Loading

Nadie se merece algo así, ¿o sí? Jordi rocandio clua

Víctor Sanabria no sabía si iba a llegar a tiempo al aeropuerto para coger el vuelo a Londres. Sus jefes de la central británica le habían convocado para una reunión urgente la noche anterior, a última hora.

Lo normal era que le hubieran dado tiempo para viajar el día anterior, descansar en un hotel cerca de las oficinas y hacer un desayuno informal antes de entrar en materia. Pero el tema en cuestión precisaba de su presencia inmediata y había tenido que reservar, a última hora de la noche, un asiento para el primer vuelo de la mañana.

Con los nervios de la gestión le costó conciliar el sueño pero después de dos horas de lectura se quedó bien dormido.

Se despertó de repente, miró el reloj de la mesita y se dio cuenta de que se había dormido. Si no se daba prisa perdería el avión.

En menos de cinco minutos estaba en la calle buscando taxi. Cuando paró uno le explicó su situación y le llevó al aeropuerto a toda velocidad.

Al llegar, nada más pasar las puertas giratorias de la terminal, oyó que hacían la última llamada para embarcar. Salió corriendo como si le persiguiera el mismísimo diablo.

A lo lejos vio la puerta de embarque y justo cuando estaban a punto de cerrar, gritó para que esperaran. La chica del personal de tierra le miró con mala cara pero le dejó pasar. Había llegado por los pelos.

Cuando accedió al avión sólo quedaba su asiento libre, la gente le miraba con cara de “ya te vale” mientras se dirigía a la parte central de la cabina.

Estaba en el asiento del medio de tres. Cuando llegó a su altura comprobó que el pasajero del pasillo, que tenía que dejarlo pasar, estaba dormido. Le tuvo que dar un golpecito en el hombro para que reaccionara. El hombre alzó la vista y al darse cuenta de lo que pasaba se apartó un poco molesto.

Víctor se sentó en su asiento y soltó un suspiro de alivio tan alto que lo pudo escuchar todo el pasaje. Vaya mañanita que llevaba, esperaba que el resto del día fuera mejor. Miró su reloj y se tranquilizó de inmediato. Marcaba las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Llegaría de sobras a la reunión de las diez. Ahora podía relajarse un poco y aclarar sus ideas de cara a la reunión con sus jefes.

En ese momento notó como el pasajero de su izquierda inclinaba la cabeza hacia abajo. Se había quedado dormido y eso que el avión no se había ni movido. No le dio más importancia, ya que era muy temprano.

Cuando el aparato empezó a dar marcha atrás su acompañante se inclinó ligeramente hacia él, ocupando su espacio personal. Le tocó un poco el brazo y el hombre dio un respingo, volviendo a ponerse erguido.

A él siempre le daba respeto el momento del despegue, sería incapaz de dormirse. No entendía como había gente capaz de dormir en ese instante.

Giraron hacia la pista de despegue, el adormilado pasajero se volvió a inclinar y apoyó ligeramente la cabeza en su hombro. Esto hizo que se durmiera más profundamente, sin duda estaba más cómodo.

Decidió no despertarle hasta que no estuvieran en el aire, ya que con la aceleración y el despegue se volvería a inclinar.

Cuando se estabilizaron decidió ponerlo bien, la situación le era incómoda y no podía ni moverse. Le volvió a empujar suavemente por el hombro derecho hasta que se lo pudo sacar de encima.

Parecía que el hombre estaba más erguido y estuvo un rato quieto, momento que aprovechó Víctor para abrir su maletín y sacar un informe sobre el tema a tratar esa mañana.

Cuando iba a empezar a leer, el hombre se inclinó de nuevo hacia él, apoyando la cabeza prácticamente en su barriga y arrugando los papeles.

Le pidió por favor que si podía inclinarse hacia el otro lado pero el hombre no respondía. Su respiración era muy profunda, lo que indicaba que no le estaba escuchando.

Entonces sacó su pañuelo del bolsillo de la camisa y, con la mano izquierda, le empezó a hacer cosquillas en la oreja para ver si despertaba. Al principio no reaccionó pero al insistir de nuevo el hombre se despertó y se irguió como un resorte. Lo había conseguido.

Los pasajeros de delante lo miraban con cara de “tela la que estás aguantando, yo le hubiera dicho ya de todo”, pero Víctor no era así, siempre había tenido mucha paciencia y no le gustaba incomodar a la gente ni enfrentarse abiertamente, no le veía el sentido.

Después de un par de minutos de paz, el hombre atacó de nuevo. Los movimientos del avión no ayudaban y hacía que su cuerpo sin tensión se inclinara precisamente hacia él. Volvió a apoyar la cabeza en su hombro y suspiró de placer. Debía ser su postura favorita y en la que entraba en el sueño más profundo, ya que la presión de su cuerpo aumentaba por segundos.

Una azafata pasó por su lado y Víctor aprovechó para indicarle por señas que el pasajero se había quedado dormido. La azafata le indicó con las manos que esperase un momento. Víctor no sabía bien lo que esa azafata había entendido porque apareció con una almohada y acomodó aún más a su acompañante. Seguro que pensaban que eran familia, vaya desastre.

Aprovechó para decirle, de buenas maneras, que si podía quedarse en su asiento, que comprendía que estaba cansado pero que le estaba impidiendo leer. Nada, el hombre se había vuelto a dormir.

Eso le ocasionó más molestias, apenas tenía espacio y el hombre cada vez se inclinaba más. La situación era surrealista.

De repente, el comandante habló a los pasajeros y les dijo que se disponían a aterrizar.

Víctor sintió verdadero alivio, en unos minutos todo habría acabado.

Se le habían dormido las piernas y los brazos al estar tanto rato sin moverse. El poco espacio entre los asientos de los vuelos low cost tampoco ayudaba mucho. Se sentía cada vez peor y empezó a sudar profusamente.

Su acompañante cada vez estaba más encima, completamente dormido y apoyado gustoso en la almohada que le había traído la azafata.

Pero Víctor aguantaba como un campeón, hasta sentía envidia por lo bien que había dormido su casi íntimo pasajero de la izquierda.

El aterrizaje se produjo sin problemas. El avión se dirigió suavemente a la puerta de desembarque y la señal de desatar los cinturones por fin se encendió.

En ese momento, cuando todos los pasajeros se empezaban a poner de pie para hacer la cola, el pasajero se despertó como si nada hubiera pasado. Miró hacia los lados y al ver a Víctor le dijo algo que lo dejó helado.

- Ni se le ocurra bajar de este avión.

- ¿Perdone?

- Ya me ha oído. No baje de este avión hasta que se le ordene. Deje pasar al pasajero de su derecha y continúe sentado.

- No lo entiendo. ¿Qué sucede?

- ¿Es usted Víctor Sanabria?

- Eh, sí, sí, soy yo.

- Pues entonces hágame caso y no baje del aparato. Y silencio, no hable hasta que se le pregunte y todo saldrá bien.

- Está bien. De acuerdo.

Víctor estaba muy asombrado. No sabía por qué ese hombre le conocía y le ordenaba que no se moviera.

Víctor dejó pasar al pasajero de su derecha y esperó pacientemente hasta que el avión quedó prácticamente vacío.

Miró hacia el frontal del avión y vio como el comandante y el copiloto se acercaban hacia ellos acompañados del resto de la tripulación. Algo serio debía haber pasado porque nadie sonreía.

Cuando llegaron a su altura, el comandante se dirigió al extraño pasajero de su izquierda.

- ¿Es este? - Preguntó secamente.

- Sí, es él. Jamás había visto nada igual. Su aguante ha sido de admirar.

- Ni siquiera ha dicho nada cuando le he llevado la almohada, es toda una proeza. - Intervino la azafata que trajo la almohada.

- ¿Ha sido educado? ¿Comprensivo? - Volvió a preguntar el comandante.

- Sin duda. Es el candidato ideal. Nadie había aguantado tanto. - aclaró mi acompañante.

- Disculpen. Alguien me puede explicar qué está pasando aquí. Me están asustando.

- Pues que no se hable más. Hazlos pasar. - Ordenó el comandante sin hacerme el menor caso.

La azafata se dirigió hacia la puerta del avión e hizo entrar a unas personas. Llevaban un micrófono, un logotipo de la compañía aérea y una cámara de televisión.

Se acercaron a mí y entonces empezaron a sonreír y a hablar animadamente.

- El pasajero de la izquierda se levantó y empezó a hablar.

- Enhorabuena señor Sanabria, un placer conocerle, mi nombre es Peter Jefferson, presidente de esta compañía aérea. Llevamos meses buscando al pasajero ideal para otorgarle nuestro gran premio anual y hasta ahora no lo habíamos encontrado. Usted ha demostrado ser una excelente persona, paciente, educada y con los valores que estamos buscando.

- Pero yo, no entiendo, qué…

- Tranquilo, tranquilo, no se preocupe por nada. Le hemos puesto a prueba al tener que soportar a un pasajero de lo más molesto, en este caso yo mismo y usted lo ha hecho francamente bien. Incluso me he llegado a preocupar al ver que ni se movía para no molestarme. Es, sin lugar a dudas, el pasajero del año y el ganador de nuestro excelente premio. A partir de ahora volará de forma gratuita con esta compañía cuando y donde quiera, acompañado de un acompañante que no será tan molesto como yo, claro ja, ja. Además haga el favor de aceptar este cheque de tres mil euros por las molestias que le ha ocasionado este vuelo. Gracias por aguantar esta pesada broma señor Sanabria, es usted una persona maravillosa.

- Madre mía ¿En serio? No me lo puedo creer. Les veía tan serios al principio que no me imaginaba algo así ni por asomo. Por eso la azafata no me había entendido, estaba compinchada, je, je, muy bueno, sí señor.

- Muy en serio. Muchas gracias por todo y esperamos verle pronto volando con nosotros. A partir de ahora esta es su casa. Le deseamos lo mejor y que tenga un buen día.

- Muchas gracias, señor Jefferson. Ha sido un placer.

Y así es como empezó ese extraño día en la vida de Víctor Sanabria. La reunión ya no le parecía tan importante. Le habían levantado el ánimo y seguro que todo lo demás iría de maravilla.

Ya estaba planeando las siguientes vacaciones, volaría donde quisiera y gratis. No sé lo podía creer.

Created By
Jordi Rocandio Clua
Appreciate

Report Abuse

If you feel that this video content violates the Adobe Terms of Use, you may report this content by filling out this quick form.

To report a Copyright Violation, please follow Section 17 in the Terms of Use.