Jugar fútbol en el Sajama, el nuevo reto de las cholitas escaladoras

Sus hazañas en la cima de las montañas fueron resaltadas en toda Bolivia y a nivel internacional. Las cholitas escaladoras saben que son conocidas y populares, pero a pesar de todo el ruido mediático, aún mantienen cierta timidez, aquella que es parte de su esencia, una muy sencilla y humilde.

Han conquistado la cima del Illimani, Acotango, Parinacota, Pomarapi y el Huayna Potosí, a más de 6 mil metros de altura, y con temperaturas de 20 grados bajo cero en invierno. Una verdadera hazaña.

Pero ahora ellas buscan más, tienen desafíos y sueños que quieren cumplir.

Lidia Huayllas (50), Cecilia Llusco (30), Suibel Gonzáles (34) y Domitila Alaña (43), dejaron el frío para llegar a Cochabamba y visitaron LOS TIEMPOS donde hablaron de sus proyectos y su vida personal.

Para tres de ellas fue la primera vez en avión y no dudaron en expresar esa emoción, que según Cecilia, “es la misma que escalar, pasar por el pico alto del Illimani desde el avión, es muy hermoso. Las nubes se quedan abajo y nosotros como si estuviéramos en el cielo”.

Empezaron 11 mujeres y ahora son 16, algunas acompañaban a sus esposos que son guías de montaña, pero también se sumergieron en la aventura solas, como el caso de Domitila, que vive en Zongo, población al pie del Huayna Potosí. “Yo antes trabajaba sola en turismo y como era única, no tenía descanso, trabajaba todos los días, luego les dije a mis primas, les he ido animando y ahora me acompañan más amigas”, dice.

Sin embargo, el comienzo no fue fácil porque reconoce que hay machismo y discriminación. “Me decían: Esa mujer de pollera qué viene a trabajar aquí, a mí solita me humillaban, pero yo he demostrado que puedo. He hecho dos veces el Huayna Potosí”.

El apoyo entre ellas es clave en esta actividad de gran riesgo donde a veces el miedo las pone a prueba. Como aquella vez en que durante un descenso de esta cumbre se dieron cuenta que ya no estaba la cuerda. “Había una cresta, cabalito el camino, muy pendiente y con grietas inmensas, profundas y no podíamos saltar. Éramos cinco ese momento, nos asustamos, pero nos dimos valor para seguir”, recuerda entre risas Lidia.

En situaciones como ésta, de vacilación, miedo y peligro, la fortaleza de las cholitas son sus hijos a quienes siempre llevan presentes durante su aventura.

“Cuando me siento cansada en la montaña, pienso en mi hijo y eso me anima. Sigo para no defraudar a mis hijos, siempre estoy pensando en ellos. Mi pequeño me dice: ‘Si no vas a llegar a la cumbre no vayas’”, ríe Suibel.

Domitila tiene tres hijas y un hijo, su fortaleza. “Me apoyan mucho, siempre me piden hacer llegar fotos. Quieren abrirme una página de internet y en ‘feis’ también, pero yo no sé mucho leer (…), ellos quieren ayudarme”.

“Yo tengo dos hijas y soy abuela de cuatro nietos. Siempre les estoy motivando a mis nietos para que suban a la montaña. Tengo un pequeño que tiene 4 años que siempre me da ánimos para seguir adelante. Quiero dejarles el mensaje de que vean que he hecho algo y puedan seguir mis pasos”, dice Lidia, coordinadora de las cholitas junto a su esposo Eulalio Gonzáles en la Asociación Andina de Promotores de Turismo en Aventura y Montaña (Aaptam).

Escalar demanda no solo un entrenamiento físico y mental riguroso, sino una inversión importante en los equipos y la logística. Esta es una de las razones por las que no han podido cumplir todas sus metas. El año pasado el objetivo era escalar el Aconcagua, pero no pudieron concretarlo.

“Los equipos cuestan muy caro, los alquilamos para poder salir. Quisiéramos que las autoridades nos apoyen”, manifiesta Lidia.

La vida emocionante de las cholitas escaladoras también tiene otra faceta. Un trabajo con el que mantienen a sus familias y les permite estar al pendiente de sus hijos, aunque muchos de ellos ya son adolescentes o jóvenes.

Lidia, atiende un pequeño restaurante en La Paz, Cecilia elabora mantas de alpaca en su casa, Suibel y Domitila también trabajan en su hogar; pero sus sueños no se duermen, son cada vez más ambiciosos.

Por eso la meta para mayo es llegar al imponente Sajama, en Oruro, el pico más alto del país. La cima no solo sería el objetivo, jugar fútbol ahí mismo, donde el aire corta la respiración, es a lo que apuntan las cholitas escaladoras, más aventureras que nunca.

“Eso queremos, aunque no sé cómo llevaremos la pelota, en el aguayo tendrá que ser”, dice Cecilia y ríen todas con picardía.

Escalar es la forma que tienen de demostrar que no hay límites y que ser mujer es en realidad una oportunidad de llegar más lejos de lo que los otros creen.

“No siempre a la mujer tomaban en cuenta por eso nosotras quisimos hacer esto, demostrar al mundo entero que sí podemos”. Lidia Huayllas

Por: FABIOLA CHAMBI

Vídeo: GERARDO BRAVO

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