Antonio Aguirre Poeta español

Por Antonio Aguirre

En estas páginas un gigante, de universos interiores, se sumerge en Dios.

En un salto valiente desde la cascada, extiende sus brazos para volar, a lo profundo de un agua cristalina y azul, joven y antigua, que desnuda los cuerpos de todo, y después los rehace, y los reclama para sí.

Desnudarse y morir se parecen, y se parecen tanto que quizás morir sea sólo eso, desnudarse.

Desnudarse o cambiar, mudarse o morir.

Las distintas muertes que vive el poeta se persiguen unas a otras a través del tiempo y de las ciudades, escenarios cambiantes para desvestirse de todo.

Y estas muertes son gloriosas, porque despiertan al gigante de un sueño sin forma, y con cada golpe lo transforman en un hijo de la luz, que se acerca tembloroso al sueño de Dios para él.

El poeta escucha la música del universo, y no puede dejar de escucharla.

Se pregunta, ¿es que todos la oyen? Para descubrir muy temprano que no es así, que el suyo es un destino que recorrerá en solitario, un idioma que ya nadie entiende, y sin embargo tan familiar, porque una vez todos lo hablamos.

"El exilio del poeta es un exilio de sí mismo, un exilio hacia el otro, y si no no es exilio, ni es poeta."

Así, el poeta se alza desolado, desnudo de hojas como los árboles, muere con la hierba del verano, y se aflige por esas partes de él que escogieron vivir.

En su universo interior, la infancia es la patria.

Un río mágico, donde todo es posible, donde los torsos desnudos de los faunos fuerzan a las ninfas a salir de sus moradas y a mirar furtivamente, donde los jacintos se dejan agitar por el viento, y los ángeles habitan nimbos de flor.

Un mundo que se fue, donde crecía la caña de azúcar, y el sol bailaba sobre búfalos de agua, bailaba y bailaba, sobre arrozales y cafetales.

Arrancado de su paraíso, el poeta, otro Adán, seguirá los pasos de un Nuevo Adán, de quien tuvo noticia, para encontrar en ese exilio la forma más alta de caballería.

El exilio del poeta es un exilio de sí mismo, un exilio hacia el otro, y si no no es exilio, ni es poeta.

En el camino, aprenderá nuevos idiomas, pero sin olvidar su infancia, sin romper la cadena de oro con que siempre estuvo unido a sus antepasados.

Las dudas se sentarán a su mesa, la incertidumbre vendrá a visitarle como una extraña nunca invitada, pero que tiene las llaves de la casa, y entra y sale cuando quiere, y enreda por las habitaciones, y no deja rincón a salvo de su presencia.

Hasta que al final, por tan vecina, el poeta se encariña y se apiada de esta señora, ahora amiga, y besa sus manos, cada vez más huesudas.

Los otros contaron historias de sus propios encuentros, y cuántas veces pintaron colores en negro.

El poeta, rico en rojos, verdes y azules, viaja su exilio a través de la palabra.

Es un éxodo del verbo, un viaje sin retorno, a través de la selva del interior, con su machete de palabra que corta los juncos.

Verbo y persona se unen en el corazón del poeta.

Su historia es un encuentro, a través del tiempo, donde los grandes temas son siempre los mismos, y sólo cambia el rostro de las estaciones.

Ante las dudas, el poeta se acoge a la misericordia, y se arrodilla.

Ante la perfidia, el poeta sujeta las riendas de un caballo salvaje en su corazón, porque teme su cólera, y ha aprendido que los dardos no aman, y se trata de amar.

La luz aleja a la noche, la deshace.

No se combate a la noche con otras noches, se la combate queriéndola, en un bautizo de luz.

El ejemplo de otros nómadas alienta el paso del poeta, que aprende en ellos nuevas técnicas de escalada, y aprecia la gracia de sus pasos.

Para amar a Dios, el poeta se vacía, y se llena de sí mismo.

Sí, vaciarse es llenarse.

No sólo los oídos, también los ojos, le sirven para escuchar la música.

Ve una música que todo lo convierte, que busca convertirlo.

Y trata de escapar de la prisa, que lo interrumpe con sus preguntas urgentes e importantes, nada urgentes ni importantes.

A veces el poeta se para en el camino, para hablar con los locos.

¿Qué hace usted? -dicen los cuerdos- ¿No se da cuenta? Esas personas suspendieron el examen, derrotados de la vida...No se acerque, que contagian.

Ahora, antes y después, los cuerdos hablan, los cuervos graznan, sus cuerpos cuernos.

Son mis maestros -dice el poeta- les necesito.

Para besar sus pies cansados, y aprender en ellos el polvo del camino.

Son caminantes, su alma errante, otros hombres, el mismo Hombre.

Sobre sus rostros la luz cambia de tono, y se tiñe de verde y de azul, y también de morado, porque la luz es música.

Sí, los poetas están locos, como Dios está loco.

Y bendita locura...

❖❖❖

En la soledad de lo alto, el poeta busca su nombre.

Busca encontrar quién es él, para qué su voz.

Mientras los cisnes nadan sobre el lago, y todo es perfecto, el poeta roto busca su nombre, que pintó de estrellas otro Hombre, su nombre sobre todo nombre.

Y la voz del poeta se alza, y rompe el silencio.

❖❖❖

Tú pasaste por aquí, dice el poeta.

Mira tus pasos, que llenan de flores el camino.

Mira que huele a música la mañana,

y el viento ha visitado la casa de mi infancia.

Llévame contigo viento dulce,

quítame el peso del tiempo.

No quiero duelos, ni discípulos,

no quiero cantos ni llanto.

Quiero sólo tus manos,

que recojan las mías,

y al fin tu mirada.

Que he buscado escondida

en la huella de tus pasos.

Ahora que la verdad resplandece,

más segura que el sol y la luna.

Antonio Aguirre, hijo de Javier and Maria Jesús. Abril de 2017.

Report Abuse

If you feel that this video content violates the Adobe Terms of Use, you may report this content by filling out this quick form.

To report a Copyright Violation, please follow Section 17 in the Terms of Use.