Un cuento para cada día de Adviento Primera semana

PRÓLOGO

En las semanas antes de la Navidad, muchas familias acostumbran adornar un "rincón festivo", en el que poco a poco nace aquél paisaje en que María y San José con el burrito están en camino a Belén. En la primera semana de Adviento sólo se extienden en un tela de color café, piedras naturales, y las más bonitas de ellas forman el sendero para la Madre de Dios. En la segunda semana se añaden las plantas (musgo y piñitas o algunas macetas con palmitas); en la tercera semana los animales, en primer término los borregos pastando, y finalmente en la cuarta semana, los hombres (es decir, los pastores cuidando a sus rebaños). Mientras tanto el paisaje crece, se pueden contar las pequeñas narraciones, que por sí mismas en el curso de las cuatro semanas, progresan desde los elementos hacia los reinos de las plantas, de los animales y finalmente al hombre. La idea de estos cuentos es leerlos entre la familia. También es recomendable usarlos en las escuelas como Calendario de Advierto, que de un cuento al otro, en diario aumento va guiando hacia la Navidad. Para los niños más pequeños se sugiere escoger alguno entre los siete cuentos de la respectiva semana, y repetir éste durante una semana a la hora de la celebración. También los niños pueden representarlo, formando un teatrillo dentro del paisaje. Al nacer estos pequeños cuentos, surgió en mí la alegría en espera de la Navidad. Sin embargo, no sólo ha despertado ganas de contar fábulas, sino también el deseo de llevar a los niños hacia un hecho que es esperado por todo el mundo. Espero que así cada día más, despierte en ellos el sentido de que la luz de la Navidad esté aumentando, hasta que en la Noche Buena brille en todo su esplendor. Georg Dreissig. Stuttgart 1987.

1. El camino empedrado a Belén

María y José iban en camino a Belén, y el burrito trotaba alegremente enfrente de ellos. José, acostumbrado a caminar, se apoyaba en su bastón, con el que marchaba ligeramente. María, la más querida, madre de Jesús, se esforzaba en mantener el paso. Más sus delicados pies constantemente se lastimaban con las filosas piedras del camino. Sin embargo, hizo un esfuerzo para controlar el dolor, cuando de repente brotó una lágrima de sus ojos que no pudo contener. Ni siquiera José, preocupado por seguir el camino correcto, se dio cuenta de eso, ni mucho menos el burrito. En cambio, un Ángel que los acompañaba miró muy bien las lágrimas de María y acercándosele le dijo: "Querida María, ¿por qué lloras, si estás en camino a Belén donde vas a dar a luz al Niño Jesús? ¿No te llena esto de alegría?” María le contestó: “Con gustó daré a luz al Amado Niño y no quiero quejarme. Más las piedras opacas y duras me lastiman los pies y me cuesta mucho trabajo caminar sobre ellas”. Cuando el Ángel escuchó estas palabras, miró hacia las piedras con ojos celestiales que irradiaban luz. Y he aquí: bajo su mirada brillante las piedras se transformaron; redondearon sus esquinas y filos tornándose coloridas y relucientes. Algunas se volvieron transparentes como cristal y brillaban en la luz irradiada del Ángel. Ahora María pudo caminar segura y firmemente en su camino, sin nada que lo impidiera.

2. El Secreto de la Gran Roca

Un día, María y José en su camino a Belén, se encontraron frente a una gigantesca roca que estaba en medio del camino y obligaba a los caminantes desviarse al lado derecho o al izquierdo entre las hierbas, o trepar por encima de la roca. El hecho de encontrarse allí se debía a una razón especial: cuando el camino fue construido, siete hombres con todas sus fuerzas la empujaron hacia un lado. Sin embargo, al regresar a su trabajo al día siguiente, la gran roca nuevamente se encontraba en el lugar anterior, como si nunca se hubiese movido. Con refunfuños y regaños los fuertes hombres por segunda vez la retiraron del camino; sin embargo, al siguiente día la encontraron nuevamente en su lugar. Por tercera vez la quitaron y cuando al día siguiente llegaron, la volvieron encontrar en su lugar, como si nunca se hubiese movido de allí. Extrañados, los hombres ya no maldijeron más, sino que se miraron y se preguntaron qué significaba esto. Como no hubo contestación a su pregunta, fueron a buscar a un ermitaño que vivía en el bosque, y le contaron de la roca que siempre misteriosamente regresaba a su lugar. El ermitaño les escucho atentamente y con una mirada comprensiva les dijo: “Aquél que va a quitar del paso la roca, aún no ha aparecido. Dejen la piedra en su lugar y permitan que la retire aquél predestinado para hacerlo”. Los hombres fuertes siguieron su consejo y así dejaron la piedra, a pesar de las muchas quejas de los viajantes. También María y José se detuvieron enfrente de la roca. Desde luego José no la podía mover, ni siquiera con la ayuda de su burrito. Mientras esperaban pensativos, José casualmente tocó la roca con su bastón. Sólo fue un golpe muy suave sin intención alguna; cuando apenas el bastón había tocado la gran roca, ésta se partió en dos partes, y las dos mitades cayeron cada una a un lado del camino. Ahora se podía ver que la enorme roca en su interior estaba llena de cristales, los cuales brillaban de una manera maravillosa con la luz del sol. Poco tiempo después el ermitaño pasó por este camino. Al ver la roca partida y llena de brillantes cristales, sus ojos se iluminaron: “Aquél que fue predestinado a quitar del paso esta roca ha aparecido”, se dijo a sí mismo, y la alegría y la esperanza llenaron su corazón.

3. Por qué el agua en invierno se transforma en hielo

Un buen día, en su camino a Belén, María y José llegaron a un río que estaba ni muy ancho ni muy profundo; pero el agua en esta época del año estaba terriblemente fría. El burrito, al meter cuidadosamente su patita al agua, de inmediato la sacó por el dolor que le causó el frío, y no había manera de hacer que lo atravesara. En ninguna parte se encontraba un puente o un barquito. ¿Qué se podía hacer? José ya estaba remangando su abrigo y preparándose para cargar a María en sus hombros, para vadear el río; pero María no quería aceptar porque le preocupaba que el frío le pudiese hacer daño. Por eso se acercó a la orilla y con suave voz comenzó a cantar: Onda, onda debes parar, onda, onda déjanos pasar; nuestro camino continuar, con un puentecito puedes ayudar.El río respondió con un tierno repique de campanas y de repente, paró su corriente y formó un puente, transparente como el cristal, pero tan firme que no sólo María, sino también José y el burrito consiguieron atravesarlo. Desde este día, el agua en invierno se congela y se transforma en hielo. Cuando María lleva a su niño por el mundo, nada debe impedir su camino, para que pueda viajar a todas partes con seguridad.

4. El milagro en la fuente

En aquellos tiempos, cuando María y José caminaban con su burrito hacia Belén, la gente todavía no tenía llaves de agua en su casa, y por ello tenían que salir a la fuente para acarrear el agua del pozo en un cántaro. Era la tarea de las mujeres y muchachas, que al mismo tiempo aprovechaban para charlar e intercambiar noticias y novedades. Así, una noche, Ruth había tomado su cántaro para ir al pozo. Al salir de la casa, notó una estrella en el cielo que brillaba tan fuerte, que su luz resplandecía sobre las demás estrellas y la luna. Asombrada, la muchacha miraba a esta estrella y se quedó parada olvidando el tiempo y todo lo que tenía que hacer ¿Qué significaba esta estrella tan maravillosa? Sólo cuando el frío le laceraba las manos, despertó de sus sueños y rápido corrió al pozo, donde ya no vio a nadie. Las demás mujeres ya habían regresado a sus casas. Rápidamente, Ruth colgó su cántaro en la cadena para dejarlo bajar al agua. Pero nuevamente se detuvo, porque el espejo del agua brillaba como si fuera de puro oro debido al reflejo de la estrella. “¡Cómo brilla y resplandece!” murmuraba encantada la doncella, “qué bonito sería si la abuelita también la pudiera ver”. Pero ella se encontraba en casa sentada en su sillón, porque sus piernas se habían debilitado por la edad y ya no la soportaban. Cuidadosamente, para no remover la superficie brillante, Ruth dejó descender su cántaro y cuando lo volvió a sacar, por tercera en la noche se volvió a asombrar: ¡el agua de dentro del cántaro también brillaba como oro! cautelosamente la joven metió el dedo en el agua y la probó: tenía el sabor de siempre. Ruth desprendió el cántaro de la cadena y rápidamente se fue a la casa. “¡Mira abuelita!”, llamó cuando apenas había abierto la puerta, “¡mira lo que te traigo!” y le mostró el agua que brillaba tan maravillosamente. “Mira, ha conservado la luz dorada de la estrella para que tú también la puedas ver”, le explicaba la muchacha alegremente. Pensativa, la anciana miraba el líquido áureo, y luego dijo: “¿Qué luz será esta, que ya comienza a iluminar el mundo y que hace brillar el agua?”, y dirigiéndose a Ruth añadió: “y ya dentro de tus ojos ha comenzado a brillar. ¡Cuida bien esta luz!”. La noticia de la dorada agua corrió por toda la aldea, y todo el mundo se apresuró a sacar un poco de esta preciada agua. Sin embargo, por más que sacaban el agua, siempre mantuvo su brillo. Lo conservó hasta... bueno, ¿hasta cuándo será? Hasta que el Niño Jesús haya nacido en Belén y ahora su luz empezará a iluminar el mundo.

5. Lo que el viento cantó a María

Para María el camino hacia lo desconocido no fue nada fácil. Pocas veces había salido de Nazaret y nunca había tenido que pedir posada o pernoctar al lado del camino. De día, cuando el sol dulcemente iluminaba el mundo y ellos se daban prisa para llegar a tiempo a Belén, no fue tan pesado. Pero cuando se acostaban de noche, María notaba de repente que se le acongojaba el corazón y la nostalgia le hacía un nudo en la garganta. En la oscuridad pensaba en Nazaret, en su casita con el jardín lleno de rosas y en el aromático jazmín bajo su ventana. Recordaba el sonido que el viento hacía cuando pasaba entre las hojas de los árboles y arbustos, o cuando pululaba entre el campo de trigo. Pues sí, el viento era su mejor amigo. Cuando abría la ventana en las mañanas y el viento soplaba hasta dentro de su habitación, entonces ella sabía antes de mirar al Cielo, cómo sería el día. Lo reconocía por su dulce susurro o por su soplar violento, por la fragancia o la humedad que traía consigo. En cambio, el viento que soplaba aquí en el camino a Belén, era otro; era frío, extraño e invernal, y por eso la pobre María se sentía más abandonada. Pero en verdad: el viento sopla donde quiere. Por eso también revoloteaba alrededor de María y notó su tristeza. ¿Qué podía hacer para consolarla? Mucho tiempo se quedó silencioso y reflexivo. Pensándolo bien, estaban en invierno y era su obligación soplar heladamente entre las grietas y ranuras, y chiflar y bramar por las esquinas. Por otro lado, veía a la Virgen tan desolada y desamparada. Entonces, de repente el viento cambió su melodía y empezó a cantar sobre la primavera en Nazaret, sobre los retoños y las semillas germinantes, de los capullos en flor y del zumbido de las abejas. Tan dulce y tan tierna era su canción primaveral, que a María se le regocijó el corazón y tranquilamente se durmió. ¡Qué bondadoso viento! No puede dejar de preocuparse por María, la querida madre. Por eso, ustedes no se sorprendan si repentinamente sienten más calor antes de la Navidad, y nos hace pensar que ya ha pasado el invierno. Eso se debe precisamente al viento, que se pone a cantar su canción primaveral, para que María en la lejanía no se sienta tan sola y desamparada.

6. La aguja de plata lunar y el hilo de oro estelar

Lleno de tímido respeto, José contemplaba a su querida esposa, bajo cuyo corazón estaba creciendo el Niño Jesús; y José hacía todo lo posible para facilitar y embellecerle la vida a María. Sin embargo, José era pobre; no le podía comprar ropa ni joyas, como los ricos acostumbran obsequiar a sus esposas. A veces eso le pesaba mucho, aunque la Virgen nunca se quejaba de no tener nada para adornarse. Ahora estaban en el camino a Belén, y cada día dolorosamente tenían que experimentar las amarguras de la pobreza: cuando sufrían hambre porque no podían comprar comida, y la gente no les quería regalar nada; o cuando tenían que pasar la noche al aire libre porque todas las puertas se les cerraban. “Es la madre de Jesús”, murmuraba José una que otra vez consigo mismo, “Y tú la dejas andar como una mendiga”. Diariamente reflexionaba sobre qué vender para poder comprarle algo que le agradara y le diera gusto. Sin embargo, no poseía nada de lo que pudiera prescindir, excepto su bastón. ¿Pero quién le compraría algo, que él mismo había cortado en el bosque? Una vez, cuando nuevamente tenían que pasar la noche al aire libre, José tuvo un sueño: vio a un hombre que le sacudía el hombro para despertarlo. Por su ropaje José se dio cuenta de que era muy rico; y a pesar de ello el hombre no lo miró con desprecio, sino amablemente; y cuando José le preguntó en qué le podría servir, el extranjero replicó: “He oído que quieres vender tu bastón, me gustaría comprarlo”. Asombrado, José se inclinó para levantar su bastón y en ese momento notó que éste ya no era de madera, sino que estaba labrado artísticamente en oro y plata. Se lo entregó al hombre, y éste dijo: “Aquí está el pago”. Con estas palabras levantó la mano derecha y en el mismo momento el Cielo comenzó a sonar y las estrellas enviaron finísimos hilos dorados hacia la tierra. El hombre los recogió y los enredó en el bastón, formando una densa madeja. Luego levantó la mano izquierda, y he aquí: el barquillo plateado de la luna se deslizó en su mano transformándose en una aguja de plata. Ahora el extranjero quitó la madeja de oro del bastón y junto con la aguja la entregó a José, que todavía estaba perplejo. “Toma esto como pago”, dijo el hombre y desapareció. José admiró la madeja y la aguja en sus manos y no sabía qué hacer con ellas, cuando de repente se empezaron a mover: el hilo dorado se ensartó solo en la plateada aguja, y ésta por sí misma, comenzó a coser. Bordó brillantes estrellas sobre el manto azul de María, hasta que el último hilo se había terminado y el manto parecía una imagen del cielo. Habiendo terminado su trabajo, la aguja se elevó hacia las estrellas y se convirtió nuevamente en el barquillo lunar. Al otro día José despertó alegremente, pensando: “¡Qué sueño tan lindo he tenido!”. A su lado vio su bastón de madera que en el sueño se había transformado tan milagrosamente. No cabe duda, sigue siendo el mismo bastón. Pero cuando su mirada cayó sobre el manto azul de María, su corazón dio un brinco de alegría: En la desgastada tela estaban bordadas brillantes estrellas. Con sencillez María dijo: “Ahora el manto es demasiado rico para mí”. Así sucedió que María, a pesar de la pobreza de José, pudo vestirse con un manto estrellado.

7. La luz en la linterna

Titus, el posadero, tomó su linterna porque ya había oscurecido; necesitaba ir al establo para dar al toro Rernus su buena porción de fresco heno. Al encender la vela de la linterna, se dio cuenta de que casi se había consumido. “Para ir al establo me alcanzará”, murmuró, y salió al patio. La suave luz de la linterna aclaró la oscuridad nocturna; y llegando al pesebre, Titus colocó la linterna en un gancho que colgaba en la pared y se puso a trabajar. En el momento en que estaba repartiendo el heno fresco en el pesebre, escuchó mucho ruido que venía de la casa y oyó que su esposa le llamaba: “Titus, ¿dónde estás? ¡Acaban de llegar huéspedes!”. Entonces el posadero dejó caer el heno y cogió la linterna. En ese instante la luz tremoló, irradió luminosamente por un segundo y luego se apagó. “No importa”, gruñó Titus, dejó la linterna colgada sobre el pesebre y corrió a su casa, pasando por el patio oscuro. Al otro día ni se acordaba de la linterna. Sólo en la noche cuando la buscó, se acordó de que la había dejado colgada en el gancho, cerca del pesebre. Buscó otra vela para colgarla en lugar de la anterior. Más al salir al patio, vio un suave resplandor que salía por la ventana del corral. Sorprendido se rascó la cabeza: “¿Quién había encendido aquella luz? ¿Acaso no la había visto apagada?” El posadero llamó a su esposa para que también viera esta misteriosa luz. “Qué raro”, murmuró cuando entraron al corral; “alumbra sin necesidad”. Pero la esposa respondió: “Quien sabe por qué no se quiere apagar. Mejor la dejamos que se apague sola”. Por eso, cuando María y José con el burrito buscaban posada en la noche de Navidad, encontraron el corral ya suavemente iluminado. La luz siguió alumbrando hasta que había nacido el Niño Jesús, que luego siguió iluminando el mundo. Ustedes seguramente quieren saber qué clase de misteriosa luz era aquella que brillaba tan diligente en la linterna y ni intentaba apagarse. Desde luego no había sido una vela común y corriente. Se los voy a decir: Una estrellita se había deslizado a la linterna, porque quería estar muy cerca cuando el niño Jesús naciera. Por eso secretamente se había sentado dentro de la linterna, brindando su amable brillo. Si Titus el posadero, se hubiese fijado bien, también la habría descubierto.

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Yeccan Waldorf
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