Hijos de la Migración Crónicas de jóvenes migrantes en españa

Creciste en España pero naciste en otro país. ¿Cuál es tu patria? ¿Dónde está tu hogar?

UN PROYECTO DE EILEEN TRUAX

Naciste en una ciudad de un país en donde está el pasado de tu familia. Cuando tenías dos, cuatro, siete años, la familia migró, y con ella tú. Has hecho tu vida en otra ciudad, en otro país, donde a diario te recuerdan cuál es tu origen, pero planeas tu futuro a partir del lugar donde vives —aunque tus padres tal vez sueñan con regresar al que consideran su hogar.

Para las generaciones de jóvenes inmigrantes, la vida en otro país puede representar una doble riqueza —doble cultura, dobles afectos, en ocasiones un doble idioma—, pero también ofrece una disyuntiva cuando hablamos de identidad nacional. Cuando has vivido en dos ciudades, entre dos países, ¿cuál es tu país, cuál es tu patria, dónde está tu hogar?

Estos jóvenes inmigrantes latinoamericanos en España responden a estas preguntas.

.

1. Los 'Dreamers' del otro continente

Tienen 17, 18 y 21 años de edad. Son jóvenes inmigrantes que llegaron a vivir a este país cuando tenían dos, dos y medio, y cinco años. Han pasado toda su vida aquí: aquí han crecido, estudiado, hecho amigos. Su familia vino de otro país y conservan sus tradiciones; pero si les preguntan por su hogar, ese está en el país en el que viven.

Esta descripción bien podría ser la de los jóvenes inmigrantes en Estados Unidos, la generación de la cual forman parte los Dreamers; sin embargo, Erick, Jhonatan y Jacky, viven en España. Llegaron con su familia de Quito, Ecuador, alrededor del año 2000. Los tres son primos, la madre de dos de ellos y el padre del otro, son hermanos, de apellido Armijos.

España tiene un patrón de migración similar al de Estados Unidos. En ambos países, el porcentaje de población migrante oscila entre el 13 y el 14%. Al igual que en Estados Unidos, el “pico” en la llegada de los migrantes a España se dio durante el año 2000; y antes de que transcurriera una década, las cosas se pusieron difíciles para esta población debido a la crisis económica. Sin embargo, la ley de inmigración española ha permitido que la mayoría de quienes llegaron siendo menores de edad, hoy cuenten con documentos para vivir legalmente en el país, en algunos casos con la ciudadanía española. Esta es una diferencia fundamental con respecto a Estados Unidos, donde más de un millón y medio de Dreamers viven sin documentos a pesar de haber pasado toda su vida ahí.

Muchas familias obtuvieron una residencia legal a través de un contrato de trabajo, y gracias a una ley de reagrupamiento familiar pudieron traer a sus hijos. Pero aunque hay quienes ya han adquirido la ciudadanía española, como los Armijos, los retos que enfrentan los inmigrantes en términos de integración no son pocos.

Aunque los primeros años fueron difíciles para su familia, Erick, Jhonatan y Jacky se sienten cómodos haciendo su vida en España; sin embargo cuando se les pregunta cuál es su país, la respuesta de los tres es Ecuador. Un estudio del Instituto Ortega y Gasset concluyó que la mayoría de los jóvenes hijos de inmigrantes han logrado integrarse exitosamente a la vida en España, y que cerca de la mitad de quienes han nacido fuera se identifican como españoles. Pero este no es el caso de los primos Armijos.

—Es que a nosotros nos han inculcado que somos ecuatorianos —explica Jacky—. Hasta los mismos españoles a veces te dicen: el hecho de que tengas papeles de nacionalidad española, no quiere decir que seas español.

En la sala de la casa de una de sus tías, los tres primos hablan de su experiencia siendo en España.

—La forma de tratar es diferente, las costumbres. Ellos son más secos —explica Jackie, morena, de cabello largo y obscuro—. En bachillerato estuve con más compañeros latinos, y sí eran más cercanos porque compartían mis costumbres.

Erick tiene la tez blanca, es delgado, de pelo obscuro lacio y usa lentes. Al igual que Jhonatan —robusto, de cabello rizado y ojos claros—, habla pronunciando la “c” y la “z” con el acento español.

—Cuando estás con otros chicos españoles a veces te guardas cosas o frases a la hora de hablar, que con gente latina puedes decir y te entienden —dice Erick—; por ejemplo, “¡qué vaina!”, sabes que los latinos te van a entender, te desenvuelves más fácil.

A la pregunta directa “¿alguna vez te has sentido discriminado?”, Jhonatan, Erick y Jacky responden que no. Sin embargo, mientras la charla continúa, van mencionando las cosas que ven cotidianamente. Si en el tren una persona se sube sin pagar el boleto, alguien comenta “¡estos ecuatorianos no pagan!”, sin saber si quien lo hace efectivamente es de esa nacionalidad. Si alguien tiene la piel obscura, recibe apodos como “panchito”, un término peyorativo para describir a los latinoamericanos, o “conguito”, el nombre de una golosina con el dibujo de un personaje de raza negra con los labios muy gruesos.

Los tres coinciden en que en el lenguaje cotidiano, el término “español” es usado para referirse a quienes tienen la piel blanca; algo que tiene más que ver con el aspecto físico que con la nacionalidad.

—Un día salí con unas amigas —relata Jacky—.Veníamos por la calle, mis dos compañeras españolas, una blanca pelirroja y la otra rubia, y pues yo soy bajita, morena. Y la pelirroja cuando vio alrededor, dijo: “Joder, ni un puto español”. Y yo le dije: “¿Y yo, no soy española?”. Me respondió que no lo decía por mí, era un comentario porque no veía ningún español en la calle; todos alrededor tenían apariencia latina, aunque algunos pueden haber nacido en España.

A pesar de que los tres chicos aseguran que su identidad es ecuatoriana, cuando se les pregunta por su hogar, los tres responden sin dudar: España.

—A mí me gusta Ecuador, pero mi vida está aquí —dice Jhonatan—. Mis padres sí quieren volver, yo les he dicho que yo no podría. Me he hecho en España.

Su primo Erick coincide con él.

En el caso de Jacky, aunque en algún momento también pensó en su futuro en España, hoy la posibilidad de volver no está descartada.

—Mi mamá se quiere regresar por mi hermano que está allá, y mi mejor amiga está en Colombia. Quizá mañana diga que no, pero hoy sí quiero regresar.

2. La vida sin documentos

Estefany tiene 18 años. Estudia para ser auxiliar de enfermería, y en dos años terminará la carrera. El problema es que, una vez que termine, no puede trabajar, porque aunque vive en Madrid desde hace nueve años, aún no cuenta con documentos de residencia legal.

Estefany y su hermana Scarleth llegaron a España provenientes de Honduras casi cinco años después que Gilma Martínez, su madre. En 2004 Gilma vino a Madrid para trabajar y enviar dinero a sus hijas, quienes se quedaron en su ciudad, La Esperanza, al cuidado de su madre. La última vez que Gilma vio a sus hijas antes de venir, éstas tenían dos y cuatro años y medio de edad. Cuando volvió a verlas, casi no la reconocieron: tenían siete y nueve años el día que su hermano llegó con ellas al aeropuerto de Madrid.

Gilma no pudo hacer uso de la ley de reagrupamiento familiar por carecer de documentos de residencia. Cuando llegó, empezó a trabajar como “interna”, que es como se conoce a las trabajadoras domésticas que se permanecen todo el tiempo en la casa donde trabajan. Cuidaba personas mayores y niños para familias adineradas, pero nunca tuvo un contrato, de manera que no podía tramitar su residencia. Sus hijas llegaron como turistas y se quedaron aquí.

Los años siguientes fueron difíciles. Siendo madre soltera con sus dos niñas recién llegadas y una tercera en camino, la crisis económica la golpeó de frente.

—Yo estuve sin documentos la mitad del tiempo que llevo aquí, trabajando “en negro” —dice, en alusión al trabajo que no ofrece un contrato formal— y por eso no he podido regularizar los papeles a las niñas. Primero trabajé como interna, después como externa —yendo a las casas solo por algunas horas—, pero si no tenía una nómina de 1300 euros, no cumplía con los requisitos para tramitarles su DNI.

Gilma se refiere al monto mínimo de ingresos que debe comprobar un padre de familia para tramitar la regularización del estatus de sus hijas: 799 euros por su primera hija, y 266 euros más por cada hija adicional.

Según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en España hay cerca de 750 mil trabajadores domésticos, de los cuales 90% son mujeres. La mayoría son extranjeras, principalmente provenientes de países latinoamericanos. El salario promedio oscila entre los 650 y los 900 euros mensuales. Ese monto, desde luego, no alcanza para regularizar a una familia.

—A mí me gustaría trabajar, no me gusta estar así —dice Estefany tratando de disimular su molestia con su madre—. A veces me enfado con ella porque digo, tendría que haber metido los papeles a tiempo, no es mi culpa. Pero luego se me pasa.

Gilma entonces repite que la situación fue difícil antes, pero que ahora las cosas están mejor.

—Tengo un par de contratos ahora. La mitad del tiempo trabajo con contrato y la otra mitad “en negro”, pero voy a buscar un abogado de extranjería para que arregle la situación, por lo menos la de ella. Porque ahora estamos mejor, ahora es cuando empiezo a disfrutar de mis hijas, de lo que tengo, de estabilidad económica. Y aquí tenemos libertad para andar en la calle. Ellas salen a la hora que quieren, pidiéndome permiso, claro, pero sin peligro. En Honduras eso no se puede hacer.

Para Estefany, eso no está a discusión: regresar Honduras está fuera de toda opción.

—Mi casa es Madrid, yo me siento madrileña. Mi vida la veo aquí, me veo aquí estudiando, trabajando, viviendo, a lo mejor hasta casándome aquí. Me veo aquí, o en cualquier otro país de Europa; puede ser que Inglaterra. No veo mi vida en Honduras.

3. Cruzar el mar en el fondo de un camión

Llegó a los 14 años. Tras haber vivido siempre en Tánger, Marruecos, su primera imagen de Europa fue el interior de un almacén en un pueblo de Granada: unos trabajadores abrieron el camión que transportaba tomates y, escondidos en el fondo, encontraron a cuatro jóvenes. Llamaron a la policía. Tres de ellos fueron deportados. Karim, por su edad, fue llevado a un centro de detención de menores. Bienvenido a España.

Mohammed Karim Boûry hoy tiene 25 años y vive en Madrid. Su familia tiene una situación estable en su ciudad natal, y antes de migrar él estudiaba, había un plan para su futuro. Pero era 2006, muchos chicos contaban lo que había del otro lado del mar, y él y su primo querían saber. Un día se escondieron en un camión; el camión fue subido al ferry, cruzó el Estrecho de Gibraltar, llegó a Algeciras, y de ahí a Granada. Cuando lo descubrieron, las autoridades contactaron a su familia en Marruecos y le avisaron que sería deportado. Karim no quería regresar; quería quedarse en España, buscar un futuro sin limitaciones fuera de su pueblo. Escapó del centro en Granada y llegó a la estación de tren, pidió dinero, y logró comprar un billete a Madrid.

—En Madrid me entregué a la policía municipal —recuerda con una gran sonrisa en el rostro moreno de nariz afilada, ojos vivaces, cejas espesas, barba y bigote obscuros—. Los paisanos te explican un poco cómo tienes que hacer; les dije que no tengo familia, que tengo hambre y que no tengo dónde dormir. Es lo primero que aprendí en español —dice riendo.

Karim fue llevado a un centro de acogida de menores, en donde permaneció durante casi cuatro años. De acuerdo con la legislación española, los menores migrantes que viajan solos tienen derecho a protección, a recibir alojamiento, servicios básicos y educación, hasta que cumplen 18 años. Karim empezó a ir a la escuela, aprendió rápidamente el idioma, y en poco tiempo se sintió en casa.

—Al principio fue muy duro porque no había muchos marroquís; crecí con gente de todos lados, pero más con españoles, porque aquí cuando detienen a un menor que violó la ley —“y a veces los padres denuncian a sus propios hijos”, dice con naturalidad—, como no los pueden llevar a la cárcel, los meten a un centro de menores. Ellos también tenían problemas pero nos hemos entendido, hemos encajado, éramos como una familia. En seis meses aprendí a hablar más o menos español, y “guay” —dice con orgullo—. Pero si hubiera venido siendo mayor de edad, buscando mi vida sin papeles, me habría costado mucho.

LA DIFÍCIL MIGRACIÓN ÁRABE

A diferencia de la migración que proviene de América Latina, cuyo clímax ocurrió entre los años 2000 y 2004, la migración marroquí hacia España es un fenómeno que data de por lo menos hace 30 años. En el 2000, cuando la población ecuatoriana empezó a llegar —la mayor comunidad latinoamericana en España: 450 mil personas, el 10% de la población total de inmigrantes— ya había una comunidad marroquí asentada de casi medio millón. Se estima que actualmente hay 750 mil inmigrantes marroquís en este país, la mayoría entre los 20 y los 40 años.

Abdelaziz Allaouzi, coordinador de la Fundación Ibn Battuta en Madrid, una organización que apoya a los inmigrantes para obtener el respeto a sus derechos, considera que el gran reto que enfrenta España, y en general Europa, es dejar de ver a los migrantes en términos de utilidad laboral y empezar a verlos como ciudadanos.

—Los problemas que vivimos hoy en día son los mismos de hace 60 años. No son los problemas de España, son los problemas también de Alemania, o de Francia, porque cuando Europa planteó traer la mano de obra para cubrir la escasez a nivel local o nacional, no pensaron en personas, pensaron en trabajadores ­—explica el activista—. Olvidaron que estos trabajadores tienen creencias, tienen formas distintas de ver la vida, costumbres, tradiciones, valores, y ahí es donde empezaron los conflictos de carácter multicultural. Europa en este sentido no ha dado los suficientes pasos para poder incluir a estas comunidades como ciudadanos europeos, siempre los ha dejado en segunda fila.

Allaouzi considera que, en el caso particular de España, quienes son originarios de países árabes, enfrentan una situación aún más difícil que aquellos que provienen de América Latina, porque a la condición de inmigrante se suman dos factores más: la diferencia cultural, y la religiosa.

De acuerdo con su interpretación, las facilidades otorgadas a partir del año 2000 para los inmigrantes provenientes de América Latina, en contraste con las limitaciones para quienes llegan de países africanos, tienen que ver con una intención de “reequilibrar la inmigración” lanzada desde el gobierno del entonces presidente José María Aznar. Un ejemplo: hasta la fecha, los inmigrantes provenientes de países Iberoamericanos pueden solicitar la ciudadanía española tras haber vivido dos años en el país como residentes. Para los inmigrantes de otro país, incluidos los de Marruecos, la mayor población inmigrante en España, tienen que pasar diez años.

—Muchas veces quienes gobiernan consideran que hay un mayor entendimiento con los latinoamericanos porque tienen los mismos valores o tradiciones similares. Es un error. Nuestra lucha tiene que ser entre todos los colectivos porque el objetivo es el mismo: que el inmigrante sea un ciudadano con todos los derechos y deberes. La propia Comisión Europea define integración como “un proceso bidireccional que requiere el esfuerzo de las dos partes”, pero en la práctica no es así: se exige al inmigrante que se adapte a la realidad pero no se hace el esfuerzo de entender las demandas o las necesidades del ciudadano de origen extranjero.

Karim permaneció tres años y medio en el centro de menores, hasta que cumplió 18 años. Cuando salió, se encontró con la situación que enfrentan millones como él: ser un inmigrante sin derechos plenos es una vida cuesta arriba. Gracias a la intervención de organizaciones activistas que abogaron por él, no fue enviado a Marruecos. Con la posibilidad de quedarse en el país, pero sin documentos, era imposible que el chico pudiera salir adelante.

—Cuando estás en el centro de acogida te sientes integrado a la sociedad española —explica—. Puedes estudiar, convives con todos en igualdad. Pero a los 18 años es otra realidad. No te deportan si las organizaciones dan la cara por ti cuando has llegado como menor; pero no te dan un permiso de trabajo, y entonces, ¿cómo sobrevives? Si vas a la cárcel, está llena de inmigrantes sin papeles, porque han intentado comer y han robado una barra de pan. Esa es una trampa.

Con el apoyo de quienes lo conocían entró en contacto con organizaciones no gubernamentales que crean espacios para chicos en esta situación: en viviendas colectivas, centros de alojamiento de adultos, también llamados “centros de transición”, se ayuda a estos jóvenes a iniciar una vida por su cuenta, conseguir un empleo, en el mediano plazo un contrato, y con eso, regularizar su situación. Muchas de estas iniciativas surgen de la sociedad civil, y otros programas son apoyados por los niveles de gobierno autonómicos —la Comunidad de Madrid, la Generalitat de Cataluña–, o incluso desde los ayuntamientos locales, como es el caso de los gobiernos recientes en las ciudades de Madrid y Barcelona.

—En Cataluña, por ejemplo, hay mejores recursos que en Madrid con respecto a la comunidad marroquí, con mucha diferencia —explica Allaouzi. En Barcelona, la capital, se encuentra la concentración más grande de inmigrantes marroquís, unos 300 mil—. Aquí en España, son Cataluña y el País Vasco los que tienen una sensibilidad diferente a nivel de inmigración en relación con otras comunidades. En eso son más europeos que Madrid.

Karim no quiere regresar a Marruecos. Ha vuelto a visitar a su familia, “pero con el tiempo he ido aprendiendo de la vida, y cuando volví, me di cuenta de que mi nivel está más alto que la gente de ahí. Aquí para mí ha sido como una universidad, estoy sacando una carrera”, afirma. Tras varios años, ha hecho una vida independiente en Madrid y es parte de un colectivo artístico, La Tabacalera, instalado en un enorme predio industrial en el barrio de Lavapiés. Ahí organiza eventos con otros inmigrantes y compone piezas de rap, en las cuales habla de su experiencia y de su identidad, la que ha construido en la década que siguió a su viaje por el mar en el fondo de un camión.

—Yo me considero europeo y español porque mi vida está aquí, tengo mi casa aquí, tengo a mis amigos, como y duermo aquí. Y si un día estoy en Marruecos, soy marroquí. Y si un día me voy, por ejemplo, a Estados Unidos, seré americano. Yo, donde estoy, soy de esa tierra.

.

*Un proyecto de Eileen Truax. Esta serie fue producida para Hoy Los Ángeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group Company. Este proyecto fue realizado con el apoyo del International Center for Journalists (ICFJ).

Created By
Eileen Truax
Appreciate

Credits:

Eileen Truax

Made with Adobe Slate

Make your words and images move.

Get Slate

Report Abuse

If you feel that this video content violates the Adobe Terms of Use, you may report this content by filling out this quick form.

To report a Copyright Violation, please follow Section 17 in the Terms of Use.