Cuba quiere convertirse en la Vietnam del Caribe

Pablo Ortiz/ pablo.ortiz@eldeber.com.bo

En el bar de la avenida 23 y O hay un gringo rodeado de tres mujeres cubanas. Él es un muñeco de yeso; ellas, un catálogo: hay una trigueña con vestidito rosa y risa fácil, una prieta con tatuaje del Che que parece una marca de nacimiento sobre su hombro derecho y una mulata de vestido verde que carga un bebé muy blanco. Suena Compay con un son que va de Alto Cedro a Marcané y el gringo suelta una carcajada cuando la trigueña se agarra los pechos pequeños para obligarlos a seguir el ritmo. En la acera un mendigo canoso, ebrio como una cuba y flaco como un niño somalí, baila frenético e invita a bailar a las ancianas transeúntes para ganarse la propina que comprará el siguiente trago.

Es lunes antes del almuerzo, las cenizas de Fidel llevan 24 horas depositadas en la bóveda de hormigón de Santa Ifigenia y La Habana, sin el luto oficial y obligatorio, vuelve a ser rumba. Veo gringos que beben mojitos de cinco dólares enfundados en sus bermudas infantiles, mulatos jóvenes que bailan frente a rubias añosas como si quisieran encantar una cobra, platos enormes con arroz moro y pollo, mesitas con botellas de ron que es el verdadero combustible que mueve a La Habana turística. Oigo son para extranjeros interpretado por músicos de conservatorio, bocinazos de autos en edad de jubilación, discusiones acaloradas por temas sin importancia. Huelo el cerdo, lo saboreo, lo trago; me voy. Me lleva Leo, bajito, treinta y pocos, taxi Lada amarillo del Estado.

-Aquí no va a cambiar nada sin Fidel, lo tienen todo arreglado y los cubanos nos conformamos con poco.

Leo tiene un diploma de economista que sirve de poco en un país donde el Estado es la mayor empresa. Paga el alquiler del taxi transportando enfermos que necesitan diálisis y en un buen día gana lo que un médico en un mes: 40 pesos cubanos convertibles, 50 dólares. Leo creció durante el periodo especial, la enorme crisis de los 90 que puso contra las cuerdas al Gobierno de Fidel Castro, cuando se cayó el bloque socialista soviético y los rublos dejaron de financiar su modelo de Estado protector. Leo recuerda su niñez entre apagones y cerelac en lugar de leche, dice que creció en una jungla, que la crisis le enseñó a sobrevivir y que ahora, de adulto, el Estado no quiere que use su instinto salvaje para progresar.

Le pregunto si ese instinto salvaje es el que hace que todos los que trabajan en establecimientos del Estado muestren un malhumor crónico.

- Ves, chico, no estamos preparados para el capitalismo.

PROCESO DE CAMBIO

La Cuba de hoy no es la Cuba de Fidel sino la de Raúl Castro, su hermano, un hombre de 85 años que comparte los genes y las luchas del líder histórico pero no la elocuencia ni la capacidad de encantar desde el púlpito.

Desde el inicio de la revolución, Cuba está en una guerra -a veces fría, a veces candente- contra la mayor potencia del mundo. Estados Unidos bloquea sus negocios con el resto del mundo y le regala un discurso a un Gobierno revolucionario que solo ha sido ocupado por los hermanos Castro. El Estado es el mayor empleador. Siete de cada diez trabajadores cubanos son funcionarios públicos. El resto, unos 500.000, son ‘cuentapropistas’, gente que caza pesos convertibles de los más de 3,5 millones de turistas que todos los años llegan a la isla en busca de playas caribeñas, y campesinos que siembran para venderle su cosecha al Gobierno y, hace pocos años, a los mismos cubanos.

-Si Estados Unidos afloja, en menos de cinco años Cuba se convierte en uno de los tigres del Pacífico, como le pasó a Vietnam.

Dice Santiago Rony Feliú, bigotes de prócer, voz ronca y director de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (Ospaaal). Es hermano de los trovadores Vicente y Santiago (muerto en 2014) y fue parte del Comité Central del Partido Socialista de Cuba. Alguna vez quiso ser arquitecto, pero Cuba necesitaba profesores. Luego fue periodista y durante siete años se dedicó a construirle la agenda de medios a Fidel Castro en sus viajes fuera de la isla. Santiago Feliú trabajaba con Barba Roja, al que cariñosamente llama Piñeiro. Era el ministro del Interior de Cuba, el primero en enterarse de la muerte del Che, el que se lo informó a Fidel.

-Cuba está muy bien si la tiras contra América Latina -Dice Feliú-. Es un país políticamente estable y no se puede decir eso de todos los países de la región. Económicamente tiene problemas, llevamos casi dos años viviendo al mínimo. El bloqueo sigue intacto, aunque en la imaginación popular con Obama se avanzó mucho.

Feliú cree que su muerte fue el último gran servicio de Fidel Castro a la Revolución Cubana. Dice que el pueblo cubano se unió en torno a él, que era de esperarse que los viejos, los que vivieron los años de abundancia de la revolución, sintieran la partida del barbudo, que todo mundo esperaba que salieran voces dentro de la isla que festejaran la muerte.

-¿Sabes por qué no salieron? Sintieron el dolor del pueblo y se aplacaron.

EL HEREDERO

Santiago Rony Feliú gana 500 pesos cubanos en su trabajo. Tiene hijos grandes, una casa propia, usa el transporte público cubano y gasta la mayor parte de sus 22 dólares al mes en comida. “El cubano tiene salud, educación, deporte y seguridad social garantizados. Me demoré cuatro segundos a decir eso, pero ya quisieran el resto de los países tener”, dice, orgulloso.

Recorrer Cuba es como ver una política apocalíptica cuadro por cuadro: todo parece que está siendo arrasado lentamente por una fuerza invisible. Los edificios señoriales de La Habana Vieja se descascaran como si una extraña lepra se comiera la piedra, la carretera central tiene baches tan solemnes que ya están señalizados y los taxistas se admiran cuando ven un edificio recién pintado sobre la calle 23. Se nota que ese vivir al mínimo del que habla Feliú dejó al Estado sin plata para infraestructura.

“En Cuba tenemos la salud y la educación gratis, pero uno no siempre está enfermo o estudiando”, escribió Eliseo Alberto en Informe contra mí mismo.

-¿Gratis? Nada es gratis. Aquí te cobran cada centavo cuando te pagan un salario bajo y fijo.

Gránduli es cuadrado y maneja un auto cuadrado. Gránduli tiene corte militar, tatuajes en el antebrazo y hoy tiene que lidiar con un arranque que tartamudea y con la preocupación de que en un hospital de La Habana operan gratis a su madre de várices.

-Nada va a cambiar, ni cuando se vaya Raúl -reniega-. Va a asumir el Díaz Canel ese, pero el que va a mandar es Raúl. Acá se habla de bloqueo y todo eso, pero ellos (los políticos) también tienen su propio bloqueo: no te dejan salir y no cualquiera puede venir acá.

Miguel Díaz Canel es el nuevo rostro de la política en Cuba. Es un hijo de la revolución, el primer político nacido después de 1959 que llega a la vicepresidencia del Consejo de Ministros. Es el llamado a reemplazar a Raúl Castro en 2018, el año marcado para que el hermano menor deje el poder y para que los barbudos de la Sierra Maestra cedan el poder a los nacidos en la revolución. Si accede al poder, Díaz Canel se podrá quedar máximo 10 años en el cargo. El último congreso del Partido Socialista hizo reformas importantes: nadie podrá ser parte del Comité Central con más de 70 años y los presidentes podrán gobernar por un máximo de dos periodos: 10 años.

-Con Fidel se rompió el molde. No habrá otro como él -dice Feliú-. Fidel decía que en las grandes crisis surgen los grandes líderes y pasarán 40, 50 años para que surja otro igual.

El Santiago Feliú que no fue cantante dice que Díaz Canel es como el 80% de los cubanos: nació después del triunfo de la revolución. Lo define como un buen cuadro, como alguien que está más en la ideología que en la economía, pero no se puede dar por sentado que él será el sucesor de Fidel porque eso es algo que votará el Congreso.

Hay otros, como el canciller, Bruno Rodríguez, dos años mayor que Díaz Canel, veterano de Angola y rostro internacional de la isla, pero sin el recorrido administrativo ni el trabajo ideológico del actual vicepresidente.

Díaz Canel comenzó a hacerse notar como gobernador de Villa Clara en pleno periodo especial. Martín Caparrós en su crónica La Habana, siempre fidelísima de 1997, lo recuerda como un melenudo que escuchaba a Fito Páez y preparaba el mausoleo donde descansarían los restos del Che recién desenterrados en Bolivia. Ese año, Díaz Canel organizó en un solo día una concentración multitudinaria para que Fidel hablara en Santa Clara y desde ahí no abandonó el poder. Primero fue nombrado gobernador de Holguín, la cuna de los Castro, y después fue llevado a La Habana, primero como ministro de Educación Superior y luego como vicepresidente.

OTRA VIETNAM

-Supuestamente somos una revolución de obreros y campesinos, pero aquí todos quieren ser clase media -dice con sorna Santiago Feliú-. Todo mundo quiere el capitalismo norteamericano, el modo de vida sueco, y la ética del trabajo cubano, que trabaja muy poco. Quieren tener salud, educación, deporte, seguridad social y mucha plata. Eso para la película del sábado está muy bien, pero eso no existe.

Tras 20 años de una lenta apertura económica, el habanero ha probado las mieles del consumo. En el shopping más grande de La Habana hay un patio de comidas, una tienda de perfumes, otra de Adidas y un restaurante de comida rápida que promete que esta vez las hamburguesas tienen carne de verdad. Está llena de cubanos, de la nueva clase media que tiene CUC para gastar y que muy probablemente pueda pagarse el derecho de salir de la isla hacia Panamá para volver con las maletas llenas de mercadería.

Para Feliú, así será el futuro de Cuba: habrá un Gobierno fuerte que controlará los sectores estratégicos, espacio para que se desarrolle la iniciativa privada local y esperan atraer miles de millones de dólares de inversión extranjera para transformar a Cuba en la Vietnam del Caribe.

CAUSA PERDIDA

Mientras me lleva a la iglesia Santa Rita de Miramar, Gránduli me cuenta que a siete de sus amigos les ha llegado un mensaje al celular preguntándoles si quieren ganarse 40 dolares al mes y un número de Estados Unidos como referencia.

“Eso debe ser para protestar, te pagan, te acostumbras al dinero y luego te piden hacer cosas”. Gránduli no sabe si alguno de sus amigos contestó. No cree que alguno lo confesara, pero me dice que no es fácil protestar en Cuba, que la Policía se puede interesar en vos con tan solo tomar una foto a las Damas de blanco, el movimiento de mujeres que protesta contra el régimen castrista desde 2003.

Desde afuera la iglesia de Santa Rita es sosa, rectilínea, austera. Adentro, los arcos puntiagudos hacen que el devoto se sienta tragado por una ballena. Solo hay tres mujeres que hacen como si rezaran a las imágenes de Santa Rita, mientras Bárbara, una anciana de bigote poblado a lo Frida Kahlo, vende estampitas en una mesa al centro del templo.

-El padre Pepe Félix no está, pero si buscas a las Damas de Blanco hace cuatro meses que dejaron de venir -me cuenta Bárbara-. Hacían mucho escándalo, los feligreses dejaron de asistir a la misa de los domingos por miedo a que el Gobierno crea que las apoyan. Dicen que ellas recibían 25 dólares por cada domingo, 100 por mes. El padre Pepe Félix nunca les permitió protestar dentro de la iglesia.

- Y por qué eligieron esta iglesia, si la mayoría no vive en Miramar.

- Porque Santa Rita es la patrona de las causas perdidas.

Bárbara habla en voz alta y perturba la oración de las tres mujeres que rezaban. Ahora, hacen como si miraran las estampitas que la mujer del mostacho vende en la iglesia.

Magaly no necesita ir a misa. Tiene su propio altar Yoruba en la sala de su casa. Vive en El Cotorro, una barriada popular aledaña a La Habana. Allí, la ropa que cuelga de los balcones hace que los edificios parezcan viejos arcones piratas olvidados. En uno de esos edificios vive Magaly, fidelísima a la revolución. En su sala, las imágenes cristianas se fusionan con ritos africanos, mientras sillones gruesos, forrados con terciopelo azul, se adueñan del espacio como gordos en un sauna.

Su departamento tiene tres habitaciones dignas, una cocina mínima y un techo demasiado bajo para el sol inclemente del Caribe. Magaly se quedó sola cuando su hijo menor se fue a cumplir los dos años de servicio militar. Ella prefiere que esté allá y no en la calle, de parranda, buscando convertirse en actor de televisión.

“Cuba es muy tranquila, no hay delincuencia, pero ya sabes cómo somos las madres y cómo son ustedes, los carajitos que le dan al ron y no llegan toda la noche”, dice Magaly.

No sé si en Cuba no hay grandes crímenes porque está plagada de policías y militares o porque la población tiene tan pocos lujos que un ladrón podría morirse de hambre. En los siete días que estuve en la isla vi muchas cosas con la palabra rebelde, pero una población tan acostumbrada al pastoreo oficial que es capaz de caminar subida en la acera cuando un aprendiz de policía le exige dejar la calle por más que el tráfico lleve horas cortado. También vi cómo el grito de “esto es indisciplina, compañeros”, contuvo una avalancha emocionada que trataba de seguir las cenizas de Fidel en Bayamo. Después fui uno de los que quedó congelado cuando dos filas de militares de civiles y un puñado de uniformados contuvo afuera del cementerio a una muchedumbre que quería despedir a su líder en la tumba. “Nos tienen acostumbrados”, me dice Gránduli, que estudió para veterinario pero gana más como taxista.

-¿Tenés algún familiar en Estados Unidos?, Gránduli.

-Mi hermana, se fue en una lancha hace 10 años y hace tres ya es ciudadana americana. Yo debía estar en esa lancha.

Gránduli tiene cara de fastidio. A mucha insistencia me contará que no estuvo en esa lancha porque lo detuvieron antes de abordar, que lo condenaron a cuatro años de cárcel por desertar, que cumplió 20 meses en medio de violadores, asesinos y ladrones, que por estar preso perdió a su mujer, una mexicana que se enamoró de él en una vacación y que quería llevárselo a vivir con él en una ciudad fronteriza con Estados Unidos. “Todavía estoy casado, pero ella no quiere venir y yo no puedo ir”. Gránduli se siente ahogado, si pudiera irse, ya no estaría aquí.

Gabriel sí puede. Fuerte y grueso como un roble, graba en su celular la última bendición de su madre, que le ruega que sea juicioso. Gabriel tiene 20 años y desde los 16 vive en Angola. Allá trabaja cinco días como taxista y dos como conductor de una cisterna para pagar sus carrera de Ingeniería Informática. “La universidad es mala y cara, pero si uno es disciplinado y estudia por su cuenta puede aprender”, me dice en la cola de Migración. Su madre llora a lo lejos, su padre se da la vuelta para no romperse, el abandona la fila y va a los brazos de su madre. No sabe cuándo volverá; no sabe si volverá.

No me dijo por qué dejaba a sus padres sin su único hijo. No me atreví a preguntarle por qué se mataba trabajando siete días a la semana para pagar una universidad mala si en Cuba tenía educación gratis. Dejé a Gabriel llorar, perderse en preembarque mientras su madre cruzaba los brazos sobre el pecho, abrazando su ausencia.

PROFETA DEL SOCIALISMO

La voz retumba desde la radio, desde el más allá: ““Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado. Revolución es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos. Revolución es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio. Revolución es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y de las ideas; es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”.

La voz es de Fidel Castro. Otra voz, de mujer, dirá después que el barbudo pronunció ese discurso en el 2000, pero no dirá que es un discurso; dirá que es una prédica, el anunciamiento de un tiempo mejor por un profeta que hoy se sienta a la siniestra de Marx en el paraíso de los comunistas.

Cuba ha convertido a Fidel Castro en una figura casi religiosa y sus palabras son escrituras casi sagradas que creen que marcará el camino de la revolución incluso desde la muerte. Su hermano Raúl se ha asegurado que el culto a su persona esté garantizado por los siglos al cumplirle el deseo de que no se levante estatua, monumento ni mausoleo en su honor. Tampoco se pueden nombrar calles, avenidas, edificios ni instituciones como Fidel Castro. El futuro del mito es estar en los corazones, es ser enseñado desde el preescolar a los nuevos pioneros de la revolución que ya no solo querrán ser como el Che, sino que querrán ser Fidel, el gigante, el barbudo, el que imaginó todo lo que hoy es Cuba; el que fue más grande que Martí.

“Yo no lo comparo con Martí. Martí murió joven, era poeta. Fidel vivió hasta los 90, tuvo tiempo”, me dice Luis, octogenario jubilado afuera de un shopping habanero.

Fidel es mito en el pueblo de más de 50 años. Chichín, peluquero prieto y canoso del Bedado, habla de él como si lo hubiese conocido en persona. Él es de Holguín y se crió cerca de donde la familia de Fidel tenía sus fincas. Conoció gente que lo tocó; incluso a un jamaiquino que una vez le dio un puñetazo en el ojo a Fidel.

Chichín me dice que las tierras de la familia de Fidel fueron las primeras en repartirse en la reforma agraria, que no era cierto que Fidel era millonario, que una vez cuando la revista Forbes lo puso entre los hombres más ricos del mundo salió a pedir que le digan en qué banco tenía su dinero porque necesitaba un poco. Chichín elige creer. A los profetas se les cree, por más que el mundo hable mal de ellos.

Fotos: AFP/ Reuters

Composición gráfica: Christopher André

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Diario EL DEBER
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