Fútbol amateur, un semillero sin proyección by: Eduardo Martínez

Lejos de la millonaria industria deportiva, de los grandes sueldos, los grandes contratos, la televisión, la fama, los grandes clubes de fútbol, los estadios y de la afición que cada fin de semana llena las tribunas, se encuentra el submundo del fútbol, donde los jugadores dejan el amor por la camiseta para otra ocasión, y juegan por la necesidad de comer y mantener a sus familias. A esto se le conoce en el lenguaje de las patadas como la talacha.

Las talachas se juegan en cualquier campo de fútbol “amateur” o “llanero”, sin embargo existen ligas mucho más organizadas y los dueños de los equipos normalmente tienen suficiente dinero para pagar a sus jugadores, entre ellos políticos, actores, o empresarios.

La mayoría de los talacheros son mexicanos, aunque también hay jugadores extranjeros que en su mayoría provienen de Brasil, Argentina y algunos de países de África. Muchos viven el sueño frustrado del profesionalismo, aunque también hay ex-jugadores profesionales, incluso algunos famosos.

Gabriel Martínez Hernández tiene 26 años, terminó la secundaria y jugó fútbol semi-profesional en el club Atlante. Ahora se mantiene talacheando. “Gano entre 500 y 800 pesos por partido, en una ocasión me dieron mil en una final, es lo máximo que me han dado”, señala. Se llega a jugar con varios equipos a la semana, a veces se juega diario y hay quienes juegan hasta tres veces al día. El pago mínimo oscila entre los 200 pesos y el máximo por partido en 3 mil 500 pesos.

Gabriel tuvo la oportunidad de viajar a Europa jugando un torneo juvenil con el club Atlante. A su regreso le prometieron que pronto debutaría y sería profesional. Lejos de consolidarse aquella promesa, -relata-, comenzaron a relegarlo hasta que un buen día le dijeron que le daban su carta (documento oficial para inscribirse en un equipo profesional) y que buscara suerte en otro lado.

Llegó a dos clubes, Toluca y Cruz Azul, “ambos pedían 110 mil pesos para mi registro, no los tenía y tuve que dejar el fútbol”. Las influencias juegan un rol importante, afirma Gabriel, quien jugó un año en la segunda división de Atlante: “entrenábamos toda la semana, el viernes daban la alineación y no conocíamos a ninguno de los que jugarían. El día del juego se presentaban chicos que venían recomendados por directivos importantes del club y nos mandaban a la tribuna, nunca entendimos por qué”.

Después de varios desencuentros con el deporte, decidió comenzar a trabajar y seguir jugando en el llano “por amor al juego”, hasta que conoció a un señor que lo llevó a las ligas donde se encontró con la talacha. “En los clubes no se preocupan por tu educación integral o por tu futuro, si no llegas a ser profesional tienes pocas oportunidades para tener una vida mejor”.

José es un talachero argentino. Jugó con el Deportivo Español en el fútbol argentino, tiene 29 años y actualmente vive en Iztapalapa, donde paga un poco más de mil pesos de renta al mes. Llegó en busca de una oportunidad a México. Para sobrellevar la economía familiar trabaja de barman por las noches, en ciudad Nezahualcóyotl. A pesar de todo, José asegura que gana mucho más de lo que podría ganar en Argentina.

José juega en la liga de la central de abastos en la Ciudad de México. Es una liga donde los dueños llegan a apostar hasta cargamentos completos. En cambio, Gabriel juega aquí y allá para el equipo del alcalde Antonio Pérez Barrera, de Cadereyta de Montes (es el más extenso de los 18 municipios que conforman el estado de Querétaro). En noviembre está invitado para jugar un torneo de zonas hoteleras en Acapulco, por “tres días, hotel y 5 mil pesos”.

En la talacha no hay garantías. Si el jugador se lesiona, no hay mucho que hacer, no hay seguro médico ni apoyo por parte de nadie, a menos que se encuentren “con un alma caritativa”. Gabriel y José coinciden en que “se juega muy duro, con mucha hambre y eso pone en riesgo a veces la integridad, además a veces se olvidan las reglas y acaba mal”.

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eduardo martinez
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