¡Qué padre ser padre!

Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista.
Michael Levine

Es de noche. Mi hijo, de 6 años, está acostado, diciendo sus oraciones antes de dormir. Estoy sentado en su cama, a su lado, mientras le acaricio el pelo lentamente. Apenas escucho sus palabras, ya casi inaudibles. Cuando creo que ha terminado, me acerco a darle un beso y me dispongo a retirarme.

Una escena de rutina.

De pronto, oigo su vocecita que me dice

“Pa, no te vayas. Es que cuando estás conmigo, me siento como si Dios estuviera conmigo”.

Los ojos se me llenan de lágrimas. Siento con una fuerza increíble el maravilloso don de ser padre.

Si encuestáramos a un gran número de personas al azar para tratar de saber qué tan bien les ha ido con su padre, seguramente nos asombraría descubrir que la mayoría de ellos no ha tenido una buena relación.

Y es que ser padre es una actividad más difícil de lo que parece. Siguiendo con el pensamiento que abre este artículo, ser padre es mucho más que engendrar una persona.

Hay un grupo, casi en extinción en esta época, que todavía considera que hay que recordar siempre a los hijos, a través de las acciones, quién es el padre y quién es el hijo.

Platicando de su forma de relacionarse con su hijo, un amigo me dice “Yo soy su padre, no su amigo. A poco un amigo te va a poner límites, te va a corregir, te va a llamar la atención. Claro que no, un amigo te acompaña a pasarte los límites, te alcahuetea, va contigo en todos tus excesos, etc. Por eso, para educarlo necesito recordarle que soy su padre y no su amigo”.

Hay otro grupo, absolutamente mayoritario en estos tiempos, que considera que ser un buen padre es ser muy permisivo y condescendiente con los deseos de nuestros vástagos. De esos que Marco Almazán decía que sólo le pegan a sus hijos en legítima defensa personal. Darle lo que yo no tuve, empujarlo a vivir lo que yo no pude vivir, llenarle con las oportunidades que no tuve, etc., etc., etc. En muchos casos, pródigo proveedor de cosas y avaro proveedor de tiempo de calidad con ellos, y en el mejor de los casos, verdadera presencia en sus vidas.

No es mi propósito discutir las ventajas y desventajas de cualquiera de estas formas –y las intermedias entre éstas- sino plantear la experiencia de la relación padre-hijo como una oportunidad de hacer crecer al hijo a través de nuestro propio crecimiento.

Mover el foco de una relación donde busco generar determinados comportamientos en mi hijo a través de lo que le digo y de lo que “debería ser y hacer”, a una relación donde el punto de enfoque sea yo mismo.

Que busque compartirle mis experiencias al enfrentar mis propios miedos, al batallar con mis propios demonios, al sufrir mis propias adversidades y luchar por superarlas. En fin, al compartirle mi propio camino de crecimiento, siempre desde la posición de aquel que se sabe falible, pero también merecedor de sus propios logros.

Es como si tu misión se resumiera en demostrarle a tu hijo que lo único realmente de valor que puedes enseñarle es a ser mejor ser humano cada día, más allá de poses y estereotipos.
Que viendo nuestra vida en retrospectiva podamos exclamar con gozo: ”mi hijo es muy padre”
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