Venezuela Década 1940: Una Economía Agrícola cuyo Único Peligro es el Agio del Capital Usurero Toro, Fermín: “Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834”; en Fermín Toro: Reflexiones sobre la Ley de Abril de 1834 y otras Obras. Ediciones del Ministerio de Educación Nacional. Caracas. 1941. Primera Publicación 1845.

“Es evidente que la agricultura es la ocupación general de los ciudadanos, fuente principal de su riqueza, y especie de trabajo a que convidan nuestros fértiles campos y sus bellas producciones. No tenemos fábricas; todo artefacto nos viene de extranjero; nuestro comercio es limitado y todo en manos de extranjeros; el comercio interior es de muy poco movimiento; casi nunca los productos de una provincia se consumen en otra; las letras y las bellas artes no son en nuestro país profesiones lucrativas, las artes mecánicas están en sus primeros rudimentos, y sus talleres muestran, con muy raras excepciones, la pobreza del oficio y la ignorancia del artista. La agricultura tiene dos desventajas positivas que disminuyen en gran manera sus beneficios: la primera es la dificultad de los transportes, y la segunda la escasez de brazos. Conserva, sin embargo, bastantes ventajas para no temer la concurrencia de ninguna otra industria legítima. El comercio produce más que la agricultura, y esto sucede en casi todos los países del mundo; pero en cambio la renta del campo es más segura, e capital empleado en él casi nunca corre riesgos, la vida del agricultor es más descansada, menos llena de zozobras, sus hábitos más naturales y sencillos, y su carácter natural más menos expuesto a depravarse con el agio y los ardides del trato mercantil. Por eso vemos que todos nuestros comerciantes, cuando hemos tenido comerciantes nacionales, han terminado su carrera aficionados y aun dados a los trabajos del campo; y nunca, o casi nunca, cambia el agricultor su vida de cosechero por el de mercader o artesano (156-157).”

“Las fábricas como vemos no han nacido todavía en nuestra tierra; las artes mecánicas están en su estado primitivo, y cualquiera otra empresa industria es tan miserable y precaria que de ninguna manera puede entrar en competencia con la industria agrícola. Yo concluyo, pues, aunque parezca una paradoja en las circunstancias actuales, que la agricultura no tiene que temer, o por lo menos no ha tenido hasta ahora que temer la concurrencia legítima de ninguna otra industria en Venezuela. Lucha contra la usura, lucha contra el alto interés del dinero, contra una industria ilegítima, cuyos enormes beneficios son incompatibles con cualquier otro beneficio en la sociedad. Los lucros de esta industria espuria que disfrutan solamente los poseedores del poco dinero circulante que hay en nuestro país, son los que perjudican el valor de las propiedades y que casan la enorme diferencia que hay entre e costo original de una finca y su precio de venta. Un error vulgar es el creer que hay un verdadero antagonismo entre el comercio y la industria en Venezuela; error perjudicial que ha hecho imaginar monopolios en la compra de frutos, abatimiento forzado en el precios de estos, y otras maniobras que predisponen los ánimos contra una clase útil de la sociedad, y concita odios contra los que emplean sus capitales en la exportación de nuestras producciones rurales (156-158).”

“Venezuela es un país agrícola, y no más que agrícola en todo el rigor de la palabra. Sus capitales se han formado de una manera lenta y progresiva, como son los pasos de esta industria; y si tomamos un período cualquiera por remoto o próximo que sea, veremos notablemente marcada esta progresión creciente de los capitales en Venezuela. Ahora, es una verdad sabida que los países puramente agricultores son los que menos necesitan de numerario o capital circulante, o mejor dicho, son aquellos que no pueden retener una gran masa de capital circulante. La razón de esta diferencia es tan obvia que no se merece que se detenga uno en demostrarla. Basta comparar la inmovilidad de los valores empleados en tierras, oficinas y plantaciones de la agricultura, con el constante y rápido movimiento o consumo de los aplicados a las fábricas y el comercio, para conocer que basta una pequeña cantidad de numerario para mantener la lenta circulación de los primeros, al mismo tiempo que requieren enormes sumas las permutaciones y el rápido giro de los segundos. Por eso (dice Sismondi) comprende fácilmente, que en un país puramente agricultor, es muy difícil, a pesar de su riqueza, sacar de repente una contribución extraordinaria, muy difícil levantar un empréstito considerable, muy difícil vender a un tiempo un número grande de propiedades: no es ni la riqueza, ni la confianza que faltan, sino el numerario y el capital circulante, porque el país no tiene necesidad ni de lo uno ni de lo otro para el desarrollo de su industria…” (160-161).”

Gráficos: Retrato de Fermín Toro, en Fermín Toro: Reflexiones sobre la Ley de Abril de 1834 y otras Obras; Vicente Gil, Victoriano. Campesino Trabajando. 1910. FMN. GAN

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Ernesto Roa
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