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Tasajera: un mes después de la tragedia por: mery granados herrera

La vieja creencia (ofrenda a las ánimas) sigue intacta, sobre todo en aquellas madres y abuelas de avanzada de edad que no dejan de tener pesadillas con el pasado 6 de julio, un día que sigue clavado en su memoria, que las destroza por dentro, que las sume en un profundo estado depresivo, que las atasca en un dilema al pensar en actos suicidas y que las atormenta hasta hacerlas perder la conciencia cuando piensan en que sus seres queridos están gritando desesperados al ser derretidos – de nuevo- por una enorme bola de fuego, en un limbo constituido entre el kilómetro 45 y 46 de la vía Barranquilla-Ciénaga.

Un mural colorido de nueve metros de ancho y casi tres metros de alto se ha erigido –en forma de homenaje- en la zona cero del mortal accidente. Ya no hay restos de pimpinas, zapatos quemados y camisetas desgastadas. Ahora hay flores enterradas y un enorme ojo azul del cual brota una lágrima, acompañado por una mano, unas palomas y un par de frases sentidas con los rayos del sol muriendo sobre el mangle de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

En las calles de Tasajera, llenas de esqueletos de perros muertos y desechos fisiológicos, los niños son los únicos que aún parecen sonreír de manera orgánica. Parecen ser ajenos al feo destino que les tocó, a la tragedia que los dejó sin familiares y a la estela de muerte que los rodea. Su principal objetivo es seguir embriagándose de felicidad bañándose en el extenso mar que los rodea, otro factor de riesgo que puede enlutar al pueblo por la bravura y profundidad del cuerpo de agua. Pero, a diferencia de la inocencia de los más pequeños, todo sigue igual.

El pueblo, olvidado y echado a su suerte, continúa su lucha diaria.

Credits:

Mery Granados Herrera