Vuelco La voz de otra Colombia

Fundirse, desaparecer. La idea es volverse liviano, muy liviano, para entrar en la historia del otro, hasta el punto en que no se dé cuenta de que estás ahí.

Por Sara Ruiz Montoya.

Antonio sabe algo que yo no sé: cuántos anillos tiene cada planeta del sistema solar. "En las Farc nos lo enseñan todo", susurra y sonríe. Levanta la mirada, que es como la mía, de veinteañero con ganas de comerse el mundo.

Me entrega una hoja de cuaderno rayada con tinta roja y azul: es un examen de geografía, calificado con una “B” que pudo ser “E” si el tiempo le hubiera alcanzado para responder las diez preguntas planteadas por el profesor.

Para dar con Antonio hay que viajar un día entero hasta los Llanos del Yarí, en el límite entre Meta y Caquetá. Aunque él hace parte del frente 15 del bloque sur de las Farc, viajó hasta el centro del país junto con cincuenta compañeros para participar en la Conferencia que en toda la historia del grupo guerrillero estuvo más cerca de ser la última.

Retén

La vereda donde se ubicó el campamento del frente 15 es un llano de pasto seco que cobijan estrellas fugaces y lluvias torrenciales, a siete horas de San Vicente del Caguán, un poblado donde motos y camiones levantan el polvo, y la humedad lo adhiere a la piel.

La Décima Conferencia guerrillera se llevó a cabo en la vereda Brisas del Diamante, en el límite entre Meta y Caquetá.

En el camino hay dos retenes: uno del Ejército, a dos kilómetros de San Vicente, en la Y de Campohermoso, que divide el camino hacia Brisas del Diamante y el municipio de La Macarena; y otro de la guerrilla, en medio de la selva del Yarí.

Acosta vigila en el primer retén. Es boyacense, de cara rosada y cinco años de servicio militar en Caquetá. Juega con su fusil mientras habla, como si tuviera un tic nervioso, como si no le gustara conversar por mucho tiempo.

El rifle es igual al que portan los guerrilleros del segundo retén. Recuerdo el de Gilbert: un Galil 223 que le robó a un policía durante una emboscada y que, aunque está cargado, hace meses no lo utiliza. Me explicó cómo se arma y se desarma, pero no le puse atención. Me concentré en el cargador lleno de balas que manipulaba con maestría. Me regaló dos. Dos disparos menos.

Mientras su compañero pide cédulas o pasaportes encerrado en una trinchera, Acosta cuenta que el acuerdo de paz con las Farc no marcaría ninguna diferencia en su vida. Su rutina seguirá siendo esperar, bajo el sol de los llanos, que llegue su mes de vacaciones para regresar a Boyacá.

Dantas

En Caquetá, además de vacas, hay venados, capibaras y dantas, que están en vía de extinción. Hay letreros en la carretera: para quien cace una danta, un millón de pesos de multa. Firma, Junta de Acción Comunal.

Las dantas “son muy sabrosas y muy mansitas”, dice Luis Fernando, quien hizo varios trayectos en chiva de San Vicente a El Diamante con motivo de la Décima Conferencia Guerrillera. Su trabajo era verificar que ningún pasajero despistado se quedara en las paradas; y bajarse y pisar la carretera empantanada en la oscuridad para asegurarse de que el vehículo no se atascara.

A Luis Fernando le gusta comer dantas. Tiene 29 años, trabaja en la ebanistería de su papá y solo ha salido de Caquetá una vez, cuando clasificó a un concurso de matemáticas y el examen final era en Zipaquirá. Luis Fernando votó sí en el plebiscito porque “todos merecemos una segunda oportunidad”.

Caleta

Los guerrilleros son buenos anfitriones. Dieron a más de 200 periodistas la opción gratuita de dormir en sus dos campamentos: uno del bloque sur, otro del oriental. Antonio se encargó de recibir y acomodar en sus caletas periodistas, profesores y simpatizantes del partido comunista.

Él le asignó a cada uno camas con toldillo, sábanas y cobijas con olor a algodón y poliéster nuevos. Nos ofreció tres comidas diarias y nos explicó el funcionamiento de las letrinas: hoyos en la tierra para orinar y zanjas largas para los residuos sólidos, rodeados de costales verdes y una puerta de palos y cabuya.

La primera noche que pasé en el campamento, un periodista borracho me despertó. Alegaba que la caleta donde estaba era suya. Quería que me levantara y me fuera a buscar otra. Me amenazó con llamar al comandante, pero se quejó con Antonio. Él no le hizo caso, le asignó otra cama. Nadie me dijo nada, el borracho nunca tuvo rostro para mí.

Nícol

A Antonio le gusta la economía "porque habla del pan de nosotros, de cada día. ¿De qué sirve tanta plata, si no hay qué comer?"

La mascota del campamento del frente 15 se llama Nícol y es un conejo gris, blanco y marrón. Se acurruca en los brazos de cualquier guerrillero y come lo mismo que ellos: arroz y legumbres.

A nadie se le ocurriría comerse a Nícol. No hace falta. Hay una despensa que la ecónoma del grupo, Margot, manda a surtir cada veinte días al caserío más cercano. Ella es quien determina qué se cocina y qué se necesita para que cincuenta combatientes no tengan hambre.

Una libra de arroz alcanza para cinco personas, y se come todos los días con plátano y pasta, carne o lentejas. El mercado de un día para cinco guerrilleros vale treinta mil pesos en promedio. El de un mes, para cincuenta, vale más o menos nueve millones de pesos.

El conejo descansa boca arriba contra el pecho de Humberto, un enfermero empírico de cuarenta años que lleva veinticinco en la guerrilla. “A mí no me reclutaron las Farc. Me reclutó el Estado”, dice.

Los ojos de Humberto no tienen ningún brillo. Aunque su familia está de acuerdo con su lucha, la extraña cada diciembre. “Cuando me movilice quiero vivir en una finca, en Caquetá, y ejercer la enfermería que aprendí aquí, en las filas farianas”.

Antonio, por su parte, llegó a la guerrilla porque, dice, nunca tuvo educación. “

A eso de las nueve, en la ranchería del campamento se cocina caldo de verduras: la media mañana de guerrilleros y periodistas, y el desayuno de Nícol.

Moscas

Cada campamento guerrillero tiene su propio caño, que hace las veces de ducha, lavadero, lavamanos y lavaplatos. Está construido con tablas y un plástico negro que hace que el agua limpia circule separada de la usada, que corre hasta desembocar en una quebrada más grande.

El caño del frente Oswaldo Patiño, del bloque oriental, a dos kilómetros del campamento de Antonio, no es así. Es una quebrada cristalina, no muy profunda, que sirve de piscina durante las tardes. En la orilla, guerrilleros y visitantes, durante los días del evento, jugaron y compartieron jabón rey para quitarse el sudor y el polvo.

La Décima Conferencia fue toda una puesta en escena para periodistas, que rodearon como moscas cualquier manifestación humana de la guerrilla, como los baños de quebrada en pantaloncillos y brasier, las vestimentas y accesorios con motivos de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, y las parejas de novios de hace años que se conocieron en las filas farianas.

A eso se sumó la restricción de entrada a la prensa a las reuniones de la cúpula guerrillera. Cuando avalaban el ingreso, no se hablaba de ningún tema trascendente, o las subcomisiones estaban reunidas aparte.

Para conocer información concreta del secretariado había que solicitar entrevistas mediante un formato escrito o camuflarse, sin credencial, entre guerrilleros. De lo contrario, podrían obtenerse testimonios como el que me dio Santrich después de un concierto de los Carrangueros de Ráquira: “Me imagino una Colombia donde, dentro de diez años, los niños puedan correr libres por el campo”.

Así, todo el peso de las cámaras y el destello de los flashes fue para combatientes rasos, que casi recitaban respuestas mecánicas entre sonrisas: “Llegué aquí porque quise”, “Estoy orgulloso de pertenecer a las Farc”.

Si yo fuera un guerrillero, habría golpeado con mi fusil a más de un reportero en la cabeza.

Camarada

"Uno debería llevar una vida con lo necesario", dice Antonio. Imagino que se refería a la naturaleza y a cubrir las necesidades básicas a partir de lo que ella ofrece. Sin embargo, creo que la valentía de las mujeres podría medirse por el uso de las letrinas. Una noche me negué a usarlas y terminé por pedir el baño prestado a Pablo Catatumbo.

Era la cabaña número cinco del complejo donde se instaló el secretariado, y no medía más de veinte metros cuadrados. Eran las diez de la noche, pude infiltrarme sin credencial de periodista.

Catatumbo, tendido en un camarote de madera sin lijar, conversaba con Pastor Alape. Sin levantarse, me apretó la mano: “Adelante, compañera”. Señaló el fondo del chalet, donde estaba el sanitario. Continuó la conversación. Elogiaba agudeza y talento de las mujeres del comité de comunicaciones de las Farc.

Fueron tres minutos. Solo recuerdo que la papelera del baño era una bolsa negra de basura, que la puerta del baño era una cortina de plástico y que en el lavamanos había un desodorante Speed Stick de gel y una loción de Yanbal.

Afuera de la cabaña pasaba Yira Castro, comandante encargada del plan piloto de desminado. Me contó que lo que menos teme del posconflicto era la relación Ejército - Farc.

Según Yira, es posible – y ha visto – que un general y una guerrillera bailen en una fiesta, que un militar vaya como parrillero en una moto que conduce un miliciano, y que los dos bandos se reúnan para compartir una torta de cumpleaños. Pensé en Antonio: “Nosotros entendemos que nuestro enemigo no es el hijo de Santos ni de Uribe, ni los Ardila Lulle. Los que vienen a combatirnos son nuestros hermanos”.

Sueño

En el campamento del frente 15 se instalaron dos cocinas que la guerrilla llama ranchas y siempre estuvieron funcionando: una para cincuenta guerrilleros y otra para cien periodistas. A las siete se cocinaba el desayuno, a las nueve la media mañana, a las once el almuerzo, a las dos el algo, a las cuatro la cena… y alcanzó para todos.

A Jhensy, de 20 años, le gusta trabajar en la rancha. Debía preparar alrededor de 20 libras de arroz y 15 de lentejas para el almuerzo de los invitados. Usa pañoletas de colores en la cabeza y un par de aretas de fantasía que no son de ella, son de las Farc.

“A veces nos llevan al pueblo más cercano y nos dan plata para comprar ropa de civil y accesorios. Aquí no solo nos dan uniformes, comida y fusil. Nos lo dan todo, para todos”, cuenta Jhensy.

“En las Farc no hay bien privado", dice Antonio. “América es nuestra. Somos nosotros los que debemos construir nuestro modelo económico, no copiarlo de afuera”. Él quiere vivir en una comunidad donde todo sea de todos. Habría utilizado para el servicio social el dinero que el Estado le diera una vez se desmovilizara. “Nosotros no nos vamos a desintegrar. vamos a seguir siendo un movimiento político, colectivo. Serviré en lo que me ordenen hacer. Si me ponen a repartir tinto, pues ahí estaré”.

En diez años, Antonio se ve como un profesional en medios audiovisuales, como fotógrafo y bailarín de tango. “Todo parece una utopía, pero los sueños se hacen realidad”.

La primera ciudad que Antonio visite cuando se firme algún acuerdo y se dé la movilización, será Medellín. Dice que quiere conocer el verde de las montañas y del estadio en un partido del Atlético Nacional.

Vuelco

Mi teléfono quedó anotado, con letra de estudiante de primaria, en un cuaderno grapado con las tareas de Matemáticas, Historia y Geografía de Antonio. También con algunas notas y cuentos que escribe en soledad y que no comparte con nadie. Recuerdo las palabras de uno de los comandantes del frente 18, de Antioquia: “La guerrilla es una universidad”. Según él, la mejor de todas.

Antonio prometió llamarme una vez se movilizara a la vida civil.

La vida en la guerrilla corre al compás de la experiencia, de las conversaciones, de las sonrisas de personas que son iguales a mí. Allí está concentrada la energía de un mundo casi paralelo ‒la otra Colombia‒ donde quienes se sintieron sin derechos, como Antonio, conformaron su propio mundo, su ritmo de vida marcado por el sol, la lluvia, los animales y las necesidades del cuerpo.

En las Farc conocí una lucha que no es mía pero es de los míos, una pelea de sangre que sé que se va a terminar y que, por la vía política, un día, valdrá la pena.

  • Foto de portada: Andrés Arroyave.
  • Foto del comandante Carlos: Mario Velásquez.

Llanos de Yarí, septiembre de 2016.

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Sara Ruiz
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