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INTRODUCCIÓN

Entre 1565 y 1815 tuvo lugar la más larga y más duradera ruta comercial que ha existido en la historia de la humanidad y que estableció la primera red global de intercambios mercantiles y culturales de la era moderna. Este trayecto cruzaba el océano Pacífico para conectar los puertos de Acapulco, en Nueva España [hoy México], y de Cavite, en Manila, Filipinas, ambos pertenecientes al vasto imperio hispánico. El recorrido era realizado por grandes barcos de carga conocidos como galeones, los cuales traían al virreinato novohispano una inmensa variedad de objetos suntuarios manufacturados en distintas regiones del continente asiático, así como especias y otros productos alimenticios de dichas latitudes, que abastecían los mercados novohispanos conocidos como “parianes”. Caso inverso, cuando partían de vuelta a Manila, los galeones llevaban consigo algunos productos novohispanos, pero especialmente iban cargados con plata novohispana y, en menor grado, peruana, tanto acuñada en monedas como en lingotes. La plata americana circuló por Asia, fue muy apreciada especialmente en China, y permitió sostener a las colonias hispánicas en el archipiélago filipino. Dada su trayectoria, cuando en Nueva España era conocido como “galeón de Manila”, en tanto que en Filipinas se le llamaba “galeón de Acapulco”.

La ruta del galeón de Manila fraguó los anhelos de la Monarquía Hispánica por encontrar una ruta comercial directa al continente asiático que prescindiera de cruzar por dominios portugueses y turcos otomanos. Mientras en el actual territorio mexicano se llevaba a cabo la conquista de la Ciudad de México Tenochtitlan, en Asia el navegante Fernando de Magallanes llegaba al archipiélago filipino, al que nombró en primer momento de San Lorenzo. Su viaje de circunnavegación abrió paso a una serie de expediciones (en 1525, 1527 y 1542) que salieron desde Nueva España tratando de encontrar una ruta marítima que agilizara el contacto con Filipinas. Si bien se encontró rápidamente las corrientes marítimas y los vientos que permitían el traslado de América rumbo a Asia, no fue sencillo identificar la ruta que permitiera el regreso. Fue hasta la expedición de 1565, encabezada por Miguel López Legazpi y guiada por el fraile agustino Andrés de Urdaneta, cuando se encontraron las corrientes que permitieron el famoso tornaviaje. Mientras que los galeones que salían de Acapulco necesitaban descender por el océano hacia el sur para llegar a Manila, el viaje de regreso obligaba a que el galeón filipino subiera hacia el norte, hasta las cercanías con Japón, para cruzar el Pacífico, llegar a las costas de la Alta California y bajar nuevamente hacia Acapulco, bordeando el litoral novohispano.

Arnoldus Montanus (Ámsterdam, Países Bajos, 1625 – Schoonhoven, Países Bajos 1683). John Ogilby (Escocia, Reino Unido 1600-Londres, Reino Unido, 1676) (editor). Portus Acapulco, 1671. Grabado acuarelado Lóndres, Inglaterra.

El viaje hacia Manila zarpaba entre marzo y abril, y duraba cerca de 3 meses; mientras que el regreso debía iniciar a más tardar en julio, demoraba de 5 a 7 meses y era un recorrido arriesgado, que atravesaba por peligrosas zonas oceánicas y por inclemencias climáticas, en el que muchas personas arriesgaron e incluso perdieron su vida. A lo largo de los 250 años de vida de esta ruta, hubo galeones que experimentaron viajes tortuosos, que naufragaron o que fueron tomados por corsarios y piratas, quienes se quedaban con los botines de mercancías o de plata. La construcción de los barcos si bien se inició en los astilleros novohispanos, con el tiempo, se continuó en Filipinas; además, estos barcos fueron incrementando sus dimensiones para poder traer más mercancías.

Michel Mercator (Rupelmundo, Flandes, 1512- Duisburgo, Sacro Imperio Romano Germánico [hoy Alemania], 1594). America Sive India Nova, 1613. Grabado acuarelado. Duisburgo, Sacro Imperio Romano Germánico [hoy Alemania].

GALEÓN DE MANILA

Los descubrimientos de las rutas de viaje y tornaviaje que permitieron conectar Acapulco y Manila fraguaron el sueño de los monarcas hispanos de encontrar una vía marítima que, sin necesidad de cruzar dominios portugueses ni otomanos, permitiera el comercio con el continente asiático. Si bien el Galeón atravesaba el océano Pacífico, la amplia red comercial a la que se sumaba también conectaba con Europa.

Este circuito arrancaba en Sevilla, donde se hallaba la Casa de la Contratación, organismo que administraba el tráfico de pasajeros y mercancías por el océano Atlántico. Llegaba al puerto de Veracruz, desde donde salía el camino terrestre que conectaba con el océano Pacífico.

En su ruta de Acapulco a Manila, el Galeón transportaba principalmente plata, principal materia de intercambio por los productos que comerciantes chinos llevaban de distintos puntos de Asia hasta el archipiélago de Filipinas. En sentido opuesto, el galeón transportaba productos como especias, seda, biombos, lacas, marfiles, abanicos y porcelanas, entre otros.

A causa de las corrientes marinas y los vientos, los galeones partían en abril de Acapulco, impulsados aún por el viento de invierno; en tanto, de Manila debían zarpar en julio con el viento del verano. Cuando un galeón procedente de Nueva España llegaba a Filipinas, casi al mismo tiempo salía la embarcación que cruzaba el tornaviaje. Cuando los galeones arribaban a a Acapulco, se realizaba una feria durante los primeros meses del año, donde se ofrecían las mercaderías asiáticas, algunas de las cuales llegarían, a través del océano Atlántico, a los puertos españoles, cerrando así la ruta comercial de mayor extensión geográfica y temporal que ha existido en la historia.

Carel Allard (Ámsterdam, Países Bajos, 1648-1709). TerrarumOrbis, 1696. Estampa y acuarela. Ámsterdam, Países Bajos,

Uno de los materiales suntuosos que llegaban a través de los galeones y que fue altamente apreciado por las familias aristocráticas novohispanas fue el marfil. Los principales centros de producción de eboraria (como se llama al arte de las tallas en marfil) fueron China, India, Filipinas y las colonias portuguesas como Goa, Diu, Sri Lanka y la costa de Malabar. Para la realización de estas piezas, los colmillos de elefante se trabajaban con cinceles, gubias y limas; los detalles se perfeccionaban con buriles, para posteriormente pulir y policromar algunos detalles.

La sociedad virreinal demandaba imágenes religiosas de marfil. Era común que el muro principal del salón del estrado, el espacio de convivencia social dentro de los palacios novohispanos, se luciera la escultura de un Cristo de marfil, como el aquí presente; esta imagen solía cubrirse con un baldaquín de damasco para acentuar su importancia devocional y de estatus.

Aunque en un principio las esculturas de marfil se limitaban a las dimensiones de un colmillo, con el tiempo este límite fue superado al crearse esculturas ensambladas. Así fue ejecutada esta pieza, cuyos brazos fueron agregados al torso.

Cristo. Marfil tallado, dorado y policromado. Último tercio del siglo XVII. Manila, Filipinas.

Para satisfacer la demanda de esculturas realizadas en marfil, los artistas de la eboraria usaron impresos europeos que servían como referencias visuales a los artistas asiáticos, quienes reinterpretaron las imágenes occidentales desde sus propios códigos visuales y culturales, tal como se puede apreciar en este par de obras.

La escultura de la Virgen con el Niño recuerda a las esculturas de tradición medieval, las cuales representan a María con el Niño en brazos y arqueando su silueta gracias a un movimiento de cadera. Esta composición fue adaptada a la forma natural del colmillo de elefante en que fue esculpida. Por su parte, la escultura de San José pertenecía a un conjunto de la Sagrada Familia, o bien, a una representación de la huida a Egipto, ya que viste como peregrino.

Imágenes como estas se podían apreciar en el nacimiento, o Belén, que las familias novohispanas colocaban para conmemorar las fiestas de navidad. En los palacios más ricos de Nueva España existía un salón llamado “asistencia”, donde se recibía a las personas de confianza, se jugaba a los naipes o a las damas chinas, se bordaba, se hacían lecturas piadosas, se rezaba el rosario y donde se colocaba el suntuoso nacimiento de marfil.

Virgen María con el Niño Jesús. Marfil tallado, dorado y policromado. Siglo XVII Filipinas / San José. Marfil tallado, dorado y policromado. Siglo XVII. Filipinas.
Tibor. Porcelana con esmalte azul vidriado, ca. 1620-1683, China, período de transición Dinastías Ming y Qing (1620-1683),

A mediados del siglo XVII, ya existía un lento avance de la influencia europea en los gustos de la aristocracia china. Cuando la Dinastía Quing asumió el trono de China, la cerámica había adoptado representaciones narrativas, más cercanas al lenguaje artístico occidental que a la tradición local. Tal es el caso de este tibor en el que se plasmaron aristócratas chinos jugando ajedrez, recitando poemas y tocando música en la terraza de un jardín.

Además de la influencia en temas y modos expresivos, la porcelana china también se enriqueció con otros elementos ornamentales hechos de madera, plata, bronce y hierro, tras los intercambios mercantiles a través del Galeón de Manila. Por ejemplo, la tapa de madera calada que lleva este tibor, seguramente fue añadida con el objeto de adaptarse a los gustos de las sociedades española y novohispana.

Series de porcelana azul y blanco llegaron desde China a Nueva España. Su aceptación en las cortes de virreyes y obispos contribuyó a que fueran ampliamente asimiladas entre la aristocracia virreinal. En los palacios novohispanos se lucían tibores como este, cuyos motivos ornamentales son elegantes abstracciones de la flora asiática.

La cerámica de la dinastía Qing vivió un periodo de esplendor, gracias a que emperadores como Kangxi impulsaron ciudades alfareras como Jingdezhen. La corte intervino directamente en los hornos para producir cerámica fina, que abasteciera a la nobleza, y otra de menor excelencia, destinada a la demanda comercial y a las exportaciones. La calidad y especialización de la cerámica era supervisada por funcionarios conocidos como directores absolutos.

Este tibor fue pintado con flores de ciruelo, muy apreciadas en China porque abren durante el invierno, resisten las heladas y despiden un fragante aroma. Las flores de ciruelo han sido consideradas símbolo de pureza y de la fugacidad de la vida; además, especialmente durante la Dinastía Qing, esta flor fue adoptada por la revolución anti-manchú como un símbolo de resistencia política.

Tibor. Porcelana con esmalte azul vidriado, ca. 1662-1722. China, Dinastía Qing, Período Kangxi (1662-1722).

La porcelana China fue una de las mercancías más cotizadas durante este intenso periodo de intercambios globales. Desde la Dinastía Song (960-1279), los alfareros chinos utilizaron un tipo de arcilla, mezcla del caolín y el petunse, la cual, además de ser maleable, al ser cocida daba como resultado una superficie dura y blanca. Sobre las piezas de alfarería, con ayuda de finos pinceles, lo artistas crearon excelsos motivos vegetales, animales y geométricos, en diversos tonos de azul cobalto.

Jarrón (Yu Hu Chun). Porcelana con esmalte azul vidriado, ca. 1796-1820. China, dinastía Qing, período Jiaqing (1796-1820).
Abanico. Papel pintado al temple con aplicaciones de marfil y varillaje de marfil calado, tallado y esgrafiado, ca. 1644-1911. China, dinastía Qing (1644-1911).

Durante el siglo XVIII los abanicos de varillas plegables formaron parte de los accesorios más utilizados por las damas españolas y novohispanas. Aunque Europa exportaba la mayoría de abanicos que llegaba a Nueva España, también circularon ejemplares muy apreciados provenientes de China. Para su factura, los artesanos asiáticos utilizaban materiales preciosos como como el marfil, el sándalo, el carey, el hueso y la madre perla.

El varillaje de este abanico es de marfil calado y grabado con figuras humanas, motivos florales y follajes. El soporte de papel, llamado país, fue decorado con una escena bucólica que remite a los jardines de la corte imperial china.

Estos accesorios fueron tan valorados entre las damas de la aristocracia que, tanto en Nueva España como en la península Ibérica, se elaboraron abanicos que imitaron y reinterpretaron los provenientes de Asia.

Los mantones de Manila son prendas cuadrangulares de seda, cuyas superficies se adornaban con bordados y sus bordes con flecos. Solían ser obras colaborativas, ya que el bordado y la flecadura se hacían de manera separada.

Los bordados podían cubrir algunas de las esquinas o, como en este caso, toda la superficie del mantón. Contrario a lo que podría pensarse, éstos no fueron meramente decorativos. A través de elementos silvestres, animales simbólicos y escenas cotidianas, los mantones podían narrar relatos mitológicos, históricos y cuentos populares.

A pesar de que el nombre mantón de Manila refiere a la capital de Filipinas, la manufactura de estas prendas inició en Cantón, China, hacia el año 600, durante la dinastía Tang. Gracias al comercio vía el Galeón de Manila, los mantones se sumaron con gran éxito a los atuendos de las damas novohispanas y europeas, quienes, durante el siglo XVIII, desarrollaron el gusto por vestir algunas las prendas y accesorios orientales.

Mantón de Manila. Seda teñida, tejida y bordada con aplicaciones, ca. 1644-1911. China, dinastía Qing (1644-1911).

Para evitar que los mantones de Manila sufrieran algún daño a lo largo del viaje, se fabricaron cajas de madera donde se transportaban. Sin embargo, estos contenedores adquirieron, con el tiempo, una función estética, razón por la que se enriquecieron con decoraciones hechas con lacas, o se revistieron con incrustaciones de madre perla o hueso.

En China, la laca china se realizaba con resina extraída de árboles nativos de Asia, pertenecientes a la familia Toxicodendron vernicifluum, cuya savia es conocida como urushi. Ésta, en un principio, es de consistencia viscosa y de color café oscuro; una vez que se recolectaba, se filtraba, calentaba e incluso coloreaba. De esta manera quedaba lista para su uso.

La laca urushi se aplicaba con pincel, en capas muy finas; cada objeto laqueado podía tener desde un número reducido hasta más de cien capas. Para su secado, las piezas requerían de humedad y temperaturas elevadas, las cuales favorecían una reacción química que daba a la laca dureza, transparencia y resistencia al agua. Esta técnica daba firmeza a los objetos así tratados y, si se pulía al alto brillo, les confería un acabado lustroso.

Caja para mantón. Madera tallada, laqueada y dorada. Siglo XIX. China.

El maque o laca mexicana es una técnica de origen prehispánico que consiste en aplicar distintas capas de un barniz elaborado con la grasa del insecto llamado ajé, mezclada con aceite vegetal de chía y de chicalote. Para dotarlo de color, se añadían pigmentos minerales o colorantes vegetales.

Durante la época novohispana, esta técnica antigua quedó impactada por la llegada de objetos suntuarios a través de la ruta del Galeón. La influencia más notoria de las lacas orientales en el maque se percibe en la coexistencia de motivos tradicionales como follajes, flores y animales americanos, con referencias a plantas, animales (reales y fantásticos) y figuras humanas de evidente origen asiático.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII, las regiones de Michoacán, Guerrero y Chiapas fueron los principales centros de producción de maque.

Cofre. Madera lacada. Siglo XVIII. Olinalá, Guerrero, Nueva España [hoy México].
Petaca. Alma de tiras de bambú, forrada de piel bordada en fibra de pita e interior en lino. Guarniciones de hierro forjado, cincelado y calado. Siglo XVIII. Nueva España [hoy México].

La palabra “petaca” proviene de la voz náhuatl petlacalli. En los inventarios de palacios novohispanos que han llegado a nuestro presente se hace mención a la existencia de petacas de viaje y las conocidas como chocolateras. Estas últimas, se utilizaban para transportar y guardar bajo llave el cacao y los utensilios necesarios para su consumo.

Esta petaca chocolatera destaca por incluir técnicas de tradición indígena con motivos y materiales que llegaron al virreinato mediante los intercambios comerciales marítimos. Posee una estructura de bambú que fue revestida con cuero, y su interior fue forrado con lino. Todo el cuerpo luce aplicaciones bordadas sobre recortes de cuero, hechas con hilo de fibra de maguey llamado pita. Estos ornamentos se cosieron sobre un paño rojo que sirve de fondo. Los bordados muestran figuras abstractas de aves que recuerdan el águila bicéfala del escudo heráldico de los Habsburgo. Asimismo, se aprecian guías vegetales y flores estilizadas geométricamente.

Las guarniciones de hierro otorgan solidez la pieza y las asas laterales facilitaban su transporte. Además, las tapas reforzadas indican que fueron planeadas para que la tapa no colapsara si se le ponía peso encima. De acuerdo con los compartimentos de su interior, esta petaca contenía cocos chocolateros, la chocolatera e incluso mancerinas, elaborados con finos materiales, tales como plata y porcelana.

Naveta con cucharilla. Plata fundida, forjada, cincelada y picada de lustre 1702 (naveta), ca. 1600-1650 (cucharilla). Nueva España [hoy México].

Entre los objetos litúrgicos hechos en plata destacan las navetas, pequeños contenedores de incienso cuyo nombre se debe a la forma de barco que los ha caracterizado desde el siglo XII. Esta pieza data de principios del XVIII, está integrada por un cuerpo en forma de nave ovalada que asienta sobre una base; el casco y la cubierta de la barca fueron decorado con roleos y motivos vegetales; en la proa se aprecia una tapa articulada mediante un juego de bisagras.

Este tipo de naveta fue conocido como formato de nao, ya que recordaban las embarcaciones monumentales, de mástiles y velas, que surcaban los océanos. La palaba nao es de origen catalán y, aunque se usaba como sinónimo de galeón, refería de manera general a navíos de gran tamaño que servían en las guerras y para transportar mercaderías.

A lo largo del siglo XVIII, los recipientes para guardar el incienso abandonaron el formato de nao para adoptar formas orgánicas acordes con el gusto rococó afrancesado.

Cigarrera. Plata martillada, calada, repujada y cincelada. Siglo XVIII. Nueva España [hoy México].

El consumo de tabaco fue habitual entre mujeres y varones novohispanos, quienes los fumaban, inhalaban y mascaban. Para portar consigo los cigarros, las personas más acaudaladas usaban cajitas tubulares de plata, decoradas según el gusto de la época. Las mujeres incluso traían estas cigarreras sujetas a una pulsera, colgando de sus muñecas.

Esta cigarrera muestra la manera en que motivos de origen asiático fueron asimilados a la ornamentación rococó de origen francés. En el cuerpo tubular se aprecian detalles florales, follajes y un mascarón que remiten a la porcelana, las lacas y los bordados que llegaban al virreinato a través de la Nao. Caso contrario, también se distinguen rocallas, cuyas siluetas son asimétricas y recuerdan caracoles y piedras de mar. La moda rococó arribó a través de los cargamentos de mercancías que provenían de Sevilla o Cádiz y que entraban por Veracruz a Nueva España. Es así que se trata de una obra resultado de los intercambios interoceánicos entre los tres continentes.

Cabe agregar que, durante la segunda mitad del siglo XVIII, el arte rococó europeo también tuvo influencia y reinterpretó motivos de las artes decorativas asiáticas.

Cocos chocolateros. Nuez de palma de coco pulimentada y esgrafiada con guarniciones de plata fundida, forjada, cincelada y picada de lustre. Siglos XVII-XVIII. Nueva España [hoy México].

Los cocos chocolateros fueron utensilios de lujo en los que se ofrecía chocolate caliente, preparado regularmente con agua y especias, durante las tertulias vespertinas o en los banquetes, al interior de los palacios novohispanos. Se ha pensado que su origen se remonta al uso prehispánico de jícaras para la degustación de dicha bebida, ya que en los diccionarios hispanos del siglo XVIII este último nombre se usa de manera genérica para llamar a los vasos para beber chocolate.

Para elaborar los cocos chocolateros se utilizaron semillas de distintos palmares originarios de las islas del océano Pacífico, las cuales se secaban para proceder a tallarlas, engarzarlas en molduras y agregarles bases y asas de plata. La variedad de diseños labrados en los cuerpos de los cocos ha permitido comprender que existieron tallas asiáticas, pero también americanas. Esto se debe a que hubo aclimatamiento de plantas importadas a través del Galeón de Manila, y a que se sumó el uso de plantas nativas americanas, como las nueces del árbol de morro, para elaborarlos.

Finalmente, la variedad de tonos que lucen entre sí se debe a que algunos cocos chocolateros fueron ahumados para hacerlos impermeables.

Plato conmemorativo de la renovación de privilegios a la casa de Solar de Tejada concedido por Carlos IV. Porcelana con decoración esmaltada policroma y oro sobre barniz. Finales del siglo XVIII. China.

La cerámica de la Compañía de Indias fue un tipo de porcelana elaborada en China e importada a América a través de sociedades mercantiles europeas desde principios del siglo XVII. Las familias nobles, los cabildos, las corporaciones gremiales, tribunales y academias de artes y ciencias fueron los principales consumidores de esta cerámica. Por lo regular, solicitaban vajillas elegantes y conmemorativas en donde se plasmaran sus escudos heráldicos.

Platos, fuentes, soperas, botes para té y tazas se facturaban en las fábricas de Ching-te-chen, en la provincia de Jiangxi, y se trasladaban a Cantón para ser decorados, siguiendo los diseños que llegaban desde Nueva España. Los agentes comerciales filipinos, novohispanos y españoles radicados en Filipinas, proveían de los referentes visuales para plasmar en los objetos de cerámica.

Los colores predominantes en este tipo de porcelanas fueron el azul y el rojo; además, el lustre de oro que cubre el borde de muchas piezas elevaba aún más su valor económico y estético.

Desde las primeras décadas del virreinato de la Nueva España, la ciudad de Puebla se posicionó como un centro de sólida producción de cerámica. En un principio, la mayólica poblana siguió modelos españoles y árabes, pero con el paso del tiempo también asimiló la influencia portuguesa, holandesa y china.

Lotes de porcelana azul y blanco elaborada en China llegaron en el Galeón de Manila al puerto de Acapulco. Su influencia se hizo presente desde la segunda mitad del siglo XVII, la cual se reconoce en los colores y diseños de la mayólica poblana.

Tibores, lebrillos, jarrones, platos y otros objetos ornamentales y domésticos, lucen tanto los colores azul y blanco de tradición oriental, así como detalles chinescos adaptados al gusto novohispano y al lenguaje visual occidental.

Entre las formas de inspiración chinesca presentes en la mayólica poblana aparecen crisantemos, flores de loto, oleajes, personajes asiáticos, helechos, aves fantásticas, leones, conejos y venados, que se entremezclaban con follajes y decoraciones geométricas. Además, en Puebla, el azul cobalto se integró a esmaltes verdes, amarillos, naranjas y azul puche, para recubrir las piezas de cerámica.

Tibor. Cerámica esmaltada ca. 1700-1750. Puebla de los Ángeles, Nueva España [hoy Puebla, México].
La Asunción Siglo XVII-XVIII Madera policromada con embutidos de madre perla Ciudad de México, Nueva España [hoy México]

Filipinas se encontraba en una posición estratégica que permitía a los comerciantes novohispanos ahí afincados enviar al virreinato obras de regiones asiáticas que salían de los límites del imperio hispánico. En especial, el comercio con Japón estuvo prohibido; sin embargo, gracias a la intermediación de navegantes holandeses, piezas niponas llegaron a los Galeones de Manila. Entre estas obras destacan los trabajos de marquetería y lacas nambam, hechos por colonos europeos asentados en Japón, entre 1570 y 1630.

Durante el último tercio del siglo XVII y las primeras décadas del siglo XVIII, los artistas novohispanos desarrollaron una variante pictórica conocida como “pintura de maque”, la cual, pese a su nombre no contiene lacas. Al parecer, este término fue una adaptación de la palabra namban, ya que dichas pinturas fueron realizadas sobre tableros de madera con incrustaciones de concha nácar. Podríamos considerar que esta técnica pictórica también fue resultado de las influencias artísticos de Asia y Europa que convergieron en América, y que fueron apropiados y reinterpretados por los artistas novohispanos, creando un lenguaje plástico propio y único.

En la pintura aquí expuesta se aprecia la Asunción de la Virgen María, pasaje cuya fuente literaria se halla en los Evangelios Apócrifos, y que fue plasmado siguiendo una estampa de tradición flamenca. El artista que la ejecutó aprovechó los brillos de las incrustaciones para dotar de gran luminosidad a la obra, creando una atmósfera sobrenatural.

Las lacas asiáticas inspiraron a algunos pintores y artífices de mobiliario novohispano, quienes sin tener dominio magistral del laqueado reprodujeron los efectos plásticos y las soluciones formales de las obras chinas. Por esta razón, se les conoce como piezas de “maque fingido” o de “maque a imitación del oriental”. Entre estas obras se clasifica este biombo de 12 hojas, en las cuales se despliegan escenas de la vida en los palacios chinos.

Un lago, ríos y montañas son el escenario que enmarcan un espacio cercado con audaz arquitectura que combina diseños estereotipados de pabellones y pagodas asiáticas con óculos, balcones de madera, torres campanario, arcos adintelados y mixtilíneos, propios de los entornos urbanos novohispanos. En los extremos del biombo aparecen motivos florales de inspiración china, que recuerdan los jardines con cerezos. Sin embargo, en las enramadas se posan loros americanos.

La escena está dominada por personajes de distintos grupos sociales: gobernantes, músicos, cazadores y parejas que pasean en barcazas o que recorren los huertos. Entre la fauna se aprecian mariposas, aves, una tortuga fantástica asociada a una serpiente, un cangrejo, un tigre, liebres, un cebú, perros y ciervos.

Este biombo es un exponente del mobiliario hecho “al remedio de la china” o de la producción “achinada” que se hizo en Nueva España, para satisfacer la demanda de una sociedad sensible y gustosa de los objetos asiáticos que llegaban en el Galeón de Manila.

Biombo. Óleo sobre tela con estuco moldeado y dorado. Siglo XVIII. Nueva España [hoy México].

CONCLUSIÓN

Esta magna empresa que transformó la vida cotidiana en América, Asia y Europa, fue ampliamente impulsada por los comerciantes novohispanos, quienes invertían sus capitales para traer mercaderías y para sostener a sus corresponsales en Manila. A esta ciudad llegaron personas de China quienes acercaban tanto las mercancías de sus localidades como de Japón Siam, Cochinchina, Camboya, Malaca, India y Persia. Cuando el galeón llegaba a Acapulco, en torno al mes de diciembre, se hacía una feria adonde llegaban los comerciantes novohispanos por los preciados objetos. Una gran parte de los bienes se dirigía a la Ciudad de México, por el camino de Chilpancingo, Taxco y Cuernavaca. Otra, se dirigía rumbo a Veracruz, y a su paso por Puebla y Jalapa se vendían algunos lotes de estas remesas. Aunque el cargamento asiático se consumía principalmente en Nueva España, llegando hasta ciudades como Valladolid hoy Morelia] y Guadalajara, una pequeña parte se volvía a embarcar en Veracruz, para dirigirse rumbo a los puertos de Sevilla y Cádiz, en España. Fue común la práctica del contrabando de mercancías tanto de Asia tumbo a América, como entre los virreinatos de Nueva España y de Perú, pues estaba prohibido que las “chinerías” (como se llamó genéricamente a los productos que llegaban en el galeón) se comercializaran fuera de los mercados novohispanos. A través de estos objetos del Museo Franz Mayer, hemos podido conocer parte de tan fascinante travesía que acercó tres continentes y que dejó huellas culturales imborrables en estas latitudes, de las cuales muchas siguen vivas aún en nuestro presente.