EDUCACIÓN QUE VENCE LA ADVERSIDAD Proyectos que revalorizan a los niños

Cada persona es diferente, y muchas veces las circunstancias de su infancia suelen determinar el carácter con el que encara la vida. El camino de la adversidad puede ser muy difícil, pero las oportunidades existen y pueden significar otro comienzo.

En conmemoración al Día del Niño boliviano, varias historias de luz y superación merecen ser contadas y también destacar la labor de gente comprometida con la educación en la infancia a través de dos proyectos sociales.

"Canarito Pampeño", una familia que impulsa a superarse

La “Pampa”, calles llenas de comerciantes ambulantes, que ofrecen desde ganchitos para ropa hasta frutas. Un lugar con sonidos, olores y colores que generan un caos sensorial.

Al interior del mercado, más laberintos que albergan puestos donde se ofertan esmaltes, juguetes de plásticos, enseres, verduras, productos de limpieza y comida.

Muchos de estos sitios están a cargo de mujeres, que se dedican desde temprano a acomodar sus productos y venderlos a lo largo del día. Junto a ellas, sus hijos.

“En el mercado, lo que tus papás o la mayoría de los padres sueñan es que tú tengas tu propio negocio y que puedas tener tus ingresos”, señala Mary Vargas Sipe, una joven de 24 años, cuyos padres poseen un negocio de venta de comida en la Pampa.

Mary está en el último semestre de la carrera de Psicología de la Universidad Mayor de San Simón, y se emociona al hablar sobre su etapa escolar.

Sus papás solo estudiaron hasta el cuarto de primaria, y cuando Mary era niña, llegó un momento en el que no podían ayudarla a concluir los deberes y tampoco tenía espacio para poder escribir o leer, en el puesto del mercado.

Al ser la hija mayor, cuando no estaba en clases, tenía que colaborar con el cuidado de sus hermanos menores, mientras mamá y papá se dedicaban al negocio, que los ayudó a subsistir.

“En el mercado, no había donde yo haga la tarea y me mandaban al “Canarito” para que haga. Y a veces con el negocio de mis papás no podía, tenía mi hermanita pequeña y me mandaban con ella a hacer las tareas”, cuenta mientras sostiene una foto de ella cuando tenía nueve años.

En la imagen, se la ve sentada frente a una mesa de color rojo junto a otros niños. Está escribiendo en un cuaderno con la mirada atenta y el cabello sostenido con una coleta. Con el otro brazo sostiene a su pequeña hermana de un año. “Es increíble”, dice al mirarse.

El “Canarito Pampeño” es el escenario de esta imagen. Una propuesta educativa dirigida para potenciar las habilidades de los niños cuyos padres trabajan en uno de los centros de abasto más grandes del país.

Mary, asistió toda su etapa de escolar a este centro. Ahora, ella es voluntaria del “Canarito” y ayuda a los niños con sus deberes del colegio; replicando su experiencia.

Además, se siente muy orgullosa de ayudar con el seguimiento del desarrollo psicológico de los niños, poniendo en práctica lo que aprendió en la universidad.

Entre los menores a los que coopera, se encuentra la hija de Eva P., una joven madre que es ayudante en uno de los puestos de comida del mercado. Su hija tiene diez años y cursa el quinto de primaria.

Eva vive sola con la pequeña y se hace responsable completamente por su crianza.

“No he estudiado casi nada. Solo un año (primero básico)”, comenta, mientras recuerda que solía llorar al sentir la impotencia de no poder ayudar a su hija con los deberes de la escuela.

Ahora una sonrisa surca su rostro al hablar de las calificaciones escolares de su pequeña, que tiene un promedio de 78 sobre 100.

“Hasta ahora tiene buenas notas. No tiene faltas desde que ha entrado, ni un atraso”, relata.

Eva conoció al “Canarito” por medio de una amiga hace unos seis años. Su niña no dejó de ir desde entonces.

Todas las tardes, Eva llama a Nilda Escalante, coordinadora del “Canarito”, para anunciar que su hija está en camino.

Nilda se queda pendiente para recibirla y cuando la jornada finaliza, se comunican nuevamente para estar seguras de que la pequeña retorna con su familia.

“Le gusta venir, no falla ni un día”, dice Eva.

El nido del “Canarito Pampeño”

“Canarito”, tiene alrededor de 20 años trabajando. El centro se ubica en el quinto piso de un edificio dentro del mercado, cerca de la intersección de la continuación de la calle Lanza y Punata.

Tienen varios ambientes, en la entrada un salón con mesas y sillas de colores, en las paredes afiches con mensajes positivos y muchas fotografías de las actividades que realizan.

Antes recibían financiamiento extranjero pero este año buscan la manera de autofinanciar el proyecto y continuar con sus actividades.

Los niños llegan sonrientes y con alegría saludan a los seis voluntarios, que los esperan para colaborar con sus tareas.

Algunos de ellos son jóvenes de los últimos semestres de psicología y pedagogía, otro estudia gastronomía y otra muchacha estudia medicina, cuatro de ellos asistían al “Canarito” de niños.

En otro ambiente tienen un par de computadoras, algo antiguas, para consultar y concluir trabajos. Cuentan con un espacio para jugar y otro donde pueden ver películas, danzar o simplemente escuchar música; claro, todo después de hacer sus tareas.

El centro abre sus puertas de lunes a viernes de 9 a 12 y de 14:30 a 17:00, sin embargo extienden sus horarios en el caso de que los niños lo necesiten.

Al día, alrededor de 25 niños asisten, no siempre son los mismos. “Es una población fluctuante”, sostiene la coordinadora del proyecto, Nilda Escalante, y señala que a inicio de gestión, se registraron 60 menores en la institución.

“Nosotros, para hacer un seguimiento, pedimos un certificado de nacimiento. Para poderles tomar un test y saber en qué condiciones está entrando el niño y la libreta del colegio para hacer una relación pasado unos seis meses”, explica Escalante.

“Alguna vez, alguna mamá me decía: “¿Para qué va a estudiar mi hijo en la universidad si acá tiene un puesto?” Yo digo “no”. Si va a vender, lo va a hacer mejor si estudia más”, sostiene mientras recuerda a algún niño que asistió al centro.

Escalante estima que alrededor de unos 500 niños pasaron por el Centro de Desarrollo Familiar “Canarito Pampeño”, que forma parte de la institución denominada: Siempre Iniciativas Solidarias.

“Son recuerdos inolvidables. Ahora que somos mayores recordamos todas las actividades”, señala Abdías Flores de 19 años, otro joven voluntario que recibió apoyo del proyecto durante su infancia.

“Deberían existir muchos de estos lugares en diferentes mercados y barrios también”, señala Abdías, quien estudia gastronomía en un instituto de la ciudad.

Escalante, se siente feliz al ver que los niños retornan como jóvenes profesionales y conoce sobre la manera de pensar de las familias con las que trabaja, y que siempre es posible mejorar en cualquier actividad, por eso asevera: “Estamos abriendo un espacio para que conozcan otras visiones. Y no solamente, la actitud de estar aquí en el mercado y solamente sea vender. Y si bien se van a dedicar a vender, que mejoren su venta”.

Caicc, impulsando sueños

¿Disfrutas cada instante de tu vida? Ellos sí, son inquietos, les gusta jugar, sus voces y risas inundan los lugares a donde llegan. Se ven frágiles, cubiertos de ropa desgastada por el uso, pero dentro de ellos hay algo grande, una capacidad que los haces más fuertes: resiliencia.

Gaby* (nombre cambiado) tiene una infancia diferente a la de la mayoría, vive con su mamá en la cárcel de San Sebastián Mujeres de Cochabamba. Todas las mañanas un bus la recoge de la puerta de la cárcel y la lleva al Centro de Apoyo Integral Carcelario y Comunitario (Caicc).

La ruta del bus

Le falta una ventana, tiene el piso deteriorado porque ya lleva un par de décadas de uso, pero el bus del Caicc debe realizar varios viajes al día para trasladar a los niños desde la cárcel de San Sebastián y San Pablo de Quillacollo hasta el centro cuna de Caicc, en Cercado. Aquí se quedan alrededor de unos 50 niños de 1 año hasta los cuatro años.

Luego debe recorrer distintos barrios periurbanos de la ciudad donde están los niños que ya no pueden vivir con sus mamás en los penales, y que fueron acogidos por parientes.

En 2015, el Régimen Penitenciario anunció que los niños mayores de siete años no podían vivir con sus padres en las cárceles, debido al hacinamiento, las condiciones precarias y su exposición a diferentes peligros. Tras esto, muchos niños fueron enviados al Hogar de Cristo y otros se quedaron con familiares de primer grado, que aceptaron acogerlos.

Los niños en edad escolar son llevados a sus unidades educativas. Luego el bus pasa por ellos y los lleva a almorzar y en las tardes hacen sus tareas en el ambiente que usa Caicc, que está ubicado a la altura del kilómetro 7 de la avenida Blanco Galindo.

Por las tardes, el bus realiza el trayecto de vuelta. Además, en doble turno, ya que algunos pasan clases en la tarde. En total son 80 jóvenes que asisten a clases gracias a la colaboración del centro.

Caicc es una asociación que trabaja con los hijos de personas recluidas en alguno de los penales de Cochabamba.

Para su financiamiento recibe aportes civiles y los municipios de Cercado y Quillacollo apoyan con alimentos. Además cuentan con voluntarios, que son estudiantes de los últimos semestres de la Universidad Mayor de San Simón.

Según un informe de la Dirección de Régimen Penitenciario presentado en 2014 a la Asamblea Legislativa Departamental sobre el “estado actual de las cárceles en Cochabamba”, existían 274 niños y niñas en forma permanente o que llegan de visita el fin de semana a los penales.

“Como para crecer”

Es lunes, hay algunas nubes en el cielo, pero el ambiente es cálido. En el Caicc esa mañana, Gaby desayunó pan recién horneado y una taza de avena caliente y fue al kínder.

“Aquí comemos. Como para crecer, todos los días. Jugamos, hacemos nuestra tarea para que aprendamos”, dice con una alegría incontenible en su pequeño cuerpo de unos cinco años. Le falta poco para tener que separarse de su mamá por las prohibiciones.

Gaby a su corta edad tiene claro lo que logra con cada una de sus acciones, sabe que sus tareas le ayudan a aprender, conoce el momento en el que tiene que cepillar sus dientes y ayuda con el lavado de los enseres después de cada comida.

“Se crea en ellos el sentido de la responsabilidad. Ellos saben que tienen una rutina.”, explica la directora del Centro, Verónica Bustillos.

Pero además, los niños tienen “tías”, educadoras y voluntarios que hacen el seguimiento de los niños y adolescentes.

Caicc tiene más de 20 años de trabajo, tiempo suficiente para ver el resultado de su labor, muchos de los niños que formaron parte del centro, son profesionales.

“Tenemos el seguimiento de cada uno de ellos, gracias a centros como el Caicc podemos contar historias felices, que la mayoría de ellos han logrado superarse, que la mayoría de ellos han logrado estabilizarse, son profesionales, con carreras. Porque se han ido formando de manera familiar, no es desde el enfoque tutelar” sostiene Bustillos.

“Ellos ha desarrollado sus capacidades. Su esfuerzo ha logrado que lleguen al lugar donde se encuentran, son profesionales exitosos. Estoy muy orgullosa de ellos”, recalca mientras cuenta que muchos visitan el centro llevando regalos para los que ahora son pequeños, “sus hermanos menores”, señala.

Por: YVONNE LEÓN

Vídeo: GERARDO BRAVO

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