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Las lecturas de nuestra infancia Exposición

Presentación

Cuando una niña o un niño se introducen a la lectura de un libro, la magia se enciende. Esa magia que provoca la propia trama, transportando al lector a otros mundos, llenos de emoción y aventura, romance y fantasía, miedo y suspenso, o incluso nostalgia y tristeza; todo es posible encontrar en los libros. Pero esa magia no se completa sin la intervención de nuestros pequeños lectores, quienes, con su poderosa imaginación, dan vida a los personajes e historias que leen.

Aunque los adultos también disfrutamos profundamente de la literatura, nuestra intensidad emocional e imaginativa es mayor en la infancia, cuando la curiosidad por descubrir nuestro entorno era más ávida, cuando cada historia realmente ocurría en nuestro interior apenas abríamos el libro, y si la historia era buena no había vuelta atrás: teníamos que seguir leyendo hasta el final, porque no podíamos dejar abandonadas a todas las criaturas que dependían de nosotros para poder llegar al encuentro de su destino.

Si hacemos memoria, es probable que podamos recordar los libros que leímos en nuestra infancia, pero nuestra memoria nos guiará sobre todo a algunos de ellos, o quizá a uno en específico, que sobresalga entre todos porque nos gustó mucho o nos causó gran impacto, o incluso porque cambió nuestras vidas. Estas historias que llevamos siempre, sin saberlo, y que podemos revisitar y descubrir con nostalgia cuánto de ellas está presente en lo que somos ahora.

Es sin duda una experiencia maravillosa que deseamos que disfruten nuestras niñas y niños, sean de nuestra familia o no, de amigos o desconocidos; toda la infancia del mundo. Con este motivo, reunimos en esta exposición nuestros recuerdos y experiencias sobre ese momento mágico que se quedó con nosotros para siempre. Testimonios sobre las primeras semillas que nos formaron como lectores y que evocamos este Día del Niño y la Niña con cariño.

Agradecemos a las siguientes personas por sumarse a esta iniciativa: Rebeca Barriga, Tomás Bocanegra, Alejandra Camacho Ruán, Micaela Chávez, Daniel Omar Cobos Marín, Zugey Cruz Rosado, Alejandra Díaz de León, Radina Dimitrova, Jonathan Israel Escobar Farfán, Carmen Fajardo Rojas, Silvia Giorguli, Arien González Crespo, María Lourdes Guerrero Andrade, Alfredo Hernández Martínez, Luis Fernando Lara, María Elena Madrigal Rodríguez, Carolina Martínez Sánchez, Sonia Elisa Morett Álvarez, Valentín Ortiz Reyes, Andrés Ramos García, Sergio Armando Rentería Alejandre, Mario Rodríguez Ramón, Marisol Romero Magallán, Eduardo Ruvalcaba Burgoa, Gabriela Guadalupe Said Reyes, Francisco Segovia, Josefina Zoraida Vázquez Vera, Laura Villanueva Fonseca, Lauro José Zavala Alvarado. Miembros de la Comunidad de El Colegio de México.

El poder mágico de la lectura

Rebeca Barriga, profesora-investigadora, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Mi mamá tenía una imaginación portentosa; su infancia transcurrió entre libros de una versátil diversidad, que le bordaban la soledad y la fantasía. Lo mismo leía los cuentos de Grimm, que una novela de Zola, pero también se engolosinaba con la vida de Galeno y de Madame Curie. A mis hermanas y a mí, nos legó el amor por la lectura y la sensibilidad para gozar de sus mágicos poderes. Lean —nos decía— se transportarán en el tiempo y el espacio a los ignotos rincones terrestres; a través de las palabras podrán sentir la suavidad de la brisa; disfrutar del sonido del oleaje al amanecer o respirar el sofocante calor del desierto; la lectura, siempre las colmará de conocimiento y ensanchará su creatividad.

Me embelesaban sus historias. Mi mundo infantil estuvo poblado de personajes poco conocidos, pero entrañables en mi realidad cotidiana: el Vacío, ese duendecillo que se evaporaría en mí misma, si no comía bien; el embajador de la ventana que me atisbaba en las Navidades para hacerme merecedora de la muñeca peliazul o de la bicicleta que me permitiría andar nuevos caminos; la señora de los sueños que cuidaría los míos al dormirme. Cuando aprendí a leer, recuerdo tres hermosos cuentos, que al pasar del tiempo cobran nuevos significados: El petirrojo de Selma Lagerlöf, Rapunzell de los hermanos Grimm y el anónimo Rey y las tres princesas. No sé qué rotura más el surco de mis recuerdos: la voz de mi mamá siguiendo mi casi deletreo; el piquito del petirrojo, que liberaba la espina clavada en la frente de Cristo, la inconmensurable cascada rubia de la princesa presa, o un simple grano de sal que le daba sabor a la vida del rey, así como la lectura ha aderezado mi vida.

El visitante nocturno

Tomás Bocanegra, bibliógrafo asignado al Centro de Estudios Económicos, Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Los libros y las lecturas de mi infancia

Alejandra Camacho Ruán, estudiante del Doctorado en Literatura Hispánica, Generación 2017-2021, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Solo dos libros

Micaela Chávez, directora de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Nací en Constancia del Rosario, Oaxaca, un pueblo pequeño con una sola escuela rural, en la cual había pocos grupos escolares, de manera que se juntaban alumnos de distintas edades para cursar al mismo tiempo dos grados diferentes. Los únicos libros a los que teníamos acceso eran los libros de texto, no había una biblioteca ni algo que se le pareciera, si pienso en eso, no se nos ocurría que hubiera otros libros aparte de los que nos daban en la escuela. Algunos profesores llevaban a clase textos de los que nos leían párrafos, pero nunca nos los prestaban.

Sin embargo, tuve la suerte de que mis vecinos eran profesores de primaria; un día tiraron en el patio un baúl lleno de libros y les pregunté si podía tomar alguno de ellos, lo cual me permitieron, la mayoría estaban incompletos, no tenían portada, o les faltaba el final. Llamó mi atención uno porque tenía ilustraciones, se trataba de la historia de una niña y un niño que habían naufragado en una isla y contaba cómo resolvían sus problemas para conseguir comida o encontrar un lugar donde dormir para estar a salvo de los animales y las inclemencias del tiempo. Ahora que tengo acceso a medios para localizar información he tratado de averiguar cuál era el título de ese libro sin obtener resultados hasta ahora, así que, si alguien también lo leyó que me lo diga: tenía una cubierta de cartón grueso en color azul y amarillo. Otro libro que tuve oportunidad de leer y me emocionó hasta que llegué a la parte en que la sirenita debe decidir si se queda en el mar o con el príncipe -porque el resto de las páginas habían sido cortadas- fue, muchos años después lo supe, La Sirenita de Hans Christian Andersen, y solo entonces pude conocer el fin de la historia.

Puedo decirles que estos libros me acompañaron durante dos años, y cuando tuve que venir a estudiar a “México”, a los 10 años, dejé allá todos mis cuadernos y libros, sin saber qué fue de ellos, pero aún puedo recordar las tardes lluviosas en que me sentaba a leer en el patio viendo el agua correr. Imaginé tantas cosas con esos libros, pero, sin duda, lo que más me impresionó cuando conocí el mar, es que rebasaba lo que había imaginado cuando leía, ya que mis únicas referencias fueron los riachuelos que había en mi pueblo.

Uno de los libros que marcó mi infancia

Daniel Omar Cobos Marín, estudiante del Doctorado en Ciencia Social con Especialidad en Sociología, promoción XVIII. Centro de Estudios Sociológicos

El valor de la verdad (cuento chino)

Zugey Cruz Rosado, auxiliar de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Los deseos y La Historia Interminable

Alejandra Díaz de León, profesora-investigadora, Centro de Estudios Sociológicos

Uno de mis libros favoritos es La Historia Interminable; todavía lo leo cada par de años con el mismo gusto de la primera vez. La parte de La Historia Interminable que más me gusta es el papel que los deseos tienen en el libro. En Fantasía, el país fantástico donde sucede casi toda la historia del libro, la geografía no es como aquí (el mundo de los humanos). En Fantasía los lugares están cerca o lejos dependiendo del carácter y de la disposición de quien viaja. Para los humanos (como yo) caminar para adelante no bastaba. Había desear cosas para poder avanzar. Uno podía desear ser más grande, más sabio, divertirse o ver a su familia. Si uno no tenía deseos, aunque caminara, avanzaba en círculos y volvía al punto de origen. ¿Cómo vas a moverte si no sabes a dónde quieres ir? Cuando tenías deseos no sólo avanzabas, sino que además vivías aventuras y conocías criaturas maravillosas (y terribles). A veces pienso que esto es la lección más valiosa que he aprendido de un libro. Cuando tengo que tomar decisiones importantes me imagino qué deseo en el fondo de mi corazón. Sé que si no me conozco, si no sé qué deseo de verdad, no voy a avanzar. Así, paso a paso, deseo a deseo, he construido una vida preciosa. Y mis nuevos deseos me impulsarán a mejores cosas, estoy segura.

La campana, un cuento chino

Radina Dimitrova, egresada del Doctorado en Estudios de Asia y África, generación 2009-2012, Centro de Estudios de Asia y África

A mediados de los años 80, en la Bulgaria aún socialista, fui la cuentacuentos de mi grupo del kínder. Las maestras a veces me dejaban ante un semicírculo de sillitas con niños somnolientos. Les contaba de memoria las fábulas populares que poblaban nuestro imaginario infantil, cambiando las tramas irreverentemente. Pero había un cuento al que nunca me atreví a cambiarle un solo detalle.

Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga

Jonathan Israel Escobar Farfán, bibliógrafo asignado al Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Las cosas de Clara

Carmen Fajardo Rojas, estudiante del Doctorado en Lingüística, generación 2017-2021, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Érase una vez: La magia de la lectura

Silvia Giorguli, presidenta de El Colegio de México

Tengo muchos recuerdos de mis padres, tíos y abuelos leyéndome cuentos cuando era niña. De los recuerdos de la infancia, probablemente el más revelador fue cuando pude leer mi primer cuento en voz alta a mi hermano. Soy la mayor de cuatro hermanos y de quince nietos, así que fui la primera en aprender a leer, en primero de primaria. Mis padres habían comprado la serie de “Mi libro encantado” que tenía doce volúmenes. Mi hermano y yo los hojeábamos por las imágenes sin poder leerlos. Me tardé probablemente cuatro días en leerle a mi hermano la historia de “Nieve Blanca y Rosa Bermeja” de los hermanos Grimm. Le leía antes de que nos fuéramos a dormir. El cuento, como muchos de los hermanos Grimm, es maravilloso. Pero lo que realmente me generó la sensación de poseer una magia especial fue ver la mirada de mi hermano extasiada conforme yo le daba forma y contenido a letras que habíamos visto tantas veces sin poder entender. Así fue como descubrí el mundo maravilloso que te devela la palabra escrita.

Ahora los libros infantiles son distintos. Hay obras extraordinarias, de diferentes países, con ilustraciones atractivas para los niños. Creo que hay menos acceso a colecciones como la de “Mi libro encantado”. En mi caso, ahí leí y descubrí a los hermanos Grimm, cuentos clásicos, leyendas, mitos, poemas cortos, canciones de cuna que leía a la más pequeña de mis hermanas. Mantengo vivas y he podido volver a contar las historias de esta colección a mis hermanos, primos, hijos y sobrinos. Muchos de los poemas cortos y de los cuentos siguen en mi memoria casi intactos y son un referente elocuente de la magia que poseemos cuando desciframos el mundo a través de la lectura.

Lecturas en la librería

Arien González Crespo, personal académico de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Durante mi niñez en Cuba recuerdo escasez de muchas cosas materiales, pero nunca escasez de libros. Libros había muchos, accesibles y muy baratos si eran publicados en el país. Las lecturas preferidas de mi niñez fueron Oros Viejos, de Herminio Almendros, y Magia para niños, del mago Ayra. Torturé a todos en mi casa con los trucos que me enseñó el mago y que en mi cabeza eran secretos entre él, el libro y yo. Los libros importados eran, sin embargo, muy caros. Vivía en un pueblo pequeño, pero la librería estatal era muy buena y ya con nueve años podía ir a pie sola desde mi casa caminando por la acera de la sombra, según indicaba mi abuela. Iba después de almuerzo y daba dos viajes, el primero sin el dinero y el segundo ya con el permiso, una bolsa y el presupuesto exacto en la mano. Mis padres no tenían mucho dinero, con esfuerzo lograban mantener mis compras asiduas, pero los libros importados eran un lujo que nunca pude darme…

En una época yo estaba desesperada por uno que se llamaba La Pintura gótica de Francia; estudiaba artes plásticas desde los 7 años y mi maestro me había enseñado a apreciar los libros de arte. Un día le comenté a una amiga mucho mayor sobre este libro y me dijo: ¡léetelo en la librería! -- Eso no se puede hacer… le dije. --Claro que sí, me dijo la pilla. ¡Allá fui yo! con miedo y dudas de que pudiera conquistar por lo menos diez de las tantísimas páginas del libro antes de que llegara el regaño de las empleadas. Avancé muchísimo, para mi sorpresa no me regañaron, me di cuenta de que ellas “se hacían las entretenidas”. Leía de pie y con el libro en las manos, me costaba sostenerlo. Un día llegué y el libro había sido cambiado a un estante un poco más pequeño que yo, ya no tenía que cargarlo. Noté la sonrisa disimulada y cómplice de las empleadas estatales que antes de terminar el libro eran ya “mis amigas”. Con el tiempo ya nos conocíamos los cinco o seis marchantes habituales, una especie de club secreto y a la vez conocido. Este fue el primero de tantos libros que leí de pie en la librería de San Juan de los Remedios, durante mi niñez tardía.

La princesa que volaba y mi libro de poemas

María Lourdes Guerrero Andrade, egresada de la Maestría en Estudios de Asia y África, Centro de Estudios de Asia y África

Leí el poema Cuento a Margarita de Rubén Darío muchas veces, lo leí en voz alta, se lo leí a mi hermana, a mi papá. Y claro, me lo aprendí de memoria. Entonces mi hermana me decía " Peri, recítalo otra vez" y ahí iba yo de nuevo.

Muchos años después sabría con certeza quien había sido Rubén Darío, y también que el poema era más largo pues el libro de poemas sólo había puesto un fragmento. En mi recuerdo quedó para siempre la princesa bella, el rey con sus ropas elegantes, el quiosco y muy tarde supe lo que era la malaquita. También quedaron los cuatrocientos elefantes caminando a la orilla del mar.

El libro se perdió en la vida, no recuerdo el título, pero sí ese poema. Ahora soy la tía de sesenta años, y se los “cuento" a los sobrinos pequeños, y veo en sus ojos el mismo brillo que un día vi en los de mi hermana.

Siempre recordaré con cariño a mi papá por el hermoso regalo, y a mi hermana por escucharme muchas veces recitar el Cuento a Margarita del poeta nicaragüense, Rubén Darío.

Historietas

Alfredo Hernández Martínez, egresado de la Maestría en Economía, generación 1981-1983, Centro de Estudios Económicos

Soy de una generación que nació en la cultura del esfuerzo. Hice la primaria en una escuela pública en Delicias, Chihuahua. Tuve una infancia alegre, a pesar de que tenía varias carencias económicas. Era un niño distraído y, además, era el más chico de la familia, y todos me enviaban al mandado, el problema es que regresaba a la casa sin los pedidos y mi mamá decía ¿y el dinero? y yo decía “aquí lo tengo, ahorita regreso”. Me gustaba ir a rentar historietas, por ejemplo, leía las de “Memín Penguín”, del “Pato Donald” y el “Pájaro Loco”, así como “Las Aventuras de Superman”, particularmente cuando Superman iba al “Mundo Bizarro” donde la gente habla de izquierda a derecha y los edificios son chuecos, yo me imaginaba como podría ser ese mundo al revés. Por otra parte, cuando estaba en quinto de primaria, un profesor nos dio una plática sobre geografía mundial; me dejó impactado cómo Europa tenía mucha cultura, ciencia y progreso. Una vez que terminó la clase, fui a ver a mi mamá y le dije “fíjese que el profesor me dijo que puedo llegar a vivir en Europa y lograr todo lo que me proponga”. Quiero decir a las niñas y los niños que estudien y logren todo lo que quieran, con fortaleza y tenacidad. Salí profesionista a través de varios esfuerzos, y El Colegio de México me dio las herramientas para ser un buen economista y al final tuve un doctorado con mención honorífica en la UNAM. Estoy seguro que los niños de hoy lograrán sus metas.

Mis lecturas infantiles

Luis Fernando Lara, profesor-investigador, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Aprendí a leer con la enseñanza y la paciencia de mi tío José Antonio, usando el Silabario de San Miguel y los periódicos, entre ellos, el Excélsior, que fue un gran periódico. Ya sabía leer antes de ingresar a la escuela primaria. De mis recuerdos infantiles, el primer libro que me viene a la mente es Honorata de Wan Guld, de Emilio Salgari, al que siguieron El corsario negro, Sandókan y el resto de la colección de libros infantiles escritos por Salgari que, al parecer, leímos todos los de mi generación. Aventuras de piratas en el Caribe o en los mares de China, que no solamente se ceñían a las peripecias de sus personajes, sino que relataban paisajes, plantas y regiones lejanas de la Tierra. Todavía ahora conservo ese gusto por las aventuras marinas, como en mi colección preferida, del escritor e historiador de la armada inglesa Patrick O’Brian, en que sus dos personajes centrales, el capitán Aubry y el naturalista Stephen Maturin -corresponsales ficticios del astrónomo William Herschell y de Charles Darwin-, reviven ese gusto por la aventura y, a la vez, me enseñan acerca de la navegación a vela a comienzos del siglo XIX y acerca del comportamiento de los mares. El personaje del capitán Aubry está basado en la historia real de un marino inglés, llamado Thomas Cochrane, quien al final de su vida fue el creador de la armada chilena y participó en las luchas por la independencia de Chile y del Perú. Vale la pena ver la película basada en la serie de Aubry y Maturin, Capitán de mar y tierra.

Pero no sólo leía aventuras de piratas. Otro de mis tíos me iba dosificando las obras de Julio Verne: 20,000 lenguas de viaje submarino, La isla misteriosa, Cinco semanas en globo, Dos años de vacaciones, La vuelta al mundo en ochenta días, El correo del zar, etc. Luego habrían de aparecer otras aventuras, a partir de las novelas de caballeros medievales, escritas por Walter Scott: Ivanhoe y Robin Hood. Novelas de capa y espada, de las que le absorbieron el seso a Don Quijote de la Mancha. En mi escuela primaria, el libro con que aprendíamos la lectura en voz alta era Corazón, diario de un niño, del escritor italiano Edmundo D’Amicis, una colección de relatos melodramáticos. Para mis doce o trece años también leía diariamente el periódico, o la revista Life. Por mi madre llegó a mis manos Quo vadis? de Henrik Sienkiewicz y, después, todo lo que cayera en mis manos. Puedo asegurarles que no sería yo quien soy si no hubiera encontrado en la lectura la inmensidad del mundo y de la vida humana; el gusto por las lenguas y las palabras, la musicalidad de la poesía y este mundo que no deja de asombrarnos.

¿Y tu nombre, va con ‘a’?

María Elena Madrigal Rodríguez, profesora-investigadora, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Al poco tiempo de haber ido al Ópera a ver Pinocho, elegí, en la Librería de Cristal de la Alameda Central, Las aventuras de Pinocho,* una versión ilustrada con fotografías de la película. Además de revivir la anécdota sin cansarme, me gustaba repasar la extrañeza de los nombres del reparto. Me intrigaba uno en particular: Andrea Balestri. Me preguntaba por qué habrían dado a una niña el papel protagónico de la historia de un muñeco niño, porque los nombres de niña terminaban en “a” e incluso tenía noticia de niñas que se llamaban “Andrea”. La clave no podía estar en su pelo corto, porque yo, siendo niña, así lo llevaba. Además, si Andrea Balestri era niña, significaba que era muy valiente al haberse arrojado al mar para salvar a Geppetto y, entonces, todas las niñas podíamos ser tan valerosas como ella.

Las aventuras de Pinocho *Ediciones Paulinas, 1972.

Después supe que, en italiano, “Andrea” era un nombre para niños y que entrañaba misterios, lo mismo que otras lenguas. Mi mamá me aseguró que las hadas hablaban italiano y mi papá que, además de ser valientes, tenían cabellos azules. ¿Cómo no iba a querer leer más cuentos y a sorprenderme con otros idiomas frente al mío? ¡Cómo no querer saber con qué letra van los nombres!

Los changuitos en primero de primaria

Carolina Martínez Sánchez, estudiante de la Maestría en Estudios Urbanos, generación 2019-2021, Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

Los libros de texto y el presente

Sonia Elisa Morett Álvarez, estudiante del Doctorado en Lingüística, generación 2020-2024, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Tuve el privilegio de nacer en una familia que me acercó a textos de ficción desde la cuna; compartía con mi hermana un librero con numerosos títulos; sin embargo, las lecturas más entrañables de mi infancia provienen de los libros de la SEP.

Recuerdo que era práctica común devorarse el libro de lecturas el día en que los recibíamos, a veces individual y otras colectivamente. Ahí estaban los prólogos de Raúl Ávila, con sus anécdotas de infancia, las historias de María Elena Walsh (que ahora escucha musicalizados mi hijito), y tantos fragmentos sueltos que atesoro en la memoria y cuya autoría desconozco.

Me vinculé con los romances medievales a partir de mis libros de texto. Me conmueve rememorar la imagen de un coro de niñ@s un lunes cualquiera cantando en el patio de la escuela el “Romance del Conde Olinos”, acompañados de un padre y la melodía de su acordeón.

En tercero, la versión abreviada de La calle es libre de Karusa me dio la primera estampa de Caracas y su bravo pueblo. La historia me gustó siempre, pero con los años cobró un significado especial. Viví en esa ciudad cuando mi hija era preescolar; todas las tardes íbamos a un enorme parque que, nos gustaba pensar, era aquel por el que lucharon l@s niñ@s del cuento.

En aquellas páginas descubrí principios éticos que he pretendido hacer rectores de mi vida. El libro de 6º incluía (¡ya no!) “Tres héroes”, de la Edad de Oro, donde Martí expresa que la “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar, y a hablar sin hipocresía” y que “El sol quema con la misma luz que calienta. El sol tiene manchas. Los desgraciados no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”.

Una enciclopedia por una bici

Valentín Ortiz Reyes, coordinador de gestión de colecciones, Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Frente a mí, detrás de los cristales de un aparador de una tienda que ya no existe, lucía elegante en cromo azul, con resortes de acero y líneas clásicas bien definidas. La añoranza de su llegada se materializaba frente a mis ojos. Estaba seguro: ese año llegaría por fin a casa la flamante bicicleta. La confianza de que esa visita inesperada que hicimos mis papás y yo a la tienda significaba que mi deseo de la infancia estaba a punto de afianzarse me siguió durante días.

Hasta muchos años después conocí la historia. Otra visita repentina ocurrió esa temporada: un señor que vendía libros de casa en casa convenció a mis papás de invertir en una enciclopedia para nosotros, sus hijos. Aún recuerdo los sentimientos encontrados al toparnos con una caja de cartón que, estaba seguro, no podía ocultar una bici. Abrimos la caja y descubrimos los seis tomos de la Enciclopedia Metódica Larousse, cubiertos de una tapa roja reluciente. Siguieron semanas de resignación, pero también de curiosidad.

Ahora, con la distancia de los años, puedo decir que esta enciclopedia me acompañó durante mi vida escolar. No tuvimos que recurrir a las monografías de las papelerías; todo estaba oculto en esas cubiertas rojas. Cualquier duda la resolvíamos con las narices metidas en sus páginas. Recuerdo en particular los tomos 2 y 3, los de Lengua y Literatura. Me encantaba hojearlos. Puedo decir que no leí en mi primera infancia a los clásicos, pero sí los conocí mediante breves descripciones y coloridas ilustraciones. Averiguar algo de la vida de las personas que les dieron forma, me llevó más tarde a buscar o reconocer sus obras fuera de esos tomos.

Para cerrar la anécdota. La bici no llegó a corto plazo y la enciclopedia sobrevive en la casa de mis papás, ahora en manos de mis sobrinas. Celebro que hayan decidido cambiar aquella bici por la enciclopedia, pues su regalo se extendió a los muchos libros que conocí después y los que me faltan por descubrir.

Las enciclopedias: valioso material de lectura

Andrés Ramos García, egresado de la Maestría en Traducción, generación 2018-2020, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Sobre ladrillos amarillos

Sergio Armando Rentería Alejandre, profesor-investigador, Centro de Estudios de Asia y África

Un refugio entre las letras.

Mario Rodríguez Ramón, estudiante de la Licenciatura en Economía, promoción 2020-2024, Centro de Estudios Económicos

No cabe ninguna duda de que la vida está mal hecha. Las cosas resultan insuficientes y las sensaciones acaban escapándose de nosotros. Todo se disipa como lágrimas en la lluvia. Buscamos un lugar donde refugiarnos de la tristeza y del pesar, y la literatura si es una cosa, es ese lugar entre el ruido y el caos en donde podemos tener un tiempo propio. Convierte en soportable lo insoportable, en extraordinario lo común, embellece las miserias del mundo.

El descubrimiento del poder de la literatura es equiparable al descubrimiento del amor. La sensación en el corazón y en el alma de que se entra en un mundo distinto. Uno que es capaz de sacarnos del mundo cotidiano. En un país donde las injusticias y la tristeza son visibles a todos los ojos que transitan las calles, la maravilla de encontrar este refugio en Stevenson es una deuda eterna con la ficción. A mí La isla del tesoro me salvó la vida.

La aventura de Jim hacia horizontes desconocidos. La adrenalina de los peligros a los que sobrevive y las increíbles soluciones que acaba siempre encontrando. El terror de intuir un final trágico en la codicia de los marineros de La Hispaniola. La tristeza de encontrar a Ben en la soledad que representa su condición de abandonado. El conjunto de la historia que une los hechos como parte de un todo perfecto, una historia que parece no tener fin y que se devora página tras página con impaciencia por saber lo que ocurrirá después. A mí me ocurrió, y sólo una cosa entiendo después de tantos libros recorridos. El nacimiento de un lector es siempre consecuencia de un milagro.

De cocodrilos escritores y niños en lata

Marisol Romero Magallán, estudiante del Doctorado en Estudios Urbanos y Ambientales, promoción 2019-2022, Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

En mi cumpleaños número siete recibí una colección de libros. ¡Puagh! Yo quería juguetes. Pero bueno. Era una colección juvenil de Alfaguara. Conforme fui conociéndola me encontré con varias joyas que atesoré hasta hace muy poco, y que luego doné a una prima. Una eran los libros de Christine Nöstlinger (hasta me acuerdo del nombre) que se llamaban Una Historia Familiar y Gretchen se preocupa, que era la historia de una niña regordeta con padres divorciados. Otra eran Los cocodrilos del Barrio que me hacía sentir muy rebelde cuando la leía. Julie y los Lobos tenía una portada bellísima. Pero mis favoritos por encima de todos fueron dos. Uno fue Cuentos escritos a máquina de Gianni Rodari, que me hacía reír y me desconcertaba mucho con su Miss Universo que vivía en Venus y el cocodrilo de su portada. Otro fue Konrad o el niño que salió de una lata de conservas que, aunque no me aprendí el nombre de la autora, me leí una y otra vez. Me encantaba esa historia de una mujer locochona que elegía ser madre, aunque no estuviese lista para ello, y la historia de Konrad, un niño fabricado tan propio y correcto, que tuvo desprogramarse para aprender a ser niño y divertirse.

El encantamiento de la lectura

Margarita Rosa Rosado Matos, egresada del Centro de Estudios Internacionales, 1971-1975

A la tiernísima edad de tres años aprendí a descifrar el código más apasionante que existe, el del abecedario. Comenzó como una forma de distraer a una niña inquieta y se convirtió en una permanente aventura de vida. Me hice una lectora voraz y, casi como drogadicto, si no tengo todo el tiempo un libro a la mano me siento entre indefensa y abandonada.

Probablemente mi primer acercamiento al mundo de las letras se debe a mi primer nombre, todo mundo se sentía obligado a recitarme A Margarita, de Rubén Darío, que memoricé desde muy pequeña. Poseo una edición que consiste en ese único título.

Recuerdo los cientos de “cuentos”, hoy llamados comics, que llegué a reunir en mi niñez y que leía y releía: El pato Donald y toda su familia, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Periquita, Tarzán, Mickey Mouse y toda su familia, El pato Lucas, Bugs, el conejo de la suerte, El correcaminos, Andi Panda, Bebito Patito, Fantomas, Archie, Superman, Memín Pinguín, Lágrimas, risas y amor, Kalimán. Lamentablemente, no conservo ninguno.

Mi primer libro, quiero decir de mi propiedad, lo tuve a los ocho años; unos tíos me obsequiaron un ejemplar para niños de Las mil y una noches, que aún conservo en buen estado. Lo adoré, adoré a Sherezada y viví cada aventura de Simbad, de Aladino, de Alí Babá.

Tendría unos 11 años cuando me encontré con la literatura latinoamericana en El galano arte de leer, una pequeña antología de cuentos y narraciones, que aún existe en aceptable estado y que también me fascinó. Recuerdo vívidamente algunos de ellos.

La afición se convirtió en pasión, en compulsión, y solo espero vivir lo suficiente para terminar de leer mi siempre creciente lista de pendientes.

Un frijol mágico extraviado

Eduardo Ruvalcaba Burgoa, coordinador de servicios, Biblioteca Daniel Cosío Villegas

Cuando mis hermanos y yo éramos niños siempre teníamos libros infantiles en casa. Mi padre nos compraba ejemplares con frecuencia. Entre muchos otros, tuvimos una colección de libros con las historias de Disney, de la Editorial Novaro, los cuales estaban muy bien ilustrados. También tengo un gran recuerdo de una colección de libros desplegables de la Editorial La Oveja Negra, que disfrutamos mucho; era una colección que se vendía por entregas semanales en los puestos de periódicos.

Hace unos años eché de menos, con cierta nostalgia, una adaptación de la historia de Jack y las habichuelas mágicas, que leí muchas veces en mi infancia. No recordaba el título exacto ni el autor de la adaptación, mucho menos la editorial, por lo que era casi imposible localizar ejemplares de segunda mano. Poco tiempo después, en una conversación con mi papá, le comenté acerca de ese libro; él no me dijo nada y a las pocas semanas llegó a mi casa con el ejemplar. El libro había estado guardado en una caja durante años, debido a una remodelación que tuvo la casa de mis padres a finales de los años ochenta. Al verlo recordé todas las ilustraciones y los textos. El ejemplar tiene las manchas y las huellas resultantes del uso que le di treinta y tantos años atrás. La adaptación se titula El frijol mágico y fue escrita originalmente en inglés por Tony Ross en 1982. La traducción al español estuvo a cargo de José Emilio Pacheco, uno de mis autores favoritos. Leí varias veces este libro a mi hija cuando era más pequeña; es una historia que le gusta mucho, y ahora que ella tiene 8 años lo lee sola. En mi infancia, nunca me imaginé leyendo El frijol mágico a uno de mis hijos.

“El osito Teddy” y “La Bella Durmiente”

Gabriela Guadalupe Said Reyes, directora de Publicaciones

Primeras lecturas

Francisco Segovia, investigador del Diccionario del Español de México, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

El primer libro que recuerdo “por dentro”, o sea, en cuanto a su contenido, fue uno que oí leído en voz alta cuando tenía cinco años. Todas las noches, mis padres nos leían, a mis hermanas y a mí, El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling. No sé si lo terminamos... Mis padres se divorciaron y, aunque mi madre intentó mantener la costumbre, leyéndonos La Ilíada, la empresa no duró mucho. ¿Podría, entonces, decir que a los cinco años yo había leído El libro de las tierras vírgenes? Por un lado, sí, porque escuché la historia tal como la contó Kipling; pero, por el otro ¿cómo decir que leí un libro antes de saber leer? ¿Es lo mismo leer algo que oírlo leído por otro? Si son lo mismo, entonces se equivocan quienes dicen que en México se lee poco, pues todos estamos todo el tiempo oyendo a otros leer en voz alta (por ejemplo, a los que dan las noticias); si no son lo mismo, entonces sí, en México se lee muy poco, poquísimo.

Yo siempre había dado la razón a esta segunda opinión, y solía decir que el primer libro que leí fue La candidez del Padre Brown, de Chesterton, pero ahora me entran las dudas y se me ocurre hacer una diferencia: La candidez del Padre Brown fue el primer libro que leí yo solo, en silencio y sin ayuda de nadie. A algo así se refieren, supongo, los que dicen que la lectura es un acto íntimo, solitario. Pero, si fuera sólo eso ¿cómo justificar las lecturas que hacen los padres a sus hijos antes de dormir? Por eso ahora preferiría decir que el primer libro que leí fue uno que me leyeron mis padres, aunque quizás antes me leyeron otros que no recuerdo.

Fui ratón de biblioteca

Josefina Zoraida Vázquez Vera, profesora-investigadora, Centro de Estudios Históricos

De historia La Patria Mexicana de Gregorio Torres Quintero, de lectura Corazón Diario de un niño de Edmundo D’Amicis y Ciencias Naturales de un señor Leal. Adoraba los Cuentos de Hadas en especial los Rusos de una colección publicada creo que por editorial Juventud, Robinson Crusoe, Los últimos días de Pompeya, las novelas de Dickens, en especial Oliver Twist, David Coperfield, Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, El Cuento de Navidad, de Mark Twain, Tom Swayer, Huckleberry Finn, Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo, Paul de Kuif, Cazadores de microbios y una versión Sopena de La Mil y una noches. Fui ratón de biblioteca de manera que me quedo ahí. Me olvide de mencionar a Louise M. Alcott y sus libros, en especial la serie de Mujercitas, pero todos me parecían preciosos.

Mi libro de español de sexto grado

Laura Villanueva Fonseca, investigadora asociada de la Presidencia

Los primeros años de mi educación básica hasta 4º. grado los cursé en una escuela de monjas dominicas llamada “El Sagrado Corazón de Jesús”. Recuerdo que había dos momentos de oración al día, al llegar y al despedirnos. Las maestras eran muy estrictas, había poca libertad para expresar intereses propios, pero me encantaba mi uniforme. En esta escuela no se fomentaba la lectura abierta, sí la religiosa. Hasta ese momento solo había hojeado, con cierto morbo, los libros médicos de mi padre que tenían fotografías de deformidades, tumores y laceraciones de raras enfermedades. Cuando tenía 9 años (1982) hubo una mala racha económica en casa y mis padres debieron cambiarme a una escuela oficial, la primaria “Ing. González Guillermo Camarena”, ¡el inventor de la TV a color! En esta escuela era todo diferente. Adoraba a mi maestra Anita, alta, bella, ordenada. Recuerdo que tenía un estante de metal gris en el que resguardaba una pequeña biblioteca. Ella lo abría, e invitaba a sus alumnos a escoger algún libro para llevarlo a casa.

Así tuve entre mis manos el primer libro elegido por mí misma, Mujercitas de Louisa May. Se abrió ante mí un mundo de posibilidades. Luego vinieron otros libros, de todo tipo, pero sin duda, el que más disfrutaba era mi libro de lectura de 6º. año, compuesto por breves extractos de cuentos, novelas, ensayos y poesías de la autoría de célebres escritores en su mayoría hispanoamericanos, como García Márquez, Juan José Arreola, José Vasconcelos, Octavio Paz, Alí Chumacero, Carlos Pellicer, Julio Cortázar, Cervantes y la única mujer, Gabriela Mistral. Adoraba ver las ilustraciones. Los dibujos que más me gustaban era el marciano de "En Marte", extracto de un relato de The Martian Chronicles de Ray Bradbury y las "Dos amigas amibas", fragmento de un cuento de Gonzalo Celorio.

Mis primeros libros

Lauro José Zavala Alvarado, egresado del Doctorado en Literatura Hispánica, promoción 1984-1987, Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios

Cuando yo tenía 7 años, mi papá me regaló un pequeño y gordo diccionario rojo, que usé todo el tiempo hasta que ya no era posible seguirlo usando. Lo guardaba en la bolsa de mis pantalones cortos de franela verde. Y lo consultaba cada vez que escuchaba una palabra que no entendía. Este libro se convirtió en mi mejor amigo. Siempre tenía respuesta a mis preguntas, y todo lo que encontraba en él tenía sentido.

Este diccionario era mi mejor juguete. Consultarlo era lo más natural, y mi universo estaba en permanente expansión. Fue mi primer libro. Y sigue siendo el mejor de todos porque los contiene a todos (los que existen y los que pueden existir).

A los 9 años nos visitó una tía que vino de un lugar muy lejano (Honduras). Cuando la acompañé a comprar su boleto de avión, a un lado de la agencia de viajes se encontraba la Librería de Cristal, en el Paseo de la Reforma. Ella me dijo que eligiera uno o dos libros. Elegí dos libros ilustrados de Julio Verne, en edición de pasta dura: 20 mil leguas de viaje submarino y La isla misteriosa.

Curaduría y montaje a cargo de: Valentín Ortiz, Eduardo Ruvalcaba, Arón Sánchez (personal académico de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas).

Biblioteca Daniel Cosío Villegas. Micaela Chávez, Directora.

Agradecemos a ManueI Monroy por permitirnos utilizar sus ilustraciones.

Credits:

Ilustraciones de Manuel Monroy e Irmun