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Tasajera: un mes después de la tragedia POR: mery granados herrera - 06/agosto/ 2020

Hoy, hace 31 días, un ‘infierno’ se desató en Tasajera luego del estallido en camión cisterna cargado de combustible, en la vía Barranquilla-Ciénaga

Para que el tránsito de los muertos hacia el más allá no sea tan infernal, cruel y desgastante, un camino que puede durar cerca de una semana, nueve días y hasta un par de meses, dependiendo a quien se le pregunte, un par de vasos y tazas con agua han sido clavados en la tierra ‘maldita’ donde sus cuerpos desaparecieron. El objetivo es que sus almas puedan hidratarse cuando se sientan cansadas y, en este caso en específico, según la añeja tradición, puedan sofocar las llamas que se encuentran en la ruta. El líquido se ensucia y disminuye con el pasar de los días. Se piensa que es porque los muertos lo toman con las manos calcinadas y algunos restos de la piel caen a los recipientes, una fe a la que se aferran algunas personas para ayudar en el ‘viaje’ del adiós a sus seres queridos.

Aspecto de una vivienda en Tasajera.

La vieja creencia (ofrenda a las ánimas) sigue intacta, sobre todo en aquellas madres y abuelas de avanzada de edad que no dejan de tener pesadillas con el pasado 6 de julio, un día que sigue clavado en su memoria, que las destroza por dentro, que las sume en un profundo estado depresivo, que las atasca en un dilema al pensar en actos suicidas y que las atormenta hasta hacerlas perder la conciencia cuando piensan en que sus seres queridos están gritando desesperados al ser derretidos – de nuevo– por una enorme bola de fuego, en un limbo constituido entre el kilómetro 45 y 46 de la vía Barranquilla-Ciénaga.

Mural en honor a las víctimas.

Un mural colorido de nueve metros de ancho y casi tres metros de alto se ha erigido –en forma de homenaje– en la zona cero del mortal accidente. Ya no hay restos de pimpinas, zapatos quemados y camisetas desgastadas. Ahora hay flores enterradas y un enorme ojo azul del cual brota una lágrima, acompañado por una mano, unas palomas y un par de frases sentidas con los rayos del sol muriendo sobre el mangle de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

El penetrante olor a gasolina ha desaparecido y el sector ha sido limpiado, pero el lugar se ha convertido en un sitio de peregrinación, lamento y despedida para las familias de las víctimas y para aquellos que circulan por la vía y se detienen un par de minutos para hablar sobre los drásticos y crueles designios del destino.

“Para mí esto no es algo normal. Esto es una tristeza grande en el pueblo. Fueron muchos familiares y amigos que se me perdieron. Hay muchas madres tristes y padres que tenían tanto consuelo con sus hijos y miren lo que ocurrió. Esto no lo supera nadie por ahora porque esto es una tragedia grandísima. Fue algo inesperado hasta para mí, que yo pude estar incluido en la tragedia. Lo que siento es mucha tristeza y de solo contarlo se me paran los pelos”, cuenta Pedro Ayala, quien perdió tres primos tras el estallido en un camión cisterna cargado con 5.900 galones de combustible.

“Ya nada es lo mismo. Un día uno conversaba con alguien y al otro día se muere, eso no es normal. Uno se pregunta que por qué pasaron esas cosas. Es tremendo ver ataúdes casi todos los días. Uno a veces se levanta en la mañana y quisiera que esto fuera un sueño. Tasajera se ha sentido triste por todo esto que ha pasado. Por dentro cada uno lleva su dolor”, agregó.

Un vistazo por el pueblo revela que las cosas no han cambiado mucho, y si lo han hecho solo ha sido para mal. Ya son 31 días de adioses y lágrimas en Tasajera. 744 horas de un horror que cobró 45 vidas y dejó un importante número de heridos. 44.640 minutos de la peor tragedia del Magdalena en los últimos años, una desgracia en un pueblo donde reina la desdicha, la pobreza, el hambre y la falta de oportunidades para tener una mejor calidad de vida.

Niños caminan sobre aguas putrefactas.

“Ya se olvidaron de nosotros. Ya volvimos a estar en la nada y la gente dejó de venir. Ya nadie llega a preguntar cómo estamos y si nos falta algo o ver cómo nos pueden ayudar a tener una vida mejor. Ahora después de los muertos todo sigue igual que antes”, expresa vehementemente una madre en el barrio La 40, uno de los sectores que reporta mayor cifra de fallecidos.

La vida tras la muerte

Por las polvorientas calles de Tasajera es común ver por estos días señoras de edad, vestidas completamente de negro, caminando con los ojos rojos y visiblemente inflamados luego de arrastrar días y noches de llanto. Sus manos arrugadas se entrelazan constantemente, como si estuvieran llenas de ansiedad, y tiemblan inmediatamente si escuchan el nombre de un familiar que perdieron.

Carmela Mejía Rodríguez es una de ellas. Es una madre corpulenta, de pelo canoso y de semblante destruido. Sus cejas hacen un arco hacia arriba segundos antes de romper en lágrimas, una explosión de tristeza que no contiene más que algunos minutos cuando se le consulta por la tragedia.

Carmela Mejía muestra la foto de José Enrique, uno de sus hijos, quien falleció tras la explosión de un camión cisterna en Tasajera.

“Me tiene triste la muerte de mi hijo y más porque mi hijo tiene una bóveda alquilada y no tengo para pagar. El único hijo que me quedó sale a trabajar, pero a veces no hace nada. Me hace mucha falta mi hijo porque él era el que me ayudaba a mí. ¡Esto es muy duro! Yo quisiera tenerlo a mí lado”, relata la madre de José Enrique mientras abraza su retrato.

Cada vez que alguien cuenta cómo vivió esa trágica mañana de julio una sensación tremendamente cruel se posa sobre el ambiente. En Tasajera casi todos se conocen, por lo que prácticamente en todas las casas, ranchos y casuchas hay alguien guardando luto a sus muertos.

Los primeros días, según cuentan los habitantes de este pobre y olvidado pueblo del Magdalena, alcanzaron a sentirse respaldados en medio de su dolor.

Dejaron de sentirse invisibles, desprotegidos y poco importantes para la sociedad. Por algunas semanas creyeron que las ayudas alimentarias de varias fundaciones, la llegada de varias cámaras de televisión y el acercamiento de algunos gobernantes sería el punto de quiebre para que alguna luz de esperanza se filtrara en el oscuro panorama que los rodea, pero con el pasar de las horas las promesas –como siempre les ha tocado a ellos– se las llevó el viento y volvieron a sentirse ahogados en su miseria.

“A raíz de todo esto que ha sucedido murió un hermano de uno de los fallecidos como consecuencia de la tragedia. Entró en estado depresivo y no pudo soportar la muerte de su hermano y a raíz de eso lo atropelló un carro. Me da tristeza porque el hermano vivía en mi casa y también falleció. Esto es para que el Gobierno se dé cuenta de la magnitud de la situación que está viviendo este pueblo. No es solo entregar comida o un ataúd, es mirar la situación emocional que están viviendo estas familias y todos en el pueblo”, expresó Aldeanis Meléndez Ariza, madre de un menor que sufrió quemaduras leves.

Sobrevivir tras el dolor

A los habitantes de Tasajera los fastidia y entristece el hecho de que los traten de delincuentes. Ellos, con diferentes argumentos, aseguran que el hambre es el principal motivo para intentar quedarse con los diferentes objetos que quedan en la vía cuando hay un accidente vehicular, hechos que han pasado al menos dos veces luego de la tragedia.

Algunos aún tienen signos en sus manos, torso y cabeza de que se salvaron de milagro el pasado 6 de julio, una horrorosa mañana en la que el infierno se adueñó de la Ruta del Sol II, pero están convencidos de que su precaria vida los impulsa a seguir arriesgando el pellejo.

“Aquí la mejor vida la buscamos nosotros mismos. No es culpa de los muchachos que cuando veían un camión volteado ellos salían a buscarse el día a día. Ellos no salían a robar porque eso se perdía y los carros tienen todo asegurado. Aquí la gente es buena”, dijo Fidel Ariza.

“Creo que la tragedia puede volver a suceder porque aquí la gente vive del día a día y se busca el sustento de la familia”, agregó.

Tanto ha cambiado la vida en Tasajera que la pesca, el principal trabajo para conseguir el sustento diario, ha tenido una importante disminución por falta de personal. La razón de lo anterior obedece a dos factores: los inclementes vientos que azotan las costas del Mar Caribe y la Ciénaga Grande de Santa Marta; y el miedo que ha embargado a los más veteranos de este oficio luego de los rumores de espíritus envueltos en llamas cerca al lugar donde perdieron la vida 45 personas.

“Cuando nos ha tocado ir a pescar camarón cerca al monte donde pasó todo esto nos llenamos de miedo porque se ven llamas y se escuchan quejidos”, contó un pescador.

Obligados a seguir

En las calles de Tasajera, llenas de esqueletos de perros muertos y desechos fisiológicos, los niños son los únicos que aún parecen sonreír de manera orgánica. Parecen ser ajenos al feo destino que les tocó, a la tragedia que los dejó sin familiares y a la estela de muerte que los rodea. Su principal objetivo es seguir embriagándose de felicidad bañándose en el extenso mar que los rodea, otro factor de riesgo que puede enlutar al pueblo por la bravura y profundidad del cuerpo de agua. Pero, a diferencia de la inocencia de los más pequeños, todo sigue igual.

Los niños son de los pocos que sonríen en el pueblo.

El pueblo, olvidado y echado a su suerte, continúa su lucha diaria. La brega por comer no da respiro, por lo que a veces las mujeres más jóvenes solo tienen como única solución a sus problemas “meterse” con un tipo que les doblan los años, casi siempre mototaxistas, para tener al menos 2.000 pesos para algo de comer o 300 pesos para tomar jugo de corozo. Otro mal, entre la infinidad de males, que hay en el pueblo.

“Nos tienen como si fuéramos una basura. Yo quisiera que la gente se pusiera la mano en el pecho y nos ayuden”, concluyó resignada Jenys García.

En memoria de las víctimas

Un enorme y colorido mural fue levantado en la zona cero del accidente como homenaje a las víctimas. Al lugar llegaron hoy todos los familiares y amigos de las personas que fallecieron con el objetivo de recordarlos. Para descender por el barranco se construyó una escalera casera pintada de azul.

Las 45 víctimas

Credits:

Mery Granados Herrera