficial le hacía preguntas sobre quién le dio la carta, qué otros babis hay en la ciudad y cosas por el estilo. Pero Badí sólo explicó una vez que esta era un pedido de Bahá'u'lláh en la que le dieron instrucciones de no ponerse en contacto con nadie, que estaba sólo y que sabía que lo que le esperaba. Pero ellos insistían esperando un nombre, pero no hubo respuesta. Le ofrecieron su libertad a cambio de un nombre, pero él dijo "yo deseo morir, ¿usted cree que le tengo miedo?" Entonces lo golpearon y le pusieron un ladrillo, y poniéndolo al fuego durante un tiempo, lo pegamos contra su pecho. Pero no importaba lo que hicieron, nunca gritó ni imploró nada. Sus ojos estaban en otro sitio, y era como si su cuerpo estuviese vacío, y nada fuera capaz de infringirle dolor. Incluso, reía, y muy fuerte. Fueron tres días de tortura, hasta que finalmente golpearon su cráneo con gruesas porras de madera, hasta destrozarlo, y lo tiramos a un foso y lo recubrimos con tierra.

Badí había cumplido con su más grande deseo de servicio, que completaba un ciclo de la misión de Bahá'u'lláh de proclamación de su Mensaje. Qué más valiente que aquel joven de 17 años inspirado por un amor fuera de lo que muchos podemos esperar conocer.

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