Repensando el sacrificio

Hay una leyenda sobre un pájaro que canta solamente una vez en su vida y lo hace más dulcemente que cualquier otro ser sobre la faz de la tierra.
Desde el momento que nace, hasta que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo.
Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada.
Y al morir, envuelve su agonía en un canto más hermoso que el del ruiseñor y la alondra. Un canto superlativo, al precio de la existencia. Y todo el mundo enmudece y Dios sonríe en el cielo.
"Porque las mejores cosas sólo se compran con grandes sacrificios."

Por lo menos, así dice la leyenda…

La primera vez que leí esta leyenda quedé cautivado por ella, por la fuerza y la belleza de su argumento. Más allá de la implícita grandeza de un ave que se sacrifica hasta morir para alcanzar el canto sublime, me daba vueltas en la cabeza la frase que justificaba todo aquel heroísmo “Porque las mejores cosas sólo se compran con grandes sacrificios”.

Si hiciéramos una encuesta entre todo tipo de personas acerca de la idea que tienen del sacrificio, encontraríamos que prácticamente todas lo relacionan con dolor y sufrimiento. Acorde con una tradición de años, el sacrificio siempre ha estado asociado al dolor.

¿De verdad sólo el dolor nos lleva a alcanzar las mejores cosas, aquellas que valen la pena?

Las últimas investigaciones neurológicas confirman que nuestro cerebro siempre se mueve buscando nuestro máximo beneficio, prioriza la obtención de aquellas cosas que son buenas para nosotros y evita aquellas que nos amenazan o que son perjudiciales.

Desde esta perspectiva, no tiene sentido que alguien haga nada que implique dolor, para alcanzar alguna meta u objetivo, por más elevado que éste sea.

Entonces, ¿cómo es que ha habido tantas personas que a lo largo de la historia han sacrificado casa, comodidades, salud, dinero, etc., o aún más, su propia vida? Acorde con lo explicado, tendríamos que concluir que son personas con alguna disfunción que no les permite distinguir lo que es bueno para ellos y lo que no lo es. Más aún, podríamos pensar que tienen alguna patología como el masoquismo, que disfrutan con el dolor.

Como en muchos casos, cuando nos remontamos al origen de una palabra descubrimos acepciones o matices que nos dan luz en cuanto al verdadero significado de la palabra.

Sacrificio proviene de las raíces latinas “sacro”, sagrado y “facere” hacer.

Así pues, su significado real es “hacer lo sagrado”. Si entendemos como sagrado aquello que es profundamente importante, entonces el sacrificio toma su verdadero sentido.

Cuando una persona se sacrifica, dice Stephen Covey, renuncia a algo, aun cuando sea bueno, por algo mejor. En realidad, más que una renuncia es una elección.

Cuando tenemos claro lo que queremos y esto es algo importante para nosotros, entonces elegimos hacer lo necesario para alcanzarlo.

No es el dolor lo que nos mueve sino el beneficio esperado de alcanzar lo importante para nosotros. Y esto vale para cualquier tipo de sacrificio.

La persona que hace una dieta no es masoquista para privarse de comer lo que le gusta, sino que quiere tener un cuerpo saludable y por ello elige comer aquello que la lleve a alcanzarlo; la mujer que sufre en un parto lo hace para dar vida a su hijo; el mártir que da su vida lo hace porque busca una trascendencia y un sentido mayores. Y así podríamos seguir.

Lo importante es quitarle al sacrificio su sentido dolorista para darle su sentido sublime.

Sacrificarnos es siempre elegir lo mejor para nosotros. Más aún, es ser un poco dioses.

Escrito por José Antonio Rivera Espinosa

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