Enjambre ALONDRA ARTEAGA CHÁVEZ

Enjambre: el concierto que marcó mi vida.

La ciudad se veía tranquila. Como cualquier otro día de actividades normales las personas en el metro no hacían ni un sólo gesto, y yo, ansiosa por llegar, sólo observaba a toda la gente pasar hacia sus rutinas normales. Bajé del metro y observé por fin un ambiente lleno de movimiento e histeria. La gente que atendía los puestos se preparaba para recibir a todos los fans sedientos y hambrientos que llegarían a lo largo del día a satisfacer sus necesidades.

El sol se veía a lo lejos, como si tratara de resaltar la grandeza del recinto. Su silueta pintaba en el piso una figura que habría que recordar para toda la vida. Eran las diez de la mañana y la fila rebasaba las cien personas que, a su vez, estaban divididas por el tipo de boleto que presentaban.

Me dirigí al final de la fila para poder ocupar un lugar, al pasar a lado de los fans que ya estaban formados, la fila se me hizo eterna y me arrepentí de haber llegado tan tarde; un poco resignada llegué al final de la fila y me senté en un espacio de pasto que tenía una alambrada donde me pude recargar.

Los fans llegaban de uno en uno o en tandas de máximo cinco personas, algunos apartaban lugares para sus parejas o amigos que llegaron horas más tarde. A las doce del día los pies se me habían entumido y decidí levantarme, los pies comenzaron a hormiguearme y me di cuenta de la mala decisión que había tomado cuando todos los que estaban formados me miraron con extrañeza. Cada vez la fila era más extensa y a las cuatro de la tarde comenzó a darme hambre y sed, pero me contuve para no tener percances antes de entrar. El cansancio nos rondaba a todos, el sol nos pegaba directo en la cara y hacía que frunciéramos el ceño con la esperanza de que se ocultara, aunque sea un poco. Las gotas de sudor corrían por nuestra frente y poco a poco nuestra piel se tostaba, pero eso no era motivo para decaer, se escuchaba por todas partes cómo coreaban las canciones que en pocas horas escucharíamos en vivo.

A las seis de la tarde nos dejaron pasar al estacionamiento del Palacio, todos emocionados avanzamos de diez en diez hacia el lugar donde esperamos una hora más. Muchos fuimos al baño y a comprar un poco de agua, apresurados porque la hora del acceso de acercaba. A las siete de la noche se abrieron las puertas y todos gritando y emocionados corrimos para alcanzar el mejor lugar. El escenario estaba deslumbrante, los instrumentos preparados y todos anhelando ver a la banda que se presentaría por primera vez en aquel lugar.

Los nervios nos invadían, a pesar del cansancio, parecía que nada más existía. Las luces se apagaron y todos coreábamos con fuerza “Enjambre, Enjambre, Enjambre”. Poco a poco aparecieron los miembros de la banda. Ángel inició un solo de batería, Rafael siguió con su bajo, Julián con el teclado y Javier continuó con la guitarra, entonces salió Luis Humberto y por fin, completa la banda, empezaron a tocar “Tras la puerta”, todos cantábamos y disfrutábamos de la mejor noche de nuestras vidas.

A las diez de la noche, cuando el cansancio me vencía y la sed terminaba conmigo di media vuelta para retirarme, decepcionada de no poder continuar cuando después de mucho tiempo sonaba el inicio de una de las canciones más representativas de la banda “Cobarde” en ese momento retrocedí y disfruté con lágrimas en los ojos de la canción de había marcado una gran etapa de mi vida, para después dejarme llevar por la multitud y abandonarme en lo que parecía un sueño.

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